AL FIN EL GRAN DEBATE DEL SIGLO: DESENMASCAREMOS PRIMERO EL EUFEMISMO
Estamos asistiendo a un momento de revelación estratégica que no debemos desaprovechar. Durante décadas, el discurso del poder se mantuvo coherente: crecimiento, desarrollo, más producción, más consumo, más energía. Las críticas al productivismo venían desde los márgenes, desde intelectuales radicales, movimientos ecologistas o comunidades indígenas, pero jamás desde el corazón del establishment. Por eso lo que acaba de ocurrir es tan significativo. Clarín, el medio del círculo rojo, el vocero histórico de la agroexportación, los grandes grupos concentrados y la visión de progreso infinito, ha publicado un artículo donde un especialista de alto rango afirma esencialmente que tenemos que consumir menos energía, que la energía más barata es la que no usamos, que ajustar el termostato y compartir el auto pueden tener el mismo impacto que evitar una crisis geopolítica. No se habla de decrecimiento, por supuesto. No se nombra. Pero se está describiendo en la práctica, en carne viva, cómo funciona el decrecimiento forzoso cuando el poder ya no puede sostener su propio modelo.
Y aquí está el hallazgo que no podemos dejar pasar. No estamos ante una nota ingenua ni ante un académico iluminado que descubre las virtudes de la vida sencilla. Estamos ante el poder gestionando su crisis de reproducción, y al hacerlo, por primera vez, se quita las máscaras. Porque durante mucho tiempo el establishment negó la necesidad de cualquier límite al crecimiento. Cualquier mención a reducir el consumo era tildada de apocalíptica, antiprogreso o directamente comunista. Ahora la situación cambió. La crisis geopolítica encareció la energía importada. Las subastas de gas quedan desiertas porque las industrias no quieren pagar veinte dólares el millón de BTU. El Estado no puede o no quiere subsidiar la diferencia. Y entonces, ante el imposible de seguir creciendo, el poder hace lo que mejor sabe hacer: transferir el costo a los de abajo, pero esta vez con un barniz de virtud ecológica. Ya no dice "ajústense porque no hay plata". Dice "sean eficientes, ajusten el termostato, compartan el auto, es una oportunidad silenciosa". Ese cambio de discurso es un síntoma de que el modelo entró en su fase terminal, y también es una confesión involuntaria: el poder admite, entre líneas, que el crecimiento infinito es imposible, pero no está dispuesto a pagar el costo de esa imposibilidad.
Lo que tenemos delante, entonces, es nada menos que el manual de operaciones del decrecimiento forzoso tal como lo aplica el establishment. El modus operandi ya puede describirse con precisión quirúrgica. Primero: tecnocratización del ajuste. Se toma la necesidad real de reducir el consumo energético y se la despoja de todo contenido político. No se habla de redistribución, de límites a las elites, de planificación democrática. Se habla de termostatos, de viajes compartidos, de eficiencia. El problema deja de ser la producción desmedida de las grandes corporaciones y se convierte en un mal hábito doméstico que cada cual debe corregir solo en su casa. Segundo: transferencia de la crisis al consumo final. Cuando el Estado no puede o no quiere subsidiar el precio real de la energía, y cuando las industrias se niegan a asumir ese sobrecosto, la única variable que queda es que los hogares populares y las clases medias consuman menos. El poder no puede obligar a Techint a pagar veinte dólares el gas, pero sí puede difundir extensamente la idea de que es virtuoso apagar la calefacción. Tercero: cooptación de voces técnicas de alto prestigio. No se utiliza a un activista antisistema, sino a un físico respetado, consultor del ENARGAS, con vínculos con la CNEA y los bancos multilaterales, que habla con chaqueta blanca y credenciales inobjetables, precisamente para que el mensaje del sacrificio sea percibido como una verdad científica y no como una operación política. Cuarto: cronometraje impecable. El artículo se publica días después de la subasta fallida de gas a veinte dólares, justo cuando el gobierno necesita preparar el terreno para eventuales cortes, tarifazos o restricciones. El discurso de la eficiencia siempre precede al discurso del sacrificio. La pedagogía del ahorro es la antesala del ajuste.
