FANTASÍAS ANIMADAS DE AYER Y HOY: EL EXTRACTIVISMO VERDE

Cuando Walt Disney puso a Pinocho sobre un escenario, el carpintero Geppetto creía haber dado vida a un niño de verdad, pero la madera seguía siendo madera y el hilo de marioneta seguía atado a la mano del titiritero. El título de Diego Zúñiga en DW, "Latinoamérica: energías renovables contra alza del petróleo", funciona exactamente bajo la misma lógica de animación fantástica: toma paneles solares, turbinas eólicas e hidroeléctricas envejecidas y les insufla una vida autónoma que no poseen, como si fueran héroes capaces de enfrentarse al monstruo del alza del crudo sin depender absolutamente de ese mismo monstruo para existir. La nota vende la ficción tecnoptimista de que el capitalismo y la sociedad industrial pueden seguir operando sin petróleo barato, simplemente cambiando el paisaje de la generación eléctrica, y ese relato no es inocente: cumple la función política de mantener viva la esperanza de que no hace falta cuestionar el crecimiento, el comercio global ni el modo de vida urbano-industrial, porque la próxima batería de litio, el próximo panel de silicio o la próxima represa rehabilitada llegarán a tiempo para resolverlo todo. Pero lo que la operación discursiva oculta es que la llamada transición energética no es más que un extractivismo verde disfrazado de sustentabilidad, porque las renovables industriales requieren una minería masiva de minerales escasos (litio, cobalto, níquel, tierras raras) que se extraen en condiciones de depredación ecológica y social en el mismo territorio latinoamericano, y además requieren una cadena de fabricación global completamente dependiente del petróleo y del carbón. Fabricar un panel solar exige sílice reducida en hornos con electrodos de grafito, encapsulado en plásticos derivados de la petroquímica y transporte marítimo con bunker fuel; fabricar una turbina eólica exige acero producido con carbón de coque, resinas epoxi y palas que no pueden moverse sin camiones a diésel; fabricar una batería de litio exige solventes carbonatados, plásticos, cobre extraído con volquetas de 300 toneladas y grafito que puede ser sintético (derivado del coque de petróleo) o natural purificado con ácidos de origen fósil. No hay ninguna independencia del petróleo porque todo el sistema de fabricación, mantenimiento, transporte y reposición de las renovables industriales descansa sobre los combustibles fósiles, y si el Estrecho de Ormuz se cierra y el comercio marítimo se encarece o colapsa, los paneles y turbinas seguirán produciendo electricidad mientras no se rompan, pero no habrá repuestos, no habrá nuevos paneles, no habrá baterías nuevas y, sobre todo, no habrá gasoil para mover los camiones que llevan los alimentos, el transporte público, las ambulancias, las cosechadoras y toda la economía real que no puede electrificarse de la noche a la mañana.

La matriz eléctrica latinoamericana tiene una alta participación de hidroelectricidad, y la nota de DW presenta eso como una ventaja comparativa inmensa, pero omite deliberadamente que la mayoría de las grandes represas se construyeron en las décadas del sesenta, setenta y ochenta, que su vida útil promedio ronda los cincuenta años y que la región no tiene los miles de millones de dólares necesarios para rehabilitarlas, sin contar que el cambio climático está intensificando las sequías extremas y vaciando los embalses mientras las necesidades de mantenimiento crecen. La propia realidad se encarga de desmentir el optimismo del copete: Ecuador vive apagones de diez horas diarias porque sus hidroeléctricas no tienen agua, Brasil redujo su participación hidroeléctrica del setenta y cuatro al cuarenta y tres por ciento en pocos años y activó centrales térmicas a diésel y gas, Cuba sufre el colapso de centrales construidas hace más de cuatro décadas sin dinero para repararlas, y Argentina mantiene su sistema eléctrico literalmente al borde del colapso por dos décadas de desinversión. No es un "vaivén del mercado", como sugiere el periodista de DW, es la manifestación concreta de la obsolescencia programada de una infraestructura que nunca fue eterna y que ahora se cruza con la crisis de los combustibles fósiles sin que haya ningún plan de reemplazo autónomo. El modelo renovable industrial no es resiliente, es apenas un paliativo que solo funciona mientras dura la infraestructura existente y mientras el comercio global sigue operando para proveer repuestos, y en un escenario de conflicto en Medio Oriente, cierre del Estrecho de Ormuz y pico de petróleo, esa frágil cadena de suministro se rompe por el lado más débil: el de los países periféricos que no tienen flotas propias, ni divisas fuertes para competir en el mercado negro internacional, ni capacidad industrial para fabricar localmente componentes complejos.

