CAPITALISMO TERMINAL: DEL SIGLO XX AL XIV SIN ESCALAS (Tiempos de fundar nuevos mundos)
A veces la historia no avanza en línea recta sino en espiral, devolviendo con otros ropajes a los mismos abismos que civilizaciones anteriores ya miraron fijo a los ojos. El mundo que el capitalismo prometió, ese de progreso lineal y crecimiento infinito sobre una base material finita, se desmorona a velocidad creciente, y en su lugar asoma un paisaje que un campesino del siglo XIV reconocería con escalofriante familiaridad si pudiera asomarse a este presente. Porque hoy, como entonces, el sistema productivo ha alcanzado su techo biofísico, la tierra cultivable muestra signos de agotamiento tras décadas de explotación intensiva, la energía se encarece hasta volverse inaccesible para amplios sectores, las instituciones que garantizaban el orden muestran su fragilidad estructural, y la población comienza a mirar con otros ojos los territorios donde quizás todavía sea posible reconstruir formas de vida menos dependientes de cadenas de suministro globales. Para los argentinos y latinoamericanos, esta no es una discusión abstracta: la región ha sido históricamente proveedora de alimentos y materias primas para el mundo, y será de las primeras en sentir el impacto cuando esas cadenas comiencen a romperse definitivamente. La diferencia fundamental, sin embargo, es que aquellos hombres y mujeres del siglo XIV actuaron a ciegas, empujados por el hambre y la peste, mientras que nosotros no tenemos excusa: conocemos los datos, comprendemos las dinámicas, y la historia nos ofrece el mapa de lo que funcionó cuando todo lo demás se derrumbó.
Los datos del presente son elocuentes en su crudeza, y duelen especialmente en una región como la nuestra, donde el precio de la soja, el trigo o el maíz define el destino de economías enteras. El conflicto en Medio Oriente y el cierre del Estrecho de Ormuz no constituyen un accidente geopolítico aislado, sino el síntoma de un sistema que ya no puede sostenerse sin conflictos permanentes por recursos cada vez más escasos. Por ese estrecho transita aproximadamente un tercio del comercio mundial de fertilizantes, y plantas como la de Qatar Energy, la mayor productora de urea del planeta, han debido paralizar operaciones al perder el suministro de gas natural. En Estados Unidos, los precios de los fertilizantes en el principal puerto de importación de Nueva Orleans saltaron de 516 a 683 dólares por tonelada en cuestión de días, y los análisis de mercado proyectan que los fertilizantes nitrogenados podrían duplicar su valor y los fosfatados aumentar un cincuenta por ciento si la disrupción se prolonga. Para el campo argentino, que depende fuertemente de fertilizantes importados para mantener los rendimientos de soja, maíz y trigo, esto se traduce en costos imposibles, márgenes que se evaporan, y una pregunta incómoda: ¿tiene sentido seguir produciendo alimentos para el mundo con insumos que el mundo ya no puede garantizar?
Este fenómeno, sin embargo, no es coyuntural sino estructural. Desde la guerra de Ucrania, aproximadamente el setenta por ciento de la capacidad europea de producción de amoníaco redujo actividad o cerró temporalmente. Grupa Azoty, el segundo mayor productor de la Unión Europea, paralizó sus plantas en agosto de 2022. Fertiberia cerró su línea de producción de NPK en Huelva en octubre de 2024, con pérdidas declaradas de 25,5 millones de euros. Mientras tanto, las importaciones de fertilizantes rusos aumentaron más del setenta y cinco por ciento en España durante la campaña 2023-2024, aprovechando el gas subvencionado por el estado ruso para practicar dumping comercial. India, que adquiere más del cuarenta por ciento de sus fertilizantes de Medio Oriente, ya enfrenta dificultades para mantener su producción interna. El gasoil rojo, combustible esencial para la maquinaria agrícola, aumentó más de veinte peniques por litro en el Reino Unido en una semana, y el crudo Brent trepó un diecisiete por ciento en el mismo período. En Argentina, la importación de gasoil ya representa una sangría de divisas en un contexto de reservas negativas, y cualquier interrupción global se siente inmediatamente en la disponibilidad de combustible para la cosecha fina o la gruesa.
