DE DUBAI A LA SELVA SIN COLISIONES
Lo que vivís no es una mala racha. No es que tomaste malas decisiones o que el país está especialmente loco esta vez. Es otra cosa. Es que el mundo que conocíamos —empleo estable, consumo, crédito, energía barata— se sostuvo durante décadas sobre una base que se empieza a agotar. No era una mentira. Era real. Hubo crecimiento, industrialización, derechos conquistados. El problema es que esa forma de organización dependía de una fuente de energía —petróleo y gas baratos— que ahora entra en declive. Y la derecha aprovecha esa grieta para hacer su negocio: te dice que todo era mentira para justificar que destruyan lo poco que queda. Pero no te confundas. El problema no es que hayamos intentado construir bienestar. El problema es que el piso energético de ese modelo se está moviendo.
Para entenderlo en carne propia, mirá esto. El precio barato de la energía hacía que todo fuera más fácil: el camión que llevaba la verdura desde Misiones hasta Buenos Aires pagaba poco gasoil, entonces el flete era bajo, el precio en góndola también y la gente podía comprar. El fertilizante que usaba el chacrero venía del gas natural, también barato. La maquinaria agrícola, el plástico de los envases, el cemento de la construcción: todo tenía petróleo o gas metido adentro. Como la energía era barata, el trabajo formal podía pagarse, el crédito circulaba, el consumo tiraba del empleo. Ese mundo no era falso. Funcionó mientras duró el combustible barato. Pero el combustible barato se acaba. No de golpe, como en las películas. Se va volviendo más caro, más difícil de extraer. Y cada vez que sube el precio de la energía, todo tiembla: el alimento, el transporte, el alquiler, el trabajo. Lo que estás sintiendo no es el fin de una mentira. Es el desierto fósil empezando a secarse. Y ese desierto tiene un nombre visual: Dubai.
Dubai es la imagen perfecta del modelo que se apaga. Una ciudad de lujo y vidrio en medio del desierto, con rascacielos y nieve artificial. Solo existe porque queman combustible fósil como si no hubiera mañana. Es un espejo de cómo vivimos durante décadas: regando un desierto con energía barata para que pareciera una selva. El problema es que el riego empieza a faltar. Y ahí aparece la jugada sucia de la derecha: usan ese diagnóstico para decir "todo era mentira, soltá la mano del Estado, dejá que el mercado decida". Pero la realidad nos habla de algo distinto: lo que funcionó durante décadas no va a volver porque la energía ya no lo sostiene, pero podemos construir otra cosa juntos, sin que nadie quede tirado. La derecha usa la crisis para desmantelar protecciones. La realidad nos muestra que podemos usar la misma crisis para reinventar la protección desde otro lugar: más local, más cooperativo, menos dependiente de la energía cara.
Entonces, ¿qué hacer? Aceptar que el mundo de la energía barata no vuelve. Eso no es derrotismo. Es realismo. El que te promete que volverán los dólares fáciles, el consumo desenfrenado y el empleo full-time te está vendiendo una ilusión. La tarea no es esperar. Es cruzar. De Dubai a la selva sin colisiones. ¿Qué es la selva? No un lugar salvaje y sin ley. Es un modelo que funciona hace millones de años sin petróleo: biodiversidad, vínculos, cooperación, ciclos lentos, adaptación. La selva no destruye lo que tiene. Lo recicla. Lo diversifica. Dubai construye hacia arriba, todo igual, todo dependiente de un tubo de combustible. La selva construye hacia los costados, todo distinto, todo conectado. Tu tarea no es volverte un ermitaño. Es aprender a caminar de un mundo al otro sin chocar. Sin angustiarte más de lo necesario.
