CORPUS: LA CATÁSTROFE ANUNCIADA

Las catástrofes nunca comienzan cuando una represa se rompe. Comienzan mucho antes, cuando una sociedad decide convencerse de que una obra diseñada para un clima que ya no existe seguirá siendo segura en un mundo completamente distinto. El instante en que el hormigón cede, las compuertas colapsan y millones de metros cúbicos de agua se precipitan río abajo no es el comienzo de la tragedia. Es apenas su desenlace. La verdadera catástrofe empieza cuando la prudencia deja de formar parte de las decisiones colectivas y es reemplazada por la inercia, la fe ciega en la tecnología o la ilusión de que el futuro se parecerá indefectiblemente al pasado.

El proyecto Corpus Christi pertenece precisamente a ese pasado. Concebido hace más de medio siglo para generar alrededor de 3.500 megavatios e inundar 13.838 hectáreas sobre el río Paraná, fue diseñado en una época en la que el clima parecía obedecer patrones relativamente estables y los grandes ríos eran considerados sistemas suficientemente predecibles como para justificar obras cuya vida útil se medía en un siglo. Aquella confianza respondía a un mundo diferente. Hoy la hidrología, la climatología y la ingeniería coinciden en que los supuestos bajo los cuales fueron concebidas muchas grandes represas están cambiando aceleradamente. Persistir en proyectos pensados para las condiciones del siglo XX significa construir infraestructura para un planeta que ya no existe.

Durante décadas se instaló la idea de que una gran represa representaba la máxima expresión del progreso. Cuanto mayor era la obra, mayor parecía ser el desarrollo que prometía. El éxito se medía en metros cúbicos de hormigón, altura de las presas y megavatios instalados. Sin embargo, la historia ha comenzado a desmontar esa narrativa. Las grandes represas no son estructuras eternas ni infalibles. Envejecen, acumulan sedimentos, requieren mantenimientos crecientes y dependen de una variable que ninguna ingeniería puede controlar completamente: el comportamiento del agua.

Brasil ofrece una de las evidencias más contundentes. Desde la década de 1950 se han documentado treinta y nueve rupturas de represas. Lejos de tratarse de episodios aislados, una parte importante ocurrió en las últimas décadas, demostrando que la modernización tecnológica no ha eliminado el riesgo. Mariana, en 2015, liberó cerca de cuarenta millones de metros cúbicos de residuos que recorrieron centenares de kilómetros hasta el océano Atlántico, provocando uno de los mayores desastres ambientales de América Latina. Brumadinho, apenas cuatro años después, dejó 272 muertos cuando una estructura considerada oficialmente de bajo riesgo colapsó en pocos segundos. La represa Camará falló durante su primer llenado, apenas dos años después de haber sido inaugurada. Más recientemente, las lluvias extremas que afectaron Rio Grande do Sul comprometieron distintas infraestructuras hidráulicas, recordando que el peligro no pertenece al pasado. Los nombres cambian, las circunstancias son distintas, pero la conclusión permanece inalterable: las represas fallan.

Quien considere que estos episodios corresponden exclusivamente a una realidad latinoamericana debería observar lo ocurrido recientemente en Guangxi, en el sur de China. Lluvias excepcionales terminaron provocando la ruptura parcial del dique del embalse de Liulan, obligando a evacuar a cientos de miles de personas y ocasionando importantes pérdidas humanas y materiales. No ocurrió en un país con escasa capacidad técnica ni en una infraestructura abandonada. Ocurrió en una de las mayores potencias tecnológicas del planeta. La naturaleza simplemente superó las condiciones para las cuales la obra había sido diseñada. El mensaje resulta imposible de ignorar: no sólo envejecen las represas; también envejece el clima sobre el cual fueron calculadas.

Sin embargo, el principal riesgo asociado a Corpus no reside únicamente en la posibilidad de una falla estructural. El verdadero problema es su emplazamiento dentro de un sistema hidráulico extraordinariamente complejo. El Paraná no es una sucesión de represas independientes. Es una cadena. Aguas arriba de Itaipú operan Ilha Solteira, Jupiá y Porto Primavera; sobre el río Iguazú funcionan Foz do Areia, Segredo, Salto Santiago, Salto Osório, Salto Caxias y Baixo Iguaçu; más abajo se encuentran Itaipú, el emplazamiento previsto para Corpus y finalmente Yacyretá. Cada una de estas obras modifica el comportamiento hidráulico de la siguiente. Todas forman parte de un único sistema.

La ciencia ya ha comenzado a estudiar ese escenario. En 2023, la ingeniera Stefany Gonçalves Lima presentó en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul una investigación destinada a modelar las inundaciones provocadas por rupturas de represas en cascada. Sus resultados mostraron que, aunque la onda de crecida pierde altura conforme avanza río abajo, conserva suficiente energía para comprometer estructuras ubicadas aguas abajo. No se trata de una hipótesis literaria ni de una especulación alarmista. Es un problema físico que puede estudiarse mediante modelos hidráulicos.

