EL CANTINERO DICE QUE LOS MUDOS ESTÁN CANTANDO

Hay un viejo chiste que cuenta que una persona entra a un bar y observa con curiosidad una mesa donde todos los presentes permanecen sentados con la cabeza hacia atrás y la boca abierta. La escena resulta tan extraña que llama al mozo y le pregunta qué les ocurre. El cantinero, sin mostrar la menor sorpresa, responde: “Son mudos y están cantando”. 

El detalle más inquietante del chiste no es la situación de los mudos sino la naturalidad con la que el cantinero la explica. Nadie parece cuestionarse nada. Nadie se pregunta si aquello que está ocurriendo tiene sentido. La escena absurda ha sido absorbida por la normalidad del lugar. Supongo que cuanto más tiempo permanece uno en el bar, más descubre que los mudos no son una anécdota aislada. Son quizás parte esencial de la atmósfera de la fiesta, y a veces, tengo la sensación de que nuestra civilización se parece demasiado a ese bar. 

Durante más de dos siglos el petróleo llenó las mesas de botellas aparentemente inagotables. Gracias a esa energía extraordinaria fue posible multiplicar la producción agrícola, expandir las ciudades, construir infraestructuras gigantescas, transportar mercancías alrededor del planeta y sostener niveles de complejidad que ninguna generación anterior habría considerado posibles. La humanidad recibió una herencia energética colosal y terminó confundiéndola con una ley permanente de la naturaleza. La fiesta se volvió tan larga que dejó de parecer una fiesta. Comenzó a percibirse como la condición normal de la existencia. El crecimiento perpetuo dejó de ser una circunstancia histórica excepcional para convertirse en una expectativa cultural. Como todo borracho que lleva demasiado tiempo bebiendo, terminamos creyendo que el estado de euforia era simplemente la realidad.

Lo interesante es que no todos los clientes del bar bebían lo mismo. Algunos apenas podían pagar las bebidas más baratas mientras otros descorchaban champagne sin mirar la cuenta. Sin embargo, durante buena parte de la noche todos participaban de la misma celebración. Había desigualdad, por supuesto, pero también una sensación compartida de abundancia creciente. El problema comenzó cuando las botellas empezaron a vaciarse. Los primeros en quedarse sin bebida no fueron quienes más habían consumido sino quienes tenían menos recursos para seguir comprando cuando el alcohol comenzó a escasear. Fueron expulsados silenciosamente de la fiesta. Hoy se encuentran afuera, sentados en la vereda, atravesando la resaca. Son los sectores precarizados, los excluidos, los territorios sacrificados, las regiones que sienten primero el peso del declive energético, económico y ecológico. Ellos ya conocen el dolor de cabeza. Ellos ya saben que la fiesta no era eterna.

Mientras tanto, dentro del local la música continúa. En la mesa principal todavía quedan algunas botellas de champagne. Allí siguen sentados el intendente, el juez, el comisario y el dueño de la bodega. Son precisamente quienes deberían estar observando el conjunto de la situación. Son quienes tienen acceso a más información, más recursos y más capacidad de decisión. Desde su posición privilegiada, la fiesta parece seguir viva. Y como todavía pueden pagar las últimas rondas, interpretan las advertencias de quienes ya sufren la resaca como exageraciones, pesimismo o simple resentimiento. Pero no existen dos bares distintos. No existe una fiesta para ricos y otra para pobres. Existe una sola bodega, una sola reserva de alcohol y un mismo proceso que avanza de manera desigual. Los que están afuera experimentan primero las consecuencias. Los que permanecen dentro siguen consumiendo las causas.

La neurociencia nos enseña que uno de los efectos más curiosos del alcohol es que deteriora la capacidad de autoevaluación. El individuo intoxicado no sólo razona peor; también pierde la capacidad de advertir que está razonando peor. Cuanto más afectado se encuentra, más convencido suele estar de la brillantez de sus propias ideas. Quizás por eso todo borracho cree estar diciendo algo extraordinariamente coherente y profundo. La civilización industrial parece haber desarrollado una versión histórica de este fenómeno. Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento científico sobre el funcionamiento de la biosfera, los límites planetarios, la energía, los materiales y la complejidad ecológica. Sabemos más que nunca sobre los riesgos que enfrentamos. Sin embargo, cuanto más conocimiento acumulamos, más parece ampliarse la distancia entre lo que sabemos y lo que hacemos. Hablamos de sostenibilidad mientras degradamos los ecosistemas que sostienen la vida. Hablamos de transición energética mientras aumenta el consumo global de materiales. Hablamos de inteligencia artificial mientras mostramos crecientes dificultades para ejercer inteligencia colectiva.

