DECRECIMIENTO EN CLAVE PSICOANALITICA: NUESTRO VERTEBRADO ES UN IN - NATURALIBUS
Para situar el eje de la discusión que sigue, conviene detenerse en la figura de Lola López Mondéjar. Psicoanalista, psicóloga clínica y escritora nacida en Molina de Segura en 1958, su trayectoria intelectual se ha consolidado en la intersección entre el psicoanálisis freudiano-lacaniano y el diagnóstico cultural del presente. Formada en centros de Madrid, Milán y París, ha ejercido la docencia en las Universidades de Murcia y Sevilla, y es miembro didacta del Centro Psicoanalítico de Madrid, lo que la sitúa como una voz autorizada dentro del debate clínico y teórico contemporáneo. Su peso académico, sin embargo, trasciende los círculos especializados gracias a una obra ensayística que ha sabido conectar con una audiencia más amplia sin perder rigor. La confirmación definitiva de su relevancia en el panorama intelectual hispanohablante llegó en octubre de 2024, cuando su ensayo “Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad” fue galardonado con el 52º Premio Anagrama de Ensayo, uno de los más prestigiosos del género en español. El jurado destacó en su obra “un intenso y polifónico diálogo con la filosofía, el psicoanálisis, el cine y la literatura” para trazar un mapa de lo que considera la enfermedad de nuestra época: la creciente incapacidad de los individuos para narrarse a sí mismos, un déficit que asocia no solo a una dificultad expresiva, sino a una “merma del pensamiento crítico y del ocaso de la imaginación”.
Para entender la magnitud de esa enfermedad, conviene detenerse en las dos figuras centrales que López Mondéjar utiliza para clasificar las subjetividades emergentes del neoliberalismo. Por un lado está el adaptado, al que también denomina normópata en otros textos. Este sujeto no presenta síntomas llamativos ni conductas disruptivas. Por el contrario, es el ciudadano ejemplar, el trabajador aplicado, el estudiante que sigue el currículo sin cuestionarlo, el padre que reproduce los mandatos de su época sin preguntarse si desea esa vida. Su normalidad es, paradójicamente, su patología. Ha internalizado las normas del sistema hasta el punto de que su deseo propio se ha atrofiado por completo: ya no sabe qué quiere porque nunca se ha permitido no querer lo que se espera de él. Vive en una especie de anestesia existencial que la autora describe como la incapacidad de generar relato. Pero más alarmante es la segunda figura, la que ha capturado la imaginación de sus lectores: el hiperadaptado o invertebrado. Este no se limita a cumplir normas, sino que las anticipa y las optimiza. Es el ejecutivo que cambia de identidad según la empresa a la que sirve, el influencer que modula su personalidad en función de las métricas de engagement, el profesional que aprende una habilidad un año y la abandona al siguiente porque el mercado ya no la valora. La metáfora central de López Mondéjar para este tipo humano es el blandiblú, ese juguete infantil de silicona que se amolda a cualquier recipiente pero que, al sacarlo, recupera una forma que nunca es del todo la suya porque nunca tuvo una forma propia. El hiperadaptado carece de columna vertebral moral, no en el sentido de que sea malvado, sino en el sentido literal de la imagen: no tiene un eje interno que le permita oponer resistencia a las presiones externas. Su virtud es la maleabilidad, su disciplina es la permanente disposición a transformarse, su ética es la supervivencia a cualquier precio. El resultado, según la autora, es un sujeto hueco, indiferente al sufrimiento ajeno, incapaz de duelo porque el duelo exige un apego que él ha desaprendido, y condenado a una soledad paradójica: rodeado de estímulos y conexiones, pero sin lazos que lo anclen a una comunidad que lo reconozca cuando deje de ser útil.
Hasta aquí, el diagnóstico de López Mondéjar resulta impecable y necesario. Sin embargo, el presente texto sostiene que su propuesta terapéutica —la recuperación del relato individual, la reconstrucción de la columna vertebral subjetiva— sigue atrapada en el paradigma del Yo cartesiano, ese sujeto que piensa, narra y decide desde una interioridad separada del mundo material. El declive energético, la erosión de las redes de cuidado y la inminencia de un colapso civilizatorio no se resuelven con una buena integración narrativa del yo. Necesitamos algo más radical, algo que la autora intuye pero no nombra porque saldría de su disciplina: el retorno a un estado que no es anterior a la cultura, sino anterior a la deformación sistemática de lo humano por el capitalismo fósil. Ese estado se llama, en la vieja lengua que aún conserva el peso de lo esencial, in naturalibus.
