CORPUS ES UNA ESTAFA Y LO AMBIENTAL ES EL MENOR DE LOS PROBLEMAS
La pregunta correcta no es si Corpus producirá electricidad. Naturalmente que la producirá. La pregunta es para qué queremos esa electricidad y qué modelo estamos intentando mantener con ella. Si la respuesta es sostener una electrificación masiva que necesita multiplicar la minería, mantener cadenas industriales gigantescas y preservar un crecimiento material permanente, entonces Corpus no es una solución al declive energético: es una huida hacia adelante.
Hay una manera muy cómoda de defender Corpus: convertir toda la discusión en una pelea entre "ecologistas" y "desarrollistas". De un lado quedarían quienes hablan de las 13.000 hectáreas que serían inundadas, las familias campesinas desplazadas y la alteración del Paraná; del otro, quienes prometen megavatios, desarrollo e industrialización. Esa discusión está mal planteada. Los impactos ambientales de Corpus son reales y suficientemente graves como para justificar una oposición firme, pero no son el principal problema del proyecto. El problema más profundo está en aquello que sus propios promotores utilizan para justificarlo: la idea de que podemos construir una gigantesca infraestructura hidroeléctrica para alimentar una nueva fase de electrificación industrial que sustituirá los combustibles fósiles, multiplicará la minería y mantendrá indefinidamente una sociedad de creciente complejidad material. Corpus es una estafa porque intenta vender como futuro posible una transición que choca contra límites energéticos, materiales y temporales que no pueden resolverse construyendo otra represa.
El problema no es la luz, es el combustible y los materiales para hacer la luz. Y el lobby de Corpus apuesta a que usted no lo sepa.
El lobby de Corpus hace uso y abuso de la ignorancia general que existe en materia energética. Cuando se habla de "energía", la población la asocia automáticamente con su mundo doméstico inmediato: la luz que enciende un foco, el calor de una estufa, el combustible del auto. Esa reducción es exactamente lo que los promotores del proyecto necesitan. Porque la energía es un mundo vasto y complejo, y la electricidad representa apenas una fracción de él. A nivel mundial, la electricidad supone solo el 20% del consumo final de energía. En Argentina, ese porcentaje es del 19%, y viene cayendo como consecuencia del industricidio activo que destruye capacidad productiva. Esto significa que, incluso si Corpus entregara todos sus megavatios prometidos, estaría incidiendo sobre menos de una quinta parte del consumo energético total del país. El otro 80% —combustibles líquidos para el transporte, la minería, la agricultura, la industria pesada y la maquinaria— sigue intacto, sin solución. Construir una represa para atacar el 20% del problema mientras el 80% se agrava no es una solución: es una distracción monumental.
Empecemos por el petróleo. El mundo consume 104 millones de barriles diarios, unos 38.000 millones al año. Para mantener ese flujo, la industria necesita descubrir nuevos yacimientos al mismo ritmo. Pero no lo está logrando: los descubrimientos anuales rondan apenas los 5.000 millones de barriles, frente a un consumo anual de 36.000 millones. La brecha es abismal. La OPEP ha advertido que se necesitan 14 billones de dólares en inversión upstream para evitar un colapso de la economía mundial antes de 2030. No hay billones. No hay descubrimientos. Y el problema se agrava: los yacimientos maduros, como Cerro Dragón en Argentina, ya no fluyen por sí mismos; requieren técnicas de recuperación terciaria cada vez más costosas y energívoras para sostener su producción. El declive no comienza cuando queda cero petróleo: comienza cuando conseguir cada unidad adicional exige una cantidad creciente de energía, materiales y capital.
Y entonces aparece el gasoil. La economía física mundial depende de los destilados medios para mover camiones, excavadoras, perforadoras, maquinaria agrícola, equipos mineros y barcos. Necesitamos combustibles líquidos para construir buena parte de la infraestructura que supuestamente va a sustituirlos. Para abrir una mina necesitamos excavadoras; para fabricarlas necesitamos acero y minerales; para extraerlos necesitamos perforación, trituración y transporte; para transportar la roca necesitamos camiones; para construir represas y líneas eléctricas necesitamos maquinaria pesada. No existe un botón que sustituya toda esa cadena por electricidad. Cuando aparece una crisis como la del estrecho de Ormuz, el problema queda expuesto con claridad brutal: no hace falta que el petróleo desaparezca geológicamente para que haya una crisis energética. Basta con que una parte significativa del flujo mundial deje de estar disponible.
