CAPITALISMO Vs. HUMANIDAD: ROI Vs TRE

Para entender por qué Vaca Muerta representa al mismo tiempo una oportunidad de negocios fabulosa y un problema existencial para la civilización, hay que comprender la diferencia radical entre dos conceptos que miden realidades completamente distintas: el ROI y la TRE. El ROI, o retorno sobre la inversión, es la medida sagrada del capitalismo, el número que miran los ejecutivos de las petroleras todas las mañanas cuando llegan a sus oficinas en Puerto Madero o Houston, porque les dice en términos de dinero cuánto están ganando por cada dólar que arriesgaron en perforar un pozo. Si una empresa invierte diez millones de dólares en un pozo de Vaca Muerta y ese pozo le devuelve doce millones a lo largo de su vida útil, el ROI es del veinte por ciento, y eso significa que el negocio es un éxito, que los accionistas estarán contentos, que el gerente recibirá su bono y que las acciones de la compañía probablemente subirán en la bolsa de Nueva York. Desde esta perspectiva, Vaca Muerta es una bendición porque los números cierran, los costos de extracción rondan los cuarenta y cinco dólares por barril y el precio internacional del petróleo se mantiene por encima de los sesenta, lo que garantiza márgenes jugosos durante años, y eso explica por qué YPF y las demás operadoras están perforando sin pausa, construyendo oleoductos y planificando plantas de GNL para licuar el gas y mandarlo a los mercados más remotos donde paguen mejor. Para el mundo del ROI, Vaca Muerta es un éxito rotundo, una máquina de generar dinero que no debería detenerse jamás porque mientras los números en las planillas de cálculo sigan siendo positivos, no hay razón alguna para cuestionar el rumbo.


Pero existe otra medida, completamente ignorada en los balances contables y en las presentaciones a inversores, que es la TRE o tasa de retorno energético, y esta no mira el flujo de dinero sino el flujo de energía, no pregunta cuántos dólares se ganaron sino cuánta energía útil quedó disponible para la sociedad después de descontar toda la energía que hubo que gastar para obtenerla. Mientras los dueños del capital festejan sus ganancias en dólares, la humanidad en su conjunto, esa masa anónima que necesita transporte público, alimentos en la mesa, hospitales funcionando y escuelas abiertas, esa humanidad mira la TRE porque sabe instintivamente que su bienestar no depende de los balances bancarios sino de la cantidad de energía neta que sobre después de pagar los costos energéticos de la extracción. Cuando aplicamos esta mirada a Vaca Muerta, el panorama se vuelve inquietante porque los cálculos estiman que por cada barril de energía equivalente que se invierte en perforar, fracturar, extraer y transportar el petróleo de la formación neuquina, se obtienen aproximadamente cinco barriles, lo que da una TRE de cinco a uno, un número que parece aceptable hasta que lo comparamos con los treinta a uno o incluso cincuenta a uno que tenían los pozos convencionales de Arabia Saudita o los que tuvo Argentina misma cuando explotaba sus yacimientos tradicionales en los años noventa. Eso significa que la energía que realmente queda para el resto de la economía, para los tractores que mencionábamos antes, para los barcos que transportan mercaderías, para los camiones que llevan alimentos, para las ambulancias que corren a salvar vidas, para los trenes que llevan trabajadores a sus empleos, esa energía neta es mucho menor de lo que sugiere el volumen bruto de producción, porque una parte creciente de la energía se queda en el camino, atrapada en el ciclo de producir energía para poder producir más energía, beneficiando a los dueños de las petroleras pero dejando cada vez menos excedente disponible para sostener la vida de la gente común.


Y aquí está el núcleo del conflicto, lo que hay que entender con toda claridad: el ROI y la TRE no son solo medidas diferentes de un mismo fenómeno, sino que representan intereses opuestos, dos formas de ver el mundo que están en contradicción directa y permanente. Los que miden el ROI son los dueños del capital, los accionistas, los ejecutivos, los fondos de inversión que ponen su dinero en Vaca Muerta y exigen la máxima rentabilidad posible en el menor tiempo posible, y para ellos un pozo es bueno mientras genere más dólares de los que consumió, sin importar absolutamente nada más, sin importar cuánta energía se haya derrochado en el proceso, sin importar cuánto diésel se haya quemado en los equipos de fractura, sin importar cuánto acero se haya fabricado para los caños, sin importar cuánta agua se haya contaminado ni cuánto carbono se haya liberado a la atmósfera. Para el capital, el único límite es el precio, y mientras el petróleo se venda a sesenta dólares y cueste cuarenta y cinco producirlo, la máquina sigue adelante aunque la TRE haya caído a tres a uno o incluso a dos a uno, porque el capital no vive en el mundo físico sino en el mundo financiero, donde la energía se puede comprar con dinero y donde siempre se puede extraer un poco más de ganancia exprimiendo un poco más los recursos.


