LA MUJER CAMPESINA Y EL FEMINISMO LIBERAL
Toda acción sobre el mundo supone una comprensión del mundo, y esa comprensión no es neutral. Cuando se decide que la mujer campesina necesita ser empoderada, ya se ha adoptado una posición sobre qué es el poder, qué es la mujer, qué es la libertad. Y esas posiciones no son universales, no son obvias, no son inocentes. Vienen de una historia, de una geografía, de una tradición de pensamiento que tiene nombre y apellido: la tradición liberal occidental, con su énfasis en el individuo como unidad última de sentido, con su fe en la autonomía como horizonte de realización, con su ceguera para todo aquello que no se deja atrapar en la lógica del contrato entre partes iguales.
Aplicar esa lógica a la familia campesina no es un error de diagnóstico. Es un acto político. Es la imposición de una forma de ver el mundo sobre otra. Es la pretensión de que las categorías forjadas en la ciudad, en la academia, en el norte global, tienen validez universal y pueden aplicarse en cualquier contexto sin más trámite. Y esa pretensión, aunque se vista de progresismo y buena conciencia, reproduce la estructura profunda de la colonización: la idea de que hay pueblos que necesitan ser iluminados, mujeres que necesitan ser liberadas, culturas que necesitan ser corregidas. Cambian los contenidos, pero la forma es la misma. Ayer se llevaba la cruz y la civilización. Hoy se lleva el empoderamiento y la perspectiva de género. La arrogancia de fondo no ha cambiado.
Frente a eso, lo que se necesita no es un mejor método de intervención. Lo que se necesita es suspender la intervención. Detenerse. Preguntarse si acaso tenemos algo que enseñar o si, por el contrario, tenemos mucho que aprender. Preguntarse si la mujer campesina nos ha pedido algo o si somos nosotros los que necesitamos justificar nuestra existencia, nuestros proyectos, nuestros salarios. Preguntarse si el problema no será, justamente, esa necesidad de ir a transformar al otro, de llevar la luz, de redimir, de salvar. Porque esa necesidad, por más noble que se presente, es el síntoma de una enfermedad profunda: la incapacidad de estar con el otro sin querer cambiarlo, la imposibilidad de reconocer valor en lo que no hemos producido nosotros, la ceguera para ver que quizás el que necesita ser transformado, liberado, salvado, somos nosotros mismos.
La familia campesina no es un problema a resolver. Es un mundo a respetar. En ella se sostiene, todavía, una forma de humanidad que la modernidad se ha encargado de destruir en todas partes. Una forma de humanidad que no pone al individuo en el centro, sino al vínculo. Que no sueña con la autonomía absoluta, sino con la interdependencia reconocida. Que no mide el poder por la capacidad de decidir solo, sino por la capacidad de sostener juntos. Esa forma de humanidad es un tesoro. Y lo que se necesita no es llevarle nuestras respuestas, sino aprender sus preguntas.
Desde esa perspectiva, lo que aparece no es "la mujer campesina" como categoría a intervenir, sino personas concretas con nombres, historias, dolores y alegrías. Y aparece también, inseparable de ellas, la trama en la que viven: sus hijos, sus maridos, sus padres, sus vecinos, la tierra que trabajan, los animales que crían, las semillas que guardan. Aparece la familia. No la familia como idea, no la familia como institución a defender o criticar, sino la familia como realidad viva, como cuerpo colectivo que respira junto, como red de dependencias y cuidados que sostiene la vida en un mundo que hace todo lo posible por volverla insostenible. La familia campesina no es una suma de individuos que puedan ser abordados por separado. Es un organismo. Y cuando se toca a uno, se toca a todos. Cuando se siembra algo en la mujer, se siembra en el hombre, en los hijos, en la chacra entera. Cuando se siembra desconfianza, la cosecha es división. Cuando se siembra respeto, la cosecha es fortalecimiento de ese tejido que permite seguir adelante.
La mujer campesina, mirada desde esta humildad que no es método sino disposición profunda, aparece con una potencia que las categorías externas no alcanzan a nombrar. Ella no es una víctima esperando ser rescatada. Ella es, con frecuencia, el eje silencioso que mantiene unido lo que amenaza con dispersarse. Ella es la memoria de las semillas, la que sabe qué guardar y qué sembrar. Ella es la salud de la familia, la que conoce el yuyo para cada dolor. Ella es la primera maestra, la que enseña a los hijos el nombre de las cosas y el respeto por la tierra. Ella es, en tantos casos, la que estira la comida para que alcance, la que sostiene cuando todo flaquea, la que llora en silencio y sigue adelante. Eso no es falta de poder. Eso es un poder tan hondo, tan entretejido con la vida misma, que resulta invisible para quien solo sabe ver el poder que se ejerce sobre otros, el poder que se acumula, el poder que se exhibe.
Cuando el feminismo liberal llega con su diagnóstico de opresión, no ve nada de esto. No ve porque no puede ver. Sus categorías fueron hechas para otra realidad, para la mujer urbana que efectivamente ha sido despojada de sus saberes, aislada de su comunidad, lanzada a competir sola en un mundo que no fue hecho para ella. Aplicar esas mismas categorías a la mujer campesina no es solo un error teórico. Es una violencia. Es negar la especificidad de su experiencia. Es medir su vida con una vara que no le corresponde. Es exigirle que se parezca a la mujer que la ciudad ha producido, cuando quizás lo más valioso que ella tiene es precisamente no parecerse.
La mujer campesina sabe algo que el feminismo liberal, en su arrogancia, no puede ver: que no hay liberación verdadera que pase por la ruptura de los lazos que sostienen la vida. Que la libertad no consiste en poder irse, sino en poder quedarse sin quedar atrapada. Que el poder no es mandar sobre otros, sino ser imprescindible para ellos. Que la realización no está en la independencia, sino en la pertenencia cuidada, elegida, habitada conscientemente.
Eso no es algo que nosotros tengamos que enseñarle. Es algo que ella podría enseñarnos, si fuéramos capaces de callar. Pero para eso habría que renunciar a la posición del que sabe, del que viene a liberar, del que tiene la teoría correcta y la práctica adecuada. Habría que aceptar que el alumno no es ella, sino nosotros. Habría que asumir que el camino no es hacia la chacra con un proyecto, sino hacia la chacra con las manos vacías y el corazón dispuesto. Habría que dejar de ir a buscar a la mujer para empezar, quizás, a dejarnos encontrar por ella.
Eso es político. Eso es filosófico. Eso es ideológico. Porque implica una opción de fondo: optar por el respeto frente a la intervención, por la escucha frente al diagnóstico, por la humildad frente a la certeza. Implica reconocer que hay mundos que no necesitan ser mejorados por nosotros, sino apenas, acaso, ser defendidos de nosotros. Implica, en fin, poner en cuestión todo lo que damos por sentado y preguntarnos, con honestidad radical, si nuestro deseo de liberar no será la forma más sutil de dominar.
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