LA CASTA POLÍTICA CAERÁ CON SU MADRE: LAS SOCIEDADES COMPLEJAS

Hoy leí un artículo de infobae.com⁠� que describía las enormes dificultades logísticas para trasladar maquinaria pesada desde los puertos argentinos hasta los proyectos de megaminería en la cordillera. A primera vista podría parecer simplemente una nota técnica sobre transporte industrial. Sin embargo, detrás de esa noticia se esconde una radiografía brutal del agotamiento de las sociedades complejas. Lo que allí se describe no es solamente el traslado de una excavadora o de un camión minero. Estamos viendo el esfuerzo gigantesco que necesita hacer hoy la civilización industrial para sostener actividades que hace apenas algunas décadas parecían simples, rentables y naturales. Mover maquinaria minera implica barcos de gran porte, combustible abundante, carretones especiales, rutas asfaltadas, puentes reforzados, neumáticos gigantes, repuestos importados, satélites, financiamiento internacional, cadenas globales de suministro y estabilidad geopolítica. Cada una de esas piezas depende de otra pieza. La economía moderna es, en realidad, una gigantesca telaraña de complejidad energética y logística cuya fragilidad comienza a quedar completamente expuesta.

Durante décadas, la humanidad pudo expandir sus sociedades porque contaba con algo extraordinario: enormes cantidades de energía barata y de alta calidad, especialmente petróleo convencional. Ese petróleo permitió construir rutas, fertilizar campos, fabricar maquinaria, transportar mercancías y conectar territorios enteros bajo una misma lógica industrial. Las sociedades complejas surgieron gracias a un excedente energético fenomenal. Ese excedente comenzó a deteriorarse. Hoy extraer energía requiere cada vez más energía. Ya no hablamos de los grandes yacimientos convencionales fáciles y baratos del siglo XX. Hablamos de fracking, perforaciones ultraprofundas, arenas bituminosas, minería de baja ley mineral y explotaciones ubicadas en territorios extremos. Recursos más difíciles, más costosos y muchísimo más dependientes de infraestructura gigantesca. La civilización industrial necesita aumentar constantemente su complejidad para sostener rendimientos decrecientes.

Antes la sociedad necesitaba invertir muy poca energía para obtener enormes cantidades de energía disponible para infraestructura, salud, transporte, alimentos y expansión económica. Ahora sucede exactamente lo contrario: el sistema necesita cantidades crecientes de deuda, combustibles, logística y tecnología simplemente para seguir manteniendo el funcionamiento básico de aquello que ya existe. La descomplejización definirá el siglo XXI. Una sociedad compleja necesita rutas, combustible, hospitales, internet, fertilizantes, cadenas globales, repuestos, puertos, satélites, minería, sistemas financieros, redes eléctricas, burocracias gigantes y estabilidad política. Todo eso consume cantidades colosales de energía y materiales. Cuando el excedente energético disminuye, la sociedad ya no puede sostener el mismo nivel de complejidad. Comienza entonces un proceso de simplificación forzosa: infraestructuras que se deterioran, servicios que dejan de funcionar, Estados que pierden capacidad de respuesta, cadenas logísticas frágiles, conflictos sociales crecientes y economías regionales asfixiadas. Eso es la descomplejización. No se trata de una hipótesis futurista. Ya está ocurriendo.

Resulta revelador observar fenómenos aparentemente menores, como el impulso reciente al uso de asfalto reciclado en distintas provincias argentinas. Presentado públicamente como innovación ecológica, ese fenómeno también puede leerse como una señal de escasez estructural. El asfalto es un derivado pesado del petróleo. Gran parte del petróleo no convencional, como el shale de Vaca Muerta, es liviano y posee peores rendimientos para obtener ciertos derivados fundamentales para la infraestructura industrial. Estamos destruyendo rutas a velocidades crecientes para sostener un modelo extractivo que ni siquiera garantiza el abastecimiento futuro de los materiales necesarios para reparar esas mismas rutas. Miles de camiones atraviesan diariamente el país transportando arena desde Entre Ríos hacia Neuquén para sostener el fracking. Ese tránsito destruye el asfalto. El retorno energético y material del sistema ya ni siquiera alcanza para recomponer adecuadamente la infraestructura degradada. La civilización empieza a devorarse a sí misma para intentar sostener su propia complejidad.