Paralelamente, los suelos agrícolas continúan su proceso de degradación global, y en la pampa húmeda eso se traduce en pérdida de materia orgánica, compactación, necesidad creciente de fertilizantes para mantener rindes que ya no se sostienen solos. Los acuíferos se vacían a tasas insostenibles, la biodiversidad colapsa, y el cambio climático avanza a una velocidad que supera las proyecciones más pesimistas de hace una década, con sequías cada vez más extremas como la que hace pocos años dejó la soja achicharrada y el ganado sin pasto. No se trata de crisis superpuestas dentro de un sistema funcional, sino de la manifestación de que el modelo civilizatorio basado en crecimiento exponencial sobre una base finita ha llegado a su límite. Y en América Latina, cuna de la Revolución Verde y del boom de la soja, eso debería interpelarnos con particular fuerza.
Para encontrar un paralelismo histórico de magnitud comparable, es necesario retroceder al siglo XIV europeo, ese período que los historiadores denominan la crisis del feudalismo. Durante los siglos anteriores, la población europea se había duplicado, se habían roturado bosques enteros para expandir la frontera agrícola, y se habían arado tierras marginales que nunca debieron cultivarse. La tecnología, sin embargo, seguía siendo esencialmente la misma: arado de madera, tracción animal, barbecho. Los rendimientos del trigo, que en condiciones óptimas alcanzaban una relación de siete granos cosechados por cada uno sembrado, comenzaron a caer hasta aproximarse al dos por uno, umbral por debajo del cual la agricultura no permite reproducir la fuerza de trabajo. El sistema productivo había llegado a su techo. La población era demasiada para la tecnología disponible y la base energética existente. Bastaba un empujón.
Ese empujón llegó en la primavera de 1315 con la Gran Hambruna, un período de mal tiempo prolongado que duró siete años. Inviernos brutales, veranos fríos, lluvias incesantes que pudrieron las cosechas en el campo y el heno sin secar que provocó mortandad masiva de ganado. El rey Eduardo II de Inglaterra debió detenerse en San Albans en agosto de 1315 porque no pudo encontrar pan para él ni para su séquito. En Lorena, el precio del trigo se multiplicó por más de tres. La población comenzó a consumir raíces, plantas silvestres, corteza de árboles. Los cronistas de la época registraron casos de canibalismo e infanticidio. Adultos mayores renunciaban voluntariamente a la comida para que los niños pudieran sobrevivir. Entre 1315 y 1322, entre el diez y el veinticinco por ciento de la población de las ciudades y aldeas del norte de Europa desapareció, no por la peste, exclusivamente por hambre. Para una región como América Latina, donde el hambre nunca fue del todo derrotada y donde las ollas populares volvieron a ser paisaje cotidiano en la última década, esta imagen no debería resultar tan lejana como quisiéramos.
Cuando la peste negra arribó a Mesina en 1347 a bordo de doce barcos genoveses, encontró una población diezmada, debilitada, sin reservas fisiológicas ni económicas. En pocos años, entre un tercio y la mitad de la población europea murió. Aldeas enteras quedaron vacías. Los campos se cubrieron de maleza. Los caminos se borraron. Las instituciones, desde la Iglesia hasta la nobleza feudal, perdieron toda credibilidad porque sus oraciones y promesas no habían detenido ni el hambre ni la peste. En nuestro continente, donde las instituciones nunca terminaron de consolidarse del todo y donde la confianza en los gobiernos, los partidos y las corporaciones está en sus pisos históricos, el paralelismo invita a preguntarse qué pasará cuando la combinación de crisis económica, energética y alimentaria golpee al mismo tiempo.
