RECUERDAS A CERATI? HOMBRE AL AGUA!
La pregunta por la comunidad suele responderse con nostalgia: un grupo de personas que comparten intereses, territorio o cultura. Sin embargo, cuando se atraviesa un proceso de declive energético global —entendido como la progresiva inaccesibilidad de los combustibles fósiles que sostienen la producción, el transporte, la alimentación y la propia cohesión institucional— esa definición apacible se vuelve insuficiente. No se trata de un futuro distópico, argumentan quienes observan los indicadores de agotamiento de petróleo barato, la crisis climática acelerada y la descomposición de los sistemas políticos y económicos. Se trata de un presente que ya muestra las fisuras del contrato social moderno. Ese contrato, heredado de la ilustración y consolidado durante el siglo XX, prometía seguridad, derechos y bienestar a cambio de la delegación del poder en Estados nacionales y mercados globales. Pero cuando la energía real —no la financiera, sino la que mueve tractores, camiones, bombas de agua y hospitales— comienza a escasear, las cláusulas de ese contrato se revelan como letra muerta. Lo que emerge no es necesariamente el caos inmediato, sino una erosión silenciosa de la confianza: los sistemas de salud colapsan ante la falta de insumos o personal que no puede trasladarse; los sistemas educativos pierden sentido cuando el futuro prometido de empleo y progreso se diluye; la moneda nacional se vuelve un vehículo inútil para obtener bienes que ya no circulan. En este contexto, la pregunta fundamental ya no es "¿cómo salvamos el barco?" sino "¿cómo nos organizamos en los botes salvavidas sin reproducir los errores que hundieron al barco?". Y es aquí donde la canción de Gustavo Cerati —"Hombre al agua", de Soda Stereo— se vuelve extrañamente pertinente: porque en ella se canta la experiencia de quien ha sido arrojado al mar, sin tierra a la vista, y comprende que ya no puede esperar nada del puerto que quedó atrás. El naufragio no es una metáfora, sino la condición real de quienes asumimos que el contrato social que nos sostenía ya no está operativo.
La respuesta a esa pregunta requiere un movimiento previo que quizás sea el más difícil: apagar el ruido. El ruido no son solo los medios de comunicación, que en su lógica de propaganda y espectáculo fragmentan la atención y enfrentan a los náufragos entre sí, sino también las identificaciones internas que cada persona arrastra: la identidad de ciudadano de un Estado que ya no garantiza derechos, la identidad de consumidor en un mercado que ya no abastece, la identidad de profesional en una división del trabajo que ya no opera, y la más profunda de todas, la identidad de individuo autónomo y autosuficiente en un contexto donde la supervivencia es necesariamente colectiva. Desidentificarse no es perder la personalidad ni caer en el nihilismo; es, por el contrario, liberar la atención para poder discernir qué acuerdos mínimos son posibles aquí y ahora con las personas que comparten el mismo territorio inmediato, la misma fuente de agua, el mismo riesgo y la misma necesidad. Se trata de aceptar que el contrato social vigente ya no tiene energía para sostenerse, y que cualquier energía que se invierta en reanimarlo —votando, protestando, consumiendo noticias, esperando salvadores tecnológicos o políticos— se resta de la tarea concreta de construir algo distinto a escala humana. Cerati lo decía con una imagen despojada: "Hombre al agua / No hay muelle que lo espere / No hay puerto, no hay corriente / Que lo lleve a otra parte". El náufrago, al tocar el agua, descubre que las coordenadas del viejo mundo —puertos, muelles, rutas comerciales, contratos, promesas de rescate— han dejado de orientarlo. No hay corriente benévola que lo devuelva al sistema. La única dirección posible es la que traza con su propio cuerpo en el agua fría. En esa misma línea, la frase atribuida a ciertas tradiciones contemplativas —"morir antes de morir para descubrir que no hay muerte"— adquiere un significado terrenal muy preciso: morir a la ficción del "yo" moderno, individualista y dependiente del sistema, para descubrir que la vida no depende de ese sistema, sino de la capacidad de respuesta compartida ante lo inmediato. O como lo formuló Krishnamurti, "usted es el mundo": no hay afuera al que culpar ni salvador externo que espere, porque el colapso del contrato social es, ante todo, el colapso de las máscaras que cada uno ha aprendido a usar.