La situación internacional vuelve todavía más delirante el rumbo elegido por las dirigencias latinoamericanas. Antes del conflicto entre Estados Unidos e Irán y antes del cierre del Estrecho de Ormuz, China ya venía comprando petróleo de manera descomunal para ampliar sus reservas estratégicas. Una vez disparado el precio del barril a valores extraordinarios, lo esperable hubiese sido que China liberara parte de esas reservas para aprovechar precios récord y estabilizar mercados. Sin embargo ocurrió exactamente lo contrario. China siguió comprando todavía más petróleo. Ese dato revela que las principales potencias no se comportan como si estuviéramos ingresando en una nueva era de abundancia energética. Se comportan como si anticiparan escasez prolongada, fragilidad logística y conflictos crecientes alrededor del abastecimiento global. El cierre del Estrecho de Ormuz no produjo la escasez. La escasez ayudó a producir situaciones geopolíticas como el cierre del Estrecho de Ormuz.

El caso chino desnuda algo todavía más grave: las potencias ya no parecen preocuparse solamente por sostener su aparato industrial o militar. Empiezan a preocuparse por garantizar abastecimiento básico en un contexto de deterioro sistémico global. Si China continúa acumulando petróleo incluso en escenarios de precios extraordinarios es porque su diagnóstico no parece ser el de una crisis pasajera sino el de una escasez estructural prolongada. El petróleo no solamente mueve automóviles. Mueve fertilizantes, pesticidas, transporte de alimentos, maquinaria agrícola, cadenas farmacéuticas, hospitales, plásticos, medicamentos, infraestructura y logística mundial. El encarecimiento sostenido del petróleo y de sus derivados pone en jaque no solamente a la megaminería o al fracking. Pone en jaque a la propia industria alimentaria global. El diagnóstico implícito de China habla de posibles escenarios de hambruna, desabastecimiento farmacéutico y deterioro profundo de las condiciones materiales de vida. Mientras las principales potencias parecen prepararse para administrar escasez, buena parte de la dirigencia argentina sigue hablando de “desarrollo” como si el mundo continuara funcionando bajo las condiciones energéticas de finales del siglo XX.

La megaminería aparece entonces como uno de los grandes delirios políticos de nuestro tiempo. El impulso de proyectos como San Jorge en Mendoza es presentado como “desarrollo”, “progreso” o “modernización”, cuando en realidad constituye una huida desesperada hacia adelante de unas élites incapaces de aceptar los límites biofísicos del planeta. No existe ningún fundamento racional para destruir territorios enteros, comprometer reservas de agua y reorganizar economías regionales alrededor de actividades extractivas extremadamente dependientes de cadenas globales en pleno deterioro energético. Lo que existe es una sumisión incondicional de las dirigencias nacionales a los intereses estratégicos de potencias extranjeras que necesitan minerales y recursos para intentar sostener sus propias sociedades complejas en crisis. América Latina vuelve a ser empujada al viejo rol colonial de zona de sacrificio. Esa subordinación se presenta incluso como patriotismo económico.