Ahora vayamos al cobre. Los grandes descubrimientos de cobre llevan décadas deteriorándose. Los análisis de S&P Global muestran que los hallazgos de la última década son mucho menores en número y tamaño que los de los años noventa. Esto sucede precisamente cuando la transición energética necesita cantidades enormes adicionales de cobre para redes eléctricas, transformadores, vehículos eléctricos e infraestructura renovable. Pero el dato decisivo es la ley mineral. Una roca con 2% de cobre contiene 20 kilos por tonelada; una con 0,5% contiene apenas 5 kilos. Para obtener la misma cantidad de metal hay que extraer y procesar cuatro veces más roca. Las leyes medias han descendido significativamente durante décadas. La transición no solo necesita más cobre: necesita obtenerlo de minerales que contienen proporcionalmente menos cobre. Cada tonelada adicional de roca removida y procesada requiere energía adicional.
Las estimaciones de la Agencia Internacional de Energía muestran que, en escenarios de transición exigentes, la demanda de minerales críticos puede multiplicarse de manera extraordinaria: 43 veces para el litio, 42 para el níquel, 25 para el grafito y 28 para el cobre respecto de los niveles de 2020. No estamos hablando de una sustitución tecnológica sencilla. Estamos hablando de multiplicar varias decenas de veces cadenas extractivas enteras. Pero esa extracción no es simplemente difícil: es materialmente imposible en los plazos requeridos. El volumen de roca que habría que mover, triturar, procesar y transportar no cabe siquiera en la capacidad logística mundial. No hay camiones, no hay trenes, no hay barcos suficientes para mover esa cantidad de material. Y cada nueva mina necesita carreteras, electricidad, agua, maquinaria y capital.
Hay además un límite temporal. Una mina no se construye en el tiempo que tarda un gobierno en anunciar una política energética. Entre el descubrimiento de un yacimiento y una producción significativa pueden transcurrir 15 años, y en proyectos de cobre el promedio ronda los 17 años. Si hoy descubrimos que necesitamos multiplicar la producción de un mineral crítico, no podemos ordenar que mañana aparezcan esas toneladas. Hay que encontrar el depósito, demostrar reservas, obtener permisos, construir caminos, energía, agua, plantas de procesamiento y sistemas de transporte, conseguir capital y finalmente poner la operación en marcha. La geología tiene su propio calendario.
Entonces aparece el círculo que destruye el argumento simplista de "pongamos más renovables y electrifiquemos todo". Más electrificación requiere más minerales. Más minerales requieren más minería. Más minería requiere más maquinaria, transporte y energía. Menores leyes minerales significan más roca por cada tonelada de metal. Más roca significa más trituración, molienda y transporte. Y buena parte de esa maquinaria sigue dependiendo de combustibles líquidos. La transición pretende reducir la dependencia de los fósiles mientras necesita cantidades enormes de ellos para construir la infraestructura que debería reemplazarlos.
Por eso tampoco alcanza con decir que la electricidad es renovable. La hidroelectricidad utiliza el ciclo hidrológico, pero renovable no significa ilimitada, materialmente independiente ni ambientalmente inocua. Una gran represa requiere cemento, acero, cobre, maquinaria, combustibles y transporte durante su construcción y mantenimiento. El embalse transforma un territorio durante décadas. Una represa puede utilizar un flujo renovable para alimentar una infraestructura que depende de una economía material finita. El agua puede renovarse; el cobre, el acero, el cemento, el gasoil y los minerales usados para construir la represa no.
Corpus puede producir electricidad, pero no puede producir las condiciones materiales necesarias para que esa electricidad sustituya a los combustibles fósiles a escala planetaria. Corpus no produce cobre, litio, níquel, grafito, gasoil, acero, excavadoras ni minas. Y tampoco puede reducir de 17 a 2 años el tiempo necesario para poner en funcionamiento una nueva mina. Decir que Corpus generará 3.500 MW responde solo a cuánta electricidad puede producir. No responde a la pregunta mucho más importante: ¿qué cantidad de actividad material puede sostener realmente esa electricidad?
