SALIR DE LA ERA CAVERNÍCOLA: ABUNDANCIA ES DECRECER
Hace unos días, revisando viejas películas, me vino la imagen de Los Croods. Esa familia cavernícola que vive aferrada a una cueva, con miedo constante a lo desconocido, cuyo único mandato es "nunca no arriesgarse" para conseguir el próximo bocado, la siguiente piel, la próxima herramienta que les permita subsistir un día más. Y de pronto entendí algo incómodo: no hemos salido de esa cueva. El capitalismo tardío nos prometió la salida, nos vendió luces, pantallas, cohetes y medicinas, nos dijo que éramos modernos, ilustrados, dueños del mundo. Pero debajo de esa capa finísima de tecnología, la especie no hizo más que afianzar su conducta primitiva de atacar y defenderse, todo en el plan de una eterna lucha por la subsistencia. Solo que ahora la amenaza no es un tigre dientes de sable, sino el colapso ecológico, la precariedad laboral, la soledad urbanizada. Y nosotros reaccionamos igual: acaparamos, construimos muros, competimos por recursos cada vez más escasos, nos agarramos a nuestras identidades tribales como si de ellas dependiera respirar al siguiente minuto. El problema es que ese mecanismo de supervivencia, que en su momento nos mantuvo vivos, se ha vuelto el propio motor de destrucción. La lucha por subsistir es lo que nos está matando.
Y aquí aparece la paradoja más irritante para el sistema: cada vez que alguien propone el decrecimiento, la agroecología, la sustentabilidad como salida colectiva, el discurso dominante reacciona con la misma acusación: que queremos volver a las cavernas. Que el decrecimiento es sinónimo de pobreza, de oscurantismo, de renunciar a todo lo que la civilización ha logrado. Es un argumento tan viejo como eficaz, y conviene detenerse un momento a desmontarlo porque en su eficacia reside gran parte de la resistencia al cambio. El economista y filósofo Serge Latouche, uno de los teóricos fundamentales del decrecimiento, ha dedicado buena parte de su obra a enfrentar este malentendido. En su libro "La sociedad de la abundancia frugal", Latouche enumera las objeciones más frecuentes y las desmonta una por una: "No, el decrecimiento no es sinónimo de crecimiento cero. No, no es tecnófobo. No es ni un proyecto antimoderno destinado a regresarnos a la época de las cavernas, ni un programa para restaurar un orden patriarcal comunitario, ni el proyecto que generará más desempleo" . La fórmula que propone Latouche es tan bella como precisa: el decrecimiento es, en realidad, el camino hacia "la sociedad de la abundancia frugal". Abundancia, no escasez. Frugal, no miserable. La diferencia es todo.
Lo fascinante es que la acusación de "regreso a las cavernas" es, en el fondo, una proyección. Es el propio sistema el que nos mantiene en un estado de involución permanente, atrapados en el modo Croods de la supervivencia reactiva. Pero además, es históricamente falso. La humanidad vivió durante miles de años sin crecimiento perpetuo, sin extracción desmedida, sin la ansiedad de la acumulación infinita. Y no solo sobrevivió: creó civilizaciones enteras, desarrolló tecnologías sofisticadas, construyó conocimientos profundos sobre la tierra y sus ciclos. Tomemos la agricultura como ejemplo. Durante milenios, las comunidades campesinas cultivaron la tierra sin pesticidas ni fertilizantes sintéticos, basándose en la observación cuidadosa de la naturaleza, la rotación de cultivos, el compostaje, la biodiversidad y el uso de semillas nativas adaptadas a cada territorio . El sistema mesoamericano de las "Tres Hermanas" —maíz, frijol y calabaza— es un prodigio de diseño ecológico: el maíz ofrece soporte al frijol, el frijol fija nitrógeno en el suelo, la calabaza protege la humedad y previene malezas. No era pobreza, era inteligencia. Era la comprobación práctica de que se puede producir alimentos saludables y abundantes sin destruir el ecosistema que los sostiene.
El investigador Víctor M. Toledo, en sus trabajos sobre agroecología e historia ambiental, ha documentado cómo la modernización rural no fue un proceso de progreso lineal sino de sustitución compulsiva. El modo campesino de apropiación de la naturaleza —basado en energía solar, pequeña escala, diversidad y conocimiento local— fue reemplazado por el modo agroindustrial, dependiente de combustibles fósiles, monocultivos y externalización de costes ambientales . Y este reemplazo no fue neutro ni técnicamente superior: fue un proceso político de destrucción deliberada del campesinado, tanto en su versión capitalista como en la socialista. "La destrucción del campesinado ha sido un objetivo central en los procesos de modernización de la vida rural", escribe Toledo. ¿Y cuál fue el resultado? Una crisis ecológica planetaria que hoy amenaza nuestra propia existencia. El crecimiento no nos hizo más civilizados: nos hizo más depredadores.
