CAE LA ÚLTIMA ESPERANZA: OFFSHORE VACÍO
Shell y Qatar Petroleum devolvieron los bloques CAN 107 y CAN 109 en el Mar Argentino. No encontraron lo que buscaban. La sísmica 3D no mostró el sistema petrolero que esperaban, y decidieron no perforar ni un solo pozo exploratorio. La Secretaría de Energía ya publicó la resolución 73 que revierte el área al Estado Nacional. No es un hecho aislado: viene del pozo seco de Argerich en CAN 100, donde Equinor, YPF y Shell también se fueron con las manos vacías, y de la reversión de MLO 114 en Malvinas Occidental por parte de Tullow Oil. Lo que en 2018 fue vendido como la gran frontera del futuro energético argentino, la apuesta offshore que garantizaría el autoabastecimiento por décadas, hoy es un archivo de fracasos. La Cuenca Argentina Norte no mostró el sistema petrolero que prometían, y las multinacionales más expertas en exploración de aguas profundas prefirieron levantar sus equipos y llevarse sus dólares antes que arriesgar un solo dólar más en un país donde el riesgo geológico se suma al riesgo regulatorio, cambiario y de precios.
Este fracaso no puede entenderse sin mirar el resto del tablero energético. El Golfo San Jorge, el corazón convencional que durante décadas sostuvo la producción de crudo del país, está en declinación irreversible. Los campos maduros caen año tras año, y las inversiones que se hacen allí son apenas paliativos que amortiguan la caída pero no la revierten. Vaca Muerta, el gran espejismo del discurso oficial, tiene una Tasa de Retorno Energética (TRE) horrible, de las más bajas del mundo para petróleo no convencional: por cada barril que se extrae se consume una cantidad desproporcionada de energía en perforación, fractura, bombeo y transporte. Y su pico de producción, ese momento de máxima extracción que los técnicos calculan pero los políticos ocultan, será apenas un suspiro de unos pocos meses antes de que comience la declinación que ya han vivido todas las formaciones de shale oil en el mundo. No hay prosperidad en ese horizonte, hay un exprimido acelerado de los últimos recursos energéticos antes de que la curva se invierta para siempre.
Y mientras tanto, este gobierno que se define liberal y que se llenó la boca acusando al "barril criollo" de ser una distorsión estatista, hoy interviene en los precios de los combustibles con una brutalidad que supera a cualquier gobierno anterior. No hay decreto de congelamiento formal, pero hay presión sobre YPF para que no exporte, acuerdos de precios negociados a escondidas, un dólar blend que distorsiona las señales, y una determinación férrea de que el mercado interno no sienta el impacto del Brent que Irán y Arabia ya anuncian en 180 o 200 dólares. La hipocresía es total: cuando gobernaban otros, el barril criollo era el demonio que ahuyentaba las inversiones; ahora que gobiernan ellos, la intervención es una necesidad ineludible para contener la inflación que prometieron derrotar. Pero esa intervención, que en el corto plazo aplasta los precios de los combustibles, en el mediano plazo liquida cualquier posibilidad de inversión exploratoria. Porque ninguna empresa va a arriesgar cientos de millones de dólares en un pozo offshore si después el Estado le va a fijar administrativamente el precio al que tiene que vender el petróleo que eventualmente descubra. Las multinacionales entendieron el mensaje: se fueron, devolvieron los bloques y no volverán.
Este gobierno está destruyendo sistemáticamente toda industria nacional que no sea la gran minería a cielo abierto o el petróleo no convencional. Está liquidando el empleo industrial, desguazando el Estado, y entregando los recursos naturales a las corporaciones extranjeras bajo la promesa de inversiones que nunca terminan de transformarse en bienestar para las mayorías. Los dólares de Vaca Muerta entran, sí, pero no se quedan. Se meten en la bicicleta financiera, se pasean por bonos y acciones, y se van del país sin dejar rastro de desarrollo productivo, sin escuelas, sin hospitales, sin caminos, sin soberanía. Es la doctrina Monroe 2.0 en su expresión más cruda: los argentinos no tenemos derecho a usufructuar de nuestra propia riqueza, esos recursos están destinados a engrosar las cuentas de las grandes corporaciones que operan desde Houston, Londres o Doha, mientras nosotros nos quedamos con las migajas de las regalías mal liquidadas, con los empleos precarios de las contratistas, con la destrucción de nuestros paisajes y nuestras fuentes de agua.
Lo acaecido con el offshore no es un fracaso más. Es la sentencia del fin. Es el inicio de la cuenta regresiva para la banca rota total de un país saqueado. Porque cuando no hay offshore, cuando el Golfo San Jorge se desploma, cuando Vaca Muerta entra en declinación después de su breve pico de meses, cuando las multinacionales se han llevado los dólares y no queda inversión para transitar una transición energética ordenada hacia una civilización sustentable, entonces lo único que quedará será la constatación de que nos robaron hasta la última oportunidad. Detrás de cada resolución como la 73, detrás de cada discurso triunfalista sobre Vaca Muerta, detrás de cada celebración por la llegada de inversiones que nunca llegan a las mayorías, hay millones de seres humanos que están sufriendo, que perdieron su trabajo, que no pueden pagar la luz ni la nafta, que ven cómo su país se desangra en una fiebre extractivista que solo beneficia a los mismos de siempre. Este gobierno cruel y despiadado está liquidando el futuro energético argentino en nombre de un liberalismo que solo sirve para justificar el despojo más descarnado. El offshore vacío no es un revés técnico: es el certificado de defunción de cualquier ilusión de soberanía energética, y el comienzo del final de un país que entregó sus últimos recursos sin obtener nada a cambio.
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