Un año después, João Marcos Levis y Marcos Cristiano Palú desarrollaron una simulación sobre una ruptura hipotética de Itaipú y elaboraron mapas de inundación para Foz do Iguaçu, Ciudad del Este y Puerto Iguazú. El estudio confirmó la magnitud potencial del impacto que produciría un colapso de semejantes dimensiones. Lo que aún permanece prácticamente inexplorado es el escenario completo: que esa misma onda continúe desplazándose hacia Corpus, alcance Yacyretá y ejerza sobre las estructuras situadas aguas abajo una presión multiplicada por el enorme volumen de agua, sedimentos y escombros transportados durante cientos de kilómetros.

Ese es el verdadero significado del efecto dominó. Una represa no constituye solamente un obstáculo para el agua. También representa un gigantesco reservorio de energía potencial. Cuando permanece estable, esa energía está contenida. Pero si la estructura falla, toda esa energía se libera en cuestión de minutos. Si río abajo existe otra gran represa, el problema deja de ser una obra aislada y pasa a convertirse en una cadena de infraestructuras susceptibles de influirse mutuamente. Cada nueva presa incorpora millones o miles de millones de metros cúbicos de agua retenida que, en un escenario extremo, podrían sumarse a la onda de inundación precedente.

Corpus ocuparía precisamente ese lugar crítico. Lejos de aumentar la seguridad del sistema, añadiría una nueva barrera entre Itaipú y Yacyretá. En un escenario de ruptura en cascada, no actuaría como una protección sino como otra inmensa masa de agua capaz de incorporarse al frente de inundación. Las primeras ciudades expuestas serían Posadas y Encarnación, ubicadas inmediatamente aguas abajo de Yacyretá. Pero la amenaza no terminaría allí. Corrientes, Resistencia, Santa Fe, Rosario y decenas de localidades ribereñas quedarían potencialmente alcanzadas por una crecida de dimensiones desconocidas para la historia moderna del Paraná. El problema deja entonces de ser exclusivamente misionero. Se convierte en una cuestión estratégica para toda la cuenca y para millones de personas cuya seguridad depende del comportamiento de un sistema hidráulico cada vez más complejo y sometido a condiciones climáticas crecientemente inciertas. 

El riesgo adquiere una dimensión todavía mayor cuando se comprende que las represas no sólo almacenan agua: transforman profundamente los ríos. El Paraná es uno de los grandes transportadores de sedimentos del planeta. Cada año millones de toneladas de arena, limo y arcillas descienden desde las cuencas altas de Brasil, Bolivia y Paraguay. Ese transporte constituye parte del funcionamiento natural del sistema fluvial. Cuando un río es represado, buena parte de esos sedimentos deja de viajar y comienza a depositarse en el fondo del embalse. El resultado es un proceso lento pero inexorable: disminuye el volumen útil para almacenar agua, aumenta la presión sobre la infraestructura durante las grandes crecidas y se reduce progresivamente la capacidad de regulación hidráulica. Paradójicamente, cuanto más envejece una represa, menor es el margen de maniobra del que dispone para enfrentar eventos extraordinarios.

Ese envejecimiento tampoco afecta únicamente al embalse. El hormigón experimenta procesos de fatiga y fisuración; las armaduras metálicas sufren corrosión; las fundaciones soportan décadas de esfuerzos permanentes; los sistemas electromecánicos requieren reemplazos cada vez más complejos y costosos. Ninguna gran represa permanece indefinidamente en las condiciones para las cuales fue diseñada. Las obras construidas durante la segunda mitad del siglo XX ingresan ahora, casi simultáneamente, en una etapa de madurez estructural precisamente cuando el clima comienza a comportarse de maneras que sus proyectistas nunca imaginaron. La coincidencia entre ambos procesos debería ser motivo suficiente para extremar la prudencia. Sin embargo, el debate público continúa desarrollándose como si el contexto climático permaneciera inalterado.

La evidencia científica describe exactamente lo contrario. El calentamiento global no implica simplemente un aumento de la temperatura media del planeta. Significa una alteración creciente del ciclo hidrológico. La atmósfera más cálida retiene mayor cantidad de vapor de agua y, cuando ese vapor se condensa, las precipitaciones pueden adquirir intensidades desconocidas hasta hace pocas décadas. Al mismo tiempo, las modificaciones en la circulación oceánica y atmosférica alteran los patrones de lluvia sobre amplias regiones del planeta. Investigadores como Antonio Turiel han advertido sobre las profundas consecuencias que podría acarrear el debilitamiento de la Circulación Meridional del Atlántico, mientras numerosos trabajos científicos analizan la creciente inestabilidad de los grandes sistemas climáticos que regulan las precipitaciones en Sudamérica. Más allá de cuál sea la velocidad con que esos procesos evolucionen, existe un consenso cada vez más amplio respecto de un hecho fundamental: el clima del Holoceno, bajo el cual fueron diseñadas las grandes represas, está dejando paso a un régimen mucho más variable e incierto.

