APRENDER A PENSAR COMO PUEBLO: ARGENTINA NO TIENE MÁS PETRÓLEO

Hay una idea que cuesta horrores instalar en la discusión pública porque choca contra todo lo que aprendimos desde la escuela, contra la historia que nos contaron y contra la experiencia de décadas donde el petróleo era sinónimo de soberanía, de desarrollo, de recursos propios. La idea es esta: Argentina ya no tiene petróleo. No en el sentido literal de que se hayan agotado las reservas geológicas, sino en el sentido profundo de que el petróleo dejó de ser un patrimonio al servicio del bienestar del pueblo argentino para convertirse en un negocio financiero más, regido por las mismas lógicas que gobiernan cualquier activo en los mercados globales. Lo que hoy sale por los surtidores a precios que duelen no es el producto de una política energética pensada para mover la economía nacional, abaratar los costos de producción y transporte, o aliviar el bolsillo de las familias. Es la traducción cotidiana de un proceso de transformación estructural que comenzó hace décadas con el declive de los yacimientos convencionales y que hoy, con la irrupción de Vaca Muerta, alcanzó su forma definitiva: un modelo donde la energía se produce con capital financiero, en dólares, bajo las reglas del mercado internacional, y su destino prioritario no es abastecer el mercado interno a precios razonables sino generar las divisas que el país necesita para pagar su deuda externa. Aprender a pensar como pueblo exige, en primer lugar, desmontar la ficción de que todavía vivimos en aquella Argentina donde el petróleo era un recurso propio, barato y estratégico. Esa Argentina se terminó físicamente cuando los yacimientos del Golfo San Jorge —la columna vertebral de la producción nacional durante casi un siglo— entraron en declinación irreversible, agotando la era del barril criollo de alta tasa de retorno energética que permitía desacoplar el precio interno del precio internacional. Y se terminó políticamente cuando la deuda externa se convirtió en la variable que ordena todas las demás, imponiendo la necesidad prioritaria de generar dólares donde sea, como sea, incluso si eso significa que la energía producida en territorio argentino se vende al mejor postor en el mundo mientras los argentinos pagan el mismo precio que un alemán o un japonés con salarios que no tienen nada que ver.


Lo que tenemos hoy, entonces, no es un país petrolero en el sentido clásico del término. Tenemos un país donde operan empresas petroleras que, en muchos casos, son las mismas que también cobran por la deuda externa. No porque haya una conspiración ni un plan siniestro, sino porque la estructura del capital financiero global ha convertido a los recursos naturales en activos financieros intercambiables. Las grandes petroleras que invierten en Vaca Muerta —YPF, Vista, Chevron, Shell, Total, entre otras— no son empresas al servicio del desarrollo nacional; son actores globales que responden a sus accionistas, que exigen rentabilidad en dólares, y que toman decisiones de inversión según las señales de los mercados financieros internacionales. El mismo sistema financiero que colocó la deuda argentina en el mundo —fondos de inversión, bancos internacionales, tenedores de bonos— es el sistema que financia la explotación del shale neuquino, y en muchos casos los mismos actores participan de ambos negocios. Un fondo de inversión que tiene en su cartera bonos argentinos también puede tener acciones de una petrolera que opera en Vaca Muerta, y su interés no es que el combustible sea barato para los argentinos sino que la rentabilidad de sus activos se maximice. Cuando el gobierno prioriza el superávit fiscal para pagar los vencimientos de deuda y necesita que el sector energético exporte cada vez más dólares para sostener las reservas, no está tomando una decisión autónoma en materia energética: está ejecutando las exigencias de una arquitectura financiera donde la energía se ha subordinado a la deuda. Por eso la paradoja es tan brutal: Argentina produce más petróleo que nunca, tiene superávit energético récord, y sin embargo el combustible es cada vez más caro para sus propios ciudadanos. Porque ese petróleo ya no es de los argentinos; es un activo financiero que se extrae en territorio argentino pero cuya lógica de producción, precio y destino está determinada por los mercados globales y por la necesidad de divisas que impone la deuda externa.


Este es el punto central que cuesta entender pero que es urgente asumir: Argentina ya no tiene petróleo como patrimonio de bienestar de su pueblo. Tuvo petróleo durante décadas, y ese petróleo fue una herramienta de desarrollo industrial, de movilidad social, de abaratamiento relativo de la canasta energética. Pero ese petróleo era el de los yacimientos convencionales de alta productividad, aquellos donde la naturaleza había concentrado energía durante millones de años y la extracción demandaba poco más que perforar y esperar que el crudo fluyera. Esa geología generosa se agotó. Lo que vino después —primero la exploración en aguas profundas, luego la explotación de arenas bituminosas, finalmente el shale— es petróleo de otra naturaleza: más difícil de extraer, más caro, más dependiente de tecnología importada, más intensivo en capital y en energía para cada barril obtenido. La tasa de retorno energética de Vaca Muerta es significativamente más baja que la del viejo Golfo San Jorge, lo que significa que para obtener cada barril de petróleo se necesita invertir mucha más energía, mucho más capital, muchos más insumos en dólares. Y esa realidad física se traduce directamente en una realidad económica: para que ese petróleo sea rentable, su precio tiene que ser el internacional, y su destino tiene que ser el mercado que mejor lo pague. No hay margen para un "barril criollo" que se venda más barato en el mercado interno porque ese margen se lo llevó la termodinámica: ya no existe la energía neta excedente que permitía subsidiar el consumo local. Lo que existe es una operación financiera compleja donde se inyecta capital extranjero, se extrae un recurso con costos dolarizados, se exporta una parte creciente de la producción, y el remanente que queda para el mercado interno se vende a precios internacionales porque si se intentara venderlo más barato, las empresas simplemente redirigirían todo el volumen a la exportación, como ya ocurrió en momentos de regulación de precios en el pasado reciente.


