HACIA LA EPOPEYA CRIOLLA: UN PLAN CENTENARIO

Vengo meditando esta idea hace tiempo, y cada vez estoy más convencido de que el decrecimiento que nos venden desde Europa no sirve para el Sur global. Allá pueden hablar de reducir el consumo porque parten de la abundancia: un francés que deja de volar en avión o come menos carne sigue viviendo con un nivel material altísimo comparado con cualquier argentino de un barrio popular. Acá la escasez no es una amenaza futura, es el presente crónico e inhumano. Por eso cualquier plan que se disfrace de decrecimiento pero termine imponiendo más privaciones no es liberador, es una condena. Lo que necesitamos no es "vivir con menos", sino reorientar nuestra capacidad productiva hacia bienes de verdadera necesidad, en cantidad suficiente para todos. Eso es abundancia, no escasez: abundancia de transporte público digno, de vivienda durable y bien aislada, de energía para escuelas y hospitales, de alimentos sanos producidos localmente. Y para lograrlo no tenemos que pedir permiso ni esperar que el mundo cambie. Tenemos que hacer lo que ya hicimos antes cuando nadie creía posible: industrializar el país con nuestras propias manos, pero esta vez no para imitar el consumo norteamericano, sino para garantizar la vida digna de cada argentino de la Quiaca a Ushuaia.


Un plan centenario empieza por los trenes. No trenes turísticos que cruzan la cordillera para asombro de extranjeros, sino trenes de carga y de pasajeros que unan cada pueblo con cada ciudad, que lleven alimentos de los valles fértiles a los barrios populares, que trasladen medicamentos desde los laboratorios públicos hasta los hospitales rurales, que acerquen los materiales de construcción a las villas que hoy viven en casas de chapa sin aislación térmica. Un tren que pasa cada dos horas por un pueblo de tres mil habitantes no es un lujo: es la diferencia entre que ese pueblo exista o se desangre en silencio. Porque un pueblo sin tren es un pueblo condenado a la ruta, a la nafta cara, al camionero que pasa de largo, a la dependencia de un transporte que se corta cuando el precio del combustible sube o cuando una empresa decide que esa ruta no es rentable. El tren es soberanía en movimiento, es la promesa de que el Estado nacional no se olvidó de los que viven lejos del puerto. Y esos trenes consumirán gasoil, sí, porque no hay magia: la energía no cae del cielo. Consumirán gasoil de nuestras propias refinerías, gestionadas por trabajadores argentinos, con petróleo de nuestros propios yacimientos, extraído con estándares ambientales que no destruyan los territorios. Menos autos particulares, sí, porque el auto individual es el símbolo del consumo irracional que nos aísla y nos empobrece. Pero más trenes, más tranvías, más colectivos eléctricos, más barcos de cabotaje llevando mercadería de un puerto a otro sin tocar la ruta. Esa es la ecuación del siglo que viene: decrecer en lo superfluo para crecer en lo necesario.


Y para eso necesitamos industria pesada, y no nos avergonzamos de decirlo. Necesitamos altos hornos que sigan funcionando, no para fabricar autos descartables sino para producir las vías de los trenes, los rieles que durarán cien años, las vigas de los puentes que unirán nuestros valles, los cascos de los barcos que surcarán el Paraná. Necesitamos minería, porque el cobre de los motores eléctricos y el litio de las baterías y el acero de las estructuras no se obtienen rezando. El problema no es la extracción, es el extractivismo: vaciar un cerro para mandar el mineral en bruto a China no es desarrollo, es colonia. Extraer con planificación, industrializar aquí, cuidar los suelos y las aguas, restaurar lo que se daña, eso es otra cosa. Eso es lo que ningún ecologismo ingenuo entiende porque nunca tuvo que gestionar una economía real. Nosotros sí: sabemos que hasta los paneles solares requieren minería, que los aerogeneradores requieren petróleo para su fabricación y mantenimiento, que la transición energética no es un salto al vacío sino una reconversión planificada donde el petróleo sigue siendo estratégico durante décadas. La hipocresía europea es denunciar el petróleo cuando ellos ya quemaron todo el suyo para industrializarse. Nosotros no vamos a caer en esa trampa: usaremos nuestros recursos con inteligencia patriótica, no con culpa colonial.


