QUE CREZCAN LOS MÚSCULOS DEL DECRECIMIENTO ORDENADO
Existe una confusión fundamental que atraviesa casi todos los debates sobre el decrecimiento. Se lo presenta como una propuesta política, una corriente ideológica o una preferencia cultural que las sociedades podrían adoptar o rechazar según sus convicciones. Sin embargo, desde una perspectiva biofísica, el decrecimiento es antes que nada un diagnóstico. No es un programa electoral ni una utopía académica. Es la constatación de que una civilización construida sobre el acceso creciente a energía abundante y barata comienza a encontrarse con límites materiales cada vez más evidentes. El problema es que seguimos interpretando esos límites con categorías propias de una época de expansión. Mientras los gobiernos prometen crecimiento, los medios anuncian prosperidad y los mercados celebran inversiones, millones de personas experimentan una realidad muy distinta: empleos más precarios, viviendas inaccesibles, deterioro de los servicios públicos, endeudamiento permanente, incertidumbre sobre el futuro y una creciente sensación de vulnerabilidad. El decrecimiento ya está ocurriendo. La cuestión decisiva es quién controla ese proceso y para beneficio de quién se organiza.
Lo que observamos hoy es una forma de decrecimiento caótico. No porque la economía desaparezca, sino porque los recursos energéticos y materiales cada vez más escasos son utilizados para sostener estructuras de poder, privilegios y acumulación que benefician a minorías mientras transfieren los costos al conjunto de la sociedad. Cada vez hace falta más extracción, más deuda, más complejidad y más presión sobre los territorios para mantener resultados cada vez más modestos. El sistema responde al declive energético con más extractivismo. Responde a la escasez con más concentración. Responde a la fragilidad con más endeudamiento. Pero nada de eso resuelve el problema de fondo. Simplemente posterga sus consecuencias mientras deteriora las condiciones materiales de vida de las mayorías. El decrecimiento existe, pero está siendo administrado de forma desigual.
Por eso resulta indispensable distinguir entre decrecimiento y decrecimiento ordenado. El primero es el contexto histórico en el que ya vivimos. El segundo es un proyecto político. No consiste en empobrecer a la población ni en imponer sacrificios. Tampoco consiste en convencer a la gente de consumir menos mientras conserva intactas las estructuras que generan dependencia y desigualdad. El decrecimiento ordenado consiste en asumir la realidad de los límites físicos y utilizar conscientemente los recursos todavía disponibles para construir una sociedad capaz de garantizar dignidad, estabilidad y bienestar dentro de esos límites. No se trata de evitar el decrecimiento. Se trata de darle una dirección compatible con la justicia social, la democracia y la soberanía.
Aquí aparece la necesidad de que crezcan los músculos del decrecimiento ordenado. Una sociedad no atraviesa una transformación histórica de esta magnitud únicamente con discursos o buenas intenciones. Necesita capacidades materiales. Necesita infraestructura. Necesita conocimiento técnico. Necesita organización comunitaria. Necesita trabajo. Necesita instituciones fuertes. Necesita todo aquello que le permita afrontar el futuro sin depender permanentemente de la expansión económica. Los músculos del decrecimiento son las viviendas duraderas y eficientes, los sistemas públicos de salud, las redes de agua, la producción local de alimentos, la formación técnica, la capacidad industrial, la reconstrucción de los territorios degradados, las cooperativas, la investigación científica y todas aquellas herramientas que aumentan la resiliencia colectiva. Todo ello requiere energía, materiales y planificación. Todo ello implica crecimiento. Pero se trata de un crecimiento con un propósito radicalmente distinto al que caracterizó a la sociedad de consumo. No busca expandir indefinidamente el mercado. Busca construir las condiciones materiales que permitan dejar de depender de él.
También será necesario abandonar una de las confusiones más frecuentes de nuestro tiempo: identificar toda extracción con extractivismo. Ninguna sociedad humana puede existir sin extraer recursos de la naturaleza. Las viviendas requieren materiales. Los hospitales requieren energía. Las redes eléctricas requieren cobre. La infraestructura requiere acero. La agricultura requiere herramientas. Incluso una sociedad orientada hacia la sustentabilidad necesitará minería, industria pesada, metalurgia, ingeniería y capacidades técnicas avanzadas. El problema no es la extracción. El problema es una economía organizada para extraer cada vez más recursos con el único objetivo de sostener el crecimiento permanente y la acumulación de riqueza en pocas manos. Extraer para garantizar agua potable, vivienda, transporte, salud y soberanía alimentaria no es lo mismo que extraer para alimentar la expansión infinita del consumo. La diferencia no reside en el acto físico de extraer, sino en la finalidad social que orienta esa extracción.
