Y DALE CON CORPUS: VAMOS A DEBATIR SOBRE ENERGÍA ENTONCES
La reaparición del debate sobre Corpus impulsada por Martín Arjol no representa ninguna novedad histórica ni ninguna visión estratégica superadora para Misiones. Representa, en realidad, el retorno de un viejo imaginario desarrollista incapaz de comprender la magnitud de la crisis civilizatoria contemporánea. Un discurso anacrónico sostenido por sectores políticos que continúan atrapados en la lógica del crecimiento infinito aun cuando el propio sistema industrial comienza a mostrar síntomas evidentes de agotamiento material, energético y económico. Cuando Arjol afirma que “sin energía no hay crecimiento”, realiza una confesión involuntaria extraordinaria: reconoce que toda la arquitectura del capitalismo industrial depende de energía abundante y barata. Allí aparece el problema central de nuestra época. Esa abundancia energética que sostuvo el siglo XX ya no existe en las mismas condiciones. El petróleo barato fue una anomalía histórica irrepetible. El crecimiento ilimitado fue posible gracias a un excedente energético gigantesco que hoy comienza a erosionarse bajo costos crecientes, rendimientos decrecientes y una complejidad tecnológica cada vez más difícil de sostener.
La discusión sobre Corpus llega, además, en el peor momento posible para intentar sostener el viejo relato del progreso industrial. Argentina atraviesa un proceso de cierre masivo de fábricas, caída de actividad manufacturera, destrucción de empleo industrial y retracción económica generalizada. Los grandes usuarios electrointensivos que históricamente justificaban megaexpansiones energéticas comienzan a desaparecer o reducir drásticamente su actividad. Surge entonces una pregunta elemental que nadie responde: ¿para quién sería realmente esa energía? Si las industrias cierran, si cae el consumo productivo y si la economía pierde complejidad, el argumento histórico de “más energía para más desarrollo” pierde gran parte de su sustento material. Lo que comienza a observarse es exactamente lo contrario: una tendencia hacia excedentes relativos de generación eléctrica mientras la sociedad se precariza. Esa realidad destruye otra de las grandes mentiras del desarrollismo energético: la idea de que más generación implica automáticamente más bienestar.
Misiones ya vivió esta promesa. Ya la escuchó. Ya la padeció. fue presentada exactamente bajo los mismos argumentos: energía abundante, desarrollo regional, modernización y prosperidad. Décadas después, el nordeste argentino continúa enfrentando infraestructura deteriorada, redes envejecidas, cortes constantes, baja tensión, transformadores saturados y tarifas eléctricas cada vez más impagables para hogares y pequeños productores. El problema real de la población no es la inexistencia de generación eléctrica sino el deterioro del sistema de distribución, transporte y mantenimiento energético. El problema es la falta de inversión territorial concreta. El problema es el brutal encarecimiento del servicio. El problema es la concentración energética y la subordinación de las provincias periféricas a un modelo extractivista que toma recursos de los territorios pero no devuelve bienestar proporcional. Resulta profundamente cínico volver a venderle a Misiones el mismo relato que ya fracasó históricamente.
El regreso de Corpus tampoco puede comprenderse únicamente como una discusión sobre electricidad. Existe una transformación global mucho más profunda detrás de este tipo de planteos. Mientras cierran industrias tradicionales, mientras cae el empleo manufacturero y mientras las economías regionales se debilitan, aparece una nueva demanda energética gigantesca vinculada al capitalismo digital. Data centers, inteligencia artificial, infraestructura algorítmica y procesamiento masivo de datos necesitan cantidades monstruosas de electricidad continua y enormes volúmenes de agua para refrigeración. Allí comienza a aparecer el verdadero sentido estratégico de estas megaobras energéticas. No se trata de garantizar bienestar a la población misionera. Se trata de preparar infraestructura para la nueva economía digital hiperconcentrada.