La experiencia de frenar el desarrollo no es la experiencia de un pueblo mal educado, es la experiencia práctica de un pueblo con aspiraciones soberanas que aprendió a resistir. Porque durante décadas nos dijeron que el camino era achicar el Estado, abrir la economía, confiar en el mercado. Y nosotros resistimos. Nos dijeron que la industria nacional no servía, que éramos un país agrario condenado a la soja, y nosotros resistimos. Nos dijeron que el petróleo había que regalarlo, que los trenes eran cosa del pasado, que la minería era sucia y punto, y nosotros resistimos. Pero resistir no es suficiente para un plan centenario. Resistir es lo que se hace cuando el enemigo tiene la iniciativa. Nosotros hoy tenemos que tomar la iniciativa. Tenemos que aprender a pasar de la resistencia a la ofensiva patriótica. Y la ofensiva significa planificar, significa construir, significa decir "hasta aquí llegó el desierto que nos dejaron" y empezar a forestar con nuestras propias manos. La ofensiva significa que no esperamos a que el mercado nos dé permiso para tener trenes, no esperamos a que el Fondo Monetario nos autorice a refinar nuestro petróleo, no esperamos a que las multinacionales nos enseñen a extraer minerales. Las hacemos nosotros, con nuestros técnicos, nuestras universidades, nuestras cooperativas, nuestras fábricas recuperadas. Eso es lo que ningún manual de decrecimiento enseña porque ningún manual de decrecimiento fue escrito por un pueblo que quiere vivir mejor, sino por académicos que ya tienen asegurado su bienestar.


Por eso hablamos de calidad de vida, no de sacrificio. Una vida con pleno empleo no es una vida de carencia: es una vida donde cada argentino sabe que su trabajo sirve para algo, que su esfuerzo no es en vano, que puede criar a sus hijos sin miedo al desempleo, que puede envejecer con dignidad. Una vida con futuro no es una vida donde todo está prohibido: es una vida donde lo que se produce está pensado para durar, donde los electrodomésticos se reparan en lugar de tirarse, donde la ropa se cose en talleres locales con telas que no se deshacen al tercer lavado, donde los alimentos vienen de la tierra de al lado y no de un barco que cruzó un océano para traernos manzanas podridas. Esa es la dignidad: saber que lo que tenés no te fue regalado por el mercado sino construido por tu comunidad, que el techo que te cobija fue hecho con materiales de tu región, que el médico que te atiende estudió en una universidad pública como la tuya, que el tren que te lleva al trabajo circula sobre rieles fabricados en tu país. La dignidad es la antítesis de la dependencia. Y la dependencia es lo que estamos combatiendo.


Imaginemos por un momento la Argentina del año 2125, dentro de cien años. Los historiadores de entonces mirarán hacia atrás y dirán: hubo una generación que decidió frenar la locura del consumo, que entendió que no se puede crecer para siempre en un planeta finito, que tuvo el coraje de desarmar la economía del descarte y construir otra basada en la necesidad real y el cuidado del territorio. Dirán que esa generación tuvo que enfrentar a las potencias extranjeras que querían seguir usando el país como patio trasero de sus recursos, que tuvo que resistir bloqueos y presiones, que tuvo que aprender a fabricar con sus propias manos lo que antes importaba. Y dirán también que esa generación no se rindió, que planificó a cien años cuando nadie planificaba ni a cinco, que puso en marcha los trenes que unían cada pueblo, que reabrió los talleres ferroviarios, que formó técnicos en cada escuela secundaria, que recuperó la minería con criterio soberano, que refinó su propio petróleo sin pedir permiso. Dirán que esa generación nos dejó un país donde el aire se respira, donde el agua se bebe, donde el trabajo abunda porque lo necesario abunda, donde la palabra "dignidad" no es un eslogan sino la experiencia cotidiana de millones. Nosotros podemos ser esa generación. No hace falta esperar a que el mundo cambie. Basta con decidir que el cambio empieza acá, ahora, con lo que tenemos, con lo que sabemos, con lo que somos. Como aquel ejército que cruzó los Andes con mulas y cañones fundidos en talleres criollos, nosotros cruzaremos este siglo con trenes y altos hornos, con escuelas técnicas y laboratorios populares, con la certeza de que la patria no es un museo sino una construcción colectiva que se hace cada día. La epopeya está servida. Solo falta que nos pongamos en marcha.

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