SE DESVIVEN! LOS PUEBLOS DEL MUNDO NECESITAN DEVOLVER COMUNIDAD A LOS JÓVENES
Trabajás todo el día. Salís con oscuridad, volvés con oscuridad. A veces ni siquiera alcanza a despedirte porque el pibe todavía duerme cuando te vas, y cuando volvés ya está encerrado en su pieza con la computadora. Hiciste horas extra, te tomaste dos colectivos, bancaste al jefe, bancaste a los clientes, bancaste el tráfico, bancaste el aumento de la nafta, bancaste que el almacén de la esquina ya no fía. Llegás a tu casa con los huesos molidos y la cabeza clavada en el presente inmediato: qué voy a cocinar mañana, cómo pago la luz que vence la semana que viene, por qué la cuota del colegio subió otra vez. Y en medio de todo eso, en algún rincón que ya casi ni recordás, está la culpa. La culpa de no estar. La culpa de no poder llevarlo al club porque el club cerró, o porque la cuota se fue al carajo, o porque vos estás tan roto que no te quedan energías ni para manejar quince minutos. La culpa de no saber qué decirle cuando lo ves raro, cuando está más callado que de costumbre, cuando las notas bajaron, cuando se pasa horas mirando el celular con una cara que no es tristeza sino algo peor: un vacío que no sabés cómo nombrar. Entonces pensás que lo mejor que podés hacer por él es seguir trabajando, seguir trayendo plata, seguir aguantando, porque total, el futuro está cada vez más caro y si vos no te rompés el lomo, ¿quién lo va a hacer? Y esa es la trampa más cruel de todas. Porque el precio que pagás por trabajar todo el día para darle lo mejor a tus hijos es no estar con tus hijos. El pibe no necesita lo mejor. El pibe te necesita a vos. No a tu plata, no a tu sacrificio abstracto. A vos, con tus ojeras y tu mal humor y tu paciencia que se agota a los tres minutos. A vos sentado en el borde de su cama preguntándole qué le pasa sin mirar el teléfono. A vos que lo abraces aunque él diga que no quiere que lo abracen. Eso es lo que no nos animamos a ver. Los padres ya no pueden ser padres porque están demasiado ocupados siendo trabajadores. Y los pibes se están muriendo de a poquito adentro, solos en la misma casa donde los adultos también están solos.
El aumento del cuarenta por ciento en intentos de suicidio durante el primer trimestre de 2026 es la medida estadística de ese desgarro cotidiano. Pibes de quince, dieciséis, diecisiete años que no soportan más la soledad. Pibes que no tienen a quién contarle que les duele la panza de angustia, que no saben por qué lloran sin motivo, que se cortan los brazos para ver si sienten algo, que se cuelgan de la ducha o se toman todo lo que encuentran en el botiquín. No son estadísticas. Son los hijos de vecinos. Son los compañeros de la escuela de tu hijo. Son, si no ponés el pecho ya mismo, puede que sean tu propio hijo. Y este cuarenta por ciento no es un pico aislado. En Estados Unidos las tasas de suicidio adolescente crecieron un treinta por ciento entre 2010 y 2020. En España los intentos de autolesión en menores de dieciocho años se duplicaron entre 2019 y 2024. En Japón los suicidios escolares alcanzaron en 2025 su nivel más alto desde que hay registros. El mundo entero está viendo cómo sus jóvenes implosionan.
Nadie está comprendiendo que este deterioro en las familias está estrechamente vinculado con un declive energético que no podemos ver a simple vista pero que se mete en nuestros cuerpos todos los días. No estamos hablando de un trastorno psiquiátrico misterioso. Estamos hablando de que la energía que mueve el mundo —el petróleo que hace funcionar los colectivos, los fertilizantes que hacen crecer los alimentos, el combustible que permite que los productos lleguen a los supermercados— esa energía, que durante el siglo veinte fue abundante y barata, se está volviendo cada vez más escasa y cada vez más cara, y eso se traduce indefendiblemente en menos cuidados y atención a los jóvenes por parte de la familia y la sociedad.
