POR QUÉ MÁS DECLIVE ENERGÉTICO ES MÁS EXTRACTIVISMO
Uno podría creer que si la energía se vuelve cada vez más difícil de obtener, si los recursos cuestan más sacarlos del subsuelo y las señales de agotamiento se multiplican por todas partes, entonces la economía tendría que frenarse y la presión sobre el territorio se aliviaría un poco. Pero no ocurre eso; ocurre exactamente lo contrario. Hoy vemos más minería, más explotación de litio, más petróleo no convencional, más deforestación, más infraestructura extractiva y, sobre todo, más deuda para financiar todo ese frenesí. Muchos interpretan esto como una prueba de fortaleza económica –"mira todo lo que estamos produciendo"– pero yo creo que hay que leerlo al revés: no es fortaleza, es la manifestación de una dificultad creciente para sostener el metabolismo energético de nuestra sociedad industrial.
Hubo una época, la de los grandes yacimientos convencionales, en la que la energía realmente trabajaba para expandir la sociedad: ese petróleo barato y de alta calidad energética permitió construir carreteras, hospitales, universidades, sistemas de transporte, redes eléctricas y una complejidad social enorme, porque el excedente era tan abundante que apenas una fracción de la actividad económica tenía que destinarse a conseguir más energía. Pero a medida que se fueron agotando los recursos más accesibles, esa situación se invirtió lentamente hasta quedar patas arriba: cada nueva unidad de energía requiere hoy cantidades mayores de capital, tecnología, materiales, infraestructura y esfuerzo organizativo, y el problema no es solamente que haya menos petróleo o menos minerales, sino que cada vez cuesta más obtenerlos, en términos reales, en términos de energía invertida, en términos de lo que dejamos de hacer para ir a buscarlos.
Tomemos Vaca Muerta, que es un caso ilustrativo y doloroso a la vez. Para extraer petróleo no convencional ya no alcanza con perforar un pozo y esperar décadas de producción estable; los pozos declinan rapidísimo, requieren fracturación hidráulica permanente, enormes cantidades de arena, agua, transporte, energía auxiliar e inversiones continuas, de modo que la producción tiene que correr permanentemente solo para mantenerse en el mismo lugar. Es la metáfora perfecta de la Reina Roja en Alicia, esa que le dice a la protagonista que hay que correr cada vez más rápido simplemente para no retroceder. Y en ese contexto aparecen los oleoductos, los puertos de exportación, las terminales marítimas, los regímenes especiales de promoción y esas gigantescas estructuras financieras que sostienen todo el tinglado.
Lo que me parece realmente revelador es que gran parte de esta expansión extractiva ya no se financia únicamente con la renta que genera la propia actividad; el sistema necesita deuda, y mucha, porque la deuda permite adelantar hoy recursos que se espera recuperar mañana. Bancos, fondos de inversión y mercados financieros apuestan sobre una producción futura que todavía no existe, y el petróleo que se extraerá dentro de algunos años sirve como garantía para obtener capital en el presente. Así es como la expansión extractiva deja de ser solamente un fenómeno geológico y se transforma también en un fenómeno financiero: la extracción futura se convierte en liquidez presente para sostener una economía que necesita crecer constantemente, porque si no crece, se desestabiliza.
Y entonces aparece la segunda paradoja, que a esta altura ya debería indignarnos. Cuanto más difícil resulta obtener energía neta de calidad, más crece la complejidad financiera necesaria para sostener el sistema; la deuda, el riesgo país, las refinanciaciones, los créditos internacionales y los programas de asistencia financiera empiezan a ocupar un lugar tan importante como los propios pozos. La geología ya no alcanza sola, ni de casualidad, y hay que construir una gigantesca arquitectura económica capaz de transformar expectativas futuras en inversiones presentes, con el resultado de que la extracción de recursos naturales y la expansión financiera se vuelven inseparables, como dos caras de una misma moneda que se está desgastando.
En países como Argentina esta dinámica adquiere rasgos todavía más crudos porque el extractivismo no solo busca generar ganancias para las empresas, sino que también tiene que producir las divisas necesarias para sostener unos balances de pago crónicamente tensionados y para afrontar compromisos financieros externos que no paran de crecer. Así el territorio deja de ser únicamente un espacio donde se producen bienes y pasa a funcionar como el respaldo material de una arquitectura económica basada en la necesidad permanente de dólares; los recursos naturales se convierten en garantías implícitas de estabilidad financiera, y la presión por extraer no surge únicamente de las oportunidades geológicas sino también –y cada vez más– de las exigencias de una economía altamente dependiente del endeudamiento y de los mercados internacionales.
Por eso me parece un error grueso interpretar el hiperextractivismo actual como una señal automática de abundancia; muchas veces ocurre exactamente lo contrario. La necesidad de perforar más, endeudarse más, exportar más y construir más infraestructura puede ser una manifestación de que el excedente energético disponible para la sociedad está disminuyendo, de que una porción creciente de la actividad económica debe destinarse simplemente a sostener la obtención de energía, y de que lo que antes aparecía como excedente para expandir la vida social comienza a ser absorbido por el propio sistema energético. Eso es lo que quiero decir cuando afirmo que declive energético y extractivismo no son procesos opuestos, sino dos caras que avanzan juntas; de hecho, en determinadas circunstancias, cuanto mayor es el declive energético, mayor es la presión para expandir la extracción, y la aparente contradicción se desvanece apenas comprendemos que el objetivo ya no es acceder a recursos abundantes y baratos, sino compensar –mediante más complejidad, más tecnología, más deuda y más territorio– la pérdida progresiva de calidad energética del sistema. El hiperextractivismo contemporáneo puede leerse entonces no como la expresión de una nueva era de abundancia, sino como el síntoma más claro de una civilización que necesita movilizar cantidades crecientes de recursos para sostener una complejidad que ya no puede alimentarse con la energía fácil del pasado.
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