21%: TU PARTE EN EL HOLOCAUSTO ENERGÉTICO

No fue un accidente. El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales de Estados Unidos secuestraron en Caracas al presidente Nicolás Maduro, lo trasladaron a Nueva York y lo imputaron por narcotráfico, dejando un gobierno interino a cargo de Delcy Rodríguez bajo amenaza de destrucción total del país si se resistía. Detrás de ese secuestro estaba Chevron, que días después reanudaba sus exportaciones de crudo pesado venezolano Merey 16 hacia la Costa del Golfo. Ese crudo es el que las refinerías de Valero, Marathon y Phillips 66 necesitan para mezclar con shale liviano y producir gasoil en cantidades industriales. Y ese shale liviano no es solo el de Texas: es también el que Argentina extrae de Vaca Muerta y exporta desde Puerto Rosales en buques como el Moscow Spirit. Argentina vende su crudo a precio internacional, Estados Unidos lo combina con el crudo de una Venezuela intervenida, lo refina, y se lo devuelve a Argentina como gasoil. Pero a un precio que no existía antes de la guerra. Antes del secuestro de Maduro y del cierre de Ormuz, en enero de 2026, importar una tonelada de gasoil desde la Costa del Golfo le costaba a Argentina 725 dólares puesta en el puerto. Después, ese mismo producto cuesta 880 dólares por tonelada. Exactamente 155 dólares más, un 21 por ciento de incremento. Ese sobreprecio no se lo queda un mercado abstracto: se lo quedan Valero, Chevron, Marathon y Phillips 66, las mismas empresas que tienen contratos multimillonarios con el Pentágono para abastecer de combustible a los buques de guerra que patrullan el Golfo Pérsico mientras los misiles caen sobre civiles en Irán, Líbano y Palestina.

Y si alguien todavía cree que esta seguidilla de incendios, explosiones y "fallas operativas" en refinerías de México, Kuwait, Bahréin, India, Australia, Rusia y Cuba, todas concentradas en las mismas tres semanas de abril de 2026, es una casualidad estadística, que revise el mapa: todos los países afectados son precisamente aquellos que no se alinean incondicionalmente con Washington, o que directamente enfrentan sanciones, bloqueos o asedio militar por parte de Estados Unidos. México, con su refinería Dos Bocas incendiándose por cuarta vez en 23 días, es el caso más visible pero no el único: Kuwait recibió un dron en su mayor refinería el 3 de abril, Bahréin vio arder su planta principal al día siguiente, Rusia perdió la refinería de Tuapse por ataques ucranianos, India sufrió un incendio en una refinería nueva, Australia reportó el peor incendio de su historia en la planta que abastece a Victoria, y Cuba mantiene inoperativa desde febrero la refinería de La Habana justo cuando recibía un cargamento de crudo ruso para procesar. No es seguridad industrial fallida. Es la otra cara de la guerra energética: cuando no se puede controlar una refinería por la fuerza del mercado o la diplomacia, se la neutraliza por la fuerza de los "accidentes". Y mientras esas plantas del Sur Global arden o se paralizan, las refinerías de la Costa del Golfo de Estados Unidos aumentan su participación en el mercado global, fijan el precio del gasoil y le venden a Argentina ese 21 por ciento extra. El diseño no tiene agujeros.

Para que ese 21 por ciento no sea un número frío, hay que traducirlo a la vida del trabajador precarizado argentino. Ese sobrecosto significa que el flete de los camiones que llevan la leche, el pan y la carne desde el campo hasta el conurbano aumentó más de un 10 por ciento sólo en marzo. Significa que el productor de maíz paga hoy un 22 por ciento más por litro de gasoil para cosechar, y ese aumento se traslada directamente a la góndola. Significa que el almacenero de barrio recibe dos o tres listas de precios por semana porque el distribuidor no puede absorber la volatilidad. Y significa, finalmente, que una familia de cuatro personas que hace un año gastaba 60 mil pesos al mes en alimentos, hoy gasta más de 90 mil por la misma canasta, cuando el salario de un empleado precarizado no llega a los 300 mil pesos. Ese 21 por ciento no es una estadística macroeconómica: es la carne que falta en la olla, es el boleto de colectivo que sube, es la garrafa que cuesta el doble en pleno invierno. Los mercaderes del colapso han logrado que el trabajador argentino financie su propio empobrecimiento creyendo que se trata de inflación, de mala suerte o de decisiones políticas erráticas, cuando en realidad es el resultado de un diseño global donde cada eslabón de la cadena energética está monetizado al límite.

Arriba de esas refinerías, en la cima de la pirámide, están BlackRock y Vanguard, los dos fondos de inversión más grandes del mundo, principales accionistas de Valero, Chevron, Marathon y Phillips 66. Pero también lo son de Lockheed Martin, Raytheon, Northrop Grumman y General Dynamics, las empresas que fabrican los misiles, los aviones, los drones y las bombas. El mismo dólar que el trabajador argentino paga de más en el pan termina como dividendo en las cuentas de BlackRock, y de ahí se reinvierte en Lockheed Martin para financiar la próxima tanda de armamento. El circuito es perfecto: Argentina aporta el crudo liviano de Vaca Muerta, Venezuela aporta (por la fuerza de un secuestro) el crudo pesado Merey 16, Estados Unidos aporta la capacidad de refinación y la violencia militar, y el trabajador argentino aporta el salario que cada vez alcanza para menos comida. Pero hay un último piso de este holocausto energético que ningún balance contable registra: el planeta mismo está pagando la cuenta. La quema de ese gasoil en tractores, camiones y colectivos acelera el cambio climático, que a su vez desertifica la Pampa Húmeda, la región más productiva de Argentina, a un ritmo de 600 mil kilómetros cuadrados en riesgo. La extracción de crudo en Vaca Muerta mediante fracking consume millones de litros de agua dulce en una zona semiárida, inyecta químicos tóxicos en acuíferos profundos y libera metano a la atmósfera, un gas de efecto invernadero decenas de veces más potente que el dióxido de carbono. Y la exergía de todo el sistema —es decir, la energía útil que realmente obtenemos por cada unidad de energía invertida— se desploma porque extraer petróleo no convencional requiere cada vez más insumos: más acero para los pozos, más agua para el fracking, más químicos, más transporte, más refinación. En los años setenta, por cada barril de energía invertido se obtenían cien barriles de petróleo. Hoy, en Vaca Muerta, esa tasa ronda entre tres y cinco barriles por cada barril invertido. El resto se disipa en calor, contaminación y trabajo humano mal pagado. Ese es el verdadero negocio del colapso: convertir la energía del planeta y la sangre del trabajador en ganancia financiera, mientras el mundo se desmorona.

Usted no es víctima de un sistema roto: usted es el combustible de un sistema que funciona a la perfección, diseñado para que unos pocos se enriquezcan mientras los cadáveres se apilan en Gaza, en Líbano, en el Estrecho de Ormuz y también en las villas del conurbano bonaerense, donde la carne de burro ya es un alimento documentado y no una metáfora. Los mercaderes del colapso no quieren que entienda esto porque si lo entendiera, quizás dejaría de pagar. Quizás descubriría que el precio de la guerra lo pusieron ellos, pero lo pagó siempre usted. Y quizás, entonces, decidiría que ya es suficiente.

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