CUALQUIER MODELO, POR ESTÚPIDO QUE FUERA, PARECÍA FUNCIONAR

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la estupidez no tenía consecuencias. Podíamos diseñar un sistema agrícola que consistiera en arar la tierra hasta pulverizarla, rociarla con venenos sintéticos extraídos del petróleo, plantar una sola especie genéticamente idéntica en miles de hectáreas, bombear agua de acuíferos que tardaron milenios en formarse para dársela a plantas que no estaban adaptadas al territorio, cosechar con máquinas que pesan veinte toneladas y consumen combustibles fósiles, enviar esa cosecha al otro lado del planeta para que fuera procesada y convertida en alimentos ultraprocesados que luego viajarían de vuelta a nuestras mesas, y todo eso, durante décadas, pareció funcionar. No solo funcionó, sino que nos convencimos de que era la forma más eficiente y moderna de alimentar al mundo. Como bien señala el geólogo Richard Heinberg, arquitecto intelectual del concepto de "peak everything", vivimos un paréntesis histórico de unos doscientos años, el Antropoceno fácil, en el que la humanidad pudo darse el lujo de malgastar la herencia geológica del planeta sin pagar el precio. Durante ese brevísimo instante en la historia de nuestra especie, cualquier modelo, por estúpido que fuera, parecía funcionar porque quemábamos energía acumulada durante millones de años, porque extraíamos minerales de vetas superficiales riquísimas, porque roturábamos suelos vírgenes que habían acumulado materia orgánica durante milenios y porque todo esto ocurría dentro de la ventana de estabilidad climática más excepcional de los últimos cien mil años, el Holoceno. Fue una fiesta de energía barata y recursos regalados, y nosotros, como nuevos ricos, derrochamos sin mirar al día siguiente.


Pero el día siguiente ha llegado y se llama Antropoceno duro. Heinberg lo describe con precisión quirúrgica: estamos entrando en una era donde la energía ya no será barata porque el petróleo fácil se ha agotado y lo que queda requiere más energía extraerlo de la que devuelve, donde los minerales de alta ley son historia y tenemos que procesar montañas enteras para obtener una cucharada de metal, donde los suelos fértiles han sido erosionados o degradados por décadas de maltrato, donde los sumideros del planeta, esos lugares donde vertíamos nuestros desechos confiando en que la naturaleza los absorbería, están saturados hasta reventar. Y lo más importante, todo esto ocurre en un contexto climático que ha dejado de ser estable, donde la predictibilidad que permitió el desarrollo de la agricultura tal como la conocemos se ha roto para siempre. El problema ya no es cómo producir más, sino cómo producir lo suficiente con mucho menos: menos energía, menos agua dulce, menos suelo sano, menos nutrientes, menos certidumbre. Y es aquí donde el diagnóstico del decrecimiento, particularmente en la obra de pensadores como Serge Latouche o Giorgos Kallis, adquiere su dimensión más lúcida: la sociedad industrial, con su obsesión por el crecimiento infinito en un planeta finito, no es solo insostenible, es un error de cálculo termodinámico, una apuesta contra las leyes de la física que inevitablemente perderemos, y lo que está en juego no es ya nuestro estilo de vida, ni nuestro confort, ni nuestras vacaciones, ni siquiera nuestra civilización entendida como un conjunto de instituciones, tecnologías y formas de organización social. Lo que está en juego es algo mucho más elemental y grave, algo que debería helarnos la sangre a todos: la propia supervivencia biológica de nuestra especie, la posibilidad de que el Homo sapiens, después de trescientos mil años de historia, de migraciones, de adaptaciones, de arte, de lenguaje, de amor y de lucha, se convierta simplemente en un estrato geológico más, en una fina capa de fósiles que dentro de unos millones de años algún otro ser inteligente, si es que llega a existir, encontrará bajo sus pies preguntándose qué fue lo que salió mal. No es la primera vez que una especie desaparece de la faz de la Tierra, pero sí sería la primera vez que una especie tiene la información, la conciencia y la capacidad técnica para saber que se dirige al abismo y, aun así, decide no frenar.