En ese terreno despejado de ruidos y máscaras, emerge una constatación ineludible: las necesidades básicas —agua potable, alimento, abrigo, gestión de residuos, cuidado de enfermos— no pueden satisfacerse mediante procedimientos que dependan de insumos externos no renovables. La cadena agroindustrial global, que lleva el alimento desde la cosecha mecanizada hasta el plato del consumidor urbano, requiere petróleo en cada eslabón: combustible para tractores, para barcos y camiones, para la fabricación de fertilizantes y plaguicidas, para el plástico de los envases, para el frío de las cámaras de refrigeración. Cuando ese flujo energético se interrumpe —no por una catástrofe puntual, sino por el agotamiento geológico de su fuente—, las ciudades comienzan a vaciarse de comida en cuestión de días o semanas, y el sistema de distribución colapsa. Frente a esta evidencia, la agroecología deja de ser una opción entre otras para convertirse en la única vía materialmente posible de sostener la vida humana en un territorio. Pero la agroecología no puede reducirse a un conjunto de técnicas de cultivo: compostaje, rotación de cultivos, manejo de suelos vivos, control biológico de plagas. Reducirla a eso sería tan miope como creer que la democracia es solo saber votar. La agroecología es, en su sentido más profundo, un modelo civilizatorio. Porque implica aprender a leer los ciclos de la naturaleza como un discípulo lee a su maestro: no para dominarla, sino para imitar sus patrones de reciclaje de nutrientes, de diversidad funcional, de cooperación entre especies. Implica rediseñar los asentamientos humanos de manera que los residuos de unos sean recursos para otros, que la energía se capture localmente (sol, biomasa, agua), que la producción de alimento esté integrada con la gestión del agua y del hábitat. Implica, sobre todo, recuperar la noción de que la humanidad no está por encima de la naturaleza, sino dentro de ella, como una especie más que puede aprender a vivir sin depredar su propio soporte vital. Es, si se quiere, la respuesta práctica a la pregunta que el hombre al agua se ve obligado a formular: ya no hay muelle, ya no hay puerto, ¿cómo hago para no ahogarme? La respuesta no es un plan de rescate, sino un movimiento elemental: aprender a flotar, a orientarse por las estrellas, a reconocer las corrientes. La agroecología es ese aprender a flotar de las civilizaciones.
Este modelo civilizatorio resiliente no es una utopía romántica. Es una necesidad práctica que ya se ensaya en miles de experiencias silenciosas —comunidades rurales, periferias urbanas, huertos colectivos, redes de trueque— que rara vez aparecen en los noticieros porque no responden a la lógica del drama, el conflicto o el rating. Lo que allí ocurre es la reconstrucción del contrato social desde cero, sin parlamentos ni constituciones: acuerdos verbales sobre el uso del agua, turnos de vigilancia, reparto de semillas, cuidado compartido de niños y ancianos. No son acuerdos perfectos ni exentos de tensiones. Pero tienen una cualidad que el contrato social vigente ha perdido: son verificables a simple vista. Cualquiera puede ver si el vecino aporta o no aporta, si la fuente de agua se seca por mal uso, si la cosecha alcanza para todos. Esta verificabilidad elimina la necesidad de costosos aparatos de control estatal y, al mismo tiempo, reduce la posibilidad del engaño sistemático. La confianza no se decreta ni se compra: se construye día a día en el hacer compartido. Y cuando esa confianza se amplifica —de la familia al grupo, del grupo a la aldea, de la aldea al valle—, surge lo que podríamos llamar un nuevo contrato social de base biofísica, donde las cláusulas no se escriben en papel sino que se encarnan en hábitos, rituales, saberes transmitidos oralmente y, sobre todo, en la certeza de que la supervivencia de cada uno depende de la supervivencia de todos. Cerati lo intuye cuando canta, casi al final del tema: "Hombre al agua / Y el agua lo devuelve / Lo envuelve, lo contiene / Y todo recomienza". El naufragio no es el final, sino el umbral. El agua que amenaza con ahogar es la misma que, una vez aprendida a habitar, sostiene y renueva. La agroecología es esa tecnología del naufragio consciente: aprender a ser devuelto, envuelto, contenido por los ciclos naturales en lugar de pretender dominarlos.
