QUÉ COMEREMOS SIN PETRÓLEO Y CON CAMBIO CLIMÁTICO?
Vivir en una ciudad que empieza a colapsar significa notar pequeñas cosas antes de que se conviertan en grandes problemas. El transporte público que falla con más frecuencia, los precios que suben cada semana en el supermercado, esos estantes que de repente tienen menos productos o productos más caros sin que nadie dé explicaciones. No voy a decirte que mañana no habrá arroz porque eso sería falso y solo alimentaría el pánico que ya bastante tenemos. Pero sí voy a contarte con honestidad qué está pasando con la comida que comes, porque entenderlo a tiempo es la única manera de prepararte sin prisas, con calma y con la certeza de que no estás solo en esto.
La mitad de la humanidad obtiene el veinte por ciento de sus calorías de un solo grano, el arroz, y un estudio acaba de demostrar que ese cultivo milenario ha alcanzado su límite térmico histórico por el calentamiento global. El arroz asiático, que durante nueve mil años logró expandirse hacia el frío pero nunca pudo cruzar la barrera de los veintiocho grados centígrados de temperatura media anual, enfrenta ahora un calentamiento cinco mil veces más rápido que cualquier cambio térmico al que haya debido adaptarse en toda su historia evolutiva. Para 2070, casi toda la distribución sur del cultivo desde India hasta Malasia superará ese umbral, y las zonas por encima del límite térmico podrían multiplicarse entre diez y treinta veces en los principales países productores de Asia. No es que el arroz vaya a desaparecer de un día para otro, pero sus precios van a subir y mucho, y las importaciones que llegan a tu ciudad van a volverse más irregulares.
Y el arroz no está solo en esta encrucijada. El trigo, que aporta otro diecinueve por ciento de las calorías globales y está en el pan, las pastas, las galletas y tantas cosas que consumes a diario, colapsa si durante su ventana de floración de apenas dos semanas hay picos de temperatura superior a treinta y dos grados, algo que ya ocurre cada vez más seguido en el norte de India y en el sur de Europa. El maíz, que suma otro diecisiete por ciento y está en las tortillas, los cereales de desayuno y también en la alimentación de los animales que luego comes como pollo o cerdo, resiste un poco más el calor pero no la combinación de altas temperaturas y falta de agua, una combinación que ya es habitual en Brasil, en Argentina y en el medio oeste estadounidense. Entre los tres, arroz, trigo y maíz, sostienen más de la mitad de lo que comes, y los tres están siendo empujados hacia sus límites al mismo tiempo.
Lo que casi nadie te cuenta en las noticias es que esos tres cereales que llenan los estantes de tu supermercado no podrían existir sin petróleo. El arroz, el trigo y el maíz que comes hoy son cereales industriales, nacidos de una revolución agrícola que ocurrió hace apenas sesenta años, y dependen completamente de fertilizantes hechos con gas natural, de tractores y cosechadoras que queman diésel, de sistemas de riego que bombean agua con electricidad generada por carbón o gas, y de barcos y camiones que mueven los granos de un continente a otro quemando fueloil. El petróleo barato, el que ha hecho posible que comas arroz de Tailandia, trigo de Canadá y maíz de Estados Unidos en la misma semana, está tocando techo. No se acaba mañana, pero cada año cuesta más sacarlo del subsuelo, y eso significa que cada año los fertilizantes serán más caros, el transporte más costoso y todo este sistema de alimentación globalizada más difícil de mantener. Mira los precios de los alimentos en los últimos años y verás una tendencia clara al alza, con picos cada vez más pronunciados cada vez que hay una guerra, una sequía o una ola de calor. Las ciudades, que dependen de que cada día lleguen cientos de camiones cargados de comida desde campos cada vez más lejanos, son el lugar más vulnerable del sistema. Cuando el petróleo sube, el precio del pan sube. Cuando el trigo escasea en Ucrania o en India, tu bolsita de pan cuesta el doble aunque tú vivas a diez mil kilómetros. Y esto no va a mejorar, porque el clima no va a enfriarse y el petróleo no va a volverse más abundante.