Frente a este panorama, la Agroecología emerge no como una opción más en el menú de posibles soluciones técnicas, no como una simple colección de prácticas agrícolas alternativas que podemos adoptar si nos sentimos especialmente verdes o comprometidos, sino como lo que realmente es: un modelo civilizatorio completo, una propuesta integral de reorganización de la vida en el planeta que, por primera vez en dos siglos, no parte de la premisa de que podemos dominar la naturaleza, sino de que debemos aprender a dialogar con ella, a respetar sus límites, a entender que somos una especie más dentro de una trama de interdependencias que no podemos romper sin rompernos a nosotros mismos. Porque la Agroecología, bien entendida, no es solo cómo cultivamos los alimentos, es cómo nos relacionamos con la tierra, con el agua, con las semillas, con los animales, con los otros seres humanos, con el conocimiento, con la economía, con el territorio. Es la soberanía alimentaria frente al agronegocio global, es la recuperación de semillas campesinas frente a las patentes corporativas, es el mercado local y los circuitos cortos frente al transporte transoceánico absurdo, es la biodiversidad cultivada frente al monocultivo que es, en esencia, un monocultivo mental, una forma de pensar que reduce toda la complejidad del mundo a una sola variable: el rendimiento, la productividad, el beneficio. La Agroecología es, en este sentido, el nombre que recibe el decrecimiento cuando aterriza en la tierra, cuando deja de ser una teoría económica para convertirse en práctica cotidiana de producir y reproducir la vida. Decrecimiento y Agroecología no son dos cosas distintas que puedan alinearse o complementarse, son prácticamente sinónimos, son la misma mirada puesta en dos escalas diferentes: el decrecimiento es la macroeconomía de la transición, el diagnóstico de que tenemos que consumir menos energía y menos materiales para volver a situarnos dentro de los límites planetarios, y la Agroecología es la microeconomía de esa misma transición, la forma concreta de organizar la producción de alimentos, la gestión del territorio, la vida en comunidad y la relación con la naturaleza para que ese menos sea posible, para que ese menos no sea empobrecimiento sino, como veremos, la puerta de entrada a una prosperidad diferente, más honda, más verdadera.


Y aquí tenemos que hablar de los ricos, porque la estupidez de la que hablamos no ha sido democrática. No todos hemos tenido el mismo peso en la conducción del vehículo hacia el abismo. Cuando hablamos de los modelos estúpidos que parecían funcionar, hablamos de modelos diseñados por y para una minoría, una élite global que ha acumulado una cantidad de recursos, de energía, de materiales y de poder absolutamente obscena, incompatible no solo con la justicia, sino con la propia supervivencia del resto. Los ricos, entendidos como esa fracción ínfima de la humanidad que concentra la riqueza y, lo que es más importante, el control sobre los flujos de energía y las decisiones políticas, no son un accidente del sistema, son su producto más acabado y, al mismo tiempo, su principal motor. Son ellos quienes han impulsado la ficción del crecimiento infinito porque han sido sus principales beneficiarios. Son ellos quienes han capturado las instituciones para garantizar que el juego siga las reglas que les favorecen. Son ellos quienes han financiado el negacionismo climático durante décadas para proteger sus activos. Pues bien, en el Antropoceno duro, los ricos se convierten en algo más que una injusticia: se convierten en un lujo que no nos podemos permitir. Porque mantener sus yates, sus jets privados, sus mansiones con climatización perpetua, sus dietas basadas en productos fuera de temporada traídos desde el otro lado del mundo, sus múltiples residencias, sus vacaciones espaciales, requiere una cantidad de energía y de materiales que, en un contexto de límites estrictos, es simplemente insostenible. Pero no solo eso: mantener la estructura de poder que permite que esa minoría siga acumulando, mantener los ejércitos, las policías, los muros, las tecnologías de vigilancia y control que garantizan que los de abajo no suban y que los de arriba no bajen, todo eso también consume energía, también requiere materiales, también contribuye a empujarnos más rápido hacia el colapso. La desigualdad brutal no es solo un problema ético, no es solo una cuestión de que unos tengan mucho y otros casi nada. La desigualdad brutal es un problema termodinámico, es un lastre que acelera nuestra caída, es una máquina de destrucción de futuro. Por eso, cuando hablamos de transición, cuando hablamos de Agroecología y decrecimiento, tenemos que hablar también, necesariamente, de redistribución radical, de poner límites a la acumulación, de desmantelar el poder de quienes nos han traído hasta aquí. Porque no habrá transición posible si unos pocos siguen secuestrando los recursos que todos necesitamos para vivir, si unos pocos siguen decidiendo, desde sus privilegios, qué es lo que se puede hacer y qué no, si unos pocos siguen siendo los únicos que pueden saltar del Titanic mientras el resto nos hundimos con la orquesta.