El RIGI representa la expresión más obscena de esa lógica suicida. A esta altura ya no puede hablarse solamente de un error político. El RIGI expone la incompetencia estructural de la casta política argentina para interpretar el momento histórico que atraviesa la civilización industrial. En nombre del “desarrollo”, se entregan recursos estratégicos, se resigna soberanía fiscal, se desmontan capacidades regulatorias del Estado y se reorganiza toda la economía nacional alrededor de actividades extremadamente vulnerables al deterioro energético y geopolítico global. El RIGI parte de una premisa completamente equivocada acerca del mundo en el que vivimos. Supone abundancia material, estabilidad logística, combustibles baratos y crecimiento perpetuo. Ninguna de esas condiciones parece seguir existiendo. Vaca Muerta jamás puede ser un proyecto de país. La megaminería tampoco. Tampoco pueden serlo el agronegocio ni la industria automotriz tal como hoy funcionan. Todas esas actividades nacieron y crecieron dentro de un paradigma de expansión energética permanente que comienza a agotarse frente a nuestros ojos.

Industria tendremos que tener, por supuesto, pero subordinada a una planificación decrecentista integral orientada a garantizar resiliencia territorial y supervivencia social. Necesitaremos industrias para producir herramientas para la agricultura familiar, sistemas de captación de agua, infraestructura ferroviaria básica, tecnologías apropiadas para comunidades locales y sistemas energéticos descentralizados que permitan amortiguar el impacto del declive energético sobre la población más vulnerable. El desafío ya no consiste en crecer infinitamente. El desafío consiste en evitar que el derrumbe de la complejidad arrase con millones de personas.

La llamada “casta política” tan denunciada en los últimos años no es una anomalía aislada. Es un subproducto natural de las sociedades complejas. A medida que las estructuras sociales aumentan su complejidad, también lo hacen las burocracias, las capas administrativas, las redes financieras, los mecanismos de intermediación y las castas profesionales especializadas en administrar esa complejidad. La política moderna terminó convirtiéndose en una maquinaria completamente desconectada de los territorios y de los límites físicos de la realidad. Gran parte de la dirigencia sigue hablando de crecimiento, inversiones y expansión económica como si viviéramos todavía en 1950. La energía barata que permitió construir ese mundo ya no existe. Cuando las sociedades complejas comienzan a deteriorarse, sus élites también entran en crisis. La casta política caerá con su madre: las sociedades complejas.

Bolivia aparece hoy como una advertencia brutal para toda América Latina. Las recientes protestas masivas, bloqueos, crisis de abastecimiento y tensiones sociales muestran lo que ocurre cuando el deterioro material supera la capacidad política de contención. Allí, el decrecimiento ya está ocurriendo, pero sin planificación. El decrecimiento no es una ideología extravagante ni una utopía romántica. Es un diagnóstico. La comunidad científica lleva años advirtiendo que hemos alcanzado límites biofísicos incompatibles con un modelo basado en crecimiento infinito dentro de un planeta finito. Gran parte de la dirigencia política sigue actuando como si esas advertencias no existieran. Llegó el momento de comenzar una discusión completamente distinta. No sobre cómo crecer más, exportar más o extraer más, sino sobre cómo decrecer de manera organizada, democrática y planificada antes de que el deterioro lo haga de forma caótica.

El horizonte no tiene por qué ser necesariamente distópico. La nueva dirigencia capaz de afrontar este tiempo histórico ya existe y se forja todos los días en cada territorio. Se construye en cooperativas, redes comunitarias, huertas familiares, organizaciones barriales, grupos de agroecología, economías populares, radios comunitarias, espacios de formación y experiencias de organización local que intentan resolver problemas concretos allí donde la sociedad compleja comienza a retirarse. Esa nueva dirigencia no es ni puede volver a convertirse en una casta, sencillamente porque ya no existen condiciones materiales para sostener indefinidamente las estructuras gigantescas de intermediación política propias del siglo XX. El futuro exigirá cercanía territorial, administración comunitaria, conocimiento práctico y capacidad de organización popular para resolver necesidades urgentes vinculadas a alimentos, agua, energía, salud, transporte y vivienda en contextos de declive energético. El presente sigue siendo tiempo de lucha y organización popular. No para sostener la ficción de un crecimiento infinito, sino para construir resiliencia real y formas de vida capaces de atravesar el descenso energético sin abandonar a millones de personas a la intemperie.

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