Pero antes de que existiera este sistema frágil, los humanos comíamos de manera muy diferente durante el noventa y nueve por ciento de nuestra historia. No había un solo cereal que dominara la dieta, sino decenas de alimentos locales que cambiaban con las estaciones. La base calórica de la mayoría de los grupos humanos eran los tubérculos y raíces como la papa, el ñame y la batata, porque crecen bajo tierra y resisten mejor las sequías y las heladas que cualquier cereal. También se comían muchos frutos secos como nueces, avellanas o castañas, que aportaban grasas y proteínas fáciles de almacenar. Las legumbres como lentejas, garbanzos o habas fijaban nitrógeno en el suelo mientras ofrecían su proteína vegetal. Había un tubérculo muy extendido en Asia y África llamado taro, que quizás no te suene porque en los supermercados de las ciudades no suele aparecer, pero es una raíz grande y harinosa parecida a la papa pero más húmeda, que se come frita en chips o cocida en sopas y que durante milenios fue un pilar alimenticio en regiones donde el arroz no crecía bien. Y había cereales diminutos como el teff, originario de Etiopía, con granos más pequeños que una semilla de amapola, que crece en tierras pobres y secas donde otros cereales no sobreviven, y con su harina se hace la injera, ese pan esponjoso que acompaña casi todas las comidas en ese rincón de África. Pero además de estos cultivos conocidos, existe un mundo entero de plantas alimenticias no convencionales que crecen literalmente bajo tus pies en cualquier ciudad, aunque las hayas estado pisando toda la vida sin saber que eran comida. El llantén, esa hierba de hojas anchas y nervaduras marcadas que sale en las grietas de las veredas y en los jardines descuidados, tiene unas hojas jóvenes que se comen en ensalada o salteadas como si fueran espinacas, y sus semillas son ricas en fibra. La ortiga, esa planta que todos evitamos porque pica, una vez cocida o escaldada pierde totalmente su urticante y se convierte en un verde intenso y nutritivo, perfecto para sopas, tortillas o rehogados, con más hierro que las espinacas y un sabor que recuerda al pepino. El diente de león, esa flor amarilla que los niños soplan para que vuelen sus semillas, tiene todas sus partes comestibles: las hojas jóvenes son amargas pero deliciosas en ensalada, las flores se pueden rebozar y freír como si fueran buñuelos, y la raíz tostada se usa como sucedáneo del café. Y está la llamada lengua de vaca, también conocida como consuelda o symphytum, una planta de hojas ásperas y alargadas que crece en lugares húmedos y que se come cocida como cualquier verdura de hoja.
La clave de aquella forma de comer no era que fuera más sana o más auténtica, sino que era mucho más segura: cuando una helada mataba la floración de los robles y las bellotas escaseaban, aún quedaban las raíces bajo tierra y las ortigas en los bordes de los caminos. Cuando una sequía achicharraba el mijo, las legumbres más profundas seguían verdes y los dientes de león brotaban en cualquier sitio con un mínimo de humedad. Cuando una plaga atacaba el trigo, los campos vecinos de cebada o centeno permanecían intactos y el llantén seguía creciendo imparable en los márgenes. No había un solo cultivo del que dependiera el veinte por ciento de las calorías de medio continente, y por lo tanto no había un punto único de fallo catastrófico.
Llegados a este punto, la pregunta ya no es si el sistema actual va a cambiar, sino cómo vamos a gestionar ese cambio. El camino único para construir resiliencia frente al colapso del petróleo barato y el desajuste climático tiene un nombre: agroecología. No es una palabra bonita ni una moda, sino una práctica concreta que consiste en producir alimentos imitando el funcionamiento de los ecosistemas naturales, sin fertilizantes sintéticos, sin pesticidas de fábrica, sin riego intensivo, sin tractores que queman diésel. La agroecología mezcla cultivos en lugar de sembrar monótonos mares de un solo cereal, rota las plantaciones para que el suelo no se agote, integra árboles y animales para cerrar los ciclos de nutrientes, y sobre todo recupera las semillas locales y los saberes tradicionales que la agricultura industrial arrasó, incluyendo el conocimiento sobre esas plantas silvestres comestibles que crecen sin que nadie las siembre. Pero la agroecología no puede funcionar sin el segundo pilar, que es la organización local de la ciudadanía. No sirve de nada que en un pueblo remoto haya agricultores agroecológicos si los habitantes de la ciudad no se organizan para comprarles directamente, para crear redes de distribución cortas que no dependan de camiones que recorren mil kilómetros, para recuperar huertas comunitarias en baldíos y azoteas, para aprender