La humanidad, en cambio, esa entidad difusa pero real que incluye a los trabajadores, los jubilados, los estudiantes, los enfermos, los campesinos, los albañiles, las madres y los padres que crían hijos, esa humanidad no puede darse el lujo de ignorar la TRE porque su existencia misma depende del excedente energético neto. Para comprender esta oposición de intereses de manera concreta, imaginemos una pequeña comunidad rural que vive en las cercanías de un yacimiento de Vaca Muerta. Los dueños de la petrolera ven el yacimiento como una fuente de ganancias, instalan sus equipos, perforan los pozos, extraen el petróleo y se llevan las ganancias a sus cuentas bancarias en paraísos fiscales o a las casas matrices en el extranjero. La comunidad rural, por su parte, ve cómo los camiones destrozan las rutas que ellos usan para ir al pueblo, cómo el ruido de las perforaciones altera su calidad de vida, cómo el consumo de agua de la fractura hidráulica afecta sus fuentes de agua potable, y además compra el combustible para sus tractores y sus camionetas al mismo precio que todos, un precio que incluye la ganancia de la petrolera y que tiende a subir con el tiempo. Pero lo que la comunidad no ve, lo que nadie mide ni publica en los diarios, es que la energía neta que queda disponible para ellos después de todo ese proceso industrial es cada vez menor, porque la TRE de los nuevos pozos es más baja que la de los viejos, lo que significa que la sociedad tiene que destinar una proporción creciente de su energía total a mantener funcionando la industria energética, dejando menos para que los tractores labren la tierra, menos para que los camiones lleven la cosecha al mercado, menos para que las ambulancias puedan recorrer largas distancias. Mientras los dueños de la petrolera ven crecer su ROI, la humanidad ve reducirse su TRE, y esa reducción se traduce tarde o temprano en menos comida, menos movilidad, menos calefacción, menos posibilidades de vivir dignamente.


Otro ejemplo para graficar esta oposición es el de una ciudad que depende del transporte público para que su gente pueda ir a trabajar. Los colectivos funcionan con diésel, y el diésel se produce a partir del petróleo que extraen las petroleras. Si las petroleras obtienen un ROI excelente gracias a Vaca Muerta, eso no garantiza en absoluto que el diésel sea accesible para la empresa de transporte, porque el precio del combustible lo fija el mercado internacional y las petroleras venden al mejor postor, que puede ser China o Europa en lugar de la ciudad vecina. Pero incluso si el diésel llegara a la ciudad a un precio razonable, el problema más profundo es que la cantidad de energía neta disponible para mover los colectivos depende de la TRE global del sistema, y si esa TRE cae porque cada vez dependemos más de fuentes marginales como el shale, entonces la sociedad en su conjunto tiene menos energía para destinar al transporte público, lo que significa que las frecuencias se reducen, que los boletos se encarecen o que directamente hay menos colectivos circulando, todo eso mientras las petroleras siguen reportando ganancias récord a sus accionistas. El interés de los dueños del capital es que el petróleo se venda caro y que sus ganancias sean máximas, aunque eso signifique que la gente no pueda pagar el boleto o que el servicio se reduzca. El interés de la humanidad es que haya suficiente energía neta barata y accesible para sostener la vida colectiva, aunque eso signifique que las petroleras tengan que conformarse con ganancias más modestas.


La contradicción se vuelve más evidente cuando pensamos en la transición energética y en las promesas de que las energías renovables reemplazarán al petróleo. Los dueños del capital ya están invirtiendo en renovables, no porque les importe el futuro de la humanidad sino porque ven un nuevo negocio con potencial de ROI elevado, y así como hoy perforan Vaca Muerta con entusiasmo, mañana instalarán paneles solares y molinos eólicos si eso les reporta ganancias. Pero la humanidad necesita algo más que ganancias para los inversores, necesita que el sistema energético en su conjunto sea capaz de sostener la complejidad social, y eso requiere que la TRE de las fuentes renovables sea suficientemente alta como para generar excedente neto después de descontar toda la energía que se gastó en fabricar los paneles, los molinos, las baterías y las líneas de transmisión. Si resulta que los paneles solares tienen una TRE de apenas tres a uno o cuatro a uno cuando se contabiliza toda la energía incorporada en su fabricación, entonces el problema energético de la humanidad no se resuelve con renovables, simplemente se desplaza a otra tecnología que también ofrece buenos ROI para los inversores pero que sigue sin generar suficiente excedente neto para sostener la civilización tal como la conocemos.


En el fondo, lo que esta oposición entre ROI y TRE nos revela es que el capitalismo ha secuestrado la energía de la humanidad y la ha puesto al servicio de la acumulación privada en lugar de ponerla al servicio de la vida. Los que miden el ROI ven la energía como un insumo más para generar dinero, y mientras ese mecanismo funcione, les da exactamente igual que la TRE caiga, que el clima se descontrole, que los océanos se acidifiquen, que las comunidades rurales pierdan sus fuentes de agua o que los pobres no puedan pagar el combustible para calentar sus casas. La humanidad, que no tiene acciones en bolsa ni cuenta en Suiza ni bonos atados al precio del petróleo, la humanidad que solo quiere vivir en paz con lo suficiente para subsistir, esa humanidad necesita desesperadamente que alguien empiece a medir la TRE y a organizar la producción de energía en función de las necesidades colectivas en lugar de hacerlo en función de la máxima ganancia privada. Mientras el ROI siga siendo el único indicador que importa, Vaca Muerta seguirá siendo celebrada como un éxito aunque esté contribuyendo silenciosamente a reducir el excedente energético disponible para las mayorías, y el capital seguirá festejando sus ganancias mientras la humanidad se empobrece energéticamente sin entender bien por qué cada vez le cuesta más llegar a fin de mes, por qué los precios no dejan de subir y por qué el futuro se vuelve más incierto cada día que pasa.

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