Por eso resulta indispensable hacer una distinción que la propaganda verde se encarga de borrar: las renovables no son malas en sí mismas, tienen un lugar real pero modesto, solamente cuando operan a baja escala y al servicio de las necesidades puntuales de los territorios. Un panel solar sobre el techo de una escuela rural, un pequeño aerogenerador que carga baterías para una bombeo de agua o una microhidráulica comunitaria que da electricidad a un caserío aislado son aplicaciones sensatas que reducen la dependencia de diésel caro y logístico, y que pueden ser mantenidas con conocimiento local y repuestos sencillos. El problema no es la energía solar o eólica, sino su escalamiento industrial como sustituto ficticio del petróleo en una economía globalizada de transporte masivo, ciudades de millones de habitantes y agricultura industrial. Ese escalamiento no solo es inviable materialmente, como demuestra la petrodependencia de toda la cadena de fabricación, sino que además reproduce y profundiza el extractivismo: para hacer un solo auto eléctrico hacen falta más de doscientos kilos de minerales extraídos en condiciones de devastación, para una batería de escala de red se necesitan toneladas de litio que en el Salar de Atacama significan bombear salmuera, evaporarla en piletas de plástico y desviar agua dulce de ecosistemas frágiles, todo mientras las comunidades locales quedan excluidas de los beneficios y asumen los pasivos ambientales. La fantasía animada que vende DW es que Latinoamérica puede seguir siendo el patio de extracción de minerales para que el Norte Global mantenga su consumo, solo que ahora con el adjetivo "verde" pegado en los contratos de exportación, y que la población local debe conformarse con ver cómo sus territorios se convierten en nuevas fronteras mineras mientras siguen moviéndose en buses a diésel que cada vez cuestan más caro.

El capitalismo y la sociedad industrial no pueden seguir funcionando sin petróleo barato, y la insistencia en presentar a las renovables industriales como su reemplazo no es una hipótesis técnica, sino un acto de fe basado en la negación de la termodinámica, la geología y la historia de las infraestructuras. Las renovables tienen un lugar, pero es el de la autogestión local a pequeña escala, no el de los macroproyectos verdes que reemplazan un pozo petrolero por una mina de litio y una refinería por una fábrica de paneles. En el contexto de pico de petróleo, decrecimiento y colapso anunciado, el título de Zúñiga debería leerse al revés: Latinoamérica no tiene energías renovables para enfrentar el alza del petróleo; tiene una matriz eléctrica envejecida y fragmentada, un transporte completamente dependiente de fósiles, refinerías sin capacidad de craqueo catalítico para producir su propio gasoil, y una ficción mediática que le pide a la región que crea en el extractivismo verde como si fuera la continuación del desarrollo por otros medios. Mientras tanto, en el mundo real, las sequías vacían los embalses, las guerras hacen subir el precio del diésel, las represas cumplen cincuenta años y nadie explica cómo se reemplazan, y los paneles solares importados de China siguen llegando en barcos que queman el mismo combustible que algún día dejará de estar disponible. La marioneta puede bailar mientras el titiritero tira de los hilos, pero cuando los hilos se cortan, la madera cae al suelo y el niño de madera nunca fue un niño de verdad.

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