CORPUS NO ES NUESTRO VACA MUERTA: ESA COMPARACIÓN ES UN INSULTO PARA MISIONES

Ayer mismo publicamos en este blog un texto titulado "EN MISIONES QUEREMOS MÁS AGROECOLOGIA, NO MÁS REPRESAS". Allí desarrollamos los argumentos centrales: la incompatibilidad de los megaproyectos energéticos con el modelo agroecológico que nuestra provincia ha sabido consagrar en su legislación, el absurdo de invertir en infraestructura gigante en medio del declive energético global, la petrodependencia del mantenimiento de las represas, y la caída del consumo eléctrico por desindustrialización. No vamos a repetir aquí todo lo dicho. Pero lo que ocurrió el pasado 23 de abril en el Consejo Profesional de Ingeniería de Misiones —es decir, también ayer— nos obliga a volver al teclado, porque el lobby represista acaba de dar una carta que merece ser analizada con lupa: una conferencia cuidadosamente orquestada, con amplia cobertura mediática, donde funcionarios de la COMIP e ingenieros del sector energético soltaron frases que, lejos de convencer, terminaron revelando toda la estafa. La más memorable, y también la más insultante, fue la del delegado José Antonio López: "Corpus es para Misiones lo que para Neuquén es Vaca Muerta". Analicemos esta joya, porque nos dice más de lo que sus propios autores imaginan.


Vaca Muerta es el paradigma del extractivismo más agresivo del siglo XXI: fractura hidráulica, consumo masivo de agua dulce en una región desértica, contaminación de acuíferos, emisiones de metano, terremotos inducidos, dependencia absoluta de tecnología importada y financiamiento externo. Pero hay un dato aún más grotesco que sus propagandistas omiten sistemáticamente: Vaca Muerta tiene una tasa de retorno energético (TRE) de apenas 5 a 1. Esto significa que por cada unidad de energía que se invierte en extraer el gas y el petróleo de la formación, se obtienen apenas cinco unidades. En el mundo de los combustibles fósiles convencionales esa relación solía ser de 30 a 1 o más; una TRE de 5 a 1 es energéticamente paupérrima, tanto que roza la inviabilidad. ¿Cómo es posible entonces que el negocio se sostenga? Respuesta: porque está altamente subsidiado. El estado nacional, provincial, y los consumidores vía tarifas, ponemos dinero para que el megaproyecto no se derrumbe por su propia ineficiencia. Vaca Muerta no es un yacimiento, es una bicicleta financiera: un mecanismo que consume enormes cantidades de capital, energía y recursos para producir un excedente magro que se destina no al bienestar del pueblo argentino sino a la exportación y al carry trade. Es decir: nos roban de manera eficiente. Nos cobran caro, nos endeudan, nos contaminan, y lo poco que se extrae se va afuera mientras acá pagamos la factura. Decir que Corpus es el Vaca Muerta de Misiones es, entonces, una confesión doblemente demoledora: no sólo vienen a imponernos el mismo modelo extractivista que ha empobrecido a Neuquén, sino que además ese modelo es energéticamente ineficiente por diseño y sólo se sostiene porque el estado lo bombea con nuestros impuestos. ¿Eso es lo que quieren para Misiones? Nosotros ya dijimos que no en 1996, y lo seguimos diciendo hoy.


El otro argumento que soltaron en esa jornada merece una mención, aunque ya lo hemos refutado en el post anterior. Enrique Guardo, director de Gestión de la COMIP, declaró que "la cuenca ya tiene sesenta represas" y que por lo tanto hablar de "río libre" es un concepto que "capaz que hace treinta años podría ser". Como ya escribimos entonces, el argumento del adicto —"ya me fundí la vida, un poco más da lo mismo"— no convence a nadie. Que haya sesenta represas no es una justificación para construir la número sesenta y una, es una condena del modelo hidroeléctrico en su conjunto. Pero lo que no habíamos podido incorporar en nuestro análisis anterior es la razón de fondo por la que este lobby resurge ahora con tanta fuerza. Porque no se trata de una discusión técnica sobre megavatios, ni siquiera de una disputa ideológica entre modelos de desarrollo. Detrás de todo esto hay una pregunta que ningún disertante se animó a responder en esa confortable jornada: ¿para quién sería realmente la energía de Corpus?


