VACA MUERTA ES LA REVOLUCIÓN SOCIAL PARA ELLOS. AGROECOLOGÍA ES LA NUESTRA

Nos dicen que la agroecología es una utopía. Que el país no está preparado. Que la gente no aceptaría los cambios que requiere. Que llevaría generaciones. Mientras tanto, todo el país está haciendo una revolución social enorme, silenciosa y brutalmente organizada para que la economía gire en torno al petróleo de Vaca Muerta. No es una metáfora: es un hecho. Se están construyendo a contrarreloj el oleoducto Vaca Muerta Sur, 437 kilómetros, 3.000 millones de dólares, 180.000 barriles diarios desde fines de 2026. Se proyecta el complejo Argentina LNG junto a Petronas, más de 10.000 millones de dólares en sus primeras fases, el primer buque flotante operando en septiembre de 2027. Se modifica la ley de hidrocarburos para garantizar treinta años de estabilidad fiscal a las inversiones extranjeras. Se ajusta el tipo de cambio para que a las petroleras les convenga liquidar divisas. Se prioriza la exportación por sobre el abastecimiento local, aunque eso genere desabastecimiento de gasoil y precios internacionales en el surtidor. Y la sociedad entera lo acepta como el único destino posible.


El esfuerzo colectivo no es el problema. Cuando los defensores del modelo descartan la agroecología por "irrealista", ignoran la evidencia más obvia: ya estamos haciendo ese esfuerzo, solo que en dirección opuesta. Se tolera pagar precio de exportación mientras el costo de extracción es de cuatro dólares por barril. Se aceptan fábricas cerradas, despidos masivos, índices de suicidio que no dejan de crecer. Todo en nombre de un futuro redentor que promete dólares y grandeza. Pero ese futuro, cuando llega, se fuga por la misma rendija por donde entró: más de mil quinientos millones de dólares netos salieron del país en los últimos dos años en concepto de pagos a casas matrices y dividendos. Vaca Muerta no es un generador de energía útil para los argentinos: es un generador de divisas fugadas para unos pocos. Su tasa de retorno energético es de apenas cinco a uno, el fondo de la olla después del agotamiento del convencional en el Golfo San Jorge, y nos piden que le llamemos "modelo de país".


Ahí es donde hay que ser precisos sobre lo que se propone al otro lado. Porque cuando hablamos de agroecología no hablamos de un modo distinto de producir alimentos. Eso es lo que hace el agronegocio para vaciarla de contenido. La agroecología es un modelo civilizatorio completo. Es el decrecimiento ordenado, planificado, seguro y en paz. Y aquí hay una aclaración fundamental: el decrecimiento no es una opción ideológica. Es un diagnóstico. Los límites del planeta —pico del petróleo, colapso de biodiversidad, agua que se acaba— no negocian. Vamos a decrecer. La única pregunta es cómo. El extractivismo de Vaca Muerta propone un decrecimiento violento, desordenado y empobrecedor: concentra riqueza mientras dura la fiesta, y cuando el recurso se agota —como ya se agotó el convencional— la sociedad se derrumba sin soberanía ni red. Ese es el decrecimiento que ya estamos sufriendo. La agroecología, en cambio, propone asumir colectivamente la transición: soberanía alimentaria (decidir qué comemos, quién lo produce, sin que lo impongan unas pocas empresas), soberanía energética local (cada territorio gestionando su propia energía, sin gasoductos gigantes para convertirla en dólares fugados), democracia directa (decisiones sobre tierra, agua y subsistencia en asambleas vinculantes), apoyo mutuo (cooperación en lugar de competencia) y descomplejización (desarmar cadenas largas y opacas para reemplazarlas por circuitos cortos, herramientas reparables, saberes locales). No es un retorno romántico al pasado: es una simplificación consciente de lo que hoy es innecesariamente complejo para que pueda ser manejado por la gente y no por los algoritmos de una corporación.


Si somos capaces de movilizar al país entero para construir un oleoducto de 3.000 millones y un complejo de GNL de más de 10.000, ¿por qué no seríamos capaces de movilizarlo para construir ese otro mundo? La respuesta no es técnica ni económica: es política. Vaca Muerta es funcional a los intereses concentrados: petroleras globales, fondos de inversión, políticos que miden grandeza en superávit fugado. La agroecología es peligrosa para ellos porque desarma la dependencia, redistribuye el poder y devuelve a las comunidades la capacidad de decidir. Por eso el título no es una provocación vacía. 


Vaca Muerta es una revolución social, con sus mártires (territorios sacrificados, aguas contaminadas, sismos inducidos), sus profetas (ejecutivos que anuncian el futuro redentor), sus ritos (anuncios de inversión, fotos presidenciales) y su promesa de salvación. Los mismos que hoy nos piden fe en ese culto al crecimiento fósil son los que ayer nos decían que "no hay plata" para políticas públicas. Pero para garantizar la rentabilidad de las petroleras siempre hay plata: exenciones, garantías, megaproyectos, campañas de prensa.


Fábricas que cierran, suicidios que aumentan, gasoil que falta, precios que no cesan de subir, tejido social que se desgarra: todo eso es el decrecimiento caótico y violento que el extractivismo nos regala. La pregunta no es si vamos a decrecer, porque eso ya está decidido. La pregunta es si vamos a seguir haciéndolo a los empujones, con la crueldad de un mercado que reparte pérdidas mientras concentra ganancias, o si vamos a animarnos a hacerlo de otra manera: ordenadamente, en paz, con democracia directa, soberanía local, apoyo mutuo y descomplejización. La buena noticia, la que me llena de esperanza, es que ya estamos ganando esa batalla. No en los titulares de los grandes medios ni en los pasillos del poder, pero sí en los territorios. En las ferias agroecológicas que brotan en cada barrio. En las redes de trueque que resisten donde la moneda ya no alcanza. En las huertas comunitarias que convierten baldíos en despensas colectivas. En las asambleas de barrio que deciden sobre el agua y el futuro común sin esperar que nadie venga a salvarlos desde arriba. Esa revolución silenciosa, la que no necesita gasoductos ni puertos de aguas profundas, la que se teje con manos y con vínculos, ya está en marcha. No la paran más. La revolución social de ellos es un callejón sin salida. La nuestra —la agroecología como proyecto de vida digna, autogestión de los bienes comunes y reconstrucción del lazo social— no es menos real, no es menos posible, no es menos urgente. Y ya está ganando. Solo falta que nos animemos a contarlo.

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