Aquí debemos separar definitivamente dos conceptos que se presentan como si fueran equivalentes: Transición Energética y Transición Energética Justa. La primera intenta mantener la estructura fundamental de la civilización industrial mediante una sustitución tecnológica: petróleo por electricidad, motores térmicos por baterías, centrales fósiles por renovables, mientras mantiene intactos el volumen de consumo, la minería creciente, las cadenas logísticas globales y la complejidad del sistema. En un contexto de declive energético, esa estrategia no es una salida: es un intento de preservar el modelo existente durante su deterioro. Busca proteger la continuidad de la economía industrial, no el bienestar de quienes deberán atravesar su declive.
Una Transición Energética Justa parte del reconocimiento contrario. No necesita megarepresas. No necesita multiplicar la minería por 40. No necesita mantener intactas las cadenas globales de consumo. Su pregunta no es cuánta electricidad podemos generar, sino qué necesidades reales de la población debemos satisfacer y con qué escala. Alimentación, agua, vivienda, salud, producción local, movilidad esencial e infraestructura básica en el territorio deberían tener prioridad sobre la expansión permanente de consumos electrointensivos. No promete electrificarlo todo porque reconoce que no todo puede ser electrificado a la escala actual sin una expansión material gigantesca. No intenta salvar cada componente de la complejidad existente: intenta conservar aquello que permite sostener la vida y abandonar aquello que exige una expansión material que ya no podemos garantizar.
Corpus es una estafa conceptual. No porque una represa no pueda generar electricidad. No porque toda hidroelectricidad sea inútil. Tampoco porque los impactos ambientales deban ser ignorados. Es una estafa porque se utiliza una necesidad real —la energía— para justificar una obra que solo adquiere sentido dentro de un modelo de transición cuya escala material, energética y temporal resulta cada vez más difícil de sostener. Se nos dice que necesitamos más electricidad para electrificar la economía, pero para electrificarla necesitamos multiplicar la minería; para multiplicar la minería necesitamos más energía y combustibles; para obtener minerales necesitamos procesar cantidades crecientes de roca; para construir minas necesitamos entre 15 y 17 años; y mientras tanto seguimos necesitando petróleo para mover la maquinaria pesada. La contradicción está completa.
El problema no es simplemente que Corpus pueda inundar 13.000 hectáreas. El problema es que podemos inundarlas y construir 3.500 MW sin haber resuelto ninguno de los cuellos de botella fundamentales de la transición que supuestamente vamos a alimentar. No hemos creado petróleo, gasoil, cobre, litio ni níquel. No hemos aumentado las leyes minerales. No hemos acelerado la construcción de minas. No hemos eliminado la dependencia de maquinaria pesada. Hemos agregado generación eléctrica a un sistema cuya dificultad principal es mucho más amplia que la generación eléctrica.
Por eso lo ambiental es, paradójicamente, el menor de los problemas. Corpus puede ser cuestionada desde la selva, pero también desde la geología. Puede ser cuestionada desde la biodiversidad, pero también desde la aritmética. Incluso si elimináramos todos los impactos ambientales de la ecuación, todavía tendríamos que responder cómo se pretende materializar una transición que requiere multiplicar entre 25 y 43 veces determinadas materias primas, cuando los grandes descubrimientos minerales se vuelven más escasos, las leyes disminuyen, las nuevas minas necesitan 15 o 17 años, la economía mundial sigue consumiendo 38.000 millones de barriles de petróleo cada año y los nuevos descubrimientos apenas alcanzan los 5.000 millones.
Sostener la sociedad de consumo y el capitalismo en general con megarepresas es una batalla perdida. No porque falte voluntad política, sino porque faltan materiales, falta energía neta, falta tiempo y falta capacidad logística. Corpus no es la solución a la transición energética. Es una apuesta por una transición imposible, cuyas consecuencias las pagaremos muy caro. Un salvavidas de plomo para una civilización que se ahoga en su propia complejidad: caro, tarde y para el modelo equivocado.
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