Las noticias de las últimas semanas son elocuentes. Silicon Valley, liderado por OpenAI y otras grandes empresas de tecnología, está buscando desesperadamente instalaciones en Argentina para alimentar la voracidad energética de la inteligencia artificial. El proyecto "Stargate Argentina" prevé una inversión de hasta 25 mil millones de dólares para instalar centros de datos en la Patagonia, con una demanda energética proyectada de 500 megavatios, equivalente al consumo de una ciudad mediana. No es casualidad que el gobierno nacional haya apurado el Régimen de Incentivo a Grandes Inversiones (RIGI), un mecanismo que otorga exenciones impositivas, facilidades cambiarias y estabilidad fiscal por décadas a cambio de que las grandes corporaciones extranjeras se instalen en el país. Tampoco es casualidad que en la misma conferencia donde se promocionó Corpus, los ingenieros hayan hablado de convertir a Misiones en un "polo energético mundial" y de atraer "inversiones". El cuadro es claro: quieren nuestra agua, nuestra selva, nuestro río, para convertir Misiones en la usina que alimente los servidores de inteligencia artificial de las grandes tecnológicas. Pero no nos engañemos: la inteligencia artificial no es una herramienta neutral ni un artefacto benévolo que viene a resolver nuestros problemas. La IA es, ante todo, una tecnología de manipulación y dominación, diseñada en los centros de poder de Estados Unidos para afianzar la nueva doctrina Monroe: América para los americanos, pero los americanos son ellos, y América es su patio trasero. Con la IA nos vigilan, nos segmentan, nos polarizan, nos inducen comportamientos de consumo, nos roban los datos, nos someten a algoritmos que deciden quién accede a un crédito, un trabajo, un seguro. Y para que todo ese engranaje funcione, necesitan energía, mucha energía, la energía que nosotros les proveeríamos si permitimos que Corpus se construya. No es exagerado decirlo: Corpus es la energía que Misiones brindaría para que nos dominen mejor. Así como Vaca Muerta es el robo de energía para la exportación y el carry trade, Corpus es la energía para que nos quedemos callados, para que sigamos consumiendo el contenido que los algoritmos nos sirven, para que no pensemos, para que no nos organicemos, para que aceptemos nuestro lugar en el fondo de la cadena de valor global.


El ingeniero Marcelo Cassin, otro de los disertantes, nos deleitó con las promesas de siempre: "miles de puestos de trabajo, efecto multiplicador, dinamización económica, Misiones como nodo energético clave". No vamos a repetir aquí todo lo que ya escribimos en nuestro blog sobre la naturaleza temporaria del empleo en megaobras, la fuga de los proveedores locales, y el carácter extractivista del "nodo energético". Baste recordar que el famoso "nodo" significa que la energía se genera acá pero se consume lejos, que Misiones se convierte en la estación de servicio de Buenos Aires y Rosario, y ahora también de Silicon Valley, y que los misioneros seguiremos pagando tarifas altísimas porque el costo no está en la generación sino en el transporte, la distribución y la rentabilidad privada. Lo que sí es nuevo, y grotesco, es que ahora también nos quieren vender la idea de que esta represa es necesaria para no perder la "oportunidad" de que la inteligencia artificial se instale en el país. Como si a los misioneros nos importara un bledo si OpenAI tiene suficiente electricidad para seguir corriendo sus modelos de manipulación. Como si el futuro de nuestra provincia dependiera de servir de soporte a una industria que consume agua a chorros, tensiona las redes eléctricas al límite, y cuyos beneficios económicos se concentran en unas pocas manos en California. Eso no es desarrollo, es colonialismo digital de manual.


