VIVA LA LIBERTAD CARAJO!

Hay palabras que describen la realidad y hay palabras que organizan la realidad. La libertad pertenece a esta segunda categoría. No es simplemente un concepto político ni una aspiración moral. Es una de esas ideas capaces de movilizar pueblos enteros, justificar revoluciones, legitimar gobiernos, inspirar sacrificios y modelar civilizaciones. Por eso resulta tan significativo que, en medio de una crisis histórica que atraviesa simultáneamente la energía, la economía, la cultura, la tecnología y la política, la libertad haya regresado al centro de la escena pública convertida en una consigna tan potente como indeterminada. "Viva la libertad carajo" se repite como una oración secular, como un grito de guerra, como una promesa de redención. Sin embargo, pocas veces se pregunta qué significa exactamente esa libertad que se celebra con tanta pasión. Y quizás esa ausencia de definición sea precisamente la fuente de su enorme eficacia.

Las sociedades no viven únicamente de alimentos, energía o infraestructura. También viven de relatos. El antropólogo escocés James George Frazer observó en La rama dorada que los mitos no eran simples supersticiones sino herramientas mediante las cuales las comunidades organizaban su comprensión del mundo. Más de un siglo después, Roland Barthes mostró en Mitologías que las sociedades modernas no habían abandonado los mitos; simplemente habían aprendido a disfrazarlos de sentido común. La publicidad, los discursos políticos, el consumo y las ideas dominantes funcionan muchas veces como relatos que parecen naturales aunque sean construcciones históricas. La modernidad industrial también tuvo sus propios mitos: el progreso ilimitado, el crecimiento infinito, la expansión constante del bienestar material y la fe en que la tecnología resolvería cualquier problema que encontrara la humanidad.

Aquellas promesas fueron posibles porque descansaban sobre una disponibilidad energética extraordinaria. El petróleo permitió una expansión sin precedentes de la producción, el transporte, la urbanización y el consumo. Durante generaciones, millones de personas experimentaron una mejora efectiva de sus condiciones de vida y aprendieron a asociar libertad con crecimiento. Más movilidad significaba más libertad. Más consumo significaba más libertad. Más acceso a bienes materiales significaba más libertad. La democracia representativa se consolidó precisamente durante esa etapa de expansión. Sin embargo, cuando la base energética comienza a mostrar límites, cuando los rendimientos decrecientes aparecen, cuando la desigualdad se profundiza y cuando el deterioro ecológico deja de ser una advertencia para convertirse en una realidad palpable, las promesas empiezan a resquebrajarse. Lo que emerge entonces no es solamente una crisis económica. Es una crisis de sentido.

El filósofo Jean-François Lyotard describió este fenómeno en La condición posmoderna como el agotamiento de los grandes relatos que habían organizado la modernidad. Pero los seres humanos no pueden vivir mucho tiempo sin relatos. Cuando una narrativa pierde legitimidad, otra ocupa su lugar. El problema es que la nueva narrativa emerge en un contexto donde ya no resulta posible sostener las promesas materiales del pasado. Es en ese vacío donde la palabra libertad adquiere una potencia extraordinaria. Ya no designa una realidad concreta. Se transforma en una especie de recipiente simbólico donde cada individuo deposita sus frustraciones, deseos, miedos y esperanzas. La libertad deja de ser un concepto para convertirse en una fe.

Sin embargo, la libertad no es una palabra vacía por naturaleza. Ha sido vaciada. Y para comprender cómo ocurrió ese proceso resulta necesario observar las transformaciones profundas de nuestro tiempo. Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel que las clases dominantes mantienen su poder no solamente mediante la coerción sino también mediante la construcción de hegemonía, es decir, logrando que sus intereses particulares aparezcan como sentido común para toda la sociedad. Pierre Bourdieu mostró en Los herederos cómo las instituciones reproducen desigualdades y jerarquías que terminan percibiéndose como naturales. Lo que parece una elección libre muchas veces es el resultado de estructuras invisibles incorporadas en nuestras formas de pensar y percibir el mundo. La libertad contemporánea se presenta como una elección individual permanente, pero rara vez se pregunta quién define las opciones disponibles, quién controla los recursos estratégicos o quién establece los límites dentro de los cuales elegimos.