Este modus operandi revela el verdadero plan de fondo. El poder ya no puede garantizar crecimiento para todos, pero tampoco quiere democratizar la escasez. Su plan es hacer que los de abajo decrezcan mientras los de arriba se resguardan. Que las clases medias y populares compartan el auto, aprieten el termostato y reduzcan su consumo energético, mientras las grandes corporaciones siguen extrayendo, exportando y contaminando como si nada hubiera cambiado. Que se naturalice la idea de que la energía más barata es la que no usamos, para que cuando llegue la factura de gas con el precio desregulado o cuando haya cortes programados, la población ya haya interiorizado que "no queda otra", que "hay que ser eficientes", que el problema no es el modelo económico sino la mala costumbre de poner el aire acondicionado muy bajo. Ese plan no se anuncia en conferencias de prensa. Se filtra en artículos de Clarín firmados por técnicos respetables. Por eso es tan importante desenmascararlo. Porque estamos siendo testigos de cómo el poder, ante la imposibilidad de sostener su propia promesa de crecimiento infinito, se ve obligado a aplicar en los hechos lo que siempre negó: que hay límites, que hay que decrecer, que no se puede consumir todo lo que se desea. La única diferencia es que el decrecimiento que aplican es vertical, injusto, no planificado y profundamente antidemocrático.
Y aquí llegamos al corazón del verdadero debate del siglo veintiuno, ese que durante años se evitó por considerarlo extremista o inviable. El debate no es entre crecimiento y decrecimiento, como si hubiera una opción neutra y otra descabellada. El debate es entre dos formas de decrecimiento: el decrecimiento forzoso, impuesto por el poder a los de abajo, o el decrecimiento democrático, planificado colectivamente para vivir mejor con menos. Porque decrecer vamos a decrecer, quieran o no. Los límites planetarios son reales, el pico del petróleo es real, la crisis climática es real, la imposibilidad de seguir externalizando costos ambientales es real. La única pregunta que vale la pena hacerse es quién va a pagar el costo de ese decrecimiento. ¿Van a ser los hogares populares ajustando el termostato mientras las elites siguen volando en aviones privados y las corporaciones siguen talando bosques para plantar soja? ¿O vamos a construir un proceso colectivo, democrático, donde se decida entre todos qué producir, qué consumir, qué dejar de producir, cómo redistribuir el trabajo, cómo garantizar que nadie quede sin calefacción mientras apagamos las fábricas de autos de lujo? El artículo de Clarín, sin quererlo, nos está mostrando el primer escenario en tiempo real. Nos está mostrando la letra chica del capitalismo en crisis: la eficiencia para los pobres, el ajuste para los de abajo, el ambientalismo de la resignación mientras las estructuras de poder se mantienen intactas.
Por eso este hallazgo es tan importante. Por fin se quitan las máscaras. Ya no tenemos que especular sobre qué haría el poder si el crecimiento se terminara. Lo estamos viendo. Lo está haciendo ahora mismo, en un artículo de un medio masivo, con la firma de un científico de prestigio, con el tono de la neutralidad técnica y la virtud ecológica. Ya no hay excusa para seguir discutiendo cuestiones secundarias. El verdadero y único debate relevante del siglo veintiuno está sobre la mesa, y es este: quién decrece, cómo se decide, con qué criterios, y en beneficio de quién. Quienes durante años nos dijeron que el decrecimiento era una locura de ecologistas románticos, ahora nos piden que apretemos el termostato. Quienes nos acusaban de querer volver a las cavernas, ahora nos enseñan que compartir el auto es una oportunidad silenciosa. No les creamos. No aceptemos que el decrecimiento sea solo para los de abajo. No naturalicemos el discurso de la austeridad con disfraz verde. El poder se ha quitado las máscaras porque ya no puede sostener su propia farsa. Aprovechemos esa desnudez para construir, del otro lado, un decrecimiento que sea justo, democrático, planificado y comunitario. Porque decrecer vamos a decrecer. La única cuestión es si vamos a hacerlo de rodillas o de pie.
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