Y aquí llegamos al punto crucial, al que el decrecimiento lleva décadas señalando y que ahora, con la llegada del Antropoceno duro, se vuelve ineludible: no estamos ante un menú de opciones entre las que podemos elegir según nuestras preferencias ideológicas o nuestra sensibilidad ecológica. Estamos ante un diagnóstico terminal y, por lo tanto, ante una medicina que no es optativa sino necesaria. Imaginemos un paciente con cáncer metastásico cuyas constantes vitales empiezan a fallar. Nadie en su sano juicio le diría: "Mire, tenemos aquí varias opciones, puede usted elegir la quimioterapia, o tal vez probar con homeopatía, o simplemente seguir con su vida y confiar en que todo se arregle solo". No, cuando la situación es grave, cuando la vida está en juego, la medicina que puede salvar al paciente no es una opción entre otras, es la única vía, y no se elige porque apetezca o porque sea cómoda, se elige porque no hay alternativa si queremos seguir vivos. Pues bien, ese es exactamente el punto en el que nos encontramos como especie. Llevamos décadas intoxicando el planeta, extrayendo sus recursos a un ritmo que la naturaleza no puede reponer, emitiendo gases que están desestabilizando el clima que hizo posible nuestra existencia, destruyendo la biodiversidad que sostiene los ecosistemas de los que dependemos, agotando los suelos que nos alimentan, envenenando las aguas que bebemos. Los análisis más rigurosos de la comunidad científica, sintetizados en conceptos como los límites planetarios del Stockholm Resilience Centre, nos dicen que ya hemos cruzado varios umbrales de seguridad y que nos acercamos peligrosamente a otros. Los modelos climáticos más sólidos, los del IPCC, nos advierten que si seguimos por este camino, amplias regiones del planeta se volverán inhabitables para los seres humanos en las próximas décadas, no dentro de siglos, ahora. El paciente, que es la especie humana en su conjunto, tiene fiebre muy alta, los órganos empiezan a fallar, la metástasis se extiende y el tiempo se agota. Y en ese contexto, pretender que la Agroecología y el decrecimiento son una opción más, una corriente dentro del amplio abanico de posibles respuestas a la crisis, no es solo un error conceptual, es una forma de locura, es negar la evidencia, es jugar a la ruleta rusa con la supervivencia de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. No, la Agroecología y el decrecimiento no son una opción: son la medicina justa, la dosis exacta de realismo y humildad que necesitamos para revertir el diagnóstico, para bajar la fiebre, para extirpar el tumor del crecimiento infinito, para darle a la especie una oportunidad de no convertirse en una nota a pie de página en la historia de la vida sobre la Tierra.