A esta problemática se suma una transformación aún más profunda. Edward Said explicó en Orientalismo cómo el poder produce conocimientos que terminan justificando relaciones de subordinación. Gayatri Spivak se preguntó si los sujetos subalternos pueden realmente hablar cuando las condiciones mismas de la representación ya están organizadas por estructuras de poder previas. Frantz Fanon mostró en Los condenados de la tierra que la dominación más eficaz es aquella que logra instalarse en la subjetividad de los propios dominados. Estas reflexiones adquieren una relevancia extraordinaria en un mundo donde buena parte de las categorías con las que pensamos la economía, el desarrollo, el progreso y la libertad son producidas lejos de los territorios donde sus consecuencias se padecen. El resultado es una paradoja inquietante: los pueblos celebran conceptos que muchas veces ya no les pertenecen.

La economista argentina Cecilia Rikap agrega una pieza decisiva a este rompecabezas. En Teoría de la dependencia digital demuestra cómo el conocimiento, los datos, la inteligencia artificial y las plataformas tecnológicas se encuentran crecientemente concentrados en manos de un puñado de corporaciones globales. Nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca tan pocos actores controlaron las infraestructuras que organizan esa información. La democracia representativa no ha sido abolida. Ha sido rodeada por sistemas tecnológicos capaces de intervenir permanentemente sobre la atención, los deseos y las emociones colectivas. Formalmente seguimos votando. Pero buena parte de aquello que pensamos, consumimos, deseamos o tememos es modelado por arquitecturas digitales que escapan a cualquier forma de control democrático.

Es en este contexto donde fenómenos políticos como el de Javier Milei adquieren una relevancia que excede ampliamente la política argentina. Lo importante no es la figura individual sino el síntoma histórico que representa. Gramsci observó que las crisis profundas son también crisis de interpretación. Las sociedades perciben correctamente que algo se deteriora, pero diferentes fuerzas compiten por explicar las causas de ese deterioro. Los límites biofísicos, la crisis energética, la concentración económica y la dependencia tecnológica son fenómenos complejos. Comprenderlos exige esfuerzo intelectual. Resulta mucho más sencillo señalar culpables visibles. Allí aparece una de las características más persistentes de las dinámicas fascistas entendidas no como un paralelismo histórico mecánico sino como una categoría de análisis político. Los problemas estructurales son transformados en conflictos morales. Las causas desaparecen detrás de enemigos concretos. La complejidad se sustituye por la indignación. El análisis es reemplazado por el resentimiento.

Pero quizás lo más inquietante no sea eso. Lo verdaderamente inquietante es la relación inversamente proporcional que parece existir entre libertad real y discurso de la libertad. Cuanto más autonomía pierden los pueblos sobre la energía que consumen, sobre los alimentos que producen, sobre los recursos que poseen, sobre los datos que generan y sobre las tecnologías que utilizan, más intensa se vuelve la retórica de la libertad. Cuanto más se concentran las decisiones fundamentales en actores económicos y tecnológicos alejados del control ciudadano, más se proclama la emancipación individual. Cuanto más disminuye la capacidad efectiva de las comunidades para intervenir sobre su destino, más omnipresente se vuelve la palabra libertad. La crueldad de este proceso es casi perfecta. Se celebra precisamente aquello que está desapareciendo. Se glorifica la libertad mientras se vacían las condiciones materiales que la hacen posible.

