DESPIERTEN, GIGANTES: EL EJEMPLO DE IBICUY Y EL PODER QUE TIENEN TODOS LOS PUEBLOS
Parece una contradicción imposible: una provincia que prohibió la fractura hidráulica en su territorio se convirtió en la principal proveedora del insumo más crítico para hacerla en otro lugar. Entre Ríos aporta entre el 70 y el 80 por ciento de la arena que Vaca Muerta necesita para fracturar sus pozos. Cada pozo requiere entre once mil y quince mil toneladas del material. Para llevarlo hasta Neuquén se movilizan entre mil quinientos y dos mil camiones por día recorriendo más de mil doscientos kilómetros. Ese flujo logístico mueve casi mil millones de dólares anuales solo en fletes. La industria petrolera, acostumbrada a operar con la complicidad de gobiernos y tribunales, miró el mapa y vio dos pequeños pueblos aparentemente dormidos en el delta del Paraná: Ibicuy y Diamante. Vieron casas bajas, calles de tierra, gente de campo y de isla. Subestimaron por completo a esa gente. Y es que las petroleras nunca entendieron que los pueblos chicos y tranquilos son, en realidad, gigantes que solo esperan la razón justa para despertar.
Porque lo que está en juego no es solo el ambiente de unos pocos miles de vecinos. Es una cadena de suministro de la cual dependen directamente inversiones por cientos de millones de dólares al año. Un pozo en Vaca Muerta cuesta entre nueve y once millones de dólares. Cada día sin arena entrerriana significa que decenas de pozos programados no pueden fracturarse. En una semana de parálisis se acumulan unos veinte pozos detenidos. Eso son entre ciento ochenta y doscientos veinte millones de dólares en inversiones frenadas. Y la producción que no sale: cada pozo que se retrasa un mes deja de extraer unos veinticinco mil barriles de petróleo. A cien dólares el barril, son dos millones y medio de dólares menos por pozo. Multiplíquelo por veinte pozos. Cincuenta millones de dólares de ingresos no percibidos. Ese es el poder que tienen hoy los vecinos de Ibicuy sin necesidad de tener un solo político en el bolsillo ni un juez amigo. Lo tienen porque descubrieron que el talón de Aquiles del extractivismo no está en los tribunales, sino en la calle, en el agua, en los pulmones llenos de polvo de sílice y en la paciencia de un pueblo al que le mienten.
Ahora bien, no nos engañemos: la justicia argentina no está hecha para proteger a los vecinos. La norma es que los jueces respondan a los mismos intereses que financian las campañas políticas y firman los contratos millonarios. Las petroleras tienen abogados de primera línea, estudios jurídicos enteros trabajando para ellas y una larga historia de fallos favorables. Por eso el caso de Ibicuy es tan extraordinario y tan aleccionador a la vez. Los vecinos no ganaron porque la justicia sea buena o porque la ley sea justa. Ganaron porque presentaron pruebas tan abrumadoras que ningún juez pudo esconderlas sin quemarse. Encontraron una toma clandestina de agua subterránea que extraía un millón de litros por hora cuando la empresa había jurado que no usaba agua del subsuelo. Encontraron que el hierro en el agua potable se había multiplicado por quince. Encontraron que las plantas de lavado operaban sin habilitación ambiental. Y todo eso, puesto en un expediente con una cooperativa de agua potable como querellante, creó un escándalo tan grosero que la justicia no tuvo más remedio que clausurar. No fue porque los jueces sean héroes. Fue porque los vecinos hicieron su tarea y los forzaron a cumplir la ley aunque no quisieran.
