DECRECIMIENTO: LA CAPITAL COMO FENÓMENO ONCOLÓGICO
Cuando un tumor crece en un organismo vivo, lo hace siguiendo una lógica perfecta pero perversa: obedece a su propio interés, no al del cuerpo que lo contiene. Extrae recursos de las zonas sanas, expandiéndose hasta que el sistema falla, y cuando el organismo colapsa, el tumor también muere porque dependía enteramente de él. A principios del siglo veinte, en Europa había siete personas en el campo que mantenían a tres en la ciudad; hoy tenemos un productor rural por cada noventa habitantes urbanos, una anomalía que no es solo estadística sino biológica, porque ningún sistema puede sostenerse con una base tan estrecha y una superestructura tan hipertrofiada. En Argentina, en 1869 más del setenta y uno por ciento de la población vivía en áreas rurales; hoy superamos el noventa y dos por ciento de población urbana, con apenas tres millones de personas en el campo sobre un total de cuarenta y seis millones. Desde Buenos Aires hasta París, las grandes ciudades funcionan como formaciones cancerígenas que succionan la vida de sus interiores rurales, y las capitales provinciales reproducen el mismo patrón a escala local: Neuquén concentra más de la mitad de la población provincial mientras su zona norte clama por desarrollo, Resistencia se inunda pero sigue atrayendo chaqueños del oeste, Salta acapara medio millón de almas mientras sus valles fértiles producen alimentos que viajan a Buenos Aires para reingresar procesados y encarecidos.
La inteligencia del tumor es puramente autorreferencial: optimiza su supervivencia sin importarle el destino del huésped. Por eso el AMBA produce cero por ciento de los alimentos que consume y depende de energía que viaja miles de kilómetros con pérdidas del trece por ciento, pero la misma lógica explica que Londres importe verduras de Holanda mientras sus condados agrícolas se despueblan.
Esta programación hunde sus raíces en el antropocentrismo, esa visión que coloca al ser humano fuera de la naturaleza, pero también en la manera en que construimos nuestras sociedades tomando como modelo el cuerpo humano y su jerarquía orgánica: la idea de que debe haber una cabeza que piense, ordene y dirija, mientras el resto ejecuta y sostiene, ha sido la metáfora fundacional de todas las estructuras de poder centralizado. Esta cosmovisión ha sido funcional al capitalismo porque justifica la explotación sin freno, la concentración como único indicador de progreso y la subordinación de todo a un centro rector. Pero el modelo se ha vuelto disfuncional para el bienestar humano y planetario: requiere crecimiento permanente en un planeta finito, y enfrenta límites físicos ineludibles como el pico del petróleo, ese momento a partir del cual la extracción global de crudo declina irreversiblemente porque los combustibles fósiles son un recurso finito, y hoy el mundo consume siete barriles por cada barril que descubre. La misma lógica que concentra poblaciones en megalópolis ingobernables es la que agota suelos y acelera el cambio climático: maximizar el flujo hacia el centro sin importar lo que se destruya en la periferia.
Pensar la capital como fenómeno oncológico implica evitar la conclusión apresurada de que la solución es extirpar. El cuerpo social no sobrevive a la amputación de su propia cabeza. Una ciudad no se extirpa, se transforma. Por eso resulta más preciso entender a Buenos Aires y a cada capital no como el tumor mismo sino como el sitio donde el fenómeno se manifiesta: son organismos que albergan una formación tumoral pero contienen la vitalidad necesaria para curarse. La medicina homeopática ofrece una imagen más sutil: lo similar cura lo similar, el veneno en dosis infinitesimales se vuelve remedio, la enfermedad no se combate desde afuera sino que se estimula al organismo para que encuentre su equilibrio. Aplicado a nuestras capitales, esto significa que no podemos vaciar Buenos Aires por decreto porque la lógica tumoral está tan incrustada que cualquier intervención brusca generaría más daño. Necesitamos homeopatía territorial: pequeñas dosis de descentralización que activen la capacidad autocurativa del cuerpo social.
