QUE TODO ARDA EN MISIONES: EL NEGOCIO LIBERTARIO CON LAS CENIZAS

Antonio Turiel lo dice con números que ningún slogan puede desmentir: la Tierra está absorbiendo un exceso de energía equivalente a doce bombas de Hiroshima por segundo. Ese desbalance radiativo de 1,37 vatios por metro cuadrado es cuatro veces mayor que el que sacó al planeta de la última glaciación y elevó la temperatura global cuatro grados. Turiel advierte además que este desbalance está ralentizando la corriente AMOC, ese gigantesco río oceánico que regula el clima del Atlántico Norte. Si la AMOC colapsa, Europa entrará en una nueva glaciación. Para América del Sur, el diagnóstico no es menos grave: desertificación progresiva, transformación en sabana, pérdida de la capacidad del continente para sostener selvas como la nuestra. Y Misiones, claro, no es una excepción: es una de las líneas del frente. A ese diagnóstico se suma otro cuerpo de investigación, liderado por científicos como Makarieva, Gorshkov y Nobre, que estudia la bomba biótica de humedad atmosférica. Lo que descubrieron es que la selva amazónica genera, mediante su evapotranspiración, un vacío abrupto de presión a unos 10.000 pies de altura. Ese vacío succiona la humedad del Atlántico en las latitudes ecuatoriales. Esa humedad forma los ríos voladores, masas de vapor que desde ese punto de ingreso transitan todo Sudamérica, desde la Amazonia hasta el Cono Sur. Pasan por nuestras chacras misioneras, pero no se detienen allí: recorren el continente entero. Cuando la selva amazónica se fragmenta y se quema, el vacío se debilita, la succión se rompe en su fuente, y los ríos voladores se secan en el aire. El resultado es el que Turiel ya anticipó: Sudamérica camino a la sabana, la Mata Atlántica y la selva Paranaense condenadas a desaparecer. Este proceso ya está en marcha aquí, en Misiones, independientemente de lo que creamos o dejemos de creer.


El campesino misionero no necesita leer estos papers para saberlo. Lo constata en su propia tierra todos los días. Las vertientes que antes nunca se secaban ahora llevan meses sin brotar agua. Los arroyos permanentes han perdido caudal hasta convertirse en hilos que desaparecen en el verano. El clima se ha vuelto errático y hostil: llueve cuando no debe, deja de llover cuando las plantas más necesitan el agua, las temperaturas saltan sin piedad. Las semillas no germinan como antes. Los cultivos se estresan o directamente no prosperan. El campesino no llama a esto "bomba biótica" ni "AMOC". Lo llama "el monte que ya no llueve como antes", "la chacra que cada año cuesta más", "el incendio que llega donde antes no llegaba". Ese saber empírico, construido generación tras generación, es tan válido como el de cualquier físico. Y a ese saber, el campesino misionero ya le está ofreciendo resistencia: protege las vertientes que aún quedan, recupera manantiales, siembra especies nativas que retienen la humedad, diversifica los cultivos. Esa resistencia silenciosa es lo único que mantiene en pie los fragmentos de selva Paranaense que aún respiran en Misiones.


Ahora viene la pregunta política, la que duele. Los responsables de impulsar la desregulación total en Argentina, los referentes de La Libertad Avanza, ¿desconocen lo que está pasando en Misiones? No. No pueden alegar ignorancia. Saben que el desbalance radiativo existe. Saben que la AMOC se está ralentizando. Saben lo que dicen Makarieva, Gorshkov y Nobre sobre la bomba biótica y los ríos voladores. Saben que Sudamérica se encamina hacia la desertificación y que la selva que aún queda tiene los días contados si no se frena la frontera agrícola. Saben que en Misiones las vertientes se secan y los arroyos pierden caudal. Y aún sabiendo todo eso, lo que plantean para nuestra provincia es simple y monstruoso: que todo arda en Misiones. No porque confíen en que el fuego se va a apagar solo, sino porque el fuego es el mejor negocio. Tierra incendiada es tierra que se devalúa, y tierra que se devalúa se puede comprar barata, vender rápido a extranjeros y convertir en ganancia financiera mientras las cenizas aún humean sobre el suelo misionero. La reducción del plazo para vender territorio quemado que están discutiendo en el Senado no es un ajuste técnico: es la cláusula que hace falta para que el modelo funcione acá, en nuestra provincia. Incendio, compra rápida, desalojo del campesino misionero, extranjerización, monocultivo. La selva Paranaense convertida en balance contable. No es negación climática. Es especulación con el colapso. No es ignorancia. Es cinismo: el que sabe que el barco se hunde y en lugar de ayudar a tapar las vías de agua se dedica a vender salvavidas a sobreprecio. El que mira los datos de Turiel, entiende que la bomba biótica se está rompiendo, sabe que los ríos voladores ya no corren como antes, y lo único que se le ocurre es preguntar en qué moneda va a cobrar la transacción sobre el terreno arrasado de Misiones.