Cabe preguntarse, sin embargo, si esta propuesta no cae en un determinismo biológico o geográfico que anula la voluntad humana. La respuesta es que la voluntad no desaparece en el colapso; se reorienta. No es la voluntad del héroe solitario que impone su plan sobre la realidad, sino la voluntad de quien elige —con lúcida conciencia de las opciones disponibles— cooperar en lugar de acaparar, compartir información en lugar de ocultarla, proteger al más débil mientras sea posible en lugar de abandonarlo. Esa voluntad es a la vez ética y práctica: ética porque expresa una opción de valores; práctica porque es la única que ha demostrado eficacia evolutiva en contextos de escasez prolongada. Las bandas de cazadores-recolectores que sobrevivieron a glaciaciones y migraciones no lo hicieron por el instinto depredador de sus miembros más fuertes, sino por la capacidad de construir alianzas, de almacenar conocimiento colectivo sobre el territorio, de imponer sanciones a los acaparadores y de celebrar rituales que reforzaban el vínculo comunitario. La agroecología, entendida como relación respetuosa con la naturaleza, es precisamente la recuperación de esa sabiduría ancestral adaptada a las condiciones concretas de cada lugar: qué plantas crecen juntas, qué suelos retienen agua, qué microorganismos descomponen la materia orgánica, qué depredadores naturales controlan las plagas. No se trata de renunciar a la técnica, sino de poner la técnica al servicio de la complejidad ecológica en lugar de simplificarla hasta destruirla. El hombre al agua que canta Cerati no es un náufrago pasivo: es alguien que, tras el impacto inicial, comienza a mover los brazos, a coordinar su respiración, a buscar un rumbo. La voluntad, en ese instante, no es la fuerza para nadar hasta un puerto que ya no existe, sino la decisión de no dejarse hundir por el pánico. La agroecología es esa voluntad colectiva puesta en forma de diseño territorial, de hábito alimentario, de vínculo con la tierra.
El drama, sin embargo, es ineludible. No todos los grupos humanos lograrán esta transición. Muchos perecerán aferrados a las ruinas de lo viejo —al último litro de combustible, al último billete que ya no compra nada, a la última noticia que promete un rescate imposible. Otros derivarán hacia formas de organización depredadoras, donde la fuerza bruta reemplace a la confianza y donde la única ley sea el miedo. Pero precisamente por eso, porque el escenario no está garantizado, la decisión de cada persona y cada grupo adquiere una densidad ética que los tiempos de bonanza habían diluido. No se trata de saber si el mundo cambiará —porque el mundo ya está cambiando, y en buena medida colapsando— sino de saber qué clase de humanidad queda en quienes atraviesan ese cambio. La agroecología no promete una Nueva Jerusalén ni un retorno edénico a la naturaleza. Promete algo más modesto y más exigente: la posibilidad de que, al desaprender las ficciones del individualismo posesivo y al reaprender los ciclos de la tierra, un grupo humano pueda sostener su vida con dignidad, sin destruir el territorio que lo sostiene. Eso ya no es una receta agrícola. Es un programa de humanidad, y quizás el único que, en la hora del declive, queda en pie. Porque, como canta Cerati en el estallido final de la canción, "hombre al agua" es también un grito de liberación: la caída que disuelve las falsas seguridades y obliga a encontrar, en el agua misma, la fuerza que antes se depositaba en el barco. No recordamos a Cerati por azar. Lo recordamos porque su música supo anticipar, con la precisión del arte, lo que la teoría apenas balbucea: que a veces, para no morir, hay que dejarse caer. Y que la caída, cuando es compartida, puede ser el comienzo de otra forma de flotar.
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