CHINA: CUANDO DESCARBONIZAR ES PROPAGANDA Y UNA ILUSIÓN CONTABLE

La narrativa dominante en los medios occidentales presenta a China como el líder indiscutible de la transición energética global. Titulares como "China se está convirtiendo en una superpotencia verde" de la BBC o "El triunfo verde de China" del New York Times alimentan la imagen de un gigante asiático que ha apostado decididamente por un futuro limpio, con cifras espectaculares de inversión en energías renovables que superan los ochocientos mil millones de dólares anuales, casi tanto como Estados Unidos y la Unión Europea juntos. Sin embargo, esta narrativa oculta una realidad mucho más incómoda que rara vez se menciona en los titulares: el mismo país que lidera la instalación de paneles solares y vientos también sigue siendo el mayor consumidor de carbón del mundo, con este combustible fósil representando aún más del sesenta por ciento de su energía primaria. La aparente paradoja se resuelve cuando se entiende que el crecimiento de las renovables en China no ha implicado una sustitución real de los combustibles fósiles, sino una adición: las renovables se suman al carbón, al petróleo y al gas, mientras la demanda energética total continúa su escalada imparable. No hay transición en el sentido estricto del término, sino una expansión de todas las fuentes que permite a China mantener su crecimiento económico sin enfrentar los límites que la termodinámica y la geología imponen a cualquier civilización industrial.


Lo que ocurre bajo el deslumbrante despliegue de parques solares y flotas de vehículos eléctricos es un fenómeno que los economistas ecológicos conocen bien: la lógica del "add-on" o adición sin sustitución. China ha instalado más capacidad renovable que cualquier otro país, pero sus emisiones de CO₂ siguen siendo las más altas del mundo y su consumo de carbón continúa batiendo récords. La razón es estructural: las energías renovables se han destinado a cubrir el crecimiento de la demanda, no a reemplazar la infraestructura fósil existente. Cada nueva planta solar requiere, paradójicamente, fábricas de silicio que dependen de centrales eléctricas de carbón para su producción, y cada vehículo eléctrico que circula por las carreteras chinas se carga con electricidad generada mayoritariamente por carbón. Un estudio reciente estima que, a lo largo de su ciclo de vida, un vehículo eléctrico en China emite entre el ochenta y cinco y el noventa por ciento del CO₂ de un automóvil de gasolina, una reducción marginal que difícilmente justifica la retórica de revolución verde. Además, estos vehículos recorren muchos menos kilómetros que los convencionales, lo que distribuye la deuda de carbono de la fabricación entre menos kilómetros recorridos, resultando en emisiones por kilómetro potencialmente más altas. La contaminación atmosférica tampoco mejora: estudios recientes indican que los vehículos eléctricos han reducido los óxidos de nitrógeno en apenas un uno por ciento, mientras han incrementado las mortales partículas finas y los dióxidos de azufre en un veinte por ciento. La electrificación del transporte, presentada como la gran solución, resulta ser en la práctica una transferencia de emisiones de los tubos de escape a las chimeneas de las centrales térmicas.


La ilusión contable se profundiza cuando examinamos el sistema de medición de emisiones y la forma en que las empresas chinas contabilizan sus reducciones. Un estudio reciente de la Universidad de Tsinghua ha identificado un problema de doble contabilización en los créditos de carbono corporativos, con consecuencias devastadoras para la credibilidad de los balances de emisiones. Los investigadores analizaron sesenta y tres grandes empresas chinas de siete sectores clave y descubrieron que las reducciones de emisiones que podrían estar siendo contabilizadas doblemente son entre 0,9 y 1,3 veces mayores que las reducciones que estas empresas reportarán oficialmente durante la década 2021-2030. En otras palabras, el supuesto progreso hacia la descarbonización podría ser en gran medida una ilusión generada por sistemas de contabilidad deficientes que permiten que un mismo crédito de carbono sea reclamado simultáneamente por diferentes actores. Cuando se ajustan los datos para eliminar este efecto de doble contabilización, las trayectorias de emisiones de las empresas analizadas dejan de ser compatibles con el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 grados Celsius. Este hallazgo no es un detalle técnico menor, sino la evidencia de que el sistema mismo de medición de la transición energética está estructuralmente viciado, permitiendo que las empresas y los gobiernos presenten como progreso lo que en realidad es una sofisticada operación de maquillaje estadístico. No es de extrañar que, ante la presión regulatoria y el escrutinio público, muchas empresas estén pasando del "greenwashing" declarativo al "green hushing" o silencio verde, manteniendo sus planes de sostenibilidad pero negándose a comunicarlos públicamente para evitar ser acusadas de prácticas engañosas.


El verdadero motor de las políticas energéticas chinas no es el medio ambiente, sino la seguridad geopolítica y la autosuficiencia estratégica. China importa más del setenta por ciento del petróleo que consume, una dependencia que percibe como una vulnerabilidad crítica en un mundo de crecientes tensiones geopolíticas. Por eso, aunque el crecimiento de su demanda de petróleo se está desacelerando y podría alcanzar una meseta en la segunda mitad de esta década, la motivación principal para impulsar los vehículos eléctricos no es reducir emisiones, sino disminuir la dependencia de las importaciones de crudo. Esta misma lógica explica por qué China ha invertido masivamente en tecnologías para convertir carbón en combustibles líquidos a través del proceso Fischer-Tropsch, logrando producir alrededor de quinientos mil barriles diarios de petróleo sintético a partir de sus abundantes reservas de carbón. Es también la razón por la que está desarrollando con enorme esfuerzo su petróleo de esquisto, a pesar de que la extracción resulta comercialmente marginal con costes que oscilan entre cuarenta y cinco y noventa dólares por barril. China ha logrado aumentar su producción de petróleo a niveles récord de 4,32 millones de barriles diarios, pero los analistas de Reuters y las consultoras energéticas coinciden en que está alcanzando el límite de su capacidad productiva económica. Con una demanda interna que supera ampliamente los diecisiete millones de barriles diarios, el país seguirá dependiendo de importaciones masivas durante décadas, y su estrategia energética se parece más a la de un imperio asegurando su suministro que a la de un líder comprometido con la descarbonización global.


