BASTA DE GENERAR CONCIENCIA: DE LA MASA CRÍTICA AL DARSE CUENTA (Manual práctico para revolucionarios sinceros)

Llevamos décadas repitiendo como un mantra la necesidad de "generar conciencia" sobre el colapso ecológico, el veneno en los alimentos, la desigualdad o la crisis energética. Lo hacemos con la convicción de que si informamos lo suficiente, si mostramos los datos más alarmantes, si logramos que suficientes personas tomen conciencia, alcanzaremos algún día la ansiada masa crítica que desencadene la transformación social. Esta fe en la acumulación como motor del cambio no es ingenua ni casual: proviene de una matriz cultural muy concreta. El siglo XIX trasladó conceptos de la física a las ciencias sociales con la pretensión de encontrar leyes universales que gobernaran también el comportamiento humano. El siglo XX tomó de la fisión nuclear la metáfora perfecta del cambio social como explosión, como acumulación de poder hasta un punto de inflexión violento e imparable. De allí viene la idea de masa crítica, importada por sociólogos como Hans Joachim Moskiewicz para explicar cómo las minorías consistentes podrían, al alcanzar un número suficiente, desencadenar una reacción en cadena que transformara a la mayoría. Y de allí viene también la noción de generar conciencia como un proceso de acumulación informativa que, se suponía, llevaría inevitablemente a la acción.


Y sin embargo, después de décadas de campañas, documentales, charlas y publicaciones, la situación no solo no ha mejorado sino que ha empeorado sistemáticamente. Hoy el colapso vibra a la vuelta de cada esquina, no como una posibilidad lejana sino como una inminencia que ya se cuela por las grietas de nuestro mundo. El sistema ha demostrado una plasticidad asombrosa para absorber toda crítica y reincorporarla como producto. La gente puede saber perfectamente que el planeta se calienta mientras su estructura de deseos, miedos y aspiraciones sigue siendo exactamente la misma que lo calienta