GAME OVER: LAS REFINERÍAS Y EL LADO B DEL PETRÓLEO ARGENTINO
Para entender por qué el combustible está tan caro y por qué la sensación de desabastecimiento acecha a pesar de los récords de producción que tanto celebran los titulares, hay que mirar el eslabón más frágil de toda la cadena energética argentina: las refinerías. Todo lo demás, el crudo que sale de Vaca Muerta, los barcos que cruzan el Atlántico, las guerras en Medio Oriente, los precios internacionales que suben y bajan, todo eso llega al surtidor a través de un cuello de botella inevitable que son esas plantas industriales que convierten el petróleo en nafta y gasoil. Y esas plantas, hay que decirlo con todas las letras, no están a la altura de las promesas de abundancia que venden los comunicados de prensa. Un dato reciente del mercado internacional de combustibles debería encender todas las alarmas: el gasoil, que habitualmente se vende a la cotización del Heating Oil más un premio de siete centavos por galón, ha visto esa prima saltar a setenta centavos en apenas unos días. Eso significa que el sobrecosto por conseguir el producto físico, por encima del simple precio del crudo, se multiplicó por diez de la noche a la mañana. No es un aumento más en una larga lista de aumentos; es una señal de que el mercado global está entrando en pánico, de que los vendedores exigen una compensación extraordinaria para soltar el producto porque anticipan que el desabastecimiento o la interrupción de las rutas marítimas es inminente. Argentina, que necesita importar gasoil de alta calidad porque sus refinerías no pueden producirlo en cantidad suficiente, queda atrapada en esa dinámica de pago de primas desorbitadas, y ese sobrecosto se traslada directamente al surtidor que usted carga cada semana.
Las refinerías argentinas fueron diseñadas y construidas en otro siglo, para otro tipo de petróleo y para otro mundo. Durante décadas, la Cuenca del Golfo San Jorge fue el corazón petrolero del país, y las plantas de La Plata, Dock Sud, Luján de Cuyo y Plaza Huincul se adaptaron perfectamente a las características de ese crudo convencional de densidad media que fluía con relativa facilidad de los pozos patagónicos. Pero esa cuenca está en caída libre: entre 2017 y 2025 su producción de petróleo se desplomó un veinte por ciento y la de gas un treinta y tres por ciento, no porque se haya extraído todo hasta la última gota sino porque las grandes operadoras, con YPF a la cabeza, decidieron desinvertir en esos campos maduros para concentrar todos los recursos en Vaca Muerta, donde el costo de extracción por barril es significativamente menor. El problema es que el crudo que sale del subsuelo neuquino no es el mismo que las refinerías aprendieron a procesar durante generaciones. Es un petróleo más liviano, de diferente composición molecular, que requiere tecnologías que las plantas locales no poseen o poseen en escala insuficiente para transformarlo en los combustibles de alta calidad que exigen las normas ambientales y los motores modernos. Este descalce técnico entre lo que se extrae y lo que se puede refinar es el primer gran límite que la retórica del desarrollo energético prefiere ignorar, porque señalarlo implica admitir que tener crudo propio no es lo mismo que tener soberanía energética y que la distancia entre el subsuelo y el tanque del auto está llena de complejidades industriales que no se resuelven con discursos triunfalistas. La consecuencia práctica de ese descalce es que Argentina, aunque produce petróleo en cantidades récord, sigue importando combustibles específicos, aquellos que sus refinerías no pueden fabricar en volumen suficiente, y esas importaciones se pagan al precio que fija un mercado global enloquecido por la guerra, con primas que se multiplicaron por diez y que ningún discurso oficial puede maquillar.
El segundo límite, y quizás el más decisivo porque define el margen de maniobra real del país frente a la crisis global, es el de la capacidad instalada. Las refinerías argentinas están operando al límite de sus posibilidades físicas, con niveles de utilización que en los últimos meses superaron el noventa por ciento de su capacidad teórica y en algunos casos, como las plantas de YPF en Ensenada y Axion en Campana, incluso funcionaron por encima de ese límite nominal. Eso significa que no hay margen para producir un litro más de nafta o de gasoil sin realizar inversiones millonarias en ampliaciones que llevan años de obra y requieren miles de millones de dólares. El problema no es solo financiero, aunque el aspecto financiero es grave porque el país no tiene acceso al crédito internacional en las condiciones que exige un proyecto de esa envergadura y porque los inversores privados, que no son tontos, ven con claridad que la ventana de rentabilidad de los combustibles fósiles se está cerrando en todo el mundo. El problema es también energético, y aquí llegamos al núcleo de la cuestión que los debates superficiales nunca abordan. Construir una nueva unidad de hidrotratamiento o de hidrocraqueo, esas tecnologías que permiten eliminar el azufre y elevar el octanaje de los combustibles, no solo cuesta dinero sino que consume una cantidad enorme de energía durante su construcción y durante su operación. Las refinerías más complejas del mundo consumen entre el seis y el diez por ciento de la energía contenida en el crudo que procesan solo para mantenerse en funcionamiento, y los procesos de desulfuración se cuentan entre los más voraces de toda la industria. En un mundo de petróleo barato y abundante, ese gasto energético era un costo marginal aceptable; en el mundo actual, donde el crudo es caro y cada barril requiere más energía para ser extraído que el anterior, ese mismo gasto se convierte en un lastre que erosiona la viabilidad económica de todo el sistema. Lo que la industria del fracking no quiere que se sepa es que la tasa de retorno energético del petróleo no convencional, es decir, cuánta energía se obtiene por cada unidad de energía invertida en extraerlo y procesarlo, es significativamente más baja que la del petróleo convencional de los campos maduros. Estamos obteniendo menos energía neta por cada barril, y esa tendencia es irreversible porque responde a las leyes de la termodinámica y a la geología, no a decisiones políticas ni a coyunturas de mercado.