Apliquemos esto a la chacra. El pequeño productor hoy siente que todo pierde sentido. El mercado ya no le compra como antes, los insumos se fueron al carajo, el esfuerzo no rinde. La trampa es pensar que el problema es la chacra. No. El problema es que la chacra sigue atrapada dentro de la lógica de Dubai: producir para un mercado lejano, con insumos caros, compitiendo contra gigantes. Salir de ahí es posible. Cambiando el tablero de medición. En Dubai, lo valioso es lo que escala rápido, lo que se concentra, lo que se vende lejos. En la selva, lo valioso es lo que sostiene: ¿podés alimentar a tu familia con lo que producís? ¿podés intercambiar con vecinos sin que pase por el medio un camión con gasoil carísimo? ¿podés guardar semillas? ¿podés diversificar? Cada respuesta afirmativa es un metro de selva ganado.
Lo mismo en la ciudad. La angustia urbana muchas veces viene de seguir jugando al juego de Dubai: trabajo formal, crédito, auto, shopping. Pero si el piso energético se hunde, ese juego se vuelve imposible para la mayoría. Las preguntas cambian. ¿Quién en mi barrio sabe reparar una heladera? ¿Qué sé hacer yo que otros necesiten? ¿Podemos organizar un intercambio semanal? ¿Cómo reducimos el gasto de energía en casa? Capacidades que Dubai despreció —cocinar desde cero, cultivar un balcón, arreglar una canilla, compartir herramientas— se vuelven vitales. No por nostalgia. Porque cuando las grandes estructuras flaquean, lo pequeño bien organizado es lo único que sostiene.
Y acá hay algo que ningún diagnóstico económico va a capturar, pero vos lo vas a sentir si te animás a dar el paso. Salir de la lógica de Dubai no solo te hace más capaz de enfrentar lo que viene. Te devuelve tiempo. Tiempo para estar con tus hijos sin la ansiedad del próximo consumo. Tiempo para mirar a tu pareja sin la pantalla del medio. Tiempo para aburrirte un rato y que de ese aburrimiento nazca una idea, un invento, una canción, una huerta en el fondo. La selva no tiene apuro. La selva no mide la productividad por hora. La selva valora los ciclos, el descanso, la recreación que abre la creatividad. Cuando dejás de correr detrás del consumo infinito, algo se destapa adentro. Aparece un sentido más profundo de la existencia que no se compra ni se vende. Aparece el lujo verdadero: poder estar presente. Eso no es volver al pasado. Es recuperar lo que el desierto fósil nos robó sin que nos diéramos cuenta. Y quizás ahí, en ese silencio recuperado, encuentres la razón más poderosa para atravesar esta transición sin colisiones. No solo para sobrevivir. Para vivir mejor.
No pretendas cambiar todo mañana. La selva avanza lento. Durante mucho tiempo conviven el desierto y la selva. No te frustres si todavía dependés del sistema viejo para algunas cosas. El objetivo no es ser puro. Es sobrevivir a la transición sin colisionar. Empezá por una sola cosa: identificá algo que hoy comprás y podrías producir o intercambiar. Reducí un 10% tu gasto de energía. Juntate con un vecino para una tarea compartida. Una cosa chica. Después otra.
Una última advertencia. El discurso de "todo era una mentira" lo vas a escuchar. Te van a decir que el Estado nunca debió meterse, que los derechos laborales eran un sueño. No les creas. Ese discurso no viene de un diagnóstico honesto. Viene de la misma gente que quiere aprovechar la angustia para concentrar riqueza y dejar que cada uno se arregle solo. La diferencia es sencilla: ellos usan la crisis para destruir protecciones. La realidad nos muestra otra posibilidad: podemos usar la crisis para reinventar la protección desde otro lugar, más local, más cooperativo. Ese es el combate real de esta época.
Por eso este mapa se llama De Dubai a la selva sin colisiones. El viaje no es opcional. El piso energético se achica todos los días. Podés seguir corriendo detrás de un mundo que se apaga y chocar una y otra vez contra la frustración. O podés empezar a caminar hacia la selva. Paso a paso. Con otros. Tejiendo. La selva no te va a recibir con un cartel de bienvenida. Te va a sostener, silenciosamente, si aprendés a vivir como ella: con vínculos, con paciencia, con diversidad. Ese es el mapa. Empezá por donde puedas. Hoy.
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