En ese contexto, la resistencia del campesino misionero no es una postal pintoresca. Es lo único que se para enfrente en esta provincia. Sabe que la selva amazónica genera ese vacío que atrae la humedad del Atlántico, sabe que de ese proceso nacen los ríos voladores que cruzan todo el continente y pasan por su chacra, sabe que su tierra no es una mercancía sino un territorio vivo. Mientras La Libertad Avanza impulsa leyes para acelerar la venta de lo quemado en Misiones, él sigue sembrando, protegiendo el remanente de selva Paranaense, construyendo viveros, armando redes de guardaparques populares. No lo hace por bondad. Lo hace porque es la única manera de que este rincón del planeta no termine siendo un desierto con algunos ricos mirando desde sus búnkeres mientras el resto del mundo, y Misiones con él, arde.


Pero hay algo más que hay que decir, y es esto: el campesino misionero no está dando esta batalla solo por su chacra. Está dando una batalla por todos. Por la humanidad entera. Porque lo que se juega en cada fragmento de selva Paranaense que aún respira en Misiones, en cada vertiente que todavía no se secó del todo, en cada semilla criolla que sigue germinando contra todo pronóstico, es la posibilidad de que el planeta no termine convertido en una sabana caliente e inhabitable. La bomba biótica no es un problema local. Los ríos voladores no riegan solo Misiones, pero pasan por Misiones. La sexta extinción masiva —esa de la que los científicos nos vienen advirtiendo y que ya está en marcha— no respeta fronteras ni partidos políticos. En esa lista de especies condenadas, por si alguien todavía no lo entendió, estamos nosotros también. Por eso la resistencia del campesino misionero es, en el fondo, un pedido de socorro. No un reclamo sectario, no una queja gremial, no una consigna más. Es un aviso para que la humanidad sepa lo que estamos padeciendo acá, en Misiones, mientras los libertarios especulan con las cenizas y el Senado discute plazos para vender tierra quemada. Es también una convocatoria: necesitamos apoyo, necesitamos aliento, necesitamos que otros se sumen. Porque esta es una de las últimas grandes batallas. No la única, pero sí de las decisivas. Y si la perdemos en Misiones, no va a haber un segundo round para nadie.


Todavía estamos a tiempo de revertir esto en Misiones y en el resto del continente. La bomba biótica puede restaurarse si se recupera superficie de selva. Los ríos voladores pueden volver a fluir si la masa forestal se recompone. El desbalance radiativo puede frenarse si se deja de quemar carbono fósil y de desmontar. La AMOC puede estabilizarse si se reduce la temperatura global. El margen es angosto, pero existe. Lo que no existe es el derecho a mirar para otro lado, especialmente desde Misiones, donde el problema ya está pegando en la puerta de cada chacra. El cinismo de pretender que no sucede cuando se sabe perfectamente que está sucediendo, esperando hacer negocios con los cadáveres de lo que quede, no es una posición política legítima. Es una sentencia de muerte disfrazada de libertad. La pregunta, entonces, no es si el cambio climático es real. La pregunta es de qué lado de la trinchera estamos. Si del lado de los que miden doce bombas por segundo y quieren apagarlas mientras la ciencia internacional suena todas las alarmas, o del lado de los que ven el humo en Misiones y sacan la calculadora. En Misiones, esa pregunta tiene una respuesta que se escribe todos los días con azada, semilla y selva adentro. Se llama resistencia. Y todavía está a tiempo de ganar. Pero no va a ganar sola. Necesita que la humanidad entera sepa lo que está pasando en esta provincia. Y que elija de qué lado quiere estar.

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