El tercer límite, y el más trágico porque revela la ausencia total de un pensamiento estratégico de largo plazo, es la negativa a aceptar que las refinerías no se pueden salvar con parches ni con buenas intenciones. El aumento del corte de biocombustibles al quince por ciento en naftas y al veinte por ciento en gasoil, esa medida que anunció la Secretaría de Energía como una solución para estirar el combustible importado y aliviar la presión sobre los precios, no es más que un paliativo que no resuelve ninguno de los problemas estructurales. Los biocombustibles también dependen del petróleo para su producción, desde el gasoil que consume la cosechadora que recolecta la soja o el maíz hasta los fertilizantes derivados del gas natural que se aplican en los campos, pasando por el transporte y la logística que mueve la materia prima hasta las plantas de procesamiento. No hay energía verdaderamente renovable en el sentido que el marketing ecológico nos vende; hay distintas fuentes con distintos niveles de dependencia fósil, pero ninguna escapa a la realidad de que la civilización industrial se construyó sobre una base de energía densa y barata que ya no existe y que nada de lo que actualmente conocemos puede reemplazar. Las energías solar y eólica, por citar las más promocionadas, no pueden sostener una sociedad de consumo como la actual porque son intermitentes, requieren respaldo de combustibles fósiles para funcionar cuando no hay sol ni viento, y toda la infraestructura necesaria para fabricar los paneles, las turbinas, las baterías y las redes de transmisión es absolutamente petrodependiente desde la minería de los minerales hasta el transporte de los componentes. No hay transición posible hacia un modelo de consumo energético similar al actual con fuentes diferentes, porque ese nivel de consumo solo fue posible durante el breve siglo del petróleo barato, y ese siglo ha terminado. La verdad incómoda que nadie quiere decir en voz alta es que el futuro no será como el pasado con tecnologías más limpias; el futuro será necesariamente un futuro con menos energía disponible, más cara y distribuida de manera más desigual, y eso implica repensar desde sus cimientos la forma en que producimos alimentos, fabricamos bienes, nos movemos y nos organizamos como sociedad. Eso significa descomplejización, desjerarquización, descentralización y reruralización, conceptos que describen procesos muy concretos: reducir la complejidad de las cadenas productivas para que dependan menos de insumos que ya no serán abundantes, achatar las estructuras jerárquicas que concentran el poder y la toma de decisiones en unos pocos centros urbanos, descentralizar la producción y el consumo hacia escalas locales y regionales, y repoblar el campo no como una nostalgia romántica sino como una necesidad material porque los alimentos no se van a transportar mil kilómetros cuando el gasoil sea inaccesible.
Frente a esta realidad, la reacción de la clase dirigente argentina no es solo insuficiente sino profundamente irresponsable porque sigue atada a los sueños desarrollistas del siglo pasado. Se sigue hablando de crecimiento, de expansión, de récords de producción, de autoabastecimiento, de exportaciones energéticas como si el mundo fuera el mismo que existía antes de que el petróleo convencional alcanzara su pico y comenzara su declive inexorable. No hay márgenes para esos sueños. Las refinerías no se van a modernizar mágicamente porque no hay dinero, no hay energía para construirlas ni para operarlas, y porque el tiempo que llevaría concretar esas inversiones supera con creces el tiempo que le queda al petróleo para seguir siendo la columna vertebral de la economía global. El debate que no se está dando, y que urge comenzar a dar, es cómo gestionamos el declive de manera ordenada, cómo nos preparamos para un mundo con menos energía disponible sin pretender que unas falsas energías renovables van a mantener el nivel de consumo actual. La prima del Heating Oil que se multiplicó por diez en unos días no es una anomalía pasajera; es el anticipo de lo que será la norma en un mundo donde cada barril cuesta más energía extraerlo que el anterior, donde las refinerías no pueden adaptarse porque la energía para adaptarlas también escasea, y donde la distancia entre el discurso de la abundancia y la realidad del surtidor se hace cada vez más ancha. El enojo del lector al llenar el tanque es legítimo, pero es apenas el primer síntoma de una transformación civilizatoria sin precedentes. Lo que viene no es un ajuste de precios ni una recesión pasajera; lo que viene es el fin de una era, y las refinerías argentinas, con sus plantas envejecidas, su incapacidad estructural para procesar el crudo de Vaca Muerta y su dependencia de importaciones que se pagan con primas desorbitadas, son el espejo donde se refleja ese futuro que ya está golpeando la puerta. Game over.
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