EL PRECIO DEL COMBUSTIBLE HOY LO SEMBRÓ CRISTINA Y LO COSECHA JAVIER

Si estás leyendo esto y el precio de la nafta te estalla el bolsillo cada vez que pasas por la estación de servicio, quiero que sepas una cosa: no fue un error, no fue una mala decisión, no fue la inflación ni el mercado. Fue un plan perfectamente ejecutado, y el primer paso lo dio el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner cuando en 2013 firmó el pacto con Chevron para explotar Vaca Muerta con la técnica del fracking. Ella sabía exactamente lo que hacía. Los yacimientos convencionales del país, esos que durante décadas nos dieron petróleo barato y abundante, ya habían entrado en un declive irreversible. El pico de producción de petróleo había pasado en 1998 y el de gas en 2006, y las reservas convencionales se agotaban sin remedio. Pero en lugar de planificar una transición, eligió el camino de la timba financiera: traer a la gigante estadounidense, cederle el control de la formación más prometedora, y transformar el petróleo argentino en un activo de exportación al servicio del capital global. La oposición, por supuesto, aplaudió y después se quejó, pero todos sabían que el fracking no era una fuente de energía soberana sino una apuesta a los precios internacionales, una ruleta donde el país ponía sus recursos y el resto del mundo se llevaba las ganancias.


No hubo equivocación. Fue un plan de saqueo diseñado con precisión quirúrgica. El fracking es caro, tecnológicamente dependiente y de producción volátil, y por eso mismo nos obliga a pagar el precio internacional del combustible, porque ninguna empresa va a invertir miles de millones de dólares si luego el Estado puede congelar el barril a su antojo. Esa es la trampa perfecta: el fracking nos ató al mercado global y al mismo tiempo nos despojó de la capacidad de decidir sobre nuestros propios recursos. Y como si eso fuera poco, este modelo no produce el gasoil que necesitan los camiones y la agricultura, sino un excedente de nafta que no consumimos en el mercado interno, y que por lo tanto debe ser exportada a pérdida para no inundar los tanques argentinos. La lógica no es abastecer a la población, sino garantizar que las empresas puedan vender al mejor postor, y si sobra nafta, que se vaya a Brasil o a Chile, que para eso está el negocio. Y mientras tanto, nosotros pagamos la nafta más cara de la región, porque el precio ya no lo decide el Estado sino la pizarra de Londres, y porque los impuestos que deberían aliviar el costo se usan para apagar incendios sociales que el propio modelo genera. Así, el gobierno actual cosecha lo que sembró el anterior con la misma sonrisa de complicidad, y la cadena de la dominación energética se cierra sin que ninguno de los dos se responsabilice.


Pero que no te engañe el falso debate entre Cristina y Javier, porque ambos son las dos caras de una misma moneda. No importa si hablan de soberanía o de libre mercado, si defienden el barril criollo o celebran su eliminación: el resultado es el mismo, la entrega de nuestros recursos a las corporaciones y la condena de la población a pagar precios que no puede sostener. El plan energético de expoliación comenzó con los acuerdos secretos que blindaron a Chevron, continuó con las leyes que garantizaban estabilidad fiscal a las multinacionales, y hoy se consuma con el RIGI, que blinda por treinta años las regalías y los impuestos para que las petroleras puedan exportar tranquilas mientras el surtidor se lleva el sueldo del trabajador. No hay diferencias sustanciales, solo matices tácticos que nos distraen mientras el imperio se lleva el petróleo. Porque la verdadera división no es entre kirchneristas y macristas, entre peronistas y liberales, sino entre el pueblo que necesita energía para vivir y trabajar, y la élite que negocia los recursos del subsuelo como si fueran acciones en una bolsa de valores. El precio de la nafta no es un problema económico, es la expresión más cruda de una guerra de clases, una guerra que se libra en las carteleras de las estaciones de servicio y que tiene como botín el control de nuestra soberanía energética.


Y ahora que el diagnóstico del decrecimiento energético es irreversible, que el petróleo convencional no volverá y que el fracking se agota en menos de una década por pozo, la pregunta no es cómo bajar el precio de la nafta mañana, sino cómo usar lo que nos queda de combustible para construir un país que pueda vivir sin él. Pero aquí también hay que hacer un giro radical: el decrecimiento no es escasez, es la oportunidad de redefinir la abundancia como comunidad, democracia y soberanía alimentaria, en lugar de consumo y acumulación. Y para eso, el combustible que hoy se quema en las rutas y en los motores de los automóviles privados debería redirigirse a los usos que sostienen la vida: el ferrocarril para conectar los pueblos, la fabricación de insumos hospitalarios, los aislantes térmicos para las viviendas sociales, los lubricantes para los talleres de reparación, y la logística de distribución de alimentos agroecológicos. Porque si el problema no es cuánto petróleo tenemos, sino qué hacemos con él, entonces la solución no pasa por producir más, sino por redistribuir mejor su uso, reduciendo el consumo suntuario y potenciando el consumo esencial. Eso implica también dejar de poner el foco en los vehículos personales y empezar a mirar a los verdaderos responsables del consumo desmedido: los dueños de los yates, los aviones privados, los megayates que recorren el mundo, y las cadenas agroexportadoras que queman combustible para mover la soja que no alimenta a nuestros niños. El enemigo no es el trabajador que usa su auto para ir a la fábrica, sino el sistema que lo obliga a hacerlo porque no hay trenes, no hay bicisendas, no hay ciudades pensadas para la gente y no para los automóviles.


Estamos en un momento histórico en el que la energía puede ser el motor de unidad del gran pueblo argentino, si somos capaces de entender que la lucha por el precio del combustible es la lucha por la soberanía y la justicia. No se trata de defender a un gobierno ni de atacar a otro, sino de construir un proyecto colectivo que ponga los recursos al servicio de la vida y no de la acumulación. Porque el fracking nos puede dar el combustible que necesitamos para la transición, si lo usamos con inteligencia y no con codicia, si destinamos sus ingresos a un fondo soberano que financie trenes, hospitales, escuelas técnicas y redes eléctricas descentralizadas. Pero eso solo será posible si rompemos el pacto de silencio que une a Cristina con Javier, si dejamos de creer que hay una izquierda buena y una derecha mala, y empezamos a ver la mano única que escribe la política energética del país desde hace más de una década. El precio del combustible es el síntoma de esa enfermedad, y el remedio no está en una cartelera sino en la organización del pueblo para tomar las riendas de su destino. No se trata de un plan quinquenal ni de una receta mágica, sino de un clima de época, de una atmósfera donde el debate sobre la energía recupere su centralidad y donde los recursos naturales se pongan al servicio de la mayoría. Porque la soberanía energética no se decreta, se construye, y se construye entre todos, desde los barrios populares hasta las universidades, desde los sindicatos hasta las cooperativas, desde las asambleas vecinales hasta los foros internacionales que resisten al extractivismo. Esa es la tarea de nuestra generación, y el precio de la nafta no es más que el recordatorio de que estamos perdiendo el tiempo en falsos debates mientras el petróleo se va y el país se hunde. Pero también es la prueba de que el pueblo puede despertar, de que la indignación puede transformarse en organización, de que la necesidad puede volverse potencia. Porque si algo nos enseña el precio del combustible en las estaciones de servicio argentinas es que no estamos solos, que millones de personas comparten la misma bronca y el mismo deseo de cambio, y que esa energía colectiva, si la sabemos canalizar, puede mover montañas, o mejor aún, puede mover a todo un país hacia una Argentina post petróleo donde la vida valga más que el barril y donde la riqueza no se mida en litros sino en abrazos.

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