Aquí emerge una de las mayores estafas políticas del presente. Los data centers son infraestructuras extremadamente intensivas en energía y capital pero muy pobres en generación de empleo permanente. Una vez construidos funcionan con altísima automatización y escaso personal operativo. Bajo esquemas como el , esas inversiones recibirían beneficios fiscales extraordinarios, estabilidad tributaria y ventajas regulatorias que reducirían todavía más el retorno real para las provincias y comunidades locales. Misiones podría terminar aportando agua, territorio, energía y estabilidad ambiental para sostener enclaves tecnológicos globales cuyo impacto concreto sobre empleo, arraigo económico y calidad de vida sería insignificante. Exactamente la misma lógica extractivista histórica de América Latina, solo que ahora aplicada también al capitalismo digital.
El debate sobre tecnofeudalismo emerge aquí con fuerza. El problema ya no es solamente económico: es político, cultural y civilizatorio. Las grandes corporaciones tecnológicas concentran niveles inéditos de poder gracias al control de datos, plataformas digitales e infraestructura computacional. La inteligencia artificial permite vigilancia masiva, manipulación algorítmica, perfilado psicológico, censura automatizada y administración social de poblaciones enteras. En un contexto global de declive energético y creciente fragilidad económica, estas tecnologías pueden convertirse en herramientas extraordinarias de control social. El crecimiento explosivo de data centers y sistemas de IA no puede analizarse de manera ingenua. La infraestructura energética del futuro podría estar orientada no a fortalecer comunidades territoriales sino a sostener sistemas hipercentralizados de administración digital en una civilización que comienza a enfrentar límites materiales profundos.
Otro aspecto decisivo que el lobby energético evita discutir desnuda la enorme inconsistencia estratégica del debate sobre Corpus. Quienes impulsan nuevas megaobras hidroeléctricas hablan permanentemente de “crisis energética”, “necesidad de desarrollo” y “falta de energía”, mientras el país atraviesa el supuesto boom histórico de , presentado desde hace años como la gran salvación energética nacional. Corresponde entonces hacer una pregunta elemental: si Vaca Muerta representa realmente la abundancia energética extraordinaria que prometen, ¿por qué la discusión energética argentina sigue atravesada por urgencia, desesperación y necesidad permanente de nuevas mega infraestructuras?
La respuesta probablemente sea mucho más incómoda de lo que el discurso oficial admite. El problema no es solamente producir energía bruta, sino qué tipo de energía produce el shale argentino, cómo se procesa y para qué sectores resulta verdaderamente útil. La economía real argentina continúa dependiendo profundamente del gasoil. El transporte de alimentos, la logística nacional, la maquinaria agrícola, la producción forestal, el movimiento de mercancías y gran parte del metabolismo territorial del país funcionan todavía sobre combustibles líquidos. Sin gasoil suficiente y accesible, Argentina literalmente se paraliza. Allí aparece uno de los grandes silencios del relato energético contemporáneo: gran parte del shale de Vaca Muerta produce crudos livianos cuya transformación eficiente en destilados medios requiere fuertes inversiones tecnológicas en refinación y craqueo catalítico.
Frente a esa insistencia obsesiva con nuevas represas existe una contra propuesta muchísimo más racional y estratégicamente coherente para el país. En lugar de embarcarse en megaobras hidroeléctricas de altísimo costo económico, ambiental y territorial, Argentina debería debatir seriamente la modernización de sus refinerías para maximizar la producción de gasoil y combustibles estratégicos. Eso implicaría fortalecer la capacidad de craqueo catalítico y conversión profunda para adaptar el sistema refinador nacional a las características reales del shale argentino. El problema inmediato del país no es una hipotética falta abstracta de electricidad futura. El problema concreto es sostener el transporte, la logística y la estabilidad territorial en medio de un contexto global de creciente fragilidad energética.