La expresión latina in naturalibus significa literalmente “en estado natural”, pero su sentido no es el de una Arcadia edulcorada ni el de un primitivismo nostálgico. En la tradición escolástica y médica, in naturalibus designaba el funcionamiento del cuerpo y la psique cuando no intervenía el artefacto cultural o farmacológico: la digestión sin laxantes, la termorregulación sin calefacción, el sueño sin hipnóticos, el duelo sin ansiolíticos. Aplicado a la subjetividad y a la organización colectiva, implica una reducción fenomenológica que desnuda al ser humano de los soportes que el sistema le ha injertado para hacerlo más dócil, más productivo y más aislado. El hiperadaptado no podría existir sin la red eléctrica, sin la logística global, sin los ansiolíticos y los discursos de autoayuda que amortiguan su vacío. Es un invertebrado en condiciones de laboratorio, un producto de la incubadora neoliberal. El in naturalibus, en cambio, es lo que queda cuando se apagan las máquinas, cuando se cortan las cadenas de suministro y cuando el individuo se ve obligado a negociar su supervivencia con un puñado de vecinos, con sus manos y con un pedazo de tierra.
Pero la cualidad esencial del in naturalibus no se agota en su capacidad de sobrevivir con pocos recursos. Lo que lo define, lo que lo convierte en un verdadero vertebrado frente al invertebrado hiperadaptado, es el recupero de su sensibilidad holística. La naturaleza no dotó al ser humano de un intelecto desencarnado ni de una racionalidad fría que analiza el mundo como si estuviera fuera de él. Lo dotó de un sistema sensorial integrado que permite detectar cambios en la temperatura, en la humedad, en la expresión facial del otro, en el tono de una voz que pide ayuda o que oculta una amenaza. Esa sensibilidad holística es la capacidad de percibir el entorno —natural y humano— como una totalidad en la que uno mismo está inmerso, no como un conjunto de estímulos aislados que el Yo cartesiano procesa para maximizar su utilidad. El hiperadaptado ha atrofiado esa sensibilidad porque el sistema le ha enseñado que la información relevante es la que llega a través de las pantallas, los informes y las métricas. Sus sentidos se han vuelto estrechos: mira pero no ve, oye pero no escucha, toca pero no siente. El in naturalibus, por el contrario, restaura la percepción ancha, la que capta el viento que cambia antes de la tormenta, la fatiga del compañero de faena antes de que colapse, la atmósfera de un grupo que necesita ser contenida o estimulada. Por eso esta cualidad es profundamente rehumanizadora: porque ser humano, en su sentido más pleno, no es sinónimo de poseer un cerebro grande o un lenguaje simbólico. Ser humano es ser un ser social dotado de una inteligencia que no solo piensa, sino que escucha verdaderamente. La escucha verdadera no es la que prepara la siguiente intervención mientras el otro habla, sino la que suspende el juicio, la que se deja afectar por el ritmo, las pausas, los silencios. Es la misma escucha que permite a un campesino conocer el estado de la tierra por su olor y su textura, o a un anciano en una comunidad tradicional detectar la tensión latente entre dos familias antes de que estalle el conflicto.
El in naturalibus, al recuperar esta sensibilidad holística, se convierte en un creador de espacios y atmósferas para los colectivos humanos. No es un líder en el sentido jerárquico, sino una especie de nodo sensorial que regula la temperatura emocional y relacional del grupo. Sabe cuándo es necesario un rito para cohesionar, cuándo un silencio compartido es más reparador que cualquier palabra, cuándo una comida colectiva puede desactivar una hostilidad que el lenguaje solo agravaría. Esta capacidad no es mística ni excepcional: es la herencia evolutiva de un primate que sobrevivió durante cientos de miles de años gracias a su habilidad para formar coaliciones, leer intenciones y sincronizar sus estados internos con los de los demás. El hiperadaptado ha perdido esa herencia porque el individualismo posesivo y la competencia generalizada la han vuelto disfuncional: el que siente demasiado al otro no puede pisarlo para ascender. El in naturalibus, al reconectarse con su base biológica y comunitaria, restaura la función. No lo hace por altruismo abstracto, sino porque en un contexto de colapso energético y social, la sensibilidad holística es la única inteligencia que permite que un grupo humano reduzca su entropía interna y mantenga su cohesión en el tiempo.
Para comprender la diferencia entre el hiperadaptado y el in naturalibus en el contexto del declive energético, conviene recurrir a la distinción entre plasticidad fenotípica y especialización adaptativa. En biología evolutiva, la plasticidad fenotípica es la capacidad de un genotipo para producir distintos fenotipos en respuesta a condiciones ambientales. Es una estrategia útil en entornos cambiantes pero predecibles. El hiperadaptado es hiperplástico: cambia de opinión, de identidad, de lealtad y de relato según lo demande el mercado laboral o el clima social. Es un camaleón sin hueso. Pero cuando el cambio ambiental es abrupto, irreversible y catastrófico —como el que pronostican los modelos de colapso energético— la plasticidad extrema se vuelve desventajosa porque impide la consolidación de rasgos estables que permitan la supervivencia a largo plazo. Las especies que sobreviven a las extinciones masivas no son las más plásticas, sino las que poseen una especialización flexible: un conjunto de rasgos estables (un nicho, una dieta, una estructura social) con un margen de ajuste. El in naturalibus encarna esa especialización flexible: su estabilidad proviene de su sensibilidad holística, que es un rasgo profundo, no una máscara intercambiable. Puede aprender nuevas técnicas de cultivo o reparación, puede adaptarse a distintos terrenos y climas, pero lo que permanece es su capacidad de percibir al otro y al entorno como una totalidad significativa. Esa permanencia es la que permite la confianza, y la confianza es el único motor de la cooperación no forzada.
