PERONISMO: ¿CUÁL ES LA TERCERA POSICIÓN DEL SIGLO XXI?

El peronismo nació proponiendo una Tercera Posición en un mundo dividido entre capitalismo y comunismo. Frente a dos proyectos que se presentaban como los únicos caminos posibles para la humanidad, el justicialismo construyó una alternativa basada en la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Aquella propuesta no fue solamente una doctrina. Fue una demostración práctica de que un pueblo organizado puede transformar su realidad cuando decide actuar colectivamente detrás de un objetivo común. Por eso, quizás la pregunta más importante para el presente no sea qué pensaba el peronismo sobre el siglo XX, sino qué tendría para decir sobre el siglo XXI.

Durante décadas discutimos la historia como si estuviera determinada por el enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Sin embargo, detrás de sus diferencias ambos compartían una característica fundamental: fueron proyectos crecentistas y petrodependientes. Ambos nacieron durante la gran expansión energética de la civilización industrial. Ambos imaginaron sociedades capaces de producir cada vez más, consumir cada vez más y sostener niveles crecientes de complejidad material. Discutieron sobre la propiedad, sobre el papel del Estado y sobre la distribución de la riqueza, pero nunca cuestionaron seriamente la disponibilidad creciente de energía que hacía posible aquella expansión.

Hoy esa realidad comienza a transformarse. Los grandes yacimientos convencionales que sostuvieron el desarrollo industrial del siglo XX muestran signos de agotamiento. La energía continúa existiendo, pero requiere cada vez mayores esfuerzos técnicos, económicos y materiales para ser obtenida. La cuestión central ya no es la ausencia de recursos, sino la reducción progresiva de los excedentes energéticos disponibles para el conjunto de la sociedad. Y cuando cambian las condiciones físicas sobre las cuales se construye una civilización, también se vuelven necesarias nuevas respuestas políticas.

Quizás por eso una parte importante del estancamiento que atraviesa el peronismo no pueda explicarse únicamente por errores tácticos, derrotas electorales o disputas internas. Tal vez el problema sea más profundo. Tal vez el movimiento todavía no ha comenzado a discutir seriamente el cambio de época que tiene frente a sus ojos. Mientras los límites energéticos, materiales y ecológicos comienzan a redefinir las posibilidades de desarrollo, gran parte de la dirigencia continúa debatiendo cómo recuperar crecimiento económico dentro de un paradigma que pertenece a una realidad física diferente.

Desde esta perspectiva, las diferencias entre las distintas experiencias que gobernaron en nombre del peronismo durante las últimas décadas no alcanzan a resolver la cuestión de fondo. Más allá de sus matices y contradicciones, todas continuaron apostando a una lógica donde la extracción creciente de recursos naturales aparecía como la principal fuente de energía, divisas y desarrollo. La discusión sobre los límites energéticos rara vez ocupó un lugar central. Sin embargo, es precisamente allí donde comienza a jugarse buena parte del futuro.

Porque el decrecimiento no es una propuesta ideológica. Es un diagnóstico. Es la constatación de que una civilización construida sobre la expansión permanente encuentra límites físicos cada vez más visibles. La cuestión ya no es si habrá decrecimiento o no. La cuestión es cómo será administrado.

Cuando ese proceso queda librado exclusivamente al mercado, el resultado suele adoptar la forma del empobrecimiento social. Se deterioran los salarios, se destruyen empleos, se abandonan infraestructuras, se debilitan los sistemas públicos y aumenta la concentración económica. El mercado administra las restricciones trasladando los costos hacia quienes menos capacidad tienen para defenderse. Lo que observamos en gran parte del mundo es precisamente eso: una forma desigual y desordenada de gestionar límites crecientes.

Frente a esta realidad, la pregunta por la Tercera Posición adquiere un significado completamente nuevo. Tal vez ya no deba ubicarse entre capitalismo y socialismo. Ambos pertenecen a una misma era energética. Tal vez deba ubicarse entre dos formas de enfrentar el declive energético. De un lado, el deterioro social administrado por el mercado. Del otro, una transición planificada capaz de preservar la justicia social, la soberanía política y la independencia económica en un contexto de recursos cada vez más exigentes de obtener.

Y es aquí donde la experiencia histórica del peronismo vuelve a cobrar relevancia.

No porque debamos repetir mecánicamente las soluciones del pasado, sino porque conviene recordar la magnitud de aquella epopeya. Existe una tendencia a pensar que las grandes realizaciones del peronismo fueron posibles simplemente porque el contexto internacional era favorable. Pero la realidad fue mucho más compleja. La construcción de la Argentina industrial no surgió de condiciones ideales. Surgió de desafíos enormes, de limitaciones técnicas, de escasez de capacidades y de la necesidad de crear desde cero herramientas que el país no poseía. Cuando se avanzó sobre áreas estratégicas de la economía nacional, muchas veces ni siquiera existían los cuadros técnicos suficientes para sostener esa transformación. Hubo que formarlos. Hubo que crear instituciones. Hubo que desarrollar conocimientos. Hubo que construir capacidades donde antes no existían.

Esa es la verdadera enseñanza histórica de la comunidad organizada. No que las condiciones fueran fáciles. No que los recursos estuvieran garantizados. Sino que una sociedad movilizada detrás de un propósito común fue capaz de realizar tareas que parecían imposibles. La epopeya del peronismo no reside solamente en las empresas que construyó, en las obras que inauguró o en las industrias que desarrolló. Reside en haber demostrado que un pueblo organizado puede transformar limitaciones en capacidades y desafíos en oportunidades históricas.

Por eso la discusión que el peronismo necesita dar hoy no consiste en cómo regresar al siglo XX. Consiste en cómo aplicar esa misma voluntad transformadora a los desafíos del siglo XXI. Si los límites energéticos son reales, si los excedentes materiales ya no son los mismos y si el crecimiento perpetuo deja de ser una posibilidad física, entonces la tarea histórica cambia. Ya no se trata de administrar una expansión indefinida. Se trata de utilizar inteligentemente los recursos todavía disponibles para construir una sociedad capaz de garantizar dignidad, estabilidad y bienestar en condiciones nuevas.

La justicia social sigue siendo necesaria. La soberanía política sigue siendo necesaria. La independencia económica sigue siendo necesaria. Tal vez sean más necesarias que nunca. Lo que ha cambiado no son los principios. Lo que ha cambiado es el mundo físico sobre el cual deben aplicarse.

Quizás allí se encuentre la verdadera Tercera Posición del siglo XXI. No una posición entre viejas ideologías nacidas durante la expansión fósil, sino una respuesta histórica capaz de enfrentar los límites de nuestro tiempo sin abandonar las banderas que dieron origen al movimiento. Porque los argentinos ya demostramos una vez que la comunidad organizada y la planificación pueden convertir lo aparentemente imposible en realidad. La pregunta es si estamos dispuestos a volver a hacerlo.

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