VACA MUERTA: FMI Y SAQUEO EN BICICLETA
La fotografía de la representante del FMI en Vaca Muerta no fue un acto de constatación técnica, sino la pieza central de una estrategia de marketing financiero diseñada para sostener la ficción de que Argentina tiene un plan de pago creíble. Los organismos financieros no necesitan ver petróleo para saber que sale de la tierra; necesitan que el mundo crea que el proyecto es rentable para seguir otorgando créditos que, en realidad, están destinados a cubrir el boquete de una economía que se desangra mientras se promociona un espejismo energético. El FMI no vino a certificar nada, vino a apuntalar una narrativa porque sabe, como lo saben las petroleras y como lo saben los mercados, que sin ese respaldo institucional la bicicleta financiera se frena y el castillo de naipes se derrumba. Argentina es el mayor deudor del Fondo y cada salvataje es una confesión de inviabilidad: si Vaca Muerta fuera la máquina de dólares que prometen, no haría falta que el Estado garantice un tipo de cambio diferencial, que el Banco Central venda divisas a precio subsidiado para importar insumos, que el RIGI otorgue exenciones impositivas escandalosas y que el propio FMI flexibilice las metas de reservas cuando el plan no da los resultados esperados.
El desmantelamiento industrial que vive Argentina desde hace tres años no es un efecto colateral, es la condición necesaria para sostener el modelo de Vaca Muerta, un modelo que devora la economía productiva para alimentar una burbuja especulativa cuya tasa de retorno energética no supera el 5:1 y cuyo rendimiento en destilados medios apenas alcanza el diez por ciento. Mientras el sector energético y minero crecen a tasas de dos dígitos, la industria manufacturera se contrajo casi un ocho por ciento en el bienio 2024-2025, cerraron más de dos mil cuatrocientas fábricas, se perdieron más de ciento treinta mil puestos de trabajo en industria, construcción y minería, y la utilización de la capacidad instalada cayó al 57,9 por ciento, el nivel más bajo en una década fuera de la pandemia. No es casualidad que los sectores más golpeados sean el textil, el metalmecánico, el calzado y los productos metálicos, precisamente aquellos que compiten con importaciones y que requieren un tipo de cambio competitivo que el modelo energético, con su necesidad de dólares baratos para importar insumos, hace imposible de sostener.
La visita del FMI y el acuerdo por veinte mil millones de dólares no son la solución, son el síntoma de que el modelo no se sostiene solo. El propio organismo admite que la apertura de importaciones y la fuerte demanda interna están ampliando el déficit de cuenta corriente, lo que hace cada vez más difícil acumular las divisas que promete Vaca Muerta, y en el primer examen del programa ya tuvieron que rebajar la meta de acumulación de reservas de ocho mil millones a cinco mil millones de dólares porque el plan no funcionaba. Pero el ajuste no lo pagan las petroleras, lo pagan los trabajadores que pierden sus empleos, los industriales que cierran sus fábricas y los consumidores que soportan tarifas energéticas con un sobreprecio del 133 por ciento para garantizar el beneficio bruto de las productoras, un sobreprecio que en 2024 significó mil seiscientos setenta y nueve millones de dólares extra que salieron del bolsillo de la población y de la industria local para engrosar las cuentas de las mismas empresas que después se llevan las divisas del exterior.
El colapso de la infraestructura en Añelo, la exigencia de personal altamente calificado que deja afuera a miles de postulantes, las regalías ínfimas que apenas dejan migajas en las arcas provinciales y la dinámica de la reina roja que exige perforar tres mil pozos por año solo para mantener la producción son la cara visible de un proyecto que no genera desarrollo, genera dependencia. Los nueve mil seiscientos setenta y siete millones de dólares que ingresaron por exportaciones energéticas en 2024 no fortalecieron las reservas del Banco Central, no financiaron hospitales ni escuelas ni caminos, se fugaron en su inmensa mayoría: cinco mil quinientos noventa y tres millones se fueron en importaciones de insumos, mil doscientos siete millones en pago de deudas e intereses, y más de dos mil doscientos millones se esfumaron mediante contratos de servicios truchos, compra de activos en el exterior y el dólar blend que permitió a las empresas liquidar divisas por fuera del control estatal. De toda esa montaña de dólares, solo treinta y un millones, el 0,5 por ciento, quedaron efectivamente en el país, y esa es la estafa: Vaca Muerta no es un motor de desarrollo, es un sumidero de divisas que convierte el petróleo argentino en deuda externa y fuga de capitales.
El FMI sabe todo esto, por eso vino a sacarse la foto, porque el negocio no es que Vaca Muerta produzca energía, el negocio es que el mundo siga creyendo que puede producirla para seguir prestando plata, y esa plata no se invierte en Argentina, se usa para pagar los intereses de la deuda anterior mientras las petroleras se llevan el crudo y los dólares. El industricidio, el ajuste, el colapso social y la degradación del tejido productivo no son errores de un gobierno ineficaz, son la consecuencia lógica de un modelo que sacrifica la industria nacional en el altar de una promesa energética que nunca termina de cumplirse, porque su verdadera función no es generar desarrollo sino sostener la bicicleta financiera que permite que unos pocos se enriquezcan mientras el país entero paga el costo de una ilusión. Cuando la representante del FMI posa sonriente frente a un pozo de Vaca Muerta, lo que está haciendo es anunciar que el circo continúa, que el crédito seguirá fluyendo por un tiempo más, que el ajuste se profundizará y que la sociedad tendrá que esperar, una vez más, ese florecimiento del fracking que siempre está a la vuelta de la esquina pero que nunca llega, porque si llegara, se terminaría el negocio de la deuda, y el negocio de la deuda es el único negocio que realmente importa.
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