López Mondéjar tiene razón cuando afirma que el hiperadaptado ha perdido su relato. Pero la limitación de su enfoque consiste en pensar que la recuperación de ese relato es un trabajo intrapsíquico, una reconfiguración narrativa que cada cual puede emprender en el diván o en el diario íntimo. El relato, en las culturas que han sobrevivido a los colapsos anteriores (desde la Edad del Bronce tardía hasta la caída del Imperio Romano occidental), no era una propiedad individual sino un artefacto comunitario que se actualizaba en el trabajo compartido, en el rito estacional y en la sepultura de los muertos. El in naturalibus no se sienta a escribir su autobiografía. Cava una zanja de drenaje con sus vecinos mientras un niño tararea una canción que su abuela le enseñó, y esa tarde, sin saberlo, está tejiendo el único tipo de narrativa que resiste el colapso: la que no se escribe sino que se encarna en gestos repetidos, en herramientas pasadas de mano en mano, en la memoria muscular de un oficio. Su sensibilidad holística le permite percibir si el grupo está cansado, si alguien necesita un descanso, si la pausa para el agua debe alargarse para que circule la palabra. Ese saber no se aprende en un máster de liderazgo. Se aprende en la infancia, si la infancia ha tenido lugar en un entorno que aún conservaba restos de comunidad, o se reaprende a través de una dolorosa desintoxicación de los hábitos hiperadaptativos. Por eso el título In Naturalibus no es una concesión a la estética del latín, sino una declaración de principios epistemológicos: antes de la estructura simbólica compleja está la estructura material del cuerpo en relación. Antes del relato está la respiración rítmica del equipo que tira de una cuerda al unísono. Antes del Yo cartesiano que analiza está la inteligencia que oye verdaderamente, porque sabe que escuchar es la forma más profunda de responder.
La provocación que este texto lanza a la obra de López Mondéjar es, pues, la siguiente: el hiperadaptado no es sólo un invertebrado moral, es un organismo desconectado de su base energética, comunitaria y sensorial. Y el remedio no es devolverle una columna vertebral psicológica, sino sumergirlo en el único medio donde la columna vertebral tiene sentido: un grupo humano que afronta juntos la intemperie, la escasez y la muerte, y donde la sensibilidad holística no es un lujo sino una herramienta de supervivencia. Ese medio es in naturalibus. No es un lugar geográfico, sino un umbral. Es el punto donde se apagan las pantallas y se enciende la pregunta por la leña que calentará esta noche. Es el instante en que el ejecutivo hiperadaptado descubre que su currículum no sirve para encender un fuego, y que el vecino al que despreciaba porque sabía podar árboles se convierte en su única posibilidad de ver la primavera siguiente. Pero también es el instante en que ese ejecutivo, si tiene la suerte de encontrar un grupo que aún practica el in naturalibus, comienza a recuperar algo que creía perdido: la capacidad de notar el cambio en el tono de voz de quien está agotado, de percibir la hora del día por la inclinación de la sombra, de sentir que el silencio después de una discusión puede ser más elocuente que cualquier argumento. Esa recuperación es lenta y frágil, pero es la única forma de dejar de ser un invertebrado sin tener que convertirse en un héroe solitario.
El declive energético no es una hipótesis ni una preferencia política. Es una curva que ya ha superado su punto de inflexión para las energías de alta densidad como el petróleo convencional. La transición no será gestionada por las élites hiperadaptadas, que seguirán compitiendo por los últimos restos de poder mientras el resto se desmorona. La transición ya está ocurriendo en los intersticios: huertos urbanos, redes de trueque, comunidades de reparación, cooperativas de cuidados. En esos lugares, sin saberlo necesariamente, la gente está practicando el in naturalibus. No han leído a López Mondéjar ni les importa. Saben que la supervivencia no es un problema de relato sino de brazo, de espalda, de un acuerdo tácito al atardecer para no dejarse caer. Y saben también, aunque no lo formulan con estas palabras, que lo que los mantiene vivos no es la eficiencia individual ni la planificación racional, sino esa capacidad antigua de sentir juntos, de percibir las necesidades ajenas como propias, de crear una atmósfera donde el miedo no paraliza sino que moviliza. El hiperadaptado los mirará con conmiseración mientras tenga batería en el móvil. Cuando la batería se agote, el hiperadaptado será un invertebrado sin soporte, y el in naturalibus seguirá partiendo leña. No porque sea mejor persona. Porque ha tenido el privilegio —o la desgracia— de llegar antes a la intemperie y no haber muerto de vergüenza al desnudarse de todo lo que no era necesario. Eso es in naturalibus. El título en mayúsculas no es un grito. Es un susurro que se oye cuando se apagan los motores. Y en ese susurro, lo que se escucha por fin es al otro.
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