NO ES POR PETRÓLEO GIL!

Voy a ser claro desde el principio así no hay confusiones: lo que está pasando en Vaca Muerta no es un plan energético, es un plan financiero. Y no es un plan para la Argentina, es un plan para unos pocos. Si alguien te dice que el fracking en Vaca Muerta va a traer desarrollo, soberanía energética o independencia del exterior, está mintiendo, o no entendió nada, o las dos cosas. Porque cuando uno se sienta a mirar los balances, las deudas, los flujos de caja y las letras chicas de los contratos, lo que encuentra no es una política de desarrollo, es una estafa piramidal con olor a petróleo. Y el problema no es que sea una estafa, el problema es que la están cometiendo en nombre de todos nosotros, con un recurso que es de todos nosotros, y encima nos están haciendo creer que nos están haciendo un favor.


Para entender esto hay que aprender un par de palabras que suenan a aburrimiento pero que son la clave de todo. EBITDA significa "ganancias antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones". Es lo que la empresa dice que gana antes de pagar sus deudas, antes de pagar sus impuestos, antes de descontar el desgaste de sus máquinas y pozos. Es un número que siempre es más bonito que el que queda al final, porque al final están las pérdidas netas, que son las que realmente importan. CAPEX es el gasto de capital, es decir, la plata que la empresa invierte en perforar pozos nuevos, comprar equipos y mantener la producción. Y flujo de caja libre es lo que sobra después de pagar todo: costos, intereses, inversiones y gastos. Si ese número es negativo, significa que la empresa está gastando más de lo que genera, y la única forma de sobrevivir es pidiendo plata prestada o vendiendo activos. YPF, en los últimos cinco años, tuvo flujo de caja libre negativo durante cinco años consecutivos. Recién en el primer trimestre de 2026 mostró un número positivo, pero ese número incluyó ingresos por venta de activos, es decir, vendió cosas que tenía para poder decir que ganó algo. Si una empresa necesita vender sus propias pertenencias para mostrar ganancia, no es una empresa rentable, es un enfermo que está vendiendo los muebles de la casa para comprar comida y aparentar que todo está bien.


El negocio del fracking es una cinta de correr. Los pozos de Vaca Muerta, como los de cualquier formación de lutitas en el mundo, tienen un pico de producción espectacular en los primeros meses y luego caen en picado. Al tercer año, un pozo de fracking produce entre un 80 y un 90 por ciento menos que al principio. Eso significa que para mantener la producción, hay que perforar sin parar. Es como tener un balde con un agujero enorme en el fondo: por más agua que le pongas, siempre se está vaciando, y si dejas de llenarlo un segundo, se seca. Eso es Vaca Muerta. YPF perfora pozos nuevos a un ritmo frenético no porque sea rentable, sino porque si no lo hace, la producción cae, el valor de la empresa en la bolsa se desploma, los bancos llaman a la deuda y el castillo de naipes se derrumba. La deuda de YPF hoy ronda los 9.500 millones de dólares, creció un 26 por ciento en el último año, y la empresa sigue pidiendo préstamos para financiar su plan de inversiones. Está tomando deuda para pagar deuda, y está perforando para cumplir con los bancos, no para abastecer a la Argentina. Esa es la mecánica de una estafa piramidal: necesitas nueva gente entrando para pagar a los que entraron antes. En este caso, necesitas nueva deuda para pagar la deuda vieja, y nuevos pozos para mantener la promesa de que hay petróleo suficiente para justificar todo el endeudamiento.


Ahora bien, hay un dato que convierte todo esto en una locura todavía mayor: la venta de los yacimientos convencionales. YPF está llevando adelante el "Plan Andes", un programa con el que se está desprendiendo de sus activos petroleros tradicionales para concentrar todos sus recursos en Vaca Muerta. Ya cerró la primera etapa con la cesión de 28 activos convencionales en Chubut, Mendoza, Neuquén y Río Negro, y abrió una nueva ronda para vender 16 bloques más. El área Manantiales Behr, en Chubut, que producía 25.000 barriles diarios de petróleo, fue vendida por 575 millones de dólares. También se desprendió de siete áreas en Tierra del Fuego, cedidas a la empresa provincial Terra Ignis. El propio presidente de YPF, Horacio Marín, lo dijo sin vueltas: "YPF no puede invertir en todos lados, no cuenta con los recursos financieros suficientes... tiene que enfocarse en donde hay más rentabilidad". Y esa "más rentabilidad" es Vaca Muerta, el shale, el petróleo no convencional. El argumento es que los campos convencionales son "maduros" y requieren inversiones, y que es mejor que otras empresas se hagan cargo. Pero lo que está haciendo YPF, en los hechos, es liquidar los activos que durante décadas abastecieron al país para financiar su apuesta por el fracking, una apuesta que, como vimos, es financieramente insostenible y depende de deuda perpetua. Está vendiendo el pasado para apostar a un futuro que, según los números, no cierra.