Sin embargo, el interés histórico de este período no reside en la magnitud de la catástrofe, sino en lo que ocurrió después. Porque cuando el polvo se asentó, los supervivientes no intentaron reconstruir el mundo que habían perdido. No podían, para empezar, porque la mano de obra escaseaba y la energía disponible era menor. Pero además, y esto es crucial, descubrieron que no querían. Con menos población, el trabajo se volvió escaso y aumentó su valor. Los campesinos supervivientes descubrieron que podían exigir mejores condiciones. Los señores feudales, desesperados por retener brazos, tuvieron que ofrecer contratos más favorables, arrendamientos, libertad de movimiento. La servidumbre clásica, esa institución que había parecido eterna, comenzó a erosionarse hasta desaparecer en amplias regiones de Europa occidental. En nuestra tierra, donde la concentración de la tierra es uno de los problemas estructurales más graves, donde el latifundio y el agronegocio desplazaron a millones de campesinos hacia las periferias urbanas, la idea de que una crisis pueda revertir esa dinámica debería ser examinada con atención.
En ese contexto de derrumbe y reconstrucción, emergieron formas de organización que ensayaban, sin teoría explícita, lo que hoy denominaríamos decrecimiento, reruralización y descomplejización. Decrecimiento, porque la economía se contrajo a una escala menor pero los supervivientes descubrieron que con menos población y más tierra por persona se vivía mejor. Reruralización, porque muchos que habían huido a las ciudades regresaron al campo al comprobar que allí, al menos, era posible producir alimentos directamente. Descomplejización, porque las redes comerciales de larga distancia se habían roto y las comunidades debieron aprender a producir localmente lo que antes importaban, a reparar con sus propias manos, a organizarse sin depender de instituciones lejanas. Para los argentinos, que arrastramos una cultura del "no te metás" y del sálvese quien pueda, pero también una tradición de organización comunitaria en momentos de crisis (las asambleas del 2001, los clubes de trueque, las huertas comunitarias que florecen en cada barrio cuando la cosa aprieta), estas experiencias deberían sonar a algo conocido.
De esas grietas surgieron fenómenos fascinantes: las behetrías en Castilla, territorios donde los campesinos tenían derecho a elegir a su señor y podían cambiarlo si no cumplía; los quinteros, apareceros que trabajaban la tierra en condiciones pactadas, sin la servidumbre tradicional; las comunidades heréticas como los husitas en Bohemia, que cuestionaban la autoridad eclesiástica y ensayaban formas igualitarias de organización; los despoblados que luego fueron reocupados por nuevos pobladores en condiciones más favorables; las repoblaciones dirigidas donde los propios señores, para atraer campesinos, ofrecían exenciones impositivas y libertad contractual. En América Latina tenemos nuestras propias versiones de estas experiencias: las comunidades zapatistas en México, los movimientos campesinos en Brasil, las ferias francas en Misiones, las redes de semillas criollas que recorren el continente, las experiencias de agroecología que brotan en cada rincón donde la gente decide que otro modelo es posible. En todos estos casos, lo que se observa es un proceso de reconfiguración social desde abajo, donde la creatividad de los supervivientes, combinada con la necesidad objetiva de adaptarse a una nueva escala, produce formas de vida que podrían ser el germen de lo que vendrá después.
El paralelismo con el presente resulta inevitable y revelador. El capitalismo tardío, como el feudalismo del siglo XIV, ha llevado la explotación de los recursos hasta su límite biofísico. La energía fósil, que permitió el crecimiento exponencial de los últimos dos siglos, muestra signos inequívocos de agotamiento en su forma barata y accesible. Los fertilizantes de síntesis, sin los cuales la agricultura industrial no puede mantener los rendimientos actuales, dependen de cadenas de suministro globales extremadamente frágiles y de precios del gas natural que los hacen cada vez menos viables. Los suelos, tratados como meros soportes físicos para la aplicación de insumos químicos, han perdido materia orgánica, biodiversidad y capacidad de retención hídrica. Las instituciones políticas y económicas, capturadas por los intereses que deberían regular, muestran una incapacidad creciente para responder a crisis que se suceden con intensidad y frecuencia cada vez mayores. Y en Argentina, donde la promesa del "granero del mundo" se convirtió en dependencia de la soja transgénica, el glifosato y los fertilizantes importados, esta encrucijada debería generar un debate profundo sobre el modelo productivo.