Y aquí viene la lección más importante para todos los que viven en pueblos tranquilos de este país. Ibicuy no es una ciudad combativa. No es una capital provincial con tradición de lucha. Es un puerto pequeño, rodeado de islas, con casas de chapa y madera, donde la vida transcurre lenta entre el río y la siesta. Las petroleras miraron ese paisaje y vieron un lugar dócil, sin conflictos, donde podían instalar sus plantas de lavado, pasar sus dos mil camiones por día y llevarse la arena sin que nadie dijera nada. Pensaron que la pobreza y la falta de costumbre de pelear eran garantías de sumisión. Se equivocaron de manera catastrófica. Porque los pueblos tranquilos no son pueblos tontos. Son pueblos que ven, que callan, que toman nota y que un día explotan con la fuerza de quien ya no tiene nada que perder. Los vecinos de Ibicuy no tenían historia de lucha ambiental. Se hicieron luchadores porque la contaminación les llegó a la puerta de su casa. Y eso es algo que el extractivismo nunca termina de aprender: el silencio de un pueblo no es debilidad, es paciencia. Y la paciencia, cuando se acaba, se convierte en una aplanadora.
No es un caso aislado. Es un patrón histórico. El misionero y explorador británico Henry Francis Fynn describió a los zulúes como un pueblo ordenado y dócil. Los zulúes aniquilaron al ejército británico en la batalla de Isandlwana, la peor derrota del imperio contra un ejército nativo. El famoso explorador Richard Burton calificó a los hehe de Tanzania como "indolentes y pacíficos". Los hehe masacraron a una columna alemana y los tuvieron en jaque durante siete años. El antropólogo Evans-Pritchard retrató a los nuer de Sudán del Sur como un pueblo sin jefes ni ejército, casi inofensivo. Los nuer se convirtieron en la guerrilla más temida del este de África. Una y otra vez, el poder miró un pueblo tranquilo y vio sumisión. Una y otra vez, ese pueblo tranquilo le demostró que la paz no es debilidad: es paciencia estratégica. Los vecinos de Ibicuy no son distintos. Son el mismo gigante dormido que el poder, por enésima vez en la historia, subestimó.
Hoy, después de dos años de amparos y clausuras, las areneras están contra las cuerdas. Nueve de cada catorce plantas en Ibicuy fueron clausuradas. Las petroleras están invirtiendo millones en buscar arena en Neuquén para no depender más de estos pueblos díscolos. Pero esa transición lleva años y cuesta decenas de millones de dólares. Mientras tanto, los vecinos de Ibicuy le demostraron al país que no hace falta ser grande ni poderoso. No hace falta tener contactos en la justicia ni financiamiento internacional. Hace falta organizarse detrás de algo tan simple como una cooperativa de agua potable. Hace falta medir lo que pasa en el propio territorio. Hace falta juntar pruebas y meter un abogado que presente un amparo. Y cuando el expediente está en marcha, la maquinaria judicial, con todas sus miserias y sus lentitudes, a veces se ve forzada a hacer lo correcto. No por convicción, sino porque el escándalo público y las pruebas irrefutables no le dejan otra salida.
Por eso este post no es solo sobre arena y fracking. Es sobre la cantidad de Ibicuy que hay dormidos en la Argentina. Cada pueblo donde una minera, una petrolera, una pastera o una agroexportadora cree que puede hacer lo que quiera porque los vecinos son pocos, están lejos de los medios y no tienen fama de rebeldes. Cada uno de esos pueblos es un gigante que aún no se sabe gigante. La lección de Ibicuy es que cuando el gigante se despierta, la tierra tiembla. Y tiembla sobre todo en las oficinas de los que creían que podían comprar el silencio con monedas y amenazas. Los vecinos de Ibicuy no tenían poder económico ni político. Tenían agua contaminada, polvo en los pulmones y la decisión de no bancar más. Con eso solo, con eso tan mínimo y tan enorme a la vez, le pusieron freno a un negocio de mil millones de dólares. Si ellos pudieron, ¿cuántos otros pueblos pueden? La respuesta es: todos. Todos los que se atrevan a despertar. Todos los que entiendan que el verdadero poder no está en los tribunales ni en los gobiernos. Está en la calle, en la organización y en la certeza de que ningún empresario, por más rico que sea, puede dormir tranquilo si un pueblo entero decide que ya no quiere ser su víctima. Los vecinos de Ibicuy ya despertaron. Y por ahora, están ganando. ¿Cuántos más se van a sumar?
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