Para entender esa homeopatía, quizás deberíamos dejar de mirar el tumor y observar el bosque. El botánico Stefano Mancuso muestra que las plantas poseen una inteligencia radicalmente distinta a la animal: mientras los animales construimos organizaciones centralizadas y frágiles, las plantas optaron por un modelo descentralizado donde cada célula participa de todas las funciones. Una planta no tiene cerebro; su inteligencia está distribuida. Si un animal pierde el corazón, muere; una planta puede perder el noventa por ciento de su cuerpo y regenerarse. Las organizaciones humanas, construidas sobre el modelo animal, son vulnerables: los imperios se desmoronaron cuando decapitaron al emperador porque toda su estructura dependía de esa cabeza. Representamos el cero coma tres por ciento de la biomasa del planeta; las plantas, el ochenta y cinco por ciento. La homeopatía territorial consistiría en inocular pequeñas dosis de esta inteligencia vegetal en el tejido urbano enfermo.
Aquí la agroecología, no como técnica amigable sino como modelo civilizatorio, encuentra su lugar. No es un catálogo de prácticas para reemplazar fertilizantes, sino una reorganización profunda de la relación entre humanos, tierra y comunidades. Frente a la agricultura industrial, hija del mismo paradigma centralizado que produjo nuestras capitales tumorales —dependiente de insumos externos, energía fósil, monocultivos manejables desde una oficina a miles de kilómetros—, la agroecología propone restaurar funciones ecológicas, crear sistemas modulares y cooperativos donde el lugar del problema sea el lugar de la solución. Un suelo sano, con sus bacterias y hongos, es la metáfora de una sociedad descentralizada: todos cooperan y el conjunto resiste crisis sin colapsar. Y la agroecología es camino hacia la permacultura, esa filosofía que diseña culturas capaces de permanecer imitando las dinámicas naturales, repensando cómo nos organizamos, producimos, construimos y educamos, en las antípodas del modelo tumoral.
Frente a esto, Misiones emerge como anomalía esperanzadora. Tiene su capital, Posadas, que concentra uno de cada tres misioneros, pero el gobierno provincial implementa pequeñas dosis de descentralización: mercados zonales en Eldorado y Oberá para que el productor del norte no viaje trescientos kilómetros, una red de Mercados de la Soberanía Alimentaria con trece sedes donde solo se vende producto local, programas de subsidio al consumo de alimentos misioneros, y una ley de generación distribuida que impulsa paneles solares en hogares y escuelas. Setenta ferias nuclean a tres mil agricultores familiares. Lo notable no es que Misiones haya resuelto el problema, sino que haya entendido que existe y requiere respuesta activa pero gradual, estimulando las fuerzas vitales del interior sin violencia.
El decrecimiento no es opción ideológica sino necesidad biológica, entendido como tratamiento para un fenómeno oncológico global. No se trata de extirpar Buenos Aires sino de revertir el flujo de la enfermedad con la suavidad de quien administra un remedio: las capitales deben aprender a producir algo de lo que consumen, a generar algo de la energía que usan, a permitir que el interior respire. Este aprendizaje no puede imponerse desde afuera sino que debe surgir del organismo enfermo estimulado en dosis homeopáticas. Misiones muestra que se puede hacer política en otra dirección, construyendo mercados en el interior antes de que el interior desaparezca, apostando a la generación distribuida antes de que el colapso energético nos obligue. La pregunta es si las otras provincias, y las grandes capitales del mundo, aprenderán antes de que el organismo entre en fase irreversible. Como recuerda Mancuso, los humanos somos la única especie que destruye su entorno; si no adoptamos modelos descentralizados y cooperativos, terminaremos como virus que matan al huésped. Las plantas llevan quinientos millones de años perfeccionando el arte de vivir en comunidad sin cabeza que las gobierne. Tal vez haya llegado el momento de escucharlas, con la esperanza de que Buenos Aires y cada capital del planeta, esos viejos fenómenos oncológicos, todavía estén a tiempo de aprender a vivir de otra manera, abandonando la metáfora de la cabeza rectora por formas más horizontales, más parecidas a un bosque que a un cuerpo con jerarquía de órganos. La agroecología como modelo civilizatorio y la permacultura como horizonte nos ofrecen las herramientas: solo falta decidir si queremos usarlas antes de que el pico del petróleo nos transforme por la fuerza.
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