NO A CORPUS, SÍ A LA ENERGÍA CORRECTA
Durante décadas nos enseñaron que el desarrollo consistía en hacer a la sociedad cada vez más grande, más tecnológica y más sofisticada. Sin embargo, la antropología social y cultural ofrece una perspectiva mucho más interesante. Una sociedad compleja no es simplemente una sociedad con más habitantes o con mayor desarrollo tecnológico. Es una forma de organización caracterizada por un elevado grado de especialización, coordinación e interdependencia entre personas e instituciones. Su funcionamiento depende de una extensa red de infraestructuras, burocracias, sistemas financieros, cadenas de suministro, redes de transporte, conocimiento especializado y mecanismos permanentes de administración del poder. Todo ello requiere un flujo continuo y creciente de energía y materiales. La complejidad, por lo tanto, no es un estado natural ni un indicador automático de progreso: es una estrategia de organización cuyo mantenimiento tiene un costo biofísico cada vez mayor.
Pero existe un aspecto que rara vez se discute. La complejidad tampoco es el resultado de una decisión colectiva de la sociedad. Es una construcción histórica impulsada por relaciones de poder, intereses económicos, conflictos geopolíticos y decisiones tomadas por minorías con capacidad para reorganizar el metabolismo material de toda una civilización. Las grandes infraestructuras, la agricultura industrial, la expansión de las cadenas globales de suministro o la concentración energética no surgieron de una deliberación democrática de los pueblos, sino de un determinado modelo de desarrollo que encontró en los combustibles fósiles una fuente extraordinaria de energía barata para expandirse sin precedentes.
Durante más de un siglo esa estrategia pareció exitosa. La abundancia de petróleo, gas y carbón permitió sostener niveles crecientes de complejidad institucional, tecnológica y económica. Sin embargo, esa expansión ocultaba una condición fundamental: dependía de recursos energéticos de alta calidad y elevado retorno energético que no eran infinitos. Cuando el costo de obtener esa energía comienza a aumentar y su rendimiento disminuye, la complejidad deja de ser una ventaja automática. Las mismas estructuras que antes resolvían problemas comienzan a demandar cantidades crecientes de recursos para sostenerse. La burocracia, las infraestructuras, las redes globales de transporte, los sistemas financieros y las cadenas industriales pasan de ser soluciones a convertirse, progresivamente, en una carga.
Por esa razón, la pregunta decisiva del siglo XXI ya no es cómo seguir aumentando la complejidad, sino cuáles de sus formas continúan siendo adaptativas y cuáles han dejado de serlo. Una sociedad verdaderamente inteligente no es la que acumula más instituciones, más infraestructuras o más consumo de energía, sino aquella capaz de sostener la vida con el menor costo biofísico posible. La verdadera medida del desarrollo no debería ser el tamaño del metabolismo económico, sino la capacidad de una comunidad para garantizar bienestar, autonomía y resiliencia dentro de los límites ecológicos de su territorio.
Desde esta perspectiva, el decrecimiento adquiere un significado completamente distinto. No consiste en empobrecer a la sociedad ni en producir menos por razones morales. Tampoco significa regresar al pasado. Significa reconocer que el aumento indefinido de la complejidad ha dejado de ser viable y que resulta necesario distinguir entre las estructuras que fortalecen la vida y aquellas que únicamente consumen energía para sostener mecanismos de concentración del poder y dependencia material. El verdadero objeto del decrecimiento no es el crecimiento económico. Es la complejidad social.
Sin embargo, incluso el concepto de decrecimiento puede resultar insuficiente para describir lo que está ocurriendo. Lo que comienza a desplegarse ante nuestros ojos es un proceso mucho más profundo: la descomplejización de las sociedades industriales. No porque alguien la haya elegido, sino porque los límites biofísicos del planeta, el declive de la energía neta disponible, la crisis climática y la creciente fragilidad de las cadenas globales están reduciendo la capacidad de sostener el extraordinario nivel de complejidad alcanzado durante la era de los combustibles fósiles.
La historia muestra que ninguna sociedad compleja mantuvo indefinidamente el mismo nivel de organización. Todas, en algún momento, debieron simplificar sus estructuras cuando dejaron de disponer de los recursos necesarios para sostenerlas. La diferencia es que las sociedades del pasado atravesaron esos procesos sin comprender plenamente lo que sucedía. Nosotros, en cambio, tenemos la posibilidad de reconocer la descomplejización mientras comienza a desarrollarse y convertir un proceso potencialmente caótico en una transición consciente.
La verdadera pregunta, entonces, no es si la sociedad va a descomplejizarse. La pregunta es quién conducirá ese proceso. Puede imponerse mediante crisis económicas, conflictos geopolíticos, escasez energética y deterioro ambiental, destruyendo capacidades sociales y aumentando la desigualdad. O puede convertirse en un proceso democrático, territorial y planificado, orientado a preservar aquellas formas de complejidad que sostienen la vida —la salud, la educación, el conocimiento, la cooperación, la producción de alimentos, el cuidado de los ecosistemas— mientras se abandonan aquellas que sólo existen para alimentar un metabolismo económico cada vez más costoso y vulnerable.
Es precisamente desde este marco que debe analizarse el proyecto Corpus. La discusión nunca debió limitarse a cuántos megavatios puede producir una represa. La verdadera pregunta es qué tipo de complejidad representa. Corpus expresa una lógica propia del paradigma industrial del siglo XX: grandes infraestructuras centralizadas, enormes inversiones de capital, administración altamente concentrada, dependencia tecnológica, elevados costos de mantenimiento y la expectativa permanente de que el consumo energético continuará creciendo para justificar semejante despliegue material.
Pero si el desafío histórico consiste precisamente en aprender a vivir dentro de los límites biofísicos del territorio, entonces insistir en profundizar esa misma lógica deja de ser una estrategia de adaptación para convertirse en una apuesta cada vez más riesgosa. La energía que necesita Misiones no es necesariamente la que permite sostener una complejidad creciente, sino aquella que fortalece la autonomía energética de las comunidades, diversifica las fuentes de abastecimiento, reduce las dependencias externas y aumenta la resiliencia del territorio frente a un futuro inevitablemente más incierto.
Por eso, decir "No a Corpus" no significa decir "No a la energía". Significa comprender que no toda energía construye el mismo futuro. Hay energías que alimentan estructuras cada vez más centralizadas, dependientes y frágiles, y hay energías que permiten sostener comunidades más autónomas, territorios más resilientes y sociedades capaces de vivir bien con un metabolismo material compatible con los límites de la naturaleza.
La descomplejización no debe ser entendida como una tragedia inevitable. Puede convertirse en la mayor oportunidad histórica de nuestra generación. La oportunidad de abandonar un modelo cuya supervivencia exige un consumo creciente de energía y materiales, para construir otro donde la inteligencia colectiva no se mida por la magnitud de sus infraestructuras, sino por su capacidad para sostener la vida. Ese es el verdadero debate que propone Corpus. No se trata simplemente de elegir entre construir o no una represa. Se trata de decidir si queremos seguir profundizando un paradigma de complejidad que muestra signos evidentes de agotamiento o comenzar a construir, desde ahora, la sociedad resiliente que inevitablemente necesitaremos mañana.
No a Corpus. Sí a la energía correcta.
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