GASOIL ARGENTINO: EL DÍA DESPUÉS DE MAÑANA

Estados Unidos enfrenta la peor crisis de diésel de su historia. Sus refinerías operan al límite de su capacidad y no pueden producir más. Los inventarios de destilados medios cayeron a su nivel más bajo desde 1982, y los precios minoristas alcanzaron récords que golpean directamente al transporte, la agricultura y la industria. El problema no es la falta de crudo: es la composición de ese crudo. Las refinerías estadounidenses fueron diseñadas para procesar crudo pesado, no el shale liviano que sale del subsuelo texano. Durante décadas, esa brecha se llenó con las arenas bituminosas de Canadá, que mezcladas con el shale permitían producir el diésel que la economía demandaba. Ese sistema está colapsando: la producción canadiense se estanca, la guerra con Irán cortó el flujo de crudo pesado de Medio Oriente, y el shale estadounidense muestra signos de agotamiento.

La respuesta de Washington a esta crisis se inscribió en lo que podemos llamar las expectativas iniciales de la nueva Doctrina Monroe. El plan consistía en cambiar la dieta de refinación: sustituir la mezcla canadiense por shale argentino y colombiano más el crudo extra pesado de Venezuela. Ese era el eje estratégico que explicaba el interés renovado por la cuenca del Orinoco, por el fracking colombiano y por el shale argentino. Y dentro de ese plan, Argentina tenía un rol asignado: reducir su consumo interno de gasoil para liberar volumen. Esa reducción no se lograría por eficiencia energética ni por transición, sino por destrucción económica. La política del gobierno de Javier Milei es explícitamente proestadounidense, y es esa política la que produjo el decrecimiento que hoy libera gasoil. Cada industria que cierra, cada camión que deja de rodar, cada fábrica que apaga sus hornos, era una pieza del plan original.

La prueba fáctica de que ese plan existió está en los números. Las importaciones de gasoil de Argentina se derrumbaron un setenta y ocho por ciento entre enero y julio de 2026, cayendo a 121.995 metros cúbicos desde los 786.183 del mismo período de 2025. Al mismo tiempo, las exportaciones de gasoil saltaron de 24.130 a 174.225 metros cúbicos, casi once veces más. Ese giro no se explica por eficiencia: se explica porque la demanda interna argentina se derrumbó. El consumo de combustibles está en su nivel más bajo desde 2021, y la tendencia se profundizó desde que Milei comenzó a desmantelar los subsidios que mantenían los precios por debajo de los internacionales. El resultado es un país que tiene estructuralmente poco gasoil, pero que igual exporta, porque ya no tiene la actividad que lo consumía.

Pero ese plan ya no rige. Se abandonó. La crisis de diésel estadounidense se agravó mucho más rápido de lo que el diseño contemplaba. Venezuela necesita años para reconstruir su industria, Colombia acaba de anunciar la reactivación del fracking pero no tiene capacidad operativa ni contratos firmados, y la ampliación de la refinación estadounidense no se materializará antes de 2030. Los tiempos no cierran. Y cuando los tiempos no cierran, el plan se abandona.

Y aquí está el punto central. Cuando el plan original se cae, no se reemplaza por otro plan. Se reemplaza por la toma directa. Ya no hay cronograma que cumplir, no hay acuerdo que negociar, no hay infraestructura que esperar. Solo queda llevarse el gasoil donde esté. Y Argentina tiene gasoil disponible ahora, con un mercado interno ya demolido y un gobierno que responde sin condiciones a Washington. En ese segundo momento, la pregunta de si queda industria o no en Argentina es irrelevante. Ya no hay plan que respete esas consideraciones. Lo único que importa es que no haya quién reclame, y eso ya está resuelto.

Ninguno de esos elementos prueba por sí solo que Estados Unidos vaya a apropiarse del gasoil argentino. Pero todos juntos configuran un escenario en el que esa apropiación deja de ser impensable. Y aquí hay que ser preciso con las palabras, porque el eufemismo es la primera línea de defensa del saqueo. No se trata de una compra a bajo costo, ni de una negociación asimétrica, ni de un contrato leonino. Se trata de un robo. Un robo de todo el gasoil circulante en el país. No el excedente, no una parte, no un volumen acordado: la totalidad del gasoil que Argentina tenga disponible en depósitos, en refinerías, en camiones y en estaciones de servicio. Una sustracción sin contraprestación, sin acuerdo libre, sin marco legal que la legitime más allá de la fuerza o la coacción. El precedente venezolano no deja lugar a dudas: a Maduro no se le compró el petróleo, se lo secuestró, se intervino el país, se tomó el control de la industria, y se dispuso de los recursos como botín de guerra. El narcotráfico fue la excusa, el petróleo fue el botín. Y con Argentina, el guion sería el mismo pero el botín sería todo el gasoil del país.

Y aquí llegamos al punto culminante. El plan original ya no existe. Lo que queda es la urgencia. La crisis estadounidense es irreversible en el corto plazo. Venezuela y Colombia no llegarán a tiempo. La infraestructura que podría canalizar una compra legal no estará operativa hasta 2027, y aun entonces transportará crudo, no gasoil. Argentina tiene un gobierno que ya demolió su mercado interno y que responde sin condiciones a Washington. El gasoil argentino está disponible ahora. No hay barreras técnicas, no hay barreras políticas, no hay barreras logísticas. Solo queda la decisión. Y cuando esa decisión se tome, no habrá aviso previo. No habrá negociación. No habrá un comunicado que anuncie la sustracción. De la noche a la mañana, todo el gasoil argentino puede dejar de estar en Argentina. Puede dejar de alimentar el transporte, la cosecha, la industria y la vida cotidiana de millones de personas. Puede desaparecer del circuito económico sin que nadie haya firmado nada, sin que nadie haya comprado nada, sin que nadie haya acordado nada. Será, como en Venezuela, un robo. Un robo a mano armada disfrazado de cualquier otra cosa. La amenaza no es hipotética. Es inminente.

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