HUERTAS URBANAS: EL SEGURO DE VIDA QUE TU COMUNIDAD NECESITA Y AÚN NO TIENE (No tenemos tiempo para perder el tiempo)

Vivimos tiempos donde el contexto internacional ya no es ese telón de fondo lejano del que hablábamos en la escuela, sino una fuerza que empuja contra la puerta de nuestra cocina todos los días, con la inflación descontrolada que vacía los bolsillos antes de llegar a la caja del supermercado, con los conflictos bélicos que desvían barcos enteros cargados de petróleo y con el precio del combustible que encadena cada eslabón del transporte haciendo que lo que era barato ayer sea un lujo hoy, y en ese escenario de fragilidad estructural donde las cadenas de suministro globalizadas muestran sus costuras más débiles, uno empieza a hacerse preguntas incómodas pero necesarias como cuántos días de abastecimiento real tendría realmente tu barrio si mañana los camiones dejarán de llegar, si el mercado central redujera sus envíos o si el dinero simplemente no alcanzara para llenar el changuito, porque la lógica de la comida kilométrica esa que viaja cientos o miles de kilómetros para llegar a tu mesa empacada en bandejitas es un lujo del pasado que funcionaba solo cuando el mundo jugaba con reglas estables, y cuando esas reglas cambian de golpe como están cambiando ahora descubrimos que toda esa eficiencia logística era en realidad una fragilidad enorme disfrazada de abundancia, y es precisamente ahí donde aparece la huerta urbana no como una postal idílica sino como lo que realmente es en este contexto: un activo estratégico comunitario de primera necesidad, pero atención porque aquí viene la parte donde los tiempos de la naturaleza se vuelven una advertencia fría y concreta, porque la naturaleza no se acelera por más urgencia que tengamos y eso significa que si juntamos al barrio hoy, si recuperamos ese terreno baldío mañana, si conseguimos las semillas la semana que viene, recién vamos a estar comiendo de verdad cuando los relojes biológicos de las plantas lo permitan, y los números son tozudos: si siembras repollo hoy lo vas a cosechar recién dentro de cuatro o cinco meses, si plantas brócoli son casi cien días esperando que forme esa cabeza que hoy compras en cinco minutos en la verdulería, si te decidís por las papas para tener carbohidratos de reserva la cuenta es peor todavía porque necesitan entre noventa y ciento veinte días bajo tierra y la planta entera secándose para recién entonces poder hurgar y encontrar el tesoro, las zanahorias si las sembrás ahora en otoño te van a pedir tres o cuatro meses de paciencia antes de que puedas arrancar una para la ensalada, los ajos que son tan nobles y fáciles son un compromiso de seis a ocho meses desde que entierras el diente hasta que levantas la cabeza, y esto no es un dato curioso para charla de café sino una advertencia seria porque significa que la huerta no es la solución para mañana sino la solución para pasado mañana, la solución que hay que tener funcionando antes de que la tormenta llegue porque si esperamos a que el supermercado se vacíe para recién empezar a cavar, vamos a estar contando los días mientras las plantas recién asoman las primeras hojitas, y en ese mientras tanto la olla sigue vacía y la incertidumbre sigue creciendo, por eso el mensaje de fondo es que este otoño que está empezando ahora con sus días más cortos y sus temperaturas más amables es justamente la ventana de oportunidad que no podemos desperdiciar, porque plantar en marzo significa cosechar en junio o julio justo cuando más frío hace y más falta hace un plato de comida caliente, porque las acelgas que pongamos hoy las vamos a estar cortando hoja por hoja durante todo el invierno, porque los puerros que trasplantemos ahora van a engordar con las heladas y van a estar enormes cuando los días empiecen a alargarse de nuevo, así que la pregunta no es si el contexto internacional nos va a golpear porque ya lo está haciendo, ni siquiera es si tenemos ganas o tiempo porque de eso se trata la urgencia, la pregunta real es cuánto vamos a tardar en darnos cuenta de que la huerta comunitaria no es un hobby ni un lindo proyecto ecológico sino el seguro de vida más concreto que podemos construir entre todos, el único que cuando estalle la tormenta va a estar dando verduras mientras otros miran las góndolas vacías preguntándose por qué nadie les avisó que esto podía pasar.

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