NO A CORPUS: EL MODELO RENOVABLE INDUSTRIAL NO FUNCIONA

Cada vez que se intenta reactivar la construcción de la represa de Corpus se recurre al mismo argumento: la transición energética. Se afirma que, frente al cambio climático y la necesidad de abandonar los combustibles fósiles, las grandes obras hidroeléctricas constituyen una respuesta inevitable porque generan electricidad sin emitir dióxido de carbono durante su operación. Ese razonamiento parece convincente, pero parte de una premisa que hoy está siendo cuestionada por un número creciente de científicos de primer nivel: la idea de que basta con reemplazar las fuentes fósiles por fuentes renovables para conservar prácticamente intacta la civilización industrial. Esa visión puede resumirse en lo que muchos investigadores denominan Modelo Renovable Industrial (MRI): un proyecto que promete mantener el crecimiento económico, el consumo masivo, las cadenas globales de suministro y la expansión permanente de la economía simplemente sustituyendo petróleo, gas y carbón por una gigantesca infraestructura de represas, parques eólicos, plantas solares, baterías, hidrógeno y minería de minerales críticos. El problema es que esa promesa no solo resulta tecnológicamente mucho más compleja de lo que suele admitirse, sino que podría ser físicamente imposible.

El primer supuesto del MRI consiste en creer que las energías renovables podrán reemplazar íntegramente el extraordinario excedente energético que durante más de un siglo proporcionaron los combustibles fósiles convencionales. Sin embargo, Charles A. Hall, ecólogo estadounidense y creador del concepto moderno de Tasa de Retorno Energético (TRE o EROI), demostró que una sociedad no depende únicamente de la cantidad de energía que produce, sino de la energía neta que le queda disponible después de invertir energía para obtenerla. Cuando esa tasa disminuye, la sociedad dispone de menos recursos para sostener hospitales, universidades, carreteras, industrias, investigación científica o infraestructuras complejas. Sobre esa base trabaja Antonio Turiel, doctor en Física e investigador del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC español, quien sostiene que el problema central de nuestro tiempo no es solamente el cambio climático, sino el declive de la energía neta provocado por el agotamiento progresivo de los yacimientos de mayor calidad. Richard Heinberg, investigador principal del Post Carbon Institute, recuerda además que ninguna transición energética de la historia sustituyó completamente a la anterior; la leña no desapareció con el carbón, el carbón no desapareció con el petróleo y el petróleo tampoco desaparecerá simplemente porque construyamos más parques eólicos o represas. Las nuevas fuentes históricamente se sumaron a las anteriores, incrementando el consumo total de energía. El MRI supone que esta vez ocurrirá algo completamente distinto, aunque no existe ningún precedente histórico que respalde semejante expectativa.

A esas advertencias se suma Vaclav Smil, profesor emérito de la Universidad de Manitoba y uno de los mayores especialistas mundiales en historia de los sistemas energéticos. Smil lleva décadas demostrando que las transformaciones energéticas nunca ocurren en pocos años, sino que requieren muchas décadas, enormes inversiones y cantidades colosales de materiales. Las sociedades industriales no funcionan únicamente gracias a la electricidad. Funcionan gracias al acero, al cemento, a los fertilizantes, al transporte pesado, a la minería, a la maquinaria agrícola, a la petroquímica y a una inmensa red de procesos industriales construidos alrededor de los combustibles fósiles. Pensar que basta con instalar más infraestructura renovable para sustituir todo ese metabolismo constituye una simplificación extraordinaria de un problema cuya complejidad supera ampliamente el debate político cotidiano.

El segundo gran error del Modelo Renovable Industrial consiste en confundir electricidad con energía. La mayoría de los discursos públicos presentan ambas palabras como si fueran equivalentes, cuando en realidad describen fenómenos muy diferentes. La electricidad representa solamente una parte del consumo energético de una economía moderna. La mayor parte de la energía que utiliza la sociedad continúa siendo consumida en forma de combustibles líquidos y gaseosos destinados al transporte, la industria pesada, la agricultura, la construcción, la minería, la aviación, la navegación y la fabricación de materiales esenciales. Incluso Mariano Marzo, doctor en Geología, catedrático de Estratigrafía de la Universidad de Barcelona y uno de los mayores expertos españoles en petróleo y transición energética, insiste una y otra vez en esta diferencia. Marzo sostiene que una transición energética seria debe comenzar reconociendo que la electricidad constituye apenas una fracción del consumo final de energía y que electrificar completamente la economía resulta mucho más difícil de lo que suele afirmarse. Una represa puede producir más electricidad, pero no produce diésel para las cosechadoras, queroseno para los aviones, coque para los altos hornos ni combustibles para la maquinaria minera que extrae los materiales necesarios para construir esa misma represa. Pretender resolver una crisis energética ampliando únicamente la generación eléctrica significa actuar sobre una parte relativamente pequeña del problema mientras permanece intacto el núcleo del sistema energético mundial.