Por eso resulta tan importante comprender que el consumo y el consumismo no son la misma cosa. Toda sociedad consume. Toda comunidad necesita alimentos, energía, viviendas, herramientas, escuelas, hospitales y sistemas de transporte. El consumismo es otra cosa. Es una economía que necesita crear necesidades artificiales de manera permanente para sostener su propia reproducción. El desafío histórico que enfrentamos no consiste en reducir las necesidades humanas reales. Consiste en garantizar que esas necesidades puedan satisfacerse de manera estable en un contexto de límites energéticos crecientes. Y para lograrlo probablemente necesitaremos más trabajo, más industria y más organización social de la que imaginan muchos defensores de una transición entendida únicamente como reciclaje o reducción del consumo individual.
En países como Argentina esta cuestión adquiere una relevancia todavía mayor. Millones de personas carecen de empleo estable o trabajan en condiciones precarias. Lejos de representar un problema secundario, esta realidad señala una enorme reserva de capacidades humanas desaprovechadas. El trabajo no es solamente una fuente de ingresos. Es también un organizador social. Es una forma de transmitir conocimientos, construir comunidad y otorgar sentido a la participación colectiva. El crecimiento hacia el decrecimiento ordenado podría convertirse así en una gran movilización orientada a reconstruir infraestructura, recuperar territorios, fortalecer sistemas públicos, desarrollar capacidades productivas y preparar las bases materiales de una sociedad más resiliente. En ese sentido, la inspiración de experiencias históricas de planificación no reside únicamente en su dimensión económica, sino en su capacidad para organizar a una comunidad alrededor de objetivos compartidos.
Este desafío tampoco pertenece exclusivamente al Sur global. Aunque las condiciones materiales sean diferentes entre regiones, el declive energético afecta a toda la civilización industrial. Por eso el decrecimiento ordenado no es una demanda del Sur contra el Norte. Es una demanda de los pueblos frente a un modelo que ya no puede sostenerse físicamente. Lo que cambia entre países no es la necesidad de la transición, sino la forma concreta que debe asumir. Algunas sociedades deberán reducir consumos superfluos. Otras deberán ampliar el acceso a bienes básicos. Algunas necesitarán reconvertir sectores productivos. Otras deberán reconstruir capacidades que perdieron. Pero todas enfrentarán la misma pregunta fundamental: cómo utilizar los recursos todavía disponibles para construir una vida digna sin depender del crecimiento perpetuo.
Incluso sería ingenuo pensar que una transformación de esta magnitud podrá desarrollarse al margen de las tensiones geopolíticas. Las sociedades que intenten utilizar sus recursos para fortalecer su autonomía económica y política inevitablemente alterarán intereses consolidados. La historia demuestra que los procesos de soberanía material rara vez transcurren sin conflictos. También por esa razón el decrecimiento ordenado requiere capacidades industriales, tecnológicas, organizativas e incluso defensivas. No porque busque la confrontación, sino porque ninguna comunidad puede sostener su independencia si renuncia a las herramientas necesarias para protegerla.
Por eso pienso en un horizonte de cien años. No porque sea posible predecir el futuro, sino porque la sustentabilidad que necesitamos es también cultural. Debemos construir conocimientos, instituciones, oficios, valores y formas de cooperación capaces de atravesar generaciones. Debemos transformar los recursos energéticos todavía disponibles en capacidades duraderas para quienes vendrán después. La pregunta central de nuestro tiempo no es cuánto petróleo queda, cuánto gas queda o cuántos minerales quedan. La pregunta es qué hacemos con ellos. Podemos utilizarlos para prolongar algunos años más una economía que se agota o podemos convertirlos en los cimientos materiales de una nueva forma de prosperidad.
La gran paradoja de nuestra época es que necesitamos crecer hacia el decrecimiento. Necesitamos más capacidades para depender de menos. Necesitamos más organización para enfrentar la escasez sin caer en el caos. Necesitamos más comunidad para atravesar un mundo cada vez más complejo. Necesitamos más industria para dejar atrás el consumismo. Necesitamos más trabajo para construir una economía que ya no se mida por la acumulación infinita. El decrecimiento no es el proyecto. El decrecimiento es la realidad histórica que comienza a desplegarse ante nuestros ojos. El proyecto consiste en decidir si esa realidad será administrada por los privilegios de unos pocos o por la voluntad democrática de los pueblos. De esa decisión dependerá si el siglo XXI se recuerda como una época de fragmentación y conflicto o como el momento en que la humanidad aprendió a transformar los límites en una nueva forma de abundancia.
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