Ya señalamos en nuestro post anterior que el consumo eléctrico en el país está cayendo por el cierre masivo de fábricas, un fenómeno atado al pico del petróleo y a la crisis industrial. No hay escasez porque haya guerra; hay guerra porque hay escasez: el Estrecho de Ormuz convertido en campo de batalla y el barril a cien dólares no son una crisis pasajera, son un ultimátum a la civilización industrial. En ese contexto, la idea de construir una represa para alimentar centros de inteligencia artificial es aún más ridícula que la idea de construirla para reactivar fábricas ya cerradas. Porque la IA no produce alimentos, no construye viviendas, no cura enfermos; es una tecnología de lujo al servicio de las grandes corporaciones, cuya huella ambiental es cada vez más insostenible, y cuyo propósito real es profundizar la desigualdad y el control social. Que el gobierno nacional esté dispuesto a hipotecar nuestros recursos hídricos para atraer esa inversión es una muestra más de su desprecio por el territorio y por la voluntad popular expresada en las urnas. Y que el lobby represista en Misiones se preste a este juego es una vergüenza que los misioneros no estamos dispuestos a tolerar.


Mientras estos señores gastan dinero en conferencias para instalar una discusión que nadie pidió, la agenda real de Misiones está abarrotada de demandas urgentes que no admiten demora: el desastre de las economías populares, arrasadas por las políticas de ajuste del gobierno nacional que han destruido el poder adquisitivo, cerrado mercados y dejado a miles de familias misioneras sin capacidad para sostener sus chacras, sus ferias y sus emprendimientos; la falta de infraestructura básica en decenas de barrios populares; el desmonte que avanza sin control sobre la poca selva que nos queda; los agricultores familiares que no pueden acceder a la tierra ni al crédito; las comunidades guaraníes que siguen esperando la regularización de sus territorios. De eso no hablan los ingenieros en sus jornadas técnicas. De eso no hay conferencias en auditorios con el nombre "Tierra Sin Mal". Porque de eso no se puede hacer negocio. El lobby represista no viene a resolver los problemas de Misiones, viene a distraer la atención mientras prepara el terreno para el gran negociado tecnológico. Y nosotros no vamos a caer en esa trampa: la agenda la ponemos los misioneros, no los inversores de Silicon Valley ni los contratistas de la COMIP, y nuestra agenda tiene urgencias que ninguna represa va a solucionar.


Para terminar, recordemos el corazón de lo que escribimos ayer: la agroecología es nuestro sendero civilizatorio, y ese sendero es incompatible con los megaproyectos energéticos. Producción local para consumo local, circuitos cortos, diversificación de cultivos, reconstrucción del tejido social en torno a la tierra como bien común. Eso es lo opuesto a una represa que inunda selva, desplaza comunidades, concentra decisiones en una cúpula técnica-empresarial, y envía la energía a los servidores de una inteligencia artificial diseñada para dominarnos. El gobierno provincial tiene la obligación de poner orden en esta discusión, de recordar que el pueblo ya votó en 1996, de defender la coherencia entre su legislación agroecológica y su política energética, y de cerrar definitivamente la puerta a un proyecto que no solo es dañino sino ridículo y, ahora lo sabemos, profundamente antidemocrático. Porque por más lobby que hagan, por más conferencias que organicen, por más frases infelices que repitan en los medios, el pueblo de Misiones ya eligió su camino: el de la agroecología, la resiliencia, el decrecimiento planificado, la defensa de nuestros ríos y nuestra selva, la soberanía frente a la doctrina Monroe digital. Y ese camino no incluye represas. Nunca las incluyó. Nunca las incluirá. Corpus no es nuestro Vaca Muerta. Esa comparación, además de ser energéticamente fraudulenta, es un insulto. Y la respuesta de Misiones es clara: no queremos ser la usina de la dominación digital. Queremos ser Tierra Sin Mal, no Tierra con Energía para los algoritmos. Que quede escrito.

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