DROGAS EN DECLIVE ENERGÉTICO: LA ECONOMÍA DEL DESHECHO HUMANO

La relación entre el declive energético y el consumo masivo de drogas pesadas como la cocaína y el fentanilo no es una mera coincidencia histórica ni puede explicarse únicamente por fallas morales o fracasos individuales. Se trata de un engranaje perfecto donde la energía más cara, el trabajo que desaparece y el Estado que se retira generan un caldo de cultivo para la neurosis colectiva, la depresión y los colapsos nerviosos que empujan a millones de personas hacia la anestesia química. Lo que muchas veces se diagnostica como una epidemia de adicción es, en realidad, el síntoma más visible de una transformación estructural: el capitalismo tardío ya no necesita cuerpos sanos ni subjetividades estables, necesita consumidores dóciles que sigan gastando hasta su último aliento, y la droga (legal o ilegal) se convierte en el mecanismo ideal para extraer valor incluso de la agonía.


Para entender este fenómeno hay que partir de un hecho incómodo pero ineludible: las drogas sintéticas como el fentanilo o la metanfetamina son productos petroquímicos. Sus precursores (disolventes, éteres, acetona, metanol) nacen en refinerías y plantas químicas que dependen del petróleo barato. Cuando el precio del barril se dispara por conflictos geopolíticos o por el simple agotamiento de los yacimientos accesibles, toda la cadena de producción se resiente. Los laboratorios clandestinos no son ajenos a esta lógica: enfrentan exactamente los mismos cuellos de botella que la industria farmacéutica legal, con la diferencia de que pueden recurrir a adulterantes más tóxicos y baratos para mantener sus márgenes. Así, el declive energético no solo encarece la producción, sino que vuelve las drogas más letales porque los químicos de corte son más peligrosos y menos predecibles. El consumidor final paga con su salud lo que el cártel ahorra en insumos.


Pero el problema no es solo de oferta, sino de demanda inducida estructuralmente. Las llamadas "muertes por desesperación" que estudiaron Case y Deaton no son un fenómeno exclusivo de la clase trabajadora blanca estadounidense, sino un patrón universal del capitalismo post-industrial. Cuando una comunidad entera ve cómo cierran las fábricas, cómo los salarios se estancan durante décadas y cómo el horizonte de futuro se reduce a sobrevivir mes a mes, el tejido social se deshilacha desde dentro. El trabajador que pierde su empleo no solo pierde ingresos, pierde el reconocimiento social, el ritual diario, la sensación de ser útil. Esa erosión del yo genera un dolor que no se cura con consejos ni con psicoterapia accesible solo para quienes pueden pagarla, sino que encuentra en los opioides y la cocaína una promesa de alivio inmediato aunque sea ilusorio y autodestructivo. La droga se convierte entonces en el analgésico de la desigualdad, en la medicina del desahucio.


El bucle se retroalimenta porque el consumo intensivo de drogas pesadas destruye exactamente las capacidades que permitirían salir de esa situación: la iniciativa, la constancia, los vínculos comunitarios, la salud física y mental. El adicto cada vez es más dependiente de la dosis, cada vez gasta más dinero en conseguirla, cada vez está más aislado y más frágil. En ese estado de vulnerabilidad, el Estado ausente no aparece como red de contención sino como un organismo policial que criminaliza y encarcela, mientras que el mercado (lícito e ilícito) sí aparece con una oferta ininterrumpida de sustancias. No hay una conspiración visible, solo la fría lógica de la acumulación en tiempos de colapso: si el sistema ya no puede extraer plusvalía de tu trabajo, extraerá renta de tu dolor. Y el dolor crónico es un negocio tan lucrativo como el petróleo.