Jason Hickel, en su libro "Less is More" (Menos es más), profundiza en esta paradoja con datos contundentes. Hickel documenta cómo el capitalismo no surgió de manera orgánica ni pacífica, sino mediante la creación deliberada de escasez artificial. El movimiento de cercamiento de tierras comunes en Inglaterra, primero, y la colonización de vastos territorios después, fueron operaciones diseñadas para desposeer a las poblaciones de sus medios de subsistencia y forzarlas a convertirse en mano de obra asalariada . La escasez no es un dato natural: es una construcción política al servicio de la acumulación. Y una vez instaurada, se retroalimenta: la amenaza constante del desempleo disciplina a los trabajadores, la desigualdad perpetúa la pobreza, y el mantra del crecimiento se presenta como la única solución a los problemas que él mismo genera. Hickel lo formula con claridad: el capitalismo depende de la escasez artificial como el motor de la acumulación. Por eso reacciona con tanta virulencia cuando alguien propone otra cosa. Porque si descubrimos que podemos vivir bien con menos, que la abundancia no está en el tener sino en el ser, que los bienes comunes pueden restaurarse y convertirse en antídoto contra la necesidad de ingresos cada vez más altos , entonces todo el edificio se tambalea.
La entrevista reciente a Valentín Ladrero, coordinador de Libros en Acción, recoge esta misma idea con una contundencia que merece ser citada: "Se ha generalizado la idea de que decrecimiento es volver a las cavernas. Y no es así, sino todo lo contrario. Hay que decrecer para que podamos hacer sostenible este mundo" . Ladrero señala además un dato revelador: la discusión sobre el decrecimiento tiene cada vez más protagonismo entre los jóvenes, precisamente aquellos que heredan un planeta modelado por la codicia de las generaciones anteriores y que enfrentan una precariedad laboral y de vivienda que sus padres no conocieron. No es casualidad que sean los más jóvenes quienes miran con más seriedad estas propuestas: ellos ya están viviendo las consecuencias del colapso. No tienen el lujo de ignorarlo.
El historiador ambiental E. A. Wrigley, en sus trabajos sobre la revolución industrial, introduce una distinción fundamental que viene al caso: la diferencia entre "economías orgánicas" y "economías basadas en combustibles fósiles". Las primeras, que dominaron la mayor parte de la historia humana, dependían de flujos solares anuales —biomasa, viento, agua— y por lo tanto estaban sujetas a límites naturales. Las segundas, que emergieron con la revolución industrial, accedieron a reservas de energía fósil acumuladas durante millones de años, lo que permitió un crecimiento sin precedentes pero también una deuda ecológica que ahora empezamos a pagar. La cuestión no es si debemos volver a una economía orgánica pura —eso sería imposible y tampoco deseable en muchos aspectos— sino si podemos combinar lo mejor de ambos mundos: el respeto por los límites y los ciclos naturales de las sociedades preindustriales con los avances técnicos y el conocimiento acumulado por la modernidad. La agroecología, la permacultura, las energías renovables distribuidas, el diseño de productos duraderos y reparables: todo eso es posible sin renunciar al confort ni a la dignidad. De hecho, es la única vía para mantenerlos a largo plazo.
Así que cuando el sistema nos acusa de querer volver a las cavernas, está haciendo lo que mejor sabe hacer: proyectar su propia sombra. Porque los cavernícolas no somos quienes proponemos vivir con menos para vivir mejor. Somos quienes seguimos atrapados en la rueda del consumismo, del miedo a la escasez, de la competencia feroz por recursos que el propio sistema vuelve artificialmente escasos. La verdadera involución es creer que la solución a la crisis ecológica es más de lo mismo. La verdadera pobreza es no poder imaginar otra forma de vida. Los Croods, al final de la película, salen de la cueva. No lo hacen porque hayan acumulado suficientes recursos para sentirse seguros, ni porque hayan construido un arma más poderosa. Salen porque algo en ellos cambia: el miedo deja de ser el centro. Y descubren un mundo inmenso, luminoso, lleno de colores y criaturas y posibilidades que no cabían en su oscura guarida. Quizá esa sea la metáfora que llevamos buscando todo este rato. El capitalismo tardío nos tiene convencidos de que fuera de la cueva solo hay peligro y escasez. Pero lo que hay, en realidad, es una abundancia que nos está esperando desde siempre. Solo que para verla hay que dejar de agarrarse a las paredes. Hay que desaprender la atrofia. Hay que volver a ser, por fin, humanos.
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