a conservar alimentos sin frigoríficos que consumen electricidad sin parar, y también para salir a recolectar juntos el llantén y la ortiga de los parques y los bordes de las carreteras secundarias, con el cuidado de evitar zonas contaminadas. La ciudad que colapsa no puede esperar soluciones desde arriba, porque las empresas no van a resolver un problema que ellas mismas crearon y los gobiernos van siempre un paso por detrás de la crisis. La única fuerza real que puede transformar el sistema alimentario eres tú junto con tus vecinos, organizándose en mercados de trueque, en cooperativas de consumo, en bancos de semillas, en talleres de cocina con cultivos olvidados y con plantas silvestres, en grupos que recuperan solares vacíos para plantar papas y legumbres, en salidas de identificación botánica para aprender qué hierbas de las que crecen en tu barrio son comestibles y cuáles no. Y el tercer pilar, tan importante como los anteriores, es la descomplejización ordenada. Esto significa simplificar a propósito, reducir la complejidad tecnológica y logística del sistema alimentario antes de que sea el colapso quien nos fuerce a hacerlo de golpe y sin red. En lugar de esperar a que fallen los fertilizantes sintéticos, aprendemos a hacer compost y a usar legumbres para fijar nitrógeno. En lugar de esperar a que el transporte se vuelva impagable, acortamos las cadenas de suministro ahora. En lugar de esperar a que los supermercados cierren por falta de mercancía, fortalecemos las redes locales de producción y distribución mientras todavía funcionan los camiones. En lugar de esperar a que la falta de alimentos nos asuste, aprendemos hoy a reconocer y cocinar el diente de león, la ortiga y el llantén que crecen en cualquier descampado, porque esas plantas no dependen del petróleo ni de las cadenas de frío y estarán ahí cuando todo lo demás falle. La descomplejización ordenada es la única alternativa al colapso violento: ir desmontando piezas del sistema insostenible y sustituyéndolas por alternativas locales, de baja energía y basadas en la biodiversidad comestible que nos rodea, sin esperar a que se rompan solas.
No te voy a decir que tenemos que volver a vivir como cazadores-recolectores, porque eso sería ridículo e imposible. Pero quiero que entiendas una cosa práctica: el sistema alimentario actual, el que llena los supermercados de las ciudades, está hecho de tres pilares muy delgados que se están agrietando al mismo tiempo. El arroz, el trigo y el maíz no van a desaparecer mañana, pero sus precios van a seguir subiendo, sus cosechas van a volverse más irregulares y las cadenas de suministro que los traen hasta tu barrio van a fallar con más frecuencia. Lo que puedes hacer, sin necesidad de entrar en pánico ni de comprar cincuenta kilos de arroz de una vez, es empezar a diversificar lo que comes y de dónde lo obtienes. Si hoy tu plato se basa en arroz, pan y pasta, empieza a incorporar papas, boniatos, legumbres, calabazas, y todos esos alimentos que crecen bajo tierra o en plantas resistentes que no dependen tanto del riego y los fertilizantes. Si ves en una tienda especializada o en un mercado de barrio algo llamado mijo, sorgo o teff, pruébalo, porque tus papilas gustativas necesitan tiempo para acostumbrarse a sabores nuevos o recuperados. Sal a dar un paseo por un parque o un descampado con un guía de plantas comestibles o con alguna persona mayor que todavía recuerde lo que se comía en la posguerra, y descubre que el llantén, la ortiga y el diente de león que has estado pisando toda la vida son comida de verdad, gratis y sin cadena de suministro. Si puedes, busca una huerta comunitaria en tu ciudad o un balcón donde cultivar al menos algunas hierbas, tomates o papas en macetas. Y sobre todo, empieza a conocer a los agricultores de los alrededores de tu ciudad, a los que venden en ferias locales o en grupos de consumo, porque ellos serán tu red de seguridad cuando los camiones dejen de llegar. El decrecimiento no es un eslogan político ni una ideología que alguien haya elegido, es lo que ocurre cuando la naturaleza y la geología ponen límites a la expansión infinita, y esos límites ya están golpeando tu plato. La buena noticia es que tenemos nueve mil años de experiencia comiendo de forma diversa y local, y que recuperar parte de ese conocimiento no requiere tecnología avanzada ni inversiones millonarias, solo atención, paciencia y comunidad. No se trata de vivir con miedo al futuro, sino de prepararse con inteligencia para un futuro que ya está llegando, y de descubrir que quizás, cuando el arroz se vuelva un lujo, las papas de la huerta de tu vecino y las ortigas del parque de tu barrio sepan mejor que nunca.
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