Las represas fueron diseñadas para los ríos del Holoceno. Tendrán que sobrevivir a los ríos del Antropoceno. Esa sola afirmación debería bastar para replantear la lógica con la que se siguen proyectando obras de semejante magnitud. Las grandes hidroeléctricas dependen de la estabilidad de los caudales. Sin embargo, esa estabilidad está desapareciendo. Las mismas cuencas pueden atravesar prolongadas sequías que reducen drásticamente la generación eléctrica y, poco tiempo después, experimentar lluvias excepcionales que obligan a abrir compuertas para preservar la integridad de las presas. La infraestructura termina enfrentando simultáneamente dos problemas opuestos: falta de agua para producir energía y exceso de agua para garantizar su propia seguridad. Lo que durante décadas fue considerado un sistema confiable comienza a depender de una variable crecientemente impredecible.

En ese contexto, insistir en agregar una nueva megaestructura al Paraná supone profundizar un paradigma cuya fragilidad resulta cada vez más evidente. Durante buena parte del siglo XX predominó una lógica de complejización permanente: concentrar cantidades crecientes de agua, energía, infraestructura y capacidad de decisión en obras cada vez más grandes, administradas desde centros cada vez más alejados de los territorios afectados. Ese modelo permitió resolver muchos desafíos de su tiempo, pero también creó sistemas extraordinariamente eficientes... y extraordinariamente vulnerables. Cuanto mayor es la concentración, mayores son las consecuencias de una falla.

El siglo XXI parece exigir exactamente el camino inverso. No porque deba renunciarse a la tecnología, sino porque la resiliencia ya no depende exclusivamente de la capacidad de construir infraestructuras monumentales. Depende de la capacidad de simplificar los sistemas, distribuir los riesgos y fortalecer la autonomía de los territorios. La descomplejización no representa un retroceso, sino una estrategia de adaptación frente a un mundo más incierto. La descentralización de la producción energética, la recuperación de soberanía por parte de las comunidades sobre los recursos de los que depende su vida cotidiana y la administración ciudadana organizada de esos bienes comunes ofrecen una lógica radicalmente distinta. No concentran el riesgo: lo distribuyen. No vuelven indispensable una única infraestructura gigantesca: construyen múltiples capacidades locales para responder a escenarios cambiantes. La verdadera seguridad energética del futuro probablemente no provenga de obras cada vez más grandes, sino de sociedades capaces de sostenerse mediante redes más flexibles, más diversas y más próximas a quienes habitan los territorios.

Vista desde esa perspectiva, Corpus aparece como la expresión tardía de un paradigma que comienza a mostrar signos de agotamiento. Fue concebida cuando aún predominaba la convicción de que el desarrollo podía medirse por el tamaño de las obras ejecutadas. Hoy la pregunta es otra. El verdadero desarrollo quizá consista en reducir vulnerabilidades antes que en aumentarlas; en evitar riesgos antes que administrarlos; en fortalecer la capacidad de adaptación antes que profundizar la dependencia de infraestructuras cuya seguridad futura ya no puede darse por descontada.

Todo ello vuelve todavía más difícil comprender por qué el proyecto continúa reapareciendo periódicamente sin haber completado siquiera las instancias ambientales indispensables para una obra de semejante magnitud. El propio Ministerio de Ecología de Misiones reconoció que para el emplazamiento de Pindo-í no existe una evaluación de impacto ambiental concluida, ni declaración de impacto ambiental, ni el correspondiente proceso de participación pública. Esa ausencia no constituye una mera formalidad administrativa. Implica que la sociedad continúa discutiendo una de las mayores intervenciones posibles sobre el Paraná sin disponer de una evaluación integral que incorpore los conocimientos científicos acumulados durante las últimas décadas acerca del cambio climático, el envejecimiento de las grandes represas, la sedimentación de los embalses y los riesgos derivados de los sistemas hidráulicos en cascada.

En 1996, el pueblo de Misiones rechazó Corpus mediante un plebiscito en el que el 88,63 % de los votantes se pronunció por el no. Durante años aquella decisión fue presentada como una reacción local frente a una obra de gran magnitud. Con el paso del tiempo, sin embargo, la ciencia comenzó a aportar argumentos que transforman completamente la lectura de aquel resultado. Lo que entonces podía parecer una decisión intuitiva aparece hoy respaldado por una evidencia mucho más amplia sobre la creciente incertidumbre climática, la vulnerabilidad de las megainfraestructuras y los límites de un modelo de desarrollo basado en concentrar riesgos en lugar de distribuirlos.

Durante más de un siglo aprendimos a medir el progreso por la magnitud de las obras que éramos capaces de construir. Tal vez haya llegado el momento de medirlo por los riesgos que somos capaces de evitar. Porque las catástrofes nunca empiezan cuando una represa se rompe. Empiezan cuando decidimos ignorar todas las señales que advertían que podía romperse. Agregar otra gigantesca masa de agua retenida al sistema más represado del Paraná no constituye una apuesta por el futuro. Constituye una apuesta contra él. Cuando una ficha de dominó cae, el problema nunca fue esa ficha. El problema fue haber seguido colocándolas una detrás de otra. Corpus todavía no existe. Y precisamente por eso, todavía estamos a tiempo de que nunca llegue a formar parte de esa cadena.

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