DE LA SUBJETIVIDAD POR COMBUSTIÓN INTERNA A LA CONVIVENCIALIDAD
Hay un modo de habitar el mundo que aprendimos sin que nadie nos lo enseñara explícitamente, como quien aprende a respirar el aire de su época. Esa forma de estar en el espacio, de medir el tiempo, de relacionarnos con los otros y con nosotros mismos, lleva la marca de un régimen energético que creíamos neutro pero que en verdad ha modelado lo más íntimo de nuestra sensibilidad. Podríamos llamarlo subjetividad de combustión interna, no solo porque depende del petróleo y sus derivados, sino porque ha internalizado una lógica que quema recursos a ritmo acelerado, que confunde movimiento con libertad, que hace de la velocidad un imperativo moral y de la espera una afrenta personal. Esa subjetividad no se reduce al auto, aunque el auto sea su emblema más visible: se expresa en la voracidad con que consumimos tiempo ajeno, en la dificultad para estar quietos sin sentir que perdemos algo, en la convicción de que la distancia es un obstáculo a vencer antes que un espesor a habitar, en la forma en que la ciudad misma se ha vuelto ilegible para quien no circula a treinta kilómetros por hora. Lo más inquietante es que esta subjetividad sobrevive incluso cuando el objeto material que la alimentaba se vuelve inalcanzable: las nuevas generaciones no pueden comprar un auto pero heredan la estructura psíquica que les dice que sin auto son adultos fallidos, que su libertad es incompleta, que la autonomía se mide por la capacidad de moverse sin depender de nadie. Esa persistencia del deseo en la ausencia del objeto revela que estamos ante algo más profundo que un hábito o una preferencia cultural: estamos ante una formación del inconsciente colectivo, un régimen de deseo que fue moldeado por décadas de publicidad, de urbanismo, de trabajo asalariado, de cine y de música, y que ahora se sostiene por sí mismo, como una máquina que sigue funcionando después de que le retiramos el combustible.
La paradoja es que esta subjetividad, que se experimenta como libertad y potencia, es en realidad una servidumbre profundamente incorporada. Ivan Illich lo formuló de manera inolvidable hace medio siglo cuando señaló que el automóvil no nos había hecho más rápidos sino que había transformado nuestro tiempo en servidumbre al vehículo: trabajamos para pagarlo, dedicamos horas al tráfico, habitamos ciudades diseñadas para su comodidad, y al final del día nuestra velocidad media no es mayor que la de un campesino del siglo XIX caminando por su valle. Pero lo que Illich supo ver más allá de la paradoja cuantitativa fue la transformación cualitativa de la subjetividad: la velocidad se había convertido en una necesidad artificial, en un umbral a partir del cual la técnica deja de ser herramienta al servicio de la persona y la persona se convierte en apéndice de la técnica. De allí su distinción fundamental entre herramientas convivenciales y herramientas manipuladoras: las primeras amplían la autonomía, pueden ser usadas, reparadas, modificadas por cualquiera, y dejan espacio para que la persona siga siendo el centro de la decisión; las segundas imponen su lógica, requieren expertos, generan dependencia y convierten al usuario en un eslabón de una cadena que no controla. El auto, la escuela obligatoria, el sistema de salud industrial, la red eléctrica centralizada, todos ellos son herramientas manipuladoras no porque tengan mala intención sino porque su escala y su diseño expropian capacidades que antes eran vernáculas, es decir, propias de quienes las ejercían. La sociedad de combustión interna es aquella en la que hemos delegado en sistemas técnicos lo que antes sabíamos hacer con nuestras manos, nuestros cuerpos, nuestra relación con los vecinos: movernos, curarnos, aprender, climatizar nuestros espacios, alimentarnos. Y esa delegación, que nos fue vendida como progreso y comodidad, nos ha dejado en un estado de vulnerabilidad radical: no sabemos caminar distancias que antes eran cotidianas, no sabemos reparar lo que se rompe, no sabemos estar a la intemperie sin mediación tecnológica, no sabemos producir nuestro propio alimento, no sabemos organizar el cuidado sin recurrir a servicios pagos. La subjetividad de combustión interna es, en este sentido, la subjetividad del dependiente que se cree autónomo porque tiene un auto en la puerta.
Desmontar esa subjetividad no es un problema técnico sino un problema civilizatorio, y por eso no puede resolverse con las herramientas que ella misma ha producido. La transición energética tal como se plantea hoy —reemplazar petróleo por electricidad, autos de combustión por autos eléctricos, calefacción fósil por bombas de calor— es un cambio de hardware que deja intacto el software subjetivo: sigue siendo un mundo donde la movilidad individual es el ideal, donde la velocidad es un valor, donde el confort térmico es un derecho innegociable, donde la distancia se vence con energía en lugar de acortarse con organización territorial. Y ese software, que es el que realmente sostiene el consumo de recursos, choca tarde o temprano con los límites materiales: no hay suficiente cobre para electrificar todo el parque automotor global, no hay suficiente litio para baterizar la movilidad universal, no hay suficiente tierra para cultivar biocombustibles sin destruir ecosistemas. La crisis del petróleo que nos anunciaron hace décadas no ha sido cancelada por la aparición del auto eléctrico, solo ha sido desplazada hacia otros minerales y otras fronteras extractivas. Pero el problema de fondo no es la escasez de un recurso particular sino la estructura de necesidades que nos ha hecho creer que necesitamos todo eso. Por eso la verdadera transición no es de fuente energética sino de régimen subjetivo: se trata de aprender a desear de otra manera, de encontrar placer en la lentitud, de experimentar la autonomía no como independencia absoluta sino como interdependencia deseada, de habitar los límites no como privación sino como condición de una vida con densidad.