Los psicólogos y los psiquiatras no están formados para ver esto. Ellos miran dentro de la cabeza del paciente, buscan desequilibrios químicos, recetan fármacos. Pero no hay ninguna pastilla que reemplace la presencia de un padre ausente. No hay ninguna terapia que repare el vacío de un hogar donde los adultos vuelven tan agotados que ni siquiera tienen energía para pelear. La base material de la sociedad se está contrayendo, y esa contracción golpea primero y más fuerte a los jóvenes. Lo único que tienen es su cuerpo, y cuando ese cuerpo recibe el mensaje, día tras día, de que no hay lugar para él, de que el futuro es un espejismo, de que los adultos están demasiado ocupados sobreviviendo como para sostenerlo, entonces el cuerpo implosiona. La biología tiene un nombre para esto: trofobiosis. Es el estado de pasividad y abandono al que llega un organismo cuando el estrés metabólico es tan alto y la energía disponible tan baja que deja de luchar. Se entrega. Las plantas hacen lo mismo en suelos empobrecidos: pierden defensas, se vuelven disponibles para las plagas, se dejan morir. Los jóvenes de hoy están en ese mismo estado. No es una enfermedad mental. Es una respuesta fisiológica a un entorno que se ha vuelto inhabitable.
Nosotros, quienes practicamos la agroecología, es decir, quienes hemos decidido ser discípulos de la naturaleza, podemos ver con mucha claridad que lo que está haciendo falta no es lo que la psiquiatría convencional observa. Porque el correctivo que necesita un joven atravesado por la trofobiosis no es forzar su funcionalidad a través de químicos, a través de insumos petrodependientes que aplastan el síntoma sin preguntarse por la causa. El correctivo que necesitan tanto el joven como la planta es restaurar la vida del suelo al que pertenecen. Un suelo vivo, diverso, lleno de microorganismos que cooperan entre sí, es un suelo que no produce plantas trofobióticas. Una comunidad viva, diversa, donde los adultos cooperan entre sí y los jóvenes tienen un lugar, es una comunidad que no produce adolescentes que se quieran matar. Ser discípulos de la naturaleza es aprender que la vida no se sostiene en el aislamiento ni en la competencia. Un bosque no es una colección de árboles individuales compitiendo por la luz. Es una red de raíces que se comunican, de hongos que transfieren nutrientes del más fuerte al más débil, de micorrizas que conectan todo en una cooperación subterránea. Eso es comunidad. Y la comunidad es lo que la psiquiatría no puede recetar. Porque no viene en una pastilla. Viene de juntarse con los vecinos, de cavar la tierra juntos, de aprender de los viejos, de enseñar a los chicos. Viene de entender que un pibe que hoy se encierra en su pieza y se corta los brazos no necesita un diagnóstico. Necesita sentir que pertenece a un suelo vivo. Necesita descubrir que sus manos sirven, que hay una red que lo sostiene, que lo espera, que lo necesita. La trofobiosis se revierte cuando el organismo vuelve a formar parte de un todo que funciona.
Por eso los pueblos del mundo tienen una juventud que se está muriendo. No de una enfermedad mental sino de falta de comunidad. De padres ausentes por el trabajo. De un horizonte vacío. De un excedente de petróleo que no estará más en clubes y gimnasios municipales.
Mientras tanto, el Estado argentino acaba de bajar la edad de imputabilidad de los jóvenes. Como si encerrarlos en un penal fuera la respuesta. No hay plata para nada que contenga a un adolescente antes de que se rompa, pero para construir celdas y pagar jueces, plata siempre hay. El castigo es barato. La comunidad es cara. Requiere tiempo, requiere presencia, requiere que los padres dejen de ser solo trabajadores y vuelvan a ser padres. No esperes que los gobiernos hagan esto. Los gobiernos están ocupados en otras cosas. Algunos en el estrecho de Ormuz, otros en construir penales. Esto lo tenés que hacer vos, con tus manos, con la gente que se te cruza todos los días. Porque la comunidad es la única energía renovable que no tiene pico. La única que no se agota cuando más se la usa. La única que puede devolverle a un pibe la certeza de que vale la pena quedarse. Los pibes no pueden esperar un minuto más. Ya es tiempo de juntarse.
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