MISIL EN SOUTH PARS: CRONOGRAMA DE LA CALAMIDAD
El día cero, ese en el que la noticia explota en los portales digitales y en los noticieros de todo el mundo, el consumidor latinoamericano promedio está ocupado en sus asuntos cotidianos, quizá comprando el pan para la cena o llenando el tanque del auto, sin la más mínima idea de que un misil lanzado a miles de kilómetros, en una zona fronteriza entre Irán y Catar, ha comenzado a reconfigurar el futuro de su mesa. En ese instante inicial, el ataque a las plantas de procesamiento del gigantesco yacimiento South Pars no es más que otra noticia lejana sobre conflictos en Medio Oriente, algo que sucede allá, en un mundo de tensiones geopolíticas que poco parecen tener que ver con la esquina de su barrio. Sin embargo, en las pantallas de los operadores del mercado holandés TTF, los números ya comienzan a bailar con violencia: el precio del gas natural se dispara un veinticuatro por ciento en cuestión de horas, duplicando su valor desde el inicio de la guerra en Ucrania y trepando hasta la zona de los setenta euros por megavatio hora. Esa danza de números en una pantalla en Europa es la primera ficha de un dominó que comenzará a caer, lenta pero inexorablemente, hacia el bolsillo y el estómago de los latinoamericanos.
Durante los primeros tres meses, la grieta en la cadena global de suministro energético comienza a profundizarse y a mostrar sus primeras consecuencias tangibles para la región. Las empresas importadoras de fertilizantes en los puertos de Santos en Brasil, de Rosario en Argentina, de Veracruz en México o de Buenaventura en Colombia empiezan a recibir comunicaciones de sus proveedores internacionales: los precios de la urea, del fosfato monoamónico, del cloruro de potasio, todos los componentes esenciales para que la tierra americana siga produciendo alimentos, han iniciado un ascenso imparable. El gas natural, materia prima fundamental del proceso Haber-Bosch que convierte el nitrógeno del aire en el amoníaco que alimenta los cultivos, se ha encarecido de tal manera que las plantas productoras de fertilizantes en Europa y otras regiones comienzan a anunciar recortes de producción o paradas técnicas, argumentando que simplemente no es rentable producir a pérdida. La oferta global de fertilizantes se contrae, y cada barco que zarpa hacia América Latina lo hace con facturas mucho más abultadas en dólares. Los agricultores, tanto los grandes terratenientes del agronegocio exportador como los pequeños productores de la agricultura familiar, observan con preocupación cómo el insumo que determina el rendimiento de sus cosechas se vuelve cada vez más inalcanzable, y comienzan a hacer cuentas, a reducir dosis, a planificar siembras con menos ambición, mientras el consumidor final apenas empieza a notar un leve pero persistente aumento en el precio del pan y las tortillas, un primer susurro de lo que está por venir.
Entre el sexto y el noveno mes, la tormenta perfecta que se había estado gestando en los mercados internacionales comienza a desatarse con toda su furia sobre la economía latinoamericana, y aquí es donde el golpe adquiere una dimensión particularmente cruel para la región. La incertidumbre global y la inflación descontrolada en los países centrales provocan una estampida de capitales hacia el dólar como activo refugio, lo que significa que las monedas latinoamericanas, históricamente vulnerables, se desploman en picada frente a la divisa norteamericana. El real brasileño, el peso argentino, el peso mexicano, el peso colombiano, el sol peruano, todos pierden valor aceleradamente, y esto crea un doble efecto devastador: el fertilizante, que ya era caro porque su precio internacional en dólares se había disparado, se vuelve sencillamente prohibitivo cuando se lo traduce a monedas locales devaluadas. Los gobiernos de la región, viendo la sangría de divisas y el riesgo inflacionario, comienzan a implementar medidas desesperadas, cupos a la importación, tipos de cambio diferenciales para insumos estratégicos, trabas burocráticas que en lugar de aliviar el problema generan desabastecimiento y especulación. Mientras tanto, en el campo, se está definiendo la siembra del ciclo 2026-2027, y se siembra con menos, se siembra con menos fertilizante, se siembra con la angustia de saber que la coseña que vendrá será más pobre, y en las ciudades, el consumidor ya no solo nota el aumento del pan, sino que comienza a sufrir el encarecimiento de los alimentos básicos de la canasta familiar, el frijol, la papa, la yuca, la leche, el queso, todos aquellos productos que provienen de esa agricultura familiar que es la primera en quedarse sin insumos y la última en recibir auxilio estatal.
Llegados al año y medio, entre los meses doce y dieciocho después del misil, la cosecha de los cultivos de verano en América Latina comienza a levantarse y los resultados son desoladores, tal como lo habían anticipado los modelos más pesimistas. La producción de maíz, el grano que es base de la alimentación humana y animal en todo el continente, es significativamente inferior a la esperada, lo mismo ocurre con el frijol que alimenta a México y Centroamérica, con el arroz que acompaña la mesa del Caribe y de Brasil, con la papa que es sustento de la región andina. Pero el golpe no se detiene en los vegetales, porque la ganadería, tanto de leche como de carne, depende crucialmente de los granos para la alimentación del ganado, y al encarecerse el maíz y la soja, se encarece también el costo de producir un litro de leche o un kilogramo de carne. Entonces el consumidor final, ese latinoamericano de a pie que había logrado sortear las primeras oleadas de aumentos con algún sacrificio, se encuentra ahora frente a una realidad inapelable: el pollo, que históricamente ha sido la proteína más accesible para los pobres del continente, se ha disparado a precios jamás vistos, el huevo, ese milagro nutricional barato, sigue la misma trayectoria ascendente, la leche y el queso se convierten en artículos de lujo para muchas familias, y la tortilla en México, la arepa en Colombia y Venezuela, el pan francés en Brasil, todos esos alimentos identitarios que definen la dieta básica de cada país, sufren incrementos constantes que erosionan día a día la capacidad de compra de los salarios.
Finalmente, entre los dieciocho y los veinticuatro meses, cuando el misil que impactó en South Pars ya es un recuerdo lejano en los titulares de la prensa internacional, cuando las plantas de procesamiento dañadas quizás han sido reparadas y el precio del gas natural ha comenzado a estabilizarse en niveles altos pero menos volátiles, la calamidad alcanza su expresión más brutal en el terreno social y político de América Latina. La inflación alimentaria acumulada durante todo este período ha pulverizado el poder adquisitivo de los sectores populares y medios, creando una nueva capa de pobreza e indigencia que no existía dos años atrás. Los bancos centrales de la región, enfrentados al dilema imposible de controlar la inflación sin estrangular la economía, han subido las tasas de interés hasta niveles que paralizan la actividad productiva y el empleo, generando ese fenómeno particularmente perverso que los economistas llaman estanflación. En las calles, la combinación de alimentos inaccesibles y salarios congelados comienza a traducirse en malestar social, en protestas que cortan rutas, en cacerolazos que reclaman soluciones que los gobiernos no tienen, en un aumento de la conflictividad que erosiona la gobernabilidad democrática. Y el consumidor final, ese hombre o mujer común que hace dos años apenas prestaba atención a una noticia sobre un ataque en Irán, se encuentra ahora atrapado en una pesadilla cotidiana donde elegir entre comer o pagar el transporte es una decisión real, donde llevar un plato de comida variado y nutritivo a la mesa se ha convertido en un desafío monumental, donde la cicatriz de esta crisis permanecerá por años en su bolsillo y en su estómago, recordándole que en un mundo globalizado e interconectado, un misil lanzado al otro lado del planeta puede terminar reconfigurando, lenta pero inexorablemente, el contenido de su olla.
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