COMO SI FUERA LA PRIMERA VEZ
Anoche volví a ver "Como si fuera la primera vez", esa comedia con Adam Sandler y Drew Barrymore que todos creemos conocer. No era la primera vez que la veía, probablemente la haya visto tres o cuatro veces en estos veinte años desde que se estrenó, pero ayer fue como si realmente fuera la primera vez, y lo que sentí al terminar no fue la ligera nostalgia de una comedia romántica, sino una tristeza inmensa, de esas que se instalan en el pecho y no se van con un mate ni con una distracción. Me quedé mirando los créditos con la sensación de haber visto un documental sobre algo que ya no existe, algo que tal vez nunca existió del todo pero que al menos en ese universo de ficción se sostenía con una naturalidad que me resultó casi insoportable. Porque lo que vi ahí no fue una historia de amor convencional, vi comunidad, vi afecto genuino, vi a un grupo de personas que rodeaban a Lucy con una paciencia y una ternura que no pedían nada a cambio, vi a Henry decidir cada mañana volver a conquistarla sabiendo que ella no recordaría nada, vi al padre y al hermano de Lucy sostener esa ficción cotidiana con un amor tan práctico y tan terco que me recordó a los cuidados que se daban en las casas de mis abuelos, donde el otro no era un proyecto ni una inversión ni una fuente de gratificación, sino simplemente alguien que estaba ahí y merecía que le sirvieras el desayuno aunque al día siguiente no recordara que lo habías hecho. Y mientras veía todo eso, mientras reía en algunos momentos y en otros sentía un nudo en la garganta, no pude evitar pensar en lo que hemos perdido, en cómo las redes sociales, las películas vacías, la propaganda, el ruido constante de este capitalismo tardío que nos devora, nos van despojando día a día de las señales que nos recordaban que éramos parte de algo, que existía un nosotros que no se reducía a transacciones ni a perfiles ni a contenido viral. Esa película me conmovió porque me trajo sensaciones que tenía olvidadas en mí, pero también me trajo la observación incómoda de que el olvido no es solo un fenómeno individual, es un mecanismo sistémico, como si la mente humana en esta época fuera una computadora que se reinicia a diario, que no puede acumular combustible de vida, de entusiasmo, de fuerza espiritual, que todo se drena, se escurre, se pierde entre un scroll y otro, entre una notificación y una historia que desaparece en veinticuatro horas.
Pero hay algo más profundo que la simple pérdida de atención, algo que he estado palpando sin poder nombrarlo y que anoche se me reveló con una claridad incómoda mientras veía a Lucy despertar cada mañana sin memoria, condenada a un presente eterno del que no podía escapar. Resulta irónico, casi perverso, que el discurso dominante de la espiritualidad barata y el coaching existencial haya convertido la frase "estar presente" y "la vida es este momento" en un mantra de liberación, cuando en realidad esa misma idea ha sido secuestrada y transformada en la jaula más perfecta que podíamos habitar. Porque lo que nos venden como presencia no es presencia en absoluto, es una amputación del tiempo, una reducción del ser humano a una conciencia sin densidad, sin historia, sin compromiso con lo que fue y con lo que vendrá. La verdadera presencia no es un presente sin pasado ni futuro, es la capacidad de sostener las tres dimensiones temporales simultáneamente, es saber que el ahora está cargado de lo que hemos sido y de lo que queremos ser, que cada gesto presente es heredero de una cadena de gestos anteriores y germen de los que vendrán. Lo que tenemos hoy, en cambio, es un presente quirúrgicamente aislado, un ahora sin anclaje que nos vuelve individuos sin territorio, sin herencia, sin linaje, sin esa memoria compartida que tejía las comunidades y les daba la textura de lo duradero. Y así, desposeídos de pasado y de futuro, convertidos en consumidores del instante, dejamos de ser personas para volvernos algo más parecido a almas en pena que arrastran cadenas invisibles, seres fantasmales y etéreos que no tienen peso ni consistencia, que flotan en un presente perpetuo sin poder apoyarse en ninguna certeza que no sea la del próximo estímulo, la próxima novedad, la próxima distracción que venga a llenar el vacío de una subjetividad que ya no sabe quién es porque ha perdido la capacidad de narrarse a sí misma a través del tiempo.
Y entonces comprendí, con una lucidez que dolía, que no es que hayamos perdido la comunidad para quedar reducidos a individuos aislados, es que ni siquiera tenemos individuos auténticos que puedan aislarse. Porque el individuo, el verdadero individuo, es aquel que ha sido formado por una comunidad, que ha interiorizado sus ritos, sus historias, sus afectos, sus deudas y sus promesas, y que desde esa interioridad densa puede luego separarse y entrar en relación con otros sin disolverse ni absorberlos. Pero nosotros, los que habitamos este presente sin espesor, no somos individuos en ese sentido, somos apenas siluetas, perfiles, datos, consumidores que se parecen entre sí porque hemos sido producidos en serie por el mismo aparato que necesita de nosotros exactamente así, sin memoria que nos ate al pasado, sin proyecto que nos lance al futuro, sin herencia que nos haga responsables de algo más que de nuestro propio bienestar inmediato. Y por eso no puede haber comunidad, porque la comunidad no es un agregado de individuos sueltos que deciden juntarse, la comunidad es un organismo que existe antes que el individuo y que lo constituye, que le da un nombre, un lugar, una historia, un conjunto de obligaciones y de derechos que no elige sino que recibe y que a su vez deberá transmitir. En esa película, la pequeña comunidad que rodea a Lucy funciona exactamente así, no son individuos que deciden ayudarla por bondad abstracta, son personas que están atadas entre sí por lazos que preceden cualquier elección consciente, son el padre, el hermano, los amigos, los compañeros de trabajo que han construido un mundo común alrededor de su enfermedad, y ese mundo común es lo único que le da a Lucy una identidad posible más allá de su amnesia. Cada mañana la reciben como si fuera la primera vez, pero no lo hacen desde un presente vacío, lo hacen desde una historia compartida que ellos sí recuerdan y que sostiene el gesto de la repetición, porque la repetición sin memoria no es ritual, es simple rutina mecánica, y el ritual solo existe cuando quienes lo repiten saben que están repitiendo algo que otros repitieron antes y que otros repetirán después.
Y es aquí donde el engaño se revela en toda su magnitud, porque el sistema no necesita que olvidemos simplemente las cosas importantes, necesita que olvidemos que hubo un tiempo en que las cosas importantes se transmitían, que hubo tradiciones, que hubo linajes, que hubo un saber acumulado que no venía en formato de contenido y que no se consumía en un par de horas. Necesita que cada generación se crea nueva, que cada individuo se invente a sí mismo desde cero, que cada uno construya su propia identidad sin deudas con los muertos y sin obligaciones con los que vendrán, porque un ser humano con memoria colectiva es un ser humano difícil de manipular, es un ser humano que sabe que ya hubo otras formas de organizar la vida, que ya hubo otros valores, que ya se vivió de otras maneras y que por lo tanto lo que hoy se presenta como inevitable es apenas una opción histórica, una opción que puede ser revocada. La jaula del presente eterno no es un accidente, es un diseño perfecto, es la manera de garantizar que nunca tengamos la distancia suficiente para juzgar lo que estamos viviendo, que nunca podamos comparar porque no tenemos con qué comparar, que nunca podamos imaginar un futuro diferente porque no tenemos pasado del cual nutrirnos. Y en esa jaula, el amor mismo se vuelve una experiencia del instante, algo que se siente ahora pero que no se acumula, que no se profundiza, que no se transforma en memoria corporal, en sabiduría, en esa capa de sedimentos que hacía que una pareja de cincuenta años se mirara y supiera todo sin necesidad de palabras. Por eso la película me dolió tanto, porque vi en ella un amor que se repetía cada día pero que no era un bucle, era un ritual, y el ritual es lo opuesto al bucle, porque el bucle atrapa y el ritual transforma, el bucle es repetición vacía y el ritual es repetición que profundiza, que excava, que va dejando capas de significado que se acumulan en el cuerpo y en el alma de quienes lo practican.
Y escribo esto sabiendo que soy parte del problema, que mientras escribo estoy aquí, en mi pantalla, solo, hablando quizá con nadie, y que mi propia soledad es la prueba de lo que denuncio. Pero también escribo porque siento que la única manera de salir del presente eterno es precisamente esta, narrar, contar, poner en palabras lo que ha sido y lo que podría ser, construir una memoria que no sea solo individual sino compartida, que alguien lea esto y se reconozca, y que en ese reconocimiento se teja un hilo que nos una a través del tiempo. Porque la comunidad no nace de la coincidencia, nace de la narración, nace de contar juntos una historia que nos contiene, que nos explica, que nos da un lugar en el orden de las cosas. Y quizá, solo quizá, si somos capaces de recuperar la capacidad de narrar lo que hemos perdido, podamos también recuperar la capacidad de construirlo de nuevo, no como un regreso nostálgico a un pasado que ya no existe, sino como una reinvención que sepa honrar lo que fuimos sin quedarse presa de ello. Pero para eso tenemos que salir de este presente sin espesor, tenemos que dejar de ser almas en pena que vagan sin ancla, tenemos que aceptar que la vida no es solo este momento, que la vida es también todo lo que nos trajo hasta aquí y todo lo que llevaremos a quienes vengan después, que la presencia verdadera es la que abraza el tiempo entero y no la que se esconde en un instante desnudo para no tener que cargar con el peso de la historia. Esa película, con su ternura y su repetición, me recordó que el amor verdadero no es el que olvida, es el que recuerda por el otro cuando el otro no puede, y que esa es quizá la definición más exacta de comunidad que podemos tener: un grupo de personas que recuerdan juntas, que sostienen la memoria de los que ya no pueden sostenerla, que tejen un presente que no es un refugio contra el tiempo sino una celebración de todo el tiempo que han compartido. Y yo quiero ser parte de eso, quiero dejar de ser un consumidor del instante y volver a ser un heredero, alguien que sabe de dónde viene y a dónde va, alguien que puede sentarse a la mesa con los suyos y compartir no solo el pan sino también las historias que dan sentido al pan, porque al final, y esto lo he entendido viendo a Drew Barrymore sonreír sin saber quién es, al final la identidad no es lo que uno recuerda de sí mismo, es lo que otros recuerdan de uno, es el lugar que ocupamos en la memoria de los que nos rodean, y si hemos perdido la comunidad es porque hemos dejado de habitar esas memorias, hemos dejado de ser el personaje que otros necesitan recordar para ser ellos mismos.
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