Y acá viene lo que debería hacer saltar todas las alarmas. El gasoil, el combustible que mueve al campo, al transporte de carga, a la industria y a la logística de todo el país, es un destilado medio. Y de Vaca Muerta, del shale, solo se obtiene alrededor de un 10 por ciento de destilados medios. El 90 por ciento restante es nafta, que va a los autos, y otros productos. Es decir, el petróleo que sale de Vaca Muerta no sirve para producir el combustible que la Argentina necesita para su economía real. El que producía ese combustible era el petróleo convencional que YPF está vendiendo. El mismo petróleo que la empresa está liquidando para financiar su apuesta por el shale. Mientras los camioneros, los transportistas, los productores agropecuarios y los industriales se quedan sin gasoil o lo pagan a precios exorbitantes, YPF está exportando crudo de Vaca Muerta para pagar la deuda que tomó para perforar. Es una contradicción tan absurda que parece un chiste, pero es la realidad. El país se queda sin el combustible que necesita para su economía real mientras la petrolera estatal se convierte en una máquina de exportar crudo para pagarle a los bancos. Y el costo de ese desajuste lo pagan los argentinos: la venta de combustibles en noviembre de 2025 cayó un 6,5 por ciento interanual, con el gasoil experimentando una baja del 18,6 por ciento en su demanda, señal clara de que la economía se está frenando porque no puede pagar el combustible que necesita. Los transportistas ya están en alerta, advirtiendo que si no se toman medidas urgentes, muchas empresas se verán obligadas a dejar de operar, con el consiguiente impacto en la cadena de abastecimiento de todo el país. El precio del gasoil ya supera los 2.100 pesos por litro, y la situación se agrava día a día.


La promesa del recurso es el verdadero negocio, no el recurso en sí mismo. Lo que Wall Street, los bancos y las grandes petroleras venden no es petróleo, es la promesa de petróleo. Y esa promesa se convierte en activos financieros: bonos, acciones, derechos de arrendamiento, derivados, todo lo que se pueda empaquetar y revender. Es exactamente lo mismo que pasó con las hipotecas subprime en 2008: el negocio no era la casa, era la hipoteca. El negocio no era el ladrillo, era el papel. Acá el negocio no es el crudo que sale del subsuelo, es la certificación de reservas que le permite a YPF pedir plata en el mercado internacional, es la producción récord que hace subir las acciones, es el contrato de arrendamiento que se compra y se vende como si fuera un título valor. La propia YPF reconoce que el proyecto LLL Oil, ese megaproyecto de 25.000 millones de dólares que presentó bajo el RIGI, va a destinar el 100 por ciento de su producción a la exportación. El petróleo no es para los argentinos, es para el mercado externo. Y la plata que genere no se va a quedar acá para hacer hospitales o escuelas, se va a usar para pagar la deuda que tomaron para perforar. El recurso es nuestro, la ganancia es de ellos, y la deuda la pagamos todos.


El RIGI, ese régimen de incentivos que el gobierno aprobó para "atraer inversiones", es la prueba más clara de que el Estado argentino se ha convertido en el socio menor de un negocio que no le conviene. El RIGI le otorga a las empresas estabilidad fiscal por 30 años, lo que significa que durante tres décadas el Estado no puede cambiar los impuestos, las regalías o las condiciones cambiarias, aunque el precio del petróleo se dispare y la renta extraordinaria sea gigantesca. Se estima que el costo fiscal del RIGI, solo por la renuncia al Impuesto a las Ganancias, es de unos 545 millones de dólares anuales. En total, el esfuerzo fiscal puede superar los mil millones de dólares por año. Eso es plata que no va a la educación, no va a la salud, no va a la ciencia ni a la infraestructura. Es plata que el Estado deja de percibir para que las empresas tengan una rentabilidad garantizada pase lo que pase. Y lo más increíble es que muchos de los proyectos que se presentaron al RIGI ya estaban anunciados antes de que la ley existiera. El oleoducto VMOS, uno de los proyectos estrella de YPF, fue presentado en octubre de 2023, antes de que el RIGI fuera sancionado. El gobierno no está creando inversión nueva, está subvencionando con dinero fiscal lo que las empresas ya iban a hacer de todas formas. Eso no es desarrollo, es una transferencia de riqueza del Estado a unas pocas corporaciones.