El tercer supuesto del MRI sostiene que la transición dependerá solamente de construir suficiente infraestructura renovable. Pero esa infraestructura necesita cantidades inmensas de minerales cuya disponibilidad también encuentra límites físicos. Alicia Valero Delgado, doctora ingeniera industrial, catedrática de la Universidad de Zaragoza y directora del Grupo de Ecología Industrial del Instituto CIRCE, ha demostrado que los minerales tampoco escapan a las leyes de la termodinámica. Los yacimientos de mayor calidad se agotan primero y, a medida que la minería avanza hacia minerales más pobres y dispersos, aumenta la cantidad de energía necesaria para obtener cada tonelada útil. En otras palabras, cuanto más avanza la transición, más energía consume la propia transición. Simon Michaux, geólogo e investigador del Servicio Geológico de Finlandia, ha calculado que sustituir completamente la infraestructura fósil por tecnologías renovables exigiría volúmenes gigantescos de cobre, litio, níquel, cobalto, grafito y tierras raras, muy superiores a las capacidades actuales de extracción mundial. Alice J. Friedemann, ingeniera y analista energética, llega a conclusiones semejantes desde otro ángulo al demostrar que actividades fundamentales como el transporte pesado, la minería, la construcción o la agricultura siguen dependiendo de combustibles líquidos para los cuales todavía no existen reemplazos escalables equivalentes. Ninguno de estos investigadores rechaza las energías renovables. Lo que cuestionan es la idea de que puedan sostener, por sí solas, una civilización organizada alrededor del crecimiento perpetuo del consumo de energía y materiales. 

Si esos investigadores tienen razón, entonces el problema de Corpus deja de ser simplemente ambiental y adquiere una dimensión mucho más profunda. La represa ya no puede evaluarse únicamente por la cantidad de electricidad que sería capaz de producir, sino por el modelo de sociedad que intenta sostener. Corpus es una obra concebida para alimentar una economía de gran escala, altamente centralizada, dependiente de enormes infraestructuras y de un consumo energético en permanente expansión. Pertenece al mismo paradigma que construyó las grandes represas del siglo XX, cuando todavía parecía razonable creer que el crecimiento económico podía continuar indefinidamente. Pero si la disponibilidad de energía neta comienza a disminuir, como sostienen Hall y Turiel, y si además la transición enfrenta límites materiales, como demuestran Valero y Michaux, entonces seguir respondiendo a la crisis con megaobras significa insistir en soluciones diseñadas para un mundo que ya no existe.

La paradoja resulta evidente. El Modelo Renovable Industrial promete resolver la crisis ecológica mediante una nueva ola de industrialización. Para construir un sistema supuestamente sostenible propone multiplicar la extracción de minerales, ampliar la minería a escala planetaria, levantar miles de kilómetros de líneas de alta tensión, fabricar millones de toneladas adicionales de acero y cemento, inundar nuevos territorios mediante grandes represas y expandir infraestructuras cada vez más complejas. En lugar de reducir el metabolismo material de la economía, pretende aumentarlo durante varias décadas con la esperanza de alcanzar, algún día, una sociedad descarbonizada. Pero ese camino reproduce exactamente la lógica que nos condujo a la crisis actual: más extracción, más consumo de materiales, más ocupación de territorios y mayor dependencia de tecnologías extremadamente complejas. Cambia la fuente de energía, pero no cambia la lógica civilizatoria.

Esta contradicción ha sido señalada también por Joan Martínez Alier, uno de los fundadores de la Economía Ecológica; por Alberto Acosta, referente latinoamericano del posextractivismo; y por Eduardo Gudynas, investigador uruguayo especializado en desarrollo sostenible. Sus trabajos muestran que muchas de las llamadas "tecnologías verdes" mantienen intacta la lógica extractivista. Los costos ambientales y sociales continúan recayendo sobre los territorios donde se extraen minerales, se inundan valles o se instalan grandes infraestructuras, mientras los beneficios energéticos se concentran lejos de esos lugares. Bajo el discurso de la transición pueden terminar reproduciéndose las mismas relaciones de dependencia y sacrificio territorial que caracterizaron al modelo fósil.

