COLAPSO FARMACOLÓGICO GLOBAL
Veo en las noticias de hoy que hay escasez de medicamentos para el cáncer en Sri Lanka y Reino Unido, y la explicación habitual apunta al cierre del estrecho de Ormuz como si fuera una causa externa, un accidente geopolítico que interrumpe el flujo normal de las cosas. Pero esa lectura da la vuelta a la realidad: no hay escasez porque estalla una guerra, sino que estalla una guerra porque la escasez ya es el sustrato permanente del sistema. El cierre del estrecho de Ormuz no es una agresión inexplicable ni un acto gratuito de violencia; es la expresión necesaria de un mundo donde los combustibles fósiles, el soporte energético de todo el modelo civilizatorio, han entrado en una fase de declive estructural. Cuando los recursos menguan, cuando las curvas de producción de petróleo se aplanan y luego empiezan a caer mientras la demanda sigue siendo masiva, los actores geopolíticos no tienen más opción que luchar por controlar los cuellos de botella que aún quedan. Ormuz no se cierra porque sí: se cierra porque quien tiene la capacidad de hacerlo sabe que esa es su única carta para sobrevivir en un tablero donde la energía ya no es abundante. La guerra, entonces, no es la causa del desabastecimiento; es el síntoma más visible de que el desabastecimiento es estructural, permanente e imposible de resolver dentro de las reglas del juego actual.
La conexión directa entre el cierre de Ormuz y la falta de medicamentos oncológicos en Sri Lanka y Reino Unido es a la vez técnica y brutalmente sencilla: casi todo el arsenal farmacológico global, no solo los tratamientos contra el cáncer sino toda la industria de los medicamentos modernos, desde los antibióticos hasta los anestésicos, pasando por los antivirales, los antiinflamatorios, los psicofármacos y los inmunosupresores, depende de una cadena de suministro construida sobre derivados del petróleo. La farmacia moderna es una hija de la petroquímica. Los principios activos de la mayoría de los fármacos se sintetizan a partir de compuestos orgánicos que salen de una refinería. Los disolventes, los catalizadores, las resinas de purificación, los excipientes que dan forma a la pastilla, las cubiertas entéricas que permiten que el medicamento llegue al intestino, los plásticos de las jeringas, las bolsas de suero, los tubos de los goteros, los envases estériles, los adhesivos de los parches transdérmicos, todo eso es petróleo transformado. Cuando un punto de estrangulamiento como Ormuz se cierra –como expresión de una guerra que a su vez es expresión de la escasez–, el precio del crudo se dispara, los barcos tienen que rodear África con un coste prohibitivo, los aeropuertos de Dubái dejan de operar como centros logísticos y, en cuestión de semanas, los hospitales se quedan sin insumos básicos. Pero lo que los titulares no dicen es que esa guerra no es la perturbación de un orden pacífico previo, sino la manifestación misma de un orden que ya no puede sostenerse. No es que la paz se haya roto: es que la paz dependía de un flujo constante de energía barata, y ese flujo se está agotando. La guerra por el estrecho de Ormuz es apenas una de las muchas guerras por el control de los últimos pozos, las últimas rutas, los últimos reservorios de un planeta que ya extrajo lo más fácil y ahora agoniza en el fracking, las profundidades marinas y los conflictos armados.
La paradoja más retorcida aparece cuando miras el otro extremo de la cadena y descubres que ese mismo modelo energético que hoy colapsa bajo el peso de sus propias contradicciones es el que, durante décadas, ha estado produciendo enfermedades en masa que luego la industria farmacológica intenta tratar. El glifosato, el herbicida más usado del mundo y clasificado como probablemente carcinogénico para humanos por la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer de la OMS, no sería viable sin la petroquímica. Sus formulaciones comerciales incluyen tensioactivos derivados del petróleo, metales pesados tóxicos como arsénico y cromo, y su producción masiva requiere refinerías, nafta, energía barata de origen fósil. Millones de agricultores y comunidades rurales en todo el mundo inhalan, beben y comen residuos de glifosato cada día, acumulando en sus tejidos las semillas de un cáncer que el sistema tratará –si es que puede– con medicamentos que también dependen del petróleo. Pero no se trata solo del cáncer. El derrumbe de la industria farmacológica global petrodependiente significa que los diabéticos se quedarán sin insulina –cuyo proceso de fabricación requiere grandes cantidades de energía y plásticos para los envases y los sistemas de administración–, los hipertensos sin sus bloqueadores, los epilépticos sin sus anticonvulsivantes, los transplantados sin sus inmunosupresores, los pacientes con VIH sin sus antirretrovirales, los enfermos mentales sin sus antipsicóticos y antidepresivos, los recién nacidos en unidades de cuidados intensivos sin las incubadoras de plástico ni los catéteres estériles ni los fármacos para mantenerlos con vida. Toda la arquitectura de la medicina del siglo XX, la que prometió erradicar el dolor y prolongar la existencia, descansa sobre una base de hidrocarburos que ahora se tambalea.
Así se cierra el círculo: el mismo combustible que mueve los tractores que esparcen el veneno es el que permite fabricar la quimioterapia, y cuando la escasez energética desencadena la guerra por el control de ese combustible, tanto el veneno como la cura quedan atrapados en la misma dinámica de colapso. La idea de crisis supone que después de la tormenta vuelve la calma, que los precios se estabilizan, que los barcos retoman sus rutas habituales y las farmacias se reabastecen. Pero lo que estamos viendo no es una crisis: es el comportamiento terminal de un modelo civilizatorio que alcanzó sus límites físicos hace años y ahora se descompone en una serie de conflictos encadenados. Cada guerra por un estrecho, por un yacimiento, por una tubería, no es una anomalía sino la lógica interna de un sistema que crece mediante la extracción de recursos finitos y que, cuando esos recursos empiezan a faltar, no sabe hacer otra cosa que pelear por ellos. Lo que colapsa no es solo la cadena de suministro de un par de medicamentos oncológicos; colapsa la premisa entera de que podemos mantener una población enferma –hipertensa, diabética, inmunodeprimida, mentalmente desregulada, crónicamente inflamada– con una industria farmacológica que requiere petróleo barato y seguro. El estrecho de Ormuz, visto así, es apenas una metáfora geográfica de un cuello de botella existencial. Reino Unido sufre desabastecimientos puntuales; Sri Lanka, con una economía ya devastada, entra directamente en el colapso humanitario. Pero en ambos casos la raíz es la misma: el estrecho de Ormuz no es la causa de nada, es el escenario donde se representa el acto final de una obra que empezó hace un siglo, cuando la humanidad decidió apostar toda su civilización a una fuente de energía que, por definición, algún día se acabaría. Ese día no es mañana: es ahora, y se manifiesta en hospitales sin quimioterapia, en campos sin herbicidas pero también sin tractores, en farmacias vacías donde antes había pastillas para todo, en guerras que ya nadie sabe cómo detener porque detenerlas significaría aceptar que no hay suficiente energía para todos y que el modelo no puede reformarse, solo agonizar. El sistema no es disfuncional, es coherente: produjo enfermedades masivas a través de sus insumos baratos, trató esas enfermedades con tecnología igualmente dependiente de los mismos insumos, y cuando la materia prima empezó a faltar, desató guerras para asegurar las últimas gotas. Criminal, sí, pero sobre todo lógico. Una lógica de casino en quiebra que sigue repartiendo fichas sabiendo que la banca ya no tiene fondos, y que mientras reparte, justifica cada nueva muerte como un accidente, cada nuevo conflicto como una sorpresa, cada vacío en los estantes como algo temporal. Pero no es temporal. Es terminal.
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