Lo que estamos viendo desplegarse ante nuestros ojos es una auténtica economía del desecho humano. El mismo capital financiero que invierte en petroleras y en farmacéuticas tiene sus brazos en el lavado de dinero del narcotráfico, y esa imbricación ya no es un secreto para nadie. Los carteles mexicanos compran bienes raíces en Estados Unidos a través de testaferros, y esos bienes raíces son a menudo las casas de familias desahuciadas que cayeron en la adicción tras perder su empleo. El circuito es perfecto: el fentanilo destruye al trabajador, el trabajador pierde su vivienda, un fondo de inversión compra esa vivienda a precio de remate, y los dólares del fentanilo vuelven a entrar al sistema financiero como capital "limpio". No hay moral ni inmoralidad en este flujo, solo la implacable termodinámica del capital tardío que convierte cualquier estado de la materia (incluso la neurosis, incluso la sobredosis, incluso el cadáver) en una oportunidad de negocio.


En este contexto, las políticas tradicionales de "guerra contra las drogas" resultan no solo inútiles sino cómplices. Más policías, más cárceles y más militarización no hacen más que encarecer el costo del riesgo para los cárteles, lo que a su vez aumenta el precio final de la droga y empuja a los consumidores hacia sustancias aún más potentes y baratas como el fentanilo. Cada incautación récord de precursores químicos en un puerto es noticia que tranquiliza a la opinión pública durante veinticuatro horas, pero a la semana siguiente el laboratorio ya ha reemplazado la mercancía perdida porque los insumos siguen fluyendo de las mismas refinerías que abastecen a la industria legal. La prohibición no detiene el flujo, solo lo vuelve más violento y más lucrativo para quienes controlan las rutas. Y en el camino, deja un reguero de consumidores estigmatizados que no son tratados como pacientes sino como delincuentes, perpetuando así el ciclo de marginalidad y recaída.


La pregunta que casi nadie se atreve a formular es qué sucederá cuando el declive energético sea tan profundo que ni siquiera esta economía del caos pueda sostenerse. Porque un cártel necesita carreteras, necesita combustible para sus avionetas, necesita teléfonos satelitales y lavadoras de dinero digitales. Si la red eléctrica colapsa por falta de mantenimiento, si el asfalto se deteriora sin reparaciones, si el transporte marítimo se vuelve prohibitivo por el precio del bunker, entonces las rutas del narcotráfico se fragmentarán tanto como las rutas del comercio legal. En ese escenario de colapso generalizado, es probable que la producción se descentralice hacia cultivos de amapola o coca (menos dependientes de precursores sintéticos) y que el consumo se vuelva aún más local y más letal por la ausencia de controles sanitarios. Pero incluso allí, en el fondo del pozo, alguien encontrará la manera de hacer negocio: clínicas de desintoxicación privadas que cobren fortunas por tratamientos que no funcionan, seguros de salud que cubran exactamente tres sobredosis y luego abandonen al asegurado, o simplemente la venta de naloxona a precio de oro porque la vida del adicto siempre puede exprimirse un poco más.


No hay moraleja final ni llamado optimista a la acción colectiva que pueda cerrar este texto con un destello de esperanza barata. La realidad que estamos describiendo es demasiado densa para consuelos de autoayuda. Lo que sí podemos hacer es nombrarla con precisión, despojarla de los eufemismos con que los informes oficiales y los medios de comunicación nos acostumbran a digerir el horror. Las drogas pesadas en contexto de declive energético no son una epidemia que debamos erradicar con mano dura, ni una enfermedad que debamos curar con terapia cognitiva, ni un delito que debamos perseguir con más policías. Son el síntoma más nítido de una civilización que está consumiendo sus propios órganos para seguir funcionando unas décadas más. Y en esa autofagia terminal, el desecho humano se ha convertido, paradójicamente, en el único recurso que nunca se agota. Mientras haya un cuerpo capaz de sentir dolor o vacío, habrá alguien dispuesto a venderle un alivio inmediato a cambio de todo lo que le quede. El nombre de ese intercambio es capitalismo en su fase final, y la mercancía que lo engrasa no es el petróleo, no es el fentanilo, no es la cocaína: es la desesperación misma, empaquetada en dosis cada vez más pequeñas y cada vez más caras, para un consumidor que ya no tiene futuro pero sigue teniendo un bolsillo del que exprimir monedas.

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