Aprender a pensar como pueblo implica entonces aceptar una verdad incómoda: la Argentina que alguna vez tuvo petróleo barato para mover su industria, su transporte y su vida cotidiana ya no existe. No existe porque los yacimientos que lo permitían se agotaron físicamente, y no existe porque la estructura financiera que el país construyó —esa montaña de deuda que empezó a acumularse en la dictadura, que explotó en la crisis de 2001, que se reestructuró, que volvió a crecer, que hoy sigue ahí exigiendo dólares— ha convertido cada barril de petróleo que se produce en territorio argentino en una moneda de cambio para pagar intereses y vencimientos. El petróleo ya no es un insumo estratégico al servicio del desarrollo nacional; es una mercancía más dentro de la maquinaria extractivista que genera divisas para sostener un equilibrio financiero frágil. Y las empresas petroleras, lejos de ser instrumentos de esa soberanía energética, son los operadores de este nuevo régimen: actúan con la lógica de cualquier corporación global, buscan maximizar su rentabilidad en dólares, toman deuda en los mercados internacionales, reparten dividendos a sus accionistas, y su contribución al bienestar del pueblo argentino se reduce a las regalías que pagan a las provincias y los impuestos que tributan a la Nación, que aunque no son menores, no tienen nada que ver con aquel modelo donde el petróleo era un pilar de la estructura de costos de toda la economía.


Por eso el título de este post propone un ejercicio de pensamiento colectivo que no es retórico sino existencial: aprender a pensar como pueblo implica dejar de mirar el presente con las categorías del pasado. Durante generaciones, los argentinos crecimos con la idea de que éramos un país bendecido por los recursos naturales, con un petróleo que nos pertenecía y que debía servirnos a nosotros primero. Esa idea fue una verdad durante décadas, pero dejó de serlo. No por una mala decisión de tal o cual gobierno, no por la maldad de tal o cual empresa, sino por un conjunto de procesos convergentes: el agotamiento geológico de los yacimientos más generosos, la caída estructural de la tasa de retorno energética a nivel global, la financiarización de la economía que convirtió los recursos naturales en activos financieros, y la acumulación de una deuda externa que terminó subordinando las políticas nacionales a la necesidad de generar divisas. El resultado es que hoy, cuando un argentino llena el tanque de su auto, está pagando un combustible cuyo precio no lo fija la política energética nacional sino el conflicto en Medio Oriente, la cotización del Brent en Londres, la paridad cambiaria que define la necesidad de acumular reservas, y el margen de rentabilidad que exigen los accionistas de las petroleras. No hay ningún componente de aquel viejo "barril criollo" que pueda atenuar esa ecuación porque el barril criollo murió con los yacimientos que lo hacían posible.


Asumir esto no es resignación ni derrotismo; es el primer paso para pensar con claridad qué tipo de país queremos construir a partir de la realidad que tenemos, no de la que tuvimos. Si Argentina ya no tiene petróleo como patrimonio de bienestar, entonces el desafío es otro: cómo gestionar una transición energética que no deje a la mitad de la población fuera del sistema, cómo reconstruir una estructura productiva que no dependa de la energía barata que ya no existe, cómo repensar el transporte, la industria, la vivienda, la vida cotidiana en un país donde el costo de la energía será estructuralmente más alto. Y también cómo repensar la relación entre recursos naturales y desarrollo nacional cuando los recursos que nos quedan —el litio, el cobre, el gas de Vaca Muerta, el viento de la Patagonia— corren el riesgo de seguir el mismo camino: ser convertidos en activos financieros al servicio de la deuda en lugar de palancas para el bienestar colectivo. Aprender a pensar como pueblo es, en este sentido, aprender a distinguir entre lo que fue y lo que es, entre la memoria de un país que tuvo petróleo barato y la realidad de un país donde el petróleo se ha convertido en un negocio financiero más, y donde la deuda externa se cobra todos los días en cada litro de nafta que pagamos. No es un dato menor que las mismas empresas que hoy explotan Vaca Muerta sean también aquellas cuyos bonos y acciones forman parte de los portafolios de los mismos fondos que alguna vez prestaron al país y que hoy cobran intereses. La energía y la deuda ya no son dos capítulos separados de la economía nacional; son las dos caras de una misma lógica donde los recursos naturales se subordinan a las finanzas globales. Hasta que no comprendamos esto, seguiremos discutiendo si la culpa es del gobierno de turno o de las petroleras, cuando la respuesta es estructural y nos involucra a todos: Argentina ya no tiene petróleo porque el petróleo, como patrimonio de bienestar de los pueblos, es una categoría que el capitalismo financiero ha disuelto. Y mientras no construyamos colectivamente una nueva forma de entender y gestionar nuestros recursos, seguiremos pagando caro —en el surtidor y en cada vencimiento de deuda— las consecuencias de pensar con las categorías de un mundo que ya no existe.

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