Aquí adquiere una importancia especial la definición de inteligencia propuesta por Stefano Mancuso. Para él, la inteligencia es la capacidad de resolver problemas. Si aceptamos esa definición, la pregunta deja de ser cuánto conocimiento posee una civilización y pasa a ser si ese conocimiento le permite enfrentar eficazmente los desafíos que amenazan su continuidad. Y la respuesta se vuelve incómoda. Porque una sociedad que identifica con precisión científica los límites biofísicos que está atravesando y aun así continúa profundizando las dinámicas que los erosionan difícilmente pueda considerarse inteligente en sentido estricto. Posee información. Posee tecnología. Posee capacidad de cálculo. Pero parece haber perdido algo más importante: la capacidad de comprender.

Quizás el petróleo haya sido la mayor borrachera de la historia. No porque nos volviera menos inteligentes biológicamente, sino porque nos permitió actuar durante generaciones como si las restricciones fundamentales hubieran desaparecido. Como si pudiéramos independizarnos de los suelos, de los ecosistemas, de los ciclos naturales y de los límites materiales del planeta. La abundancia energética produjo una sensación de omnipotencia que acabó confundiendo poder con comprensión. Y como sucede con toda intoxicación prolongada, el problema no se manifiesta durante la euforia. Se manifiesta cuando la realidad comienza a imponerse sobre la percepción alterada.

Mientras tanto, el bar sigue vaciándose. Afuera aumenta el número de personas que ya atraviesan la resaca. Adentro, las conversaciones se vuelven cada vez más grandilocuentes. Algunos discuten quién administrará las últimas botellas. Otros sueñan con construir salas privadas para continuar la fiesta cuando el resto del local haya cerrado. Incluso hay quienes fantasean con abrir un nuevo bar en otro planeta. Pero en algún rincón de la sala comienza a percibirse una evidencia incómoda: también las botellas de champagne muestran su fondo.

Y entonces aparece una frase conocida: “el último apaga la luz”. Lo inquietante es que la mayoría la pronuncia como si se tratara de una broma. Como si la luz fuera un detalle menor. Pero en este bar la luz no ilumina simplemente el salón. La luz es aquello que hace posible la fiesta misma. Es la estabilidad climática, la fertilidad de los suelos, la biodiversidad, la energía disponible, los ecosistemas funcionales y las condiciones biofísicas que sostienen la vida compleja. Los clientes discuten sobre quién controlará las últimas botellas, pero casi nadie parece preguntarse qué ocurrirá cuando empiece a fallar la iluminación.

Es entonces cuando el visitante vuelve a mirar aquella mesa extraña que había llamado su atención al entrar. Allí siguen el intendente, el juez, el comisario y el dueño de la bodega. Todos mantienen la cabeza hacia atrás y la boca abierta. Parecen completamente convencidos de que están interpretando la más hermosa de las canciones. El magnate tecnológico canta sobre colonizar otros planetas. El financiero canta sobre nuevos mecanismos de crecimiento. El político canta sobre prosperidad futura. El empresario extractivo canta sobre los últimos recursos disponibles. Cada uno interpreta su propia melodía. Cada uno está convencido de comprender una verdad que los demás ignoran. Sin embargo, entre ellos no se escuchan notas, armonías ni acordes. No existe una canción compartida. No existe un coro. Sólo existe un conjunto de voces silenciosas celebrando la belleza de una música que nadie más parece escuchar.

El visitante observa la escena con inquietud. Mira las últimas botellas casi vacías. Mira las luces que comienzan a perder intensidad. Mira a quienes ya sufren la resaca del otro lado de las ventanas. Finalmente se vuelve hacia el cantinero y le pregunta si realmente no encuentra nada extraño en todo aquello. El hombre seca lentamente una copa, observa la mesa principal y responde con absoluta tranquilidad:

—No señor. Son mudos y están cantando.

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