DEBERÍAMOS MIRAR LAS REPRESAS (Peak Hidropower)

Para entender la gravedad de lo que está ocurriendo debemos presentar primero a Antonio Aretxavala, ingeniero de caminos, canales y puertos, investigador que lleva décadas advirtiendo que el hormigón armado tiene una vida útil que no supera los cincuenta o sesenta años, y que la mayoría de nuestras grandes infraestructuras están llegando o ya superaron ese límite sin que exista plan alguno para su reemplazo. Su enfoque, anclado en la ciencia de materiales más rigurosa, combina el estudio de la carbonatación, la corrosión de las armaduras y la fatiga de los materiales con una mirada lúcida sobre las implicaciones sociales y energéticas de este envejecimiento silencioso, y es desde esta perspectiva que debemos mirar dos de las obras más colosales de nuestro continente: Itaipú, inaugurada en 1984 con 14.000 MW de potencia, y Yacyretá, cuyas primeras turbinas comenzaron a funcionar en 1994 y que provee el sesenta por ciento de la energía hidroeléctrica de Argentina. Ambas tienen su hormigón expuesto a un proceso químico imparable llamado carbonatación, donde el CO₂ atmosférico neutraliza la alcalinidad que protege el acero de refuerzo, y cuando ese frente alcanza las armaduras, el óxido comienza a formarse ocupando un volumen varias veces superior al del acero original, generando presiones internas que fisuran el hormigón desde adentro, un proceso invisible hasta que es demasiado tarde porque por fuera la estructura puede verse perfectamente mientras por dentro el acero se consume.


Lo que estamos presenciando es la manifestación del Peak Hydropower o Pico Hidroeléctrico, un concepto que los investigadores del Joint Research Centre de la Comisión Europea y expertos como Igor Bashmakov han documentado para describir el momento a partir del cual la energía que podemos obtener de las grandes represas comienza a declinar irreversiblemente, no por falta de agua, sino por el envejecimiento y degradación de las propias estructuras. El Peak Hydropower tiene tres componentes que se refuerzan mutuamente: el pico de eficiencia, porque las turbinas tienen una curva de rendimiento que alcanza su máximo en los primeros años y luego declina hasta un quince o veinte por ciento después de cuatro décadas; el pico de mantenimiento, porque los costos se disparan exponencialmente cuando los componentes empiezan a fallar por fatiga; y el pico de reemplazo, porque fabricar piezas de esas dimensiones requiere una infraestructura industrial que ya no existe o está en declive, acero de calidad específica cada vez más escaso, y energía que en un contexto de Peak Oil es cada vez más cara. Así como el petróleo tiene su pico porque es un recurso finito, las represas tienen el suyo porque son estructuras finitas hechas de materiales que envejecen y se fatigan sin remedio.


A esto se suma el pico del petróleo, porque mantener operativas represas de esta magnitud requiere cantidades colosales de energía para mantenimiento, fabricación de repuestos y logística, en un contexto donde la energía neta disponible disminuye año tras año, y la crisis de materiales, porque el acero de las turbinas tiene fatiga cíclica acumulada y cuando llegue el momento de reemplazarlas la pregunta no será solo si hay presupuesto sino si hay acero de calidad disponible en el mercado global, si hay energía para fabricarlo, si hay empresas dispuestas a producir piezas de ese tamaño. En Itaipú, el plan de modernización por 670 millones de dólares hasta 2036 suena impresionante hasta que se descubre que los componentes electromecánicos pesados, turbinas, rotores y estatores, se mantendrán intactos porque su vida útil está próxima a su fin, una frase que debería helarnos la sangre porque significa que se ha tomado la decisión consciente de no reemplazar lo que está llegando al final de su vida, confiando en que el monitoreo continuo evitará fallos catastróficos, cuando ningún sensor puede detener la fatiga del metal ni la carbonatación del hormigón.


El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial confirma que la disrupción de infraestructuras críticas ocupa un lugar marginal en las preocupaciones globales a pesar de sostener todo lo demás, y revela que la humanidad está tan desbordada por las crisis inmediatas que ha perdido capacidad de mirar a mediano plazo. Pero lo crucial es entender que no estamos hablando de algo que pueda ocurrir, sino de algo que va a ocurrir inevitablemente. Las leyes de la física no se negocian, la fatiga de los materiales no se detiene con informes optimistas ni con monitoreo en tiempo real, la carbonatación avanza inexorablemente y cuando alcance el punto crítico la estructura fallará. Puede ser dentro de cinco años, puede ser dentro de quince, pero fallará. La mayoría de las grandes represas del mundo fueron construidas entre 1950 y 1980, lo que significa que estamos entrando en una ventana de veinte a treinta años donde una proporción masiva de la capacidad hidroeléctrica global alcanzará simultáneamente su pico y comenzará su declive, y no hay plan para eso porque no hay represas nuevas que puedan reemplazar esa capacidad: los lugares óptimos ya están ocupados y construir nuevas enfrenta límites geológicos, sociales y energéticos que antes no existían.


Y mientras esto ocurre, las boletas de luz no dejan de aumentar por razones que nunca se explican completamente: mantener infraestructuras envejecidas cuesta cada año más caro, las reparaciones son más frecuentes, los repuestos más difíciles de conseguir, la eficiencia de las turbinas disminuye, y para compensar las pérdidas se queman más combustibles fósiles en centrales térmicas encareciendo aún más la generación, y lo más perverso es que pagamos facturas cada vez más abultadas para sostener la ficción de que todo funciona mientras el deterioro avanza hacia su desenlace inevitable.


Frente a este diagnóstico, la única respuesta sensata no puede venir de más megaproyectos centralizados sino de la organización popular para crear infraestructura descentralizada en los territorios desde la lógica del kilómetro cero y la agroecología, construyendo soberanía energética y alimentaria a escala humana. Mientras las represas concentran el riesgo en unas pocas estructuras cuyo colapso es cuestión de tiempo, las soluciones descentralizadas distribuyen ese riesgo en miles de pequeñas iniciativas que pueden mantenerse con recursos locales: un biodigestor que convierte residuos en biogás para una escuela no depende de que la represa funcione, una huerta agroecológica no depende de fertilizantes sintéticos ni de cadenas de frío, un panel solar instalado por la comunidad no depende de técnicos especializados que lleguen de la ciudad. Esto no requiere esperar decisiones gubernamentales, puede empezar mañana con lo que cada comunidad tiene a mano, con las semillas guardadas, con los residuos orgánicos, con el sol y el viento de cada territorio. Las comunidades que construyan su propia infraestructura descentralizada, que recuperen sus semillas criollas, que pongan en marcha sus biodigestores y sus huertas, esas comunidades estarán en condiciones de resistir cuando los gigantes de hormigón finalmente caigan, porque caerán. No es una posibilidad, es una certeza física. Por eso deberíamos mirar las represas, sí, pero no para quedarnos paralizados por su tamaño y su fragilidad, sino para entender de una vez que el futuro no está en mantener con vida a esos gigantes que envejecen sin remedio, sino en multiplicar las pequeñas iniciativas descentralizadas que pueden sostener la vida cuando los gigantes caigan.

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