Un plan de soberanía energética con Vaca Muerta sería radicalmente distinto. No se trataría de exportar todo el crudo a precio internacional para pagar deuda en dólares, sino de usar ese recurso para abastecer al mercado interno a un precio justo, lo que algunos llaman "el barril criollo". Eso significa que el petróleo que se extrae de Vaca Muerta se refine en el país, se use para mover la industria nacional, para producir insumos críticos como los que necesita el sistema de salud, para garantizar el combustible a la agricultura familiar que alimenta a los argentinos, para fabricar plásticos, fertilizantes y medicamentos. No se trata de convertir a la Argentina en un gran exportador de recursos primarios, como hemos sido durante toda nuestra historia, condenados a vender barato lo que otros compran caro. Se trata de usar la renta del petróleo para financiar un decrecimiento ordenado, una transición energética justa que nos prepare para el declive energético global que ya está en marcha. Porque el mundo se queda sin petróleo barato, y la era de la abundancia energética se termina. La pregunta no es si vamos a tener que vivir con menos energía, la pregunta es cómo vamos a organizarnos para vivir con menos, de manera que los que menos tienen no sean los que más pierdan. Eso es soberanía energética: no tener el petróleo, sino usarlo bien.


Pero ese plan, el de un barril criollo y una renta capturada para el desarrollo, no es el que está en marcha. El que está en marcha es el de la deuda, la exportación y la renuncia fiscal. Y lo más grave es que nos están haciendo creer que esa es la única opción, que si no damos todos estos beneficios las empresas se van y Vaca Muerta queda sin explotar. Es una amenaza, un chantaje, y funciona porque hay una clase dirigente que se beneficia de que funcione. Mientras tanto, las provincias productoras ven cómo se contaminan sus acuíferos y se agrietan sus suelos, los pueblos originarios son desplazados de sus tierras, los trabajadores del petróleo son explotados en condiciones precarias y el resto de los argentinos mira desde lejos, convencido de que todo esto es necesario para "el desarrollo". No es desarrollo, es extractivismo imperialista puro y duro, y los enemigos no vienen con tanques, vienen con contratos y con deuda.


Por eso esta conclusión va dedicada al Gran Pueblo Argentino, a esa masa anónima que labura, que paga impuestos, que manda a sus hijos a la escuela pública y que espera que algún día las cosas cambien. No se trata solo de petróleo, se trata de la energía correcta para los tiempos que vienen. Y la energía correcta, antes que el petróleo, es la comunidad organizada y empoderada en el territorio. Es la capacidad de los vecinos de decidir sobre lo que pasa en su tierra, es la soberanía alimentaria, es la salud pública, es la educación, es el trabajo digno. Es la energía que viene de la solidaridad, del conocimiento, de la cooperación. Porque el petróleo se va a acabar, la deuda va a explotar, y cuando todo eso pase, lo único que va a quedar en pie es la capacidad de una sociedad de cuidarse a sí misma. Y esa capacidad no se construye con pozos y con dólares, se construye con conciencia, con organización, con memoria.


Los argentinos tenemos una historia de haber sido saqueados sistemáticamente, de haber visto cómo nuestras riquezas se iban al exterior mientras acá nos quedábamos con las deudas y los escombros. Esta vez es igual, pero con un barniz de modernidad y de discurso tecnológico. El fracking es la nueva forma de saqueo, y Vaca Muerta es el nuevo escenario de la entrega. Si no nos ocupamos nosotros de Argentina, será ocupada por sus enemigos predadores del norte, esos que vienen con chequera y con abogados, que hablan de inversión pero piensan en ganancia, que ofrecen desarrollo pero traen dependencia. Esa es la ley de la historia: cuando un pueblo abandona lo que es suyo, lo propio, lo común, los malos espíritus vuelven con otros siete peores que él. El precio de dejar de ser dueños de nuestro destino es la servidumbre, y no hay barril de petróleo que valga esa condena.

Comentarios

  1. Me gustaría que compartieras si esto es solo opinión o si son hechos en sí, sin ánimo de quitarle veracidad a lo enunciado, por el contrario, quisiera tener también las herramientas para defenderlo, por mi parte no tengo dudas de que es un gobierno entreguista y cipayo éste.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

DROGAS EN DECLIVE ENERGÉTICO: LA ECONOMÍA DEL DESHECHO HUMANO

QUE TODO ARDA EN MISIONES: EL NEGOCIO LIBERTARIO CON LAS CENIZAS

EL PENTÁGONO SE MATA SOLO -Los pueblos ya ganamos por mera exergia-