Pero así como el siglo XIV no fue solo colapso sino también parto de nuevas formas sociales, el presente contiene ya los gérmenes de lo que podría venir después. En todo el continente, comunidades campesinas, movimientos agroecológicos, redes de intercambio de semillas, experiencias de producción local, iniciativas de soberanía alimentaria, están ensayando las prácticas que permitirán atravesar el colapso con algo de humanidad intacta. No se trata de opciones románticas ni de retornos nostálgicos al pasado, sino de adaptaciones concretas a un horizonte de menor disponibilidad energética, menor capacidad de transporte global, menor complejidad institucional. La agroecología, en este contexto, deja de ser una alternativa entre otras para convertirse en la única vía racional para garantizar la reproducción de la vida en un mundo pospetróleo.
El proceso, es necesario subrayarlo, es irreversible. No se volverá a los niveles de consumo energético del siglo XX porque la base material que los sostuvo se está agotando físicamente. No se recuperarán las cadenas globales de suministro de alimentos porque dependían de un combustible que será cada vez más caro y conflictivo. No se reconstruirá el modelo agroindustrial porque los suelos no soportan otra ronda de explotación intensiva sin fertilizantes que ya no serán asequibles. Lo que viene no es una crisis dentro del sistema, sino la crisis del sistema mismo, y la única pregunta relevante es cómo nos organizamos para que, cuando el polvo se asiente, haya algo humano esperando del otro lado. Para los argentinos y latinoamericanos, que ya hemos atravesado crisis cíclicas, default, hiperinflación, estallidos sociales, esta pregunta no es teórica: sabemos lo que es ver el estado ausente, la moneda devaluada, las góndolas vacías. Sabemos lo que es recurrir al trueque, a la huerta del fondo, a la olla popular, a la red vecinal. Esa memoria, ese saber acumulado en las crisis, puede ser nuestro principal activo en lo que viene.
Los supervivientes del siglo XIV no tenían teoría, pero tenían semillas, tenían memoria de prácticas ancestrales, tenían redes vecinales, tenían la capacidad de reorganizarse en comunidades más pequeñas y autónomas. Nosotros tenemos todo eso y además tenemos la conciencia histórica de lo que ocurrió, tenemos la posibilidad de organizarnos antes del colapso y no después, tenemos herramientas de comunicación que ellos no tenían, tenemos experiencias acumuladas de décadas de lucha y construcción. La cuestión no es si habrá colapso, sino quiénes estarán del otro lado y con qué herramientas contarán para reconstruir.
Los datos son claros, la historia es elocuente, el camino, aunque estrecho, existe. No se trata de esperar pasivamente el derrumbe ni de refugiarse en un optimismo ingenuo, sino de trabajar incansablemente en la construcción de las bases materiales, sociales y culturales que permitan atravesar lo que viene. Como aquellos campesinos anónimos del siglo XIV que, sin saberlo, estaban pariendo el mundo moderno, los que hoy siembran agroecología, tejen redes comunitarias, recuperan semillas criollas, forman nuevas generaciones en el biopoder campesino, están construyendo los cimientos de lo que vendrá después. El capitalismo terminal nos devuelve al siglo XIV, pero esta vez desde América Latina, con nuestra historia de resistencias, nuestras culturas originarias, nuestra tradición de lucha por la tierra, y la oportunidad de no repetir los errores de aquella Europa que salió del colapso para inventar el capitalismo. Quizás nosotros podamos salir del colapso para inventar algo mejor.
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