La ilusión más profunda, sin embargo, es creer que la tecnología verde puede resolver el dilema energético sin enfrentar la cuestión del crecimiento. La teoría del decrecimiento, que ha ganado espacio en los debates académicos incluso dentro de instituciones chinas como la Universidad de Tecnología de la Información de Beijing, plantea una pregunta incómoda: ¿pueden las energías renovables realmente conducir a la sostenibilidad cuando la economía capitalista se basa en la expansión continua y el crecimiento sin límites? Desde esta perspectiva, la transición energética tal como se está implementando en China y en el resto del mundo no es más que una nueva fase del mismo paradigma productivista, donde las renovables se convierten en un nuevo sector industrial que requiere su propia infraestructura fósil para su fabricación, su instalación y su mantenimiento. Las fábricas de paneles solares, los molinos de viento y las plantas de baterías dependen del acero, el cemento, el aluminio y los plásticos derivados del petróleo, materiales cuya producción continúa siendo intensiva en carbono. La paradoja es que para construir una economía baja en carbono necesitamos una economía altamente carbonizada que la construya. Y mientras la demanda energética total siga creciendo al ritmo actual, las renovables nunca lograrán reemplazar a los fósiles, sino simplemente acompañarlos en una expansión conjunta que mantiene e incluso acelera la extracción de recursos no renovables.


La pregunta que la narrativa dominante se niega a formular es si es posible una verdadera descarbonización sin una reducción del consumo energético absoluto. China ha demostrado que puede desacoplar parcialmente el crecimiento económico del consumo energético, pero no que pueda reducir las emisiones absolutas mientras su economía continúa expandiéndose. El crecimiento energético se ha moderado, pasando del seis o siete por ciento anual de décadas anteriores al cuatro o cinco por ciento proyectado para los próximos años, pero sigue siendo crecimiento, no decrecimiento. Las renovables cubren la mayor parte de ese crecimiento nuevo, pero el carbón se mantiene en términos absolutos porque la base industrial y energética que lo sustenta es demasiado vasta y está demasiado capitalizada como para ser desmantelada. Incluso en el sector eléctrico, donde la sustitución es técnicamente más factible, las renovables apenas han logrado frenar el crecimiento del carbón, no reducirlo. Y fuera del sector eléctrico, en la industria pesada, el transporte marítimo, la aviación y los procesos químicos, las alternativas bajas en carbono son aún más esquivas.


Quizás el aspecto más preocupante de esta ilusión es que externaliza sus costos ambientales hacia los países más pobres. Así como en décadas anteriores Estados Unidos y Europa trasladaron sus industrias más contaminantes al Sur Global, China está siguiendo ahora el mismo camino. Las industrias pesadas que ya no pueden operar en territorio chino por restricciones ambientales o por la imposibilidad de seguir expandiendo su consumo energético están siendo relocalizadas en países del sudeste asiático, África y América Latina, donde los estándares ambientales son menos exigentes y los recursos energéticos más abundantes. Esta reconfiguración de la producción global permite a China presentar estadísticas domésticas de emisiones mejoradas mientras continúa consumiendo, a través de sus cadenas de suministro globales, los productos intensivos en carbono que ya no produce en su territorio. Desde la perspectiva del consumo, la huella de carbono china no ha disminuido significativamente; simplemente se ha desplazado geográficamente, siguiendo el patrón histórico de las economías centrales que descargan sus externalidades ambientales en la periferia. Esta no es una transición energética global, sino una reconfiguración de los flujos de recursos y emisiones que mantiene intacta la estructura fundamental de desigualdad ecológica entre el centro y la periferia del sistema mundial.


El caso de China nos confronta con una verdad incómoda que la retórica de la transición verde prefiere ignorar: no hay camino tecnológico hacia la sostenibilidad que no pase por una reconsideración radical de los patrones de consumo y crecimiento. Mientras la economía global siga basada en la expansión continua y la multiplicación de los flujos materiales, cualquier tecnología verde será absorbida por esa expansión sin lograr reducir las emisiones absolutas. China no es la excepción que confirma la regla, sino la confirmación más espectacular de la regla. Su extraordinario despliegue de energías renovables, sus avances en vehículos eléctricos y sus inversiones en tecnologías limpias no han logrado reducir su dependencia del carbón ni sus emisiones de CO₂. Han logrado, en cambio, mantener su crecimiento económico en un contexto de recursos energéticos limitados y crecientes tensiones geopolíticas. Esto no es una transición energética, es una estrategia de supervivencia geopolítica envuelta en un lenguaje de sostenibilidad. Y mientras la comunidad internacional siga confundiendo el despliegue de tecnologías verdes con una verdadera descarbonización, seguirá aplazando la única pregunta realmente relevante: cómo organizar una economía que pueda prosperar dentro de los límites biofísicos del planeta, sin necesidad de crecimiento perpetuo. La respuesta a esa pregunta, que China y el resto del mundo aún no han comenzado a enfrentar, no se encontrará en los parques solares ni en las flotas de vehículos eléctricos, sino en una transformación profunda de nuestras formas de vida, nuestras expectativas de consumo y nuestra relación con los recursos energéticos. Mientras tanto, la propaganda de la transición verde seguirá cumpliendo su función ideológica: presentar como solución lo que en realidad es una prolongación, quizás incluso una intensificación, del problema.

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