Corpus encaja perfectamente en ese esquema. La represa inundaría uno de los tramos más valiosos del río Paraná, alteraría ecosistemas únicos, modificaría la dinámica hidrológica regional y afectaría actividades económicas y culturales vinculadas al río para incorporar algunos megavatios adicionales a un sistema eléctrico nacional. Sin embargo, esa electricidad no resolvería los problemas estructurales de la matriz energética argentina, porque la mayor parte del consumo de energía del país continúa dependiendo de combustibles líquidos destinados al transporte, la agroindustria, la minería y la industria pesada. Es decir, se sacrificaría un territorio entero para actuar únicamente sobre una fracción relativamente pequeña del problema energético.

Aquí aparece una cuestión que rara vez forma parte del debate público. El declive energético no significa solamente disponer de menos energía. Significa también que las sociedades deberán adaptarse a un proceso de descomplejización. Durante más de un siglo la abundancia de energía fósil permitió construir cadenas globales de suministro, sistemas logísticos planetarios, ciudades gigantescas, agricultura altamente mecanizada e infraestructuras de una escala nunca antes vista. Pero si la energía neta disponible disminuye, mantener ese nivel de complejidad se vuelve progresivamente más difícil y costoso. La respuesta racional no consiste en construir infraestructuras cada vez mayores para intentar conservar intacto un modelo que pierde su base energética, sino en reorganizar la economía para que pueda funcionar con menor consumo de energía y materiales.

Ese es precisamente el punto donde el Modelo Renovable Industrial comienza a perder consistencia. Toda su estrategia consiste en intentar preservar la complejidad alcanzada durante la era del petróleo mediante una gigantesca sustitución tecnológica. Sin embargo, si los límites geológicos, termodinámicos y materiales impiden reproducir el excedente energético del siglo XX, entonces la verdadera transición no puede consistir únicamente en cambiar unas máquinas por otras. Debe consistir en rediseñar la sociedad para vivir bien con un metabolismo energético menor. En otras palabras, la transición no pasa solamente por sustituir combustibles; pasa por adaptar la escala de nuestras actividades a la nueva realidad biofísica.

Por eso la alternativa al Modelo Renovable Industrial no es regresar al petróleo ni renunciar a las energías renovables. La alternativa es una Transición Energética Justa, entendida como un proceso de relocalización económica, democratización de la energía y adaptación consciente al descenso energético. En lugar de concentrar la generación en megaobras como Corpus, la prioridad pasa a ser la generación distribuida, las comunidades energéticas, las cooperativas eléctricas, los sistemas solares sobre edificios existentes, las pequeñas centrales hidroeléctricas donde sean ambientalmente apropiadas, el aprovechamiento sostenible de la biomasa local, la eficiencia energética, la agroecología y la reducción planificada del consumo material. No se trata de producir cada vez más energía para sostener el crecimiento infinito, sino de reorganizar la sociedad para garantizar una vida digna dentro de los límites físicos del planeta.

Las grandes represas fueron concebidas para una civilización convencida de que siempre dispondría de más energía, más materiales y más crecimiento. La Transición Energética Justa parte exactamente de la premisa contraria: reconoce que el siglo XXI estará marcado por límites energéticos, climáticos y materiales cada vez más estrictos. Frente a esa realidad, insistir en megaproyectos como Corpus no representa una visión de futuro, sino un intento de prolongar un paradigma que pertenece al pasado. La verdadera innovación no consiste en construir obras más grandes, sino en construir sociedades más resilientes.

Decir "No a Corpus" no significa rechazar las energías renovables. Significa rechazar un modelo que pretende utilizar las energías renovables para mantener intacta una civilización industrial diseñada para un mundo de abundancia fósil que ya se está extinguiendo. Si la transición energética consiste simplemente en reemplazar petróleo por represas, minas y gigantescos parques industriales, habremos cambiado la tecnología sin cambiar el problema. Pero si aceptamos que el desafío del siglo XXI no es sostener el crecimiento infinito sino aprender a vivir dentro de los límites de la biosfera, entonces Corpus deja de ser una solución. Se convierte en el símbolo de un modelo renovable industrial que intenta salvar el siglo XX cuando el verdadero desafío consiste, precisamente, en empezar a construir el siglo XXI.

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