Junto a ello reaparece otro reclamo histórico completamente postergado: el acceso de Misiones al gas natural. Resulta casi obsceno que una provincia estratégica del noreste argentino continúe excluida de una infraestructura básica mientras se la pretende convencer de aceptar nuevas mega represas en nombre del “desarrollo”. Si verdaderamente existiera voluntad política de mejorar competitividad, calidad de vida y estabilidad energética regional, la prioridad sería garantizar acceso al gas natural para hogares, industrias, comercios y pequeñas economías regionales. Eso tendría un impacto muchísimo más concreto sobre la población que una gigantesca obra hidroeléctrica cuyos beneficios reales terminarían probablemente absorbidos por actores externos y grandes consumidores corporativos.
El debate sobre el gasoil y el reclamo por gas natural obligan además a mirar directamente hacia donde el discurso oficial no quiere mirar: la verdadera naturaleza del supuesto milagro energético de Vaca Muerta. Después de años de récords, propaganda triunfalista y promesas históricas, el país sigue discutiendo desesperadamente nuevas represas, importaciones, infraestructura crítica y fragilidad energética estructural. Quizás el shale no represente la nueva era de abundancia infinita que intentan vender, sino un recurso extremadamente complejo, costoso y dependiente de inversiones permanentes dentro de un sistema global que empieza a mostrar límites materiales cada vez más evidentes.
Allí vuelve a derrumbarse el corazón del relato desarrollista. Incluso en pleno “boom energético” la sociedad continúa enfrentando tarifas crecientes, deterioro industrial, crisis logística y conflictos por infraestructura. Queda claro entonces que el problema no puede resolverse simplemente produciendo más energía. El verdadero debate pasa por decidir qué usos priorizar, qué nivel de complejidad social es sostenible y qué modelo de sociedad pretende construirse en un mundo atravesado por el declive energético global.
Frente a este panorama, la figura de Martín Arjol aparece con total claridad: otro lobbista más del viejo paradigma desarrollista y de los nuevos intereses energéticos globales. Un dirigente que intenta revivir fantasmas de los años noventa mientras el mundo cambia radicalmente bajo sus pies. La insistencia con Corpus no expresa visión de futuro. Expresa incapacidad de comprender el presente. Mientras el planeta discute límites ecológicos, fragilidad energética, decrecimiento material y crisis civilizatoria, ciertos sectores de la política argentina continúan repitiendo reflejos automáticos del siglo pasado: más represas, más megaobras, más centralización y más extractivismo.
Misiones, sin embargo, ya habló. Misiones ya dijo que no a Corpus. Ese rechazo no fue solamente una decisión coyuntural. Fue también una intuición histórica profundamente sabia. La provincia entendió que destruir territorios, desplazar comunidades y subordinar ríos enteros a la lógica del crecimiento infinito no era el camino correcto. Además, Misiones ya comenzó a definir otro rumbo energético y civilizatorio. La apuesta creciente por la agroecología, la soberanía alimentaria y los modelos territoriales descentralizados marca exactamente la dirección opuesta a la lógica de Corpus. La agroecología implica relocalización productiva, reducción de complejidad material, cuidado ambiental, descentralización energética, fortalecimiento comunitario y menor dependencia de sistemas industriales hipercentralizados. Representa justamente lo contrario al metabolismo destructivo del capitalismo fósil-digital contemporáneo.
El verdadero debate energético no pasa por construir otra megaobra para alimentar la fantasía agotada del crecimiento infinito. El verdadero debate consiste en decidir para qué queremos la energía, quién la controlará y al servicio de qué modelo de sociedad estará. Una cosa es utilizar energía para fortalecer comunidades, garantizar estabilidad territorial y mejorar calidad de vida. Otra completamente distinta es utilizarla para alimentar enclaves extractivos, plataformas digitales hiperconcentradas y sistemas crecientes de control social.
Corpus no representa futuro alguno para Misiones. Representa el intento desesperado de prolongar un paradigma civilizatorio que ya comienza a mostrar fisuras estructurales en todo el planeta. Resulta tan importante volver a decir no no solamente por el río o por el ambiente, sino porque detrás de Corpus aparece un proyecto de sociedad profundamente incompatible con la autonomía territorial, la agroecología, la biodiversidad y la posibilidad misma de construir una vida humana verdaderamente arraigada a los límites y equilibrios de la Tierra.
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