Illich llamó convivencialidad a esa otra forma de organizar la relación entre personas y herramientas. No es un programa político en el sentido tradicional ni una utopía de retorno a un pasado que no existe. Es, más bien, una dirección: la de reconstruir capacidades vernáculas allí donde han sido expropiadas, la de recuperar el derecho a hacer por nosotros mismos lo que hoy solo podemos comprar como servicio, la de rediseñar las herramientas para que amplíen la autonomía en lugar de anularla. Una sociedad convivencial no sería una sociedad sin técnica, sino una sociedad donde la técnica esté al servicio de la subsistencia y no la subsistencia al servicio de la técnica. En ella, la movilidad no sería un derecho a un vehículo individual sino a poder llegar a los lugares necesarios sin depender de sistemas que nos sobrepasan; la educación no sería una obligación escolar sino el acceso a redes de aprendizaje donde cada uno pueda enseñar lo que sabe y aprender lo que necesita; la salud no sería un sistema de prestaciones sino la recuperación de la capacidad de acompañar el dolor y la muerte sin delegarlos en instituciones; la energía no sería un flujo centralizado sino un conjunto de prácticas de climatización, iluminación y desplazamiento adaptadas a cada lugar y cada cuerpo. Esta convivencialidad no es un estado que se alcanza de una vez, sino una práctica que se ejerce en pequeños gestos: reparar en lugar de reemplazar, caminar en lugar de acelerar, compartir en lugar de poseer, esperar en lugar de exigir inmediatez, exponerse al clima en lugar de aislarse en una burbuja climatizada.
Pero hay un obstáculo que Illich quizás no dimensionó con toda su fuerza, y es que la subjetividad de combustión interna no se desmonta solo con gestos individuales ni con cambios institucionales aislados, porque está inscripta en la materialidad misma de nuestras ciudades, en la estructura de nuestros trabajos, en la organización de nuestros tiempos, en las capas profundas de nuestro inconsciente. La ciudad dispersa, el trabajo asalariado que exige desplazamientos largos en horas pico, la deuda que nos ata a créditos para comprar los vehículos que necesitamos para llegar al trabajo con que pagamos los créditos, la publicidad que nos recuerda permanentemente que estamos incompletos sin el último modelo, el cine y la música que han hecho del rugido del motor un símbolo de potencia viril, la escuela que nos enseñó que la espera es tiempo perdido y la productividad un imperativo moral: todo eso conforma una máquina de producción de subjetividad que funciona las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, y que no se desactiva con un cambio de conciencia. Por eso la descarbonización de la subjetividad es una tarea que no admite atajos ni soluciones milagrosas, y que tampoco admite divisiones ingenuas entre lo individual y lo colectivo, lo cultural y lo estructural, lo psíquico y lo material. Se trata de actuar simultáneamente en varios niveles: construyendo prácticas cotidianas que abran grietas en el régimen dominante (huertos urbanos, talleres de reparación, bancos de tiempo, cooperativas de vivienda, redes de cuidado mutuo), pero también disputando las grandes estructuras que moldean el territorio y el trabajo (la planificación urbana que favorece la proximidad, la reducción de la jornada laboral que devuelve tiempo para la vida, el control democrático de la energía y los minerales críticos, la deslegitimación del PIB como medida del bienestar). Y todo esto atravesado por un trabajo sobre lo simbólico que no es menos importante: disputar los imaginarios, construir relatos donde la lentitud sea deseable y la velocidad sospechosa, donde la interdependencia sea celebrada y la autosuficiencia individual sea vista como una forma de vulnerabilidad, donde la reparación tenga más prestigio que la novedad y lo común más valor que lo propio.
En el fondo, lo que está en juego es la posibilidad de una vida digna después del petróleo barato, después de la expansión ilimitada, después de la promesa de que siempre habrá más. Esa vida no será ni la continuidad del mismo régimen con fuentes renovables ni el retorno a un pasado campesino imaginario. Será, si logramos construirla, una vida en la que hayamos aprendido a habitar los límites no como derrota sino como condición de posibilidad: porque es el límite lo que da forma, lo que hace que algo sea algo y no cualquier cosa; porque es la finitud lo que vuelve valioso el tiempo, precioso el cuidado, intensa la presencia. La subjetividad de combustión interna nos enseñó a vivir como si fuéramos infinitos: sin límite de velocidad, sin límite de recursos, sin límite de paciencia. Por eso su desmontaje duele como duele cualquier duelo, porque implica renunciar a una imagen de nosotros mismos que nos resultaba reconfortante, aunque fuera ilusoria. Pero quizás la ganancia sea mayor: recuperar la capacidad de estar en un lugar sin estar ya pensando en el próximo, de hacer una cosa sin la ansiedad de la siguiente, de encontrarnos con otros sin la mediación de una burbuja de vidrio y acero. Recuperar, en suma, la experiencia de que el tiempo no es solo aquello que se acelera para producir más, sino también aquello que se detiene para que algo acontezca. Eso no es resignación: es una forma más adulta de estar vivos, más atenta, más encarnada, más verdadera. Y para llegar allí, la herramienta más poderosa no es una tecnología nueva sino una pregunta antigua, la que Illich dejó flotando en sus escritos como un guiño al lector: ¿qué clase de herramienta quiero que sea para mí? ¿una que me amplíe o una que me sustituya? ¿una que me haga más capaz o una que me haga más dependiente? ¿una que me conecte con otros o una que me aisle en mi burbuja? Responder esas preguntas, cada uno en su vida y todos en común, es el trabajo de una generación.
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