Porque vivir con menos no es una condena, es una liberación. La confusión fundamental de la sociedad industrial ha sido identificar crecimiento material con bienestar, consumo con felicidad, acumulación con prosperidad. El decrecimiento, bien entendido, no propone la pobreza ni el sacrificio, propone exactamente lo contrario: desenmascarar la falacia de que más es siempre mejor para descubrir que un buen vivir es posible con mucho menos, siempre que ese menos esté bien distribuido, sea ecológicamente sensato y socialmente justo. La Agroecología encarna esta verdad de forma tangible: una familia que recupera la capacidad de producir sus propios alimentos en suelos vivos, que diversifica su dieta con variedades locales adaptadas a su territorio, que recupera la autonomía frente a los vaivenes del mercado global y las corporaciones de semillas, que vuelve a tener tiempo para cuidar de sus mayores y criar a sus hijos porque ya no necesita trabajar dieciséis horas para pagar deudas, esa familia no está empobreciéndose, está enriqueciendo su vida de una forma que el PIB es incapaz de medir. Una comunidad que organiza mercados locales de productores, que intercambia semillas y saberes, que gestiona colectivamente sus bosques y sus aguas, que celebra sus fiestas con alimentos cultivados por sus propias manos, que recupera la dignidad de un trabajo que tiene sentido y la alegría de una vida que no depende del petróleo, esa comunidad no está retrocediendo, está avanzando hacia un futuro que merece la pena ser vivido. Está recuperando soberanía, salud, comunidad y sentido. Está descubriendo que la abundancia verdadera no tiene nada que ver con la acumulación de objetos fabricados en cadena, ni con la ostentación de los ultrarricos que navegan en superyates mientras el mundo arde, sino con la fertilidad de la tierra, la pureza del agua, la alegría de compartir una mesa con alimentos que saben a algo y la seguridad de saber que si el mundo se vuelve loco, como ya está empezando a hacerlo, uno tiene un pedazo de suelo sano del que depende su existencia, una comunidad que le sostiene, un conocimiento heredado y practicado que le permite seguir viviendo con dignidad cuando las luces de la ciudad se apaguen y los paraísos fiscales dejen de ser paraísos porque ya no quede nada que comprar.


Ha llegado la hora, por tanto, de terminar con los modelos estúpidos. Ha llegado la hora de decir basta al capitalismo y a cualquier otro sistema basado en la lógica crecentista, da igual que se vista de rojo, de azul o de verde, da igual que hable de izquierdas o de derechas, da igual que prometa el progreso o que invoque la tradición. Todos ellos, en el fondo, comparten el mismo error de base: la creencia de que podemos crecer indefinidamente en un planeta finito, la superstición de que el PIB puede subir para siempre mientras los suelos se erosionan, los océanos se acidifican y las especies desaparecen, el delirio de que la tecnología nos salvará de las consecuencias de nuestras propias decisiones sin que tengamos que cambiar nada fundamental. Son modelos estúpidos porque ignoran las leyes más elementales de la termodinámica y la ecología. Son modelos estúpidos porque confunden la ficción contable con la realidad física. Son modelos estúpidos porque nos llevan derechos al abismo mientras nos venden el viaje como si fuera un crucero de lujo. Y son modelos estúpidos, además, porque han permitido que una minoría irrisoria acumule una cantidad de recursos obscena, construyendo un mundo donde unos pocos pueden tenerlo todo mientras la mayoría carece de lo necesario y el planeta entero se desangra, como si los ricos fueran un adorno inofensivo y no, como realmente son, un lujo criminal que la especie ya no puede permitirse, un lastre que debemos soltar si queremos tener alguna posibilidad de sobrevivir. Lo peor, lo más imperdonable, es que no son estúpidos por accidente, no son estúpidos por falta de información, son estúpidos por diseño, porque su lógica interna, su motor fundamental, la acumulación sin fin, choca frontalmente con las condiciones materiales que hacen posible la vida. Ha llegado la hora de terminar con ellos no por capricho ideológico, no por romanticismo ecologista, sino por la razón más poderosa que puede existir: porque si no lo hacemos, si no abandonamos estos modelos estúpidos y abrazamos la Agroecología como modelo civilizatorio, el decrecimiento como horizonte económico, la justicia redistributiva como condición de posibilidad y el buen vivir como brújula ética, entonces la especie humana se enfrenta a un escenario de extinción. No es una hipérbole, no es un recurso retórico, es la conclusión lógica de todos los datos que tenemos sobre la mesa. La medicina es amarga, la transición será dura, pero la alternativa es simplemente impensable. Ha llegado la hora, en definitiva, de crecer, pero no hacia fuera, no hacia más consumo, más energía, más materiales, ni hacia la concentración obscena de riqueza en unas pocas manos, sino hacia dentro, hacia más conciencia, más comunidad, más vida compartida. Ha llegado la hora de la Agroecología. Ha llegado la hora del decrecimiento. Ha llegado la hora de la justicia. Ha llegado la hora de dejar atrás, para siempre, los modelos estúpidos.

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