Quizás por eso la crítica más importante no sea económica ni siquiera política. Sea antropológica. Porque la libertad nunca fue una experiencia puramente individual. Los seres humanos somos una especie gregaria. Nuestra existencia depende de vínculos, territorios, lenguajes compartidos y formas de cooperación. La idea de una libertad aislada, separada de toda comunidad, constituye una ficción relativamente reciente. La verdadera libertad aparece cuando somos capaces de encontrarnos con un otro. Un otro que existe más allá de nuestros intereses inmediatos. Un otro que nos obliga a construir acuerdos, responsabilidades y proyectos comunes. La libertad no nace de la soledad. Nace de la comunión.

Desde esta perspectiva, la gran tragedia de nuestro tiempo consiste en haber confundido libertad con individualismo. Mientras más se debilitan las comunidades, más se exalta al individuo. Mientras más se fragmentan los vínculos sociales, más se celebra la autonomía personal. Mientras más dependientes nos volvemos de sistemas tecnológicos, financieros y energéticos que no controlamos, más se nos repite que somos libres. Pero un pueblo aislado no es libre. Una comunidad incapaz de decidir sobre su territorio no es libre. Una sociedad que no participa de las decisiones fundamentales que afectan su existencia no es libre. La libertad no puede reducirse a elegir entre opciones diseñadas por otros. Libertad significa participar en la construcción de las condiciones mismas de la vida colectiva.

Por eso la crisis de la democracia representativa no puede resolverse con menos democracia sino con más democracia. No con más concentración sino con más participación. No con ciudadanos reducidos al papel de espectadores sino con comunidades capaces de intervenir directamente en las decisiones que determinan sus vidas. Democracia energética para decidir sobre el uso de los recursos. Democracia tecnológica para controlar las infraestructuras digitales. Democracia económica para orientar la producción hacia las necesidades reales. Democracia territorial para proteger los bienes comunes. Democracia directa como horizonte político capaz de devolver a los pueblos una parte del poder que les ha sido sistemáticamente arrebatado.

En un contexto de declive energético y descomplejización creciente, esta cuestión deja de ser una preferencia ideológica para convertirse en una necesidad histórica. Cuanto más estrechos sean los márgenes materiales de nuestras sociedades, más importante será que las decisiones se tomen cerca de los territorios y de las comunidades afectadas por ellas. La libertad real no puede surgir de algoritmos, mercados financieros o burocracias alejadas de la vida cotidiana. Sólo puede surgir de pueblos capaces de deliberar sobre sus problemas concretos y construir respuestas colectivas.

Tal vez allí se encuentre la inversión definitiva de la consigna que domina nuestra época. Porque "La Libertad Avanza" no debería ser el nombre de un partido político. La libertad avanza cuando una comunidad recupera el control sobre su destino. La libertad avanza cuando un pueblo decide sobre sus recursos. La libertad avanza cuando los ciudadanos dejan de ser espectadores y vuelven a convertirse en protagonistas. La libertad avanza cuando una asamblea defiende su territorio, sus vínculos y sus intereses concretos frente a poderes que buscan subordinarlos.

Sólo allí el grito recupera su significado original. Sólo allí deja de ser propaganda. Sólo allí deja de ser una mitología vacía. Sólo allí se convierte en una experiencia real.

Viva la libertad, carajo!.

Pero dicha por un pueblo reunido en asamblea. Defendiendo su territorio. Defendiendo su comunidad. Defendiendo su derecho irrenunciable a construir colectivamente su propio destino.

Porque al fascismo no se le discute. Se lo combate. No porque exista la certeza de derrotarlo. No porque la victoria esté garantizada. Se lo combate porque representa la negación misma de la libertad que dice defender. Y porque cada vez que una sociedad renuncia a gobernarse a sí misma, alguien más ocupa inevitablemente ese lugar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DROGAS EN DECLIVE ENERGÉTICO: LA ECONOMÍA DEL DESHECHO HUMANO

QUE TODO ARDA EN MISIONES: EL NEGOCIO LIBERTARIO CON LAS CENIZAS

EL PENTÁGONO SE MATA SOLO -Los pueblos ya ganamos por mera exergia-