DESERTORES: "MIRAD LAS AVES DEL CIELO"
Padecer hambre en un planeta así es una atrocidad. No es solo una injusticia social o un fracaso de los sistemas de distribución: es una contradicción biológica. Porque la tierra que pisamos, cuando se la deja hacer lo que sabe hacer, produce todo lo que necesita para sostener su propia trama de vida. Y en esa trama, los humanos hemos estado durante cientos de miles de años no como extractores externos, sino como una especie más, inserta en el metabolismo del lugar que habitamos. Sin embargo, hemos llegado a un punto en el que millones de personas pasan hambre mientras el suelo se degrada, los supermercados desperdician toneladas de alimento y los paquetes tecnológicos prometen aumentar el rendimiento a cambio de volvernos dependientes. La pregunta que me persigue desde que habito la selva paranaense es otra: ¿qué pasaría si dejáramos de tratar al territorio como una despensa inerte y empezáramos a tratarlo como un interlocutor?
Llevo años observando cómo se comportan las plantas en el predio donde vivo. No las planto, en su mayoría: aparecen. El llantén, esa hoja ancha y humilde que cicatriza heridas y calma inflamaciones, se instala cerca de los senderos donde los pies descalzos se lastiman. La ortiga, cuyo poder descongestionante es formidable, se vuelve más punzante y más rica en compuestos activos justo en los meses de invierno, cuando las afecciones respiratorias se hacen presentes. Las plantas que algunos llaman "malezas" o "oportunistas" surgen después de una tormenta o en los bordes del huerto, y cuando me tomo el trabajo de reconocerlas descubro que muchas de ellas son comestibles, muchas son medicinales, y casi todas están haciendo algo útil: cubrir un suelo desnudo, atraer un polinizador, equilibrar la química del lugar. No creo que haya una conciencia central decidiendo dónde colocar cada especie. Prefiero decir que el territorio tiene capacidad de respuesta. No es una máquina programada, es un sistema vivo que ha pasado miles de millones de años aprendiendo a regularse, y que cuando un habitante humano se instala con cierta permanencia y cierta atención, comienza a incorporarlo como parte de su propia trama.
El ejemplo más íntimo de esta lógica lo tenemos en el cuerpo mismo. La leche materna no es un producto genérico: cada madre elabora en su seno una leche que varía según las necesidades de su hijo. Si el bebé está con una infección, la saliva que pasa al pezón informa al sistema inmunológico de la madre, y esta produce anticuerpos específicos en la leche. Alimento y medicina se funden en un solo flujo que se ajusta minuto a minuto. ¿Por qué sería extraño pensar que el territorio, ese cuerpo más amplio que nos sostiene, opera con una lógica semejante? Los hongos micorrícicos conectan las raíces de los árboles formando redes subterráneas que los ecólogos llaman hoy, sin metáfora excesiva, la "wood wide web". A través de esas redes circulan carbono, nitrógeno, fósforo, agua. La investigadora Suzanne Simard ha mostrado que estos flujos no son aleatorios: tienen dirección, tienen destino, tienen respuesta a señales. Ella ha dicho que esos elementos no deberían llamarse meramente "nutrientes", porque en la práctica funcionan como un lenguaje. El territorio habla. No con palabras, pero sí con química, con ciclos, con la aparición y desaparición de especies, con la concentración de principios activos que aumenta justo cuando más los necesitamos.
Lo que me ha llevado años de observación es constatar que esa conversación se vuelve más fina, más ajustada, cuando quien habita participa en ella con su cuerpo. Cada mañana salgo al aire libre y, entre los frutales nativos y cultivados, orino cerca de los límites del predio. Podría llamarlo un hábito, pero con el tiempo lo he entendido como un gesto de intercambio. La orina contiene nitrógeno, sales, una huella de mi química personal. Al incorporarse al suelo, se suma a la red de micorrizas, bacterias y raíces que están permanentemente conversando. No es magia: es ecología. Los suelos que reciben orina humana modifican su microbioma, y las plantas que crecen allí suelen tener mayor concentración de compuestos secundarios —los mismos que luego las hacen más nutritivas o más medicinales. Lo que hago con ese gesto no es otra cosa que participar en la conversación del territorio. Es una forma de decir: estoy aquí, esto soy, esto necesito. Y el territorio, que no es un escenario pasivo, responde.
Esta manera de entender la relación con el entorno no es una invención mía. Las culturas que nunca rompieron el diálogo con su suelo la conocen bien. Entre los Mbya Guaraní, con quienes he compartido en la selva, el conocimiento sobre las plantas no se transmite como una lista de datos que se memorizan. Se transmite como una capacidad que se desarrolla: la de escuchar. El opigua no es alguien que ha acumulado información, es alguien que ha aprendido a sintonizar con lo que el monte está diciendo. La información no está archivada en libros muertos; está viva, circula, se actualiza en cada estación, en cada relación.
Esto me lleva a pensar que la definición clásica de cultura que propuso el antropólogo Kroeber —"un sistema integrado de patrones de conducta aprendidos por los integrantes de una sociedad y que no es resultado de la herencia biológica"— se queda corta. Porque lo que esas culturas muestran es que los patrones no se aprenden solo entre humanos, sino en relación con un entorno que también tiene memoria, también tiene respuesta, también enseña. La cultura sería entonces el modo en que una colectividad participa en un sistema de intercambio que incluye a su territorio, y donde el territorio no es un telón de fondo sino parte activa del aprendizaje.
Ahora bien, sé muy bien que plantear estas ideas en un contexto de desigualdad extrema puede sonar, para muchos, a ingenuidad o incluso a complicidad con el orden establecido. Escucho ya la objeción: "este quiere que nos conformemos con comer yuyos mientras los millonarios y los políticos se llevan las riquezas". Y es una objeción inteligible, porque durante siglos nos han enseñado que la única manera de no pasar hambre es participar del circuito extractivista: producir para el mercado, comprar en el supermercado, depender de la cadena. Cualquier discurso que hable de volver a la tierra es rápidamente capturado por el relato de la resignación, como si se tratara de aceptar las migajas mientras otros devoran el festín.
Pero no se trata de eso. No se trata de que los pobres coman raíces mientras los ricos siguen acumulando. Se trata de algo radicalmente distinto: construir territorios donde la lógica del mercado y el estado no definan la supervivencia. Se trata de desertar de un sistema que nos ha vuelto dependientes para poder recuperar la soberanía sobre lo que comemos, lo que nos cura, lo que nos sostiene. La propuesta no es individual: es colectiva. Es la construcción de comunidades que se apropian de su entorno, que aprenden su lenguaje, que restablecen el pacto que la modernidad rompió. En ese camino, las plantas alimenticias no convencionales, las redes de intercambio vecinal, la recuperación de semillas y saberes, no son un retroceso a la pobreza sino una salida de la jaula.
Porque el problema de fondo no es solo la distribución de la riqueza, aunque la distribución es escandalosamente injusta. El problema es que el propio sistema que genera esa riqueza —el petróleo, la agroindustria, la logística global— está en su fase terminal, arrasando con los suelos, los climas y las comunidades que quedan en pie. Aferrarse a ese sistema, aunque sea para reclamar una porción más justa de sus beneficios, es apostar a un barco que ya hace agua por todos lados. La salida, si es que hay alguna, pasa por construir por fuera. Pasa por recuperar la capacidad de alimentarnos, curarnos y habitar sin depender de intermediarios que nos extraen valor mientras nos endeudan. Pasa por entender que el territorio, cuando lo cuidamos y nos dejamos cuidar por él, no es una condena a la precariedad sino la base de una vida con sentido, con densidad, con potencia.
Y hay algo más: solo desertando de esa lógica de la escasez fabricada podemos experimentar, por fin, la abundancia. Porque el sistema nos ha hecho creer que sin su mediación todo es carencia. Nos ha vendido la idea de que el monte es hostil, que la tierra no da lo suficiente, que sin agroquímicos no hay cosecha, que sin supermercado no hay comida. Pero quien se anima a romper ese hechizo descubre otra cosa: el territorio, cuando entramos en relación con él, no escatima. Un suelo vivo multiplica sus frutos. Un árbol que recibe nuestros desechos y nuestra atención nos devuelve sombra, fruta, madera, medicina. Las plantas que llamamos "malezas" aparecen en cantidad, dispuestas a ser cosechadas. No hay escasez en un ecosistema sano; hay ciclos, hay ritmos, hay momentos de vaca flaca y momentos de vaca gorda, pero no hay esa pobreza crónica que el mercado impone a quienes no tienen moneda. La abundancia que experimenta quien deserta no es la acumulación de bienes, sino la certeza de que lo necesario está al alcance cuando se mantiene el diálogo.
El físico David Bohm, que pasó años reflexionando sobre la naturaleza de la realidad, propuso una imagen que puede ayudarnos a pensar esta deserción como un movimiento hacia otra lógica. Distinguió entre el orden explicado, donde las cosas están separadas y cada una tiene su identidad fija, y el orden implicado, donde todo está en todo, y cada punto contiene de alguna manera la totalidad. El orden explicado es el del sistema: el supermercado que trae frutas idénticas desde el otro lado del mundo, la taxonomía que nos dice que un llantén es un llantén en cualquier lugar y por tanto intercambiable, la economía que convierte la tierra en mercancía y el trabajo en deuda. Pero debajo de ese orden hay otro: el de un territorio donde cada lugar tiene su historia, su química, su red de relaciones, y donde la identidad de una planta no está solo en su forma sino en su relación con ese lugar y con quienes lo habitan. Desertar del orden explicado es pasar a habitar el orden implicado. Es dejar de ser consumidores para volvernos participantes. Es aprender a leer lo que el monte ya está diciendo.
Esta forma de pensar encuentra un eco inesperado en un texto antiguo. El evangelio de Mateo, en el capítulo sexto, dice: "Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y por qué os preocupáis por el vestido? Observad cómo crecen los lirios del campo; no trabajan ni hilan; pero os digo que ni Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos." El pasaje suele leerse como una exhortación a la confianza religiosa, pero contiene también una intuición que la modernidad ha hecho añicos: la idea de que el mundo natural tiene una disposición a sostener la vida cuando no se la fuerza con el afán desmedido. La pregunta que el texto plantea —"¿qué comeremos, qué beberemos, con qué nos vestiremos?"— es exactamente la pregunta que nuestra civilización ha respondido con supermercados, agroquímicos y cadenas logísticas. Pero esa respuesta ha venido acompañada de una ruptura: hemos dejado de mirar las aves y los lirios. Hemos dejado de aprender del territorio cómo resolver el problema de nuestra propia subsistencia en diálogo con él.
Por eso padecer hambre en un planeta así es una atrocidad. Porque el territorio, cuando no se lo fuerza, cuando se lo deja participar, tiene la capacidad de ajustarse a quienes lo habitan. No porque los humanos seamos el centro de ese ajuste, sino porque somos parte de él. Un ecosistema no es una colección de recursos disponibles para nuestra extracción; es una red de relaciones en la que nosotros mismos estamos insertos. Cuando nos apartamos de esa red, cuando rompemos el diálogo, el territorio deja de "sabernos". Las plantas que antes aparecían donde las necesitábamos dejan de hacerlo porque hemos alterado el suelo, porque hemos cortado las conexiones, porque hemos dejado de poner nuestro cuerpo en la conversación. Y entonces nos encontramos con que para comer necesitamos intermediarios, para curarnos necesitamos laboratorios, y para sentirnos seguros necesitamos muros. La crisis energética y alimentaria que se avecina no es solo una crisis de recursos: es una crisis de relación.
Lo que intento con este trabajo de divulgación es reconstruir, desde la observación y la reflexión, la posibilidad de ese diálogo. Pero no desde la escritura neutral, sino desde la apuesta: creo que la única respuesta al suicidio civilizatorio es la construcción de territorios autónomos, comunidades que se atrevan a desobedecer la lógica extractiva y a recuperar el vínculo con la tierra. No se trata de volver a un pasado imaginario, sino de crear futuro con lo que tenemos cerca: el suelo, las semillas, las plantas que crecen sin que nadie las siembre, la red vecinal, el conocimiento que aún sobrevive en los mayores y en los montes. Los desertores del sistema no somos quienes nos resignamos a la pobreza; somos quienes nos negamos a seguir participando de una maquinaria que destruye lo que sostiene la vida. Y en esa negación, encontramos que el territorio, cuando nos acercamos a él con atención y con cuerpo, nos responde con una generosidad que el supermercado jamás podrá ofrecer, porque no es mercancía: es relación. Es el pacto original, el que nunca debimos romper, el que aún estamos a tiempo de reconstruir, uno por uno, comunidad por comunidad.
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