EXTIRPAR EL PBI, ADOPTAR EL SUMAK KAWSAY

Durante casi un siglo la humanidad aceptó una de las mayores ficciones intelectuales de la historia: que el bienestar podía resumirse en una cifra llamada Producto Bruto Interno. Desde entonces, gobiernos, bancos, organismos internacionales y universidades comenzaron a comportarse como si el crecimiento del PBI fuera el sinónimo indiscutible del progreso. Sin embargo, el PBI jamás midió el bienestar. Mide únicamente el valor monetario de los bienes y servicios intercambiados en el mercado. Si un bosque es destruido para vender madera, el PBI crece. Si una enfermedad obliga a gastar millones en medicamentos, el PBI crece. Si una inundación destruye una ciudad y luego hay que reconstruirla, el PBI vuelve a crecer. El indicador jamás pregunta si una sociedad es más feliz, más justa, más resiliente o más libre. Solamente contabiliza dinero en movimiento. Es como si un médico pretendiera diagnosticar la salud de una persona limitándose a pesarla. El paciente puede haber ganado peso porque desarrolló músculo... o porque un tumor está creciendo dentro de su cuerpo. El número existe, pero el diagnóstico puede ser completamente falso.

Esta obsesión por convertir la vida en una estadística no es casual. Es hija del capitalismo industrial. Un sistema basado en la acumulación permanente de capital necesita demostrar permanentemente que está creciendo. Y necesita hacerlo porque su propio funcionamiento depende de un mecanismo matemático tan simple como implacable: el interés compuesto. Todo préstamo exige devolver más dinero del que se recibió. Todo inversor exige una rentabilidad creciente. Toda empresa cotizante debe expandir sus beneficios año tras año. Toda economía debe producir más para pagar las deudas acumuladas ayer. El resultado es una civilización atrapada en la obligación estructural del crecimiento infinito sobre un planeta finito. El crecimiento deja de ser una posibilidad para convertirse en una necesidad. La economía deja de estar al servicio de la sociedad y la sociedad pasa a estar al servicio de una máquina financiera incapaz de detenerse sin entrar en crisis. La lógica del interés compuesto no es solamente un mecanismo contable. Es el verdadero motor filosófico del capitalismo.

Durante el siglo XX esa contradicción permaneció oculta gracias a una circunstancia irrepetible: la abundancia extraordinaria de petróleo barato y de alta Tasa de Retorno Energético. La energía fósil anestesió durante un siglo las contradicciones del sistema. Todo parecía posible porque la energía disponible crecía sin cesar. El capitalismo confundió esa excepción geológica con una ley eterna de la historia. El crecimiento económico dejó de parecer una consecuencia de la abundancia energética para convertirse en un mandato moral. Quien cuestionara el crecimiento era acusado de oponerse al progreso. Sin embargo, el declive energético comienza a retirar esa anestesia. Cuando la energía neta deja de expandirse, el crecimiento perpetuo deja de ser una posibilidad física y revela su verdadera naturaleza: una construcción ideológica sostenida sobre un episodio excepcional de la historia humana.

Es precisamente allí donde reaparece una de las tradiciones filosóficas más profundas de América: el Sumak Kawsay. Mucho antes de que Occidente inventara el PBI, los pueblos andinos ya habían desarrollado una concepción completamente distinta del bienestar. El Sumak Kawsay no nació en universidades ni en organismos multilaterales. Surgió de la experiencia acumulada durante siglos por comunidades que aprendieron a vivir dentro de los límites ecológicos de los Andes. Allí la supervivencia no dependía de la acumulación ilimitada sino de la cooperación, de la reciprocidad y del respeto por los ciclos de la naturaleza. El bienestar nunca fue concebido como una magnitud económica sino como una cualidad de las relaciones entre la comunidad, el territorio y la Pachamama. Esa sabiduría permitió sostener civilizaciones durante generaciones sin necesidad de convertir la vida en una mercancía ni el crecimiento en una religión.

Por eso resulta tan revelador observar los principios que rodean al Sumak Kawsay. No aparecen productividad, competitividad, rentabilidad ni consumo. Aparecen Randi-Randi, la reciprocidad; Pakta Kawsay, el equilibrio; Alli Kawsay, la armonía; Ruray o Maki-Maki, el trabajo comunal; Ushay, la organización comunitaria; Wiñak Kawsay, la creatividad; Samay, la serenidad; y Yachay, la sabiduría ancestral. Ninguno de estos principios necesita convertirse en un indicador porque ninguno pretende ser una cantidad. Son relaciones vivas que únicamente existen cuando una comunidad participa activamente de su propia reproducción material y espiritual. El bienestar no necesita ser medido porque está siendo practicado. No existe un equivalente andino del PBI sencillamente porque nunca fue necesario.

Quizá el mayor error de la modernidad haya consistido en creer que una sociedad necesita un número para saber si vive bien. Esa necesidad solo aparece cuando la vida ha sido fragmentada en enormes estructuras burocráticas y financieras incapaces de percibir directamente la realidad que administran. El PBI pertenece al mundo de los Estados centralizados, de los mercados globales y de las poblaciones reducidas a estadísticas. Pero el siglo XXI comienza a insinuar otra trayectoria. El declive energético, la crisis ecológica y el agotamiento del paradigma fósil anuncian procesos de descomplejización, reruralización y desjerarquización que devolverán protagonismo a comunidades capaces de decidir directamente sobre el agua, los alimentos, el trabajo, la energía y el territorio. Allí donde la democracia vuelva a ejercerse cara a cara, donde la administración adopte la forma de cooperativas, sociedades de fomento o comunidades organizadas, el bienestar dejará de ser una variable estadística producida por un organismo central para convertirse nuevamente en una experiencia compartida.

Quizá por eso el verdadero debate del siglo XXI ya no consista en inventar un indicador mejor que el PBI. Tal vez el desafío sea mucho más radical: abandonar la civilización que hizo necesario el PBI. Mientras el capitalismo necesita medir incesantemente el crecimiento para alimentar la expansión infinita del capital, el Sumak Kawsay recuerda que la vida nunca necesitó crecer sin límites para florecer. Necesitó equilibrio. Necesitó reciprocidad. Necesitó comunidad. Necesitó límites. En una época en la que la realidad biofísica comienza a desmantelar la ficción del crecimiento perpetuo, el Buen Vivir deja de parecer una reliquia del pasado y comienza a perfilarse como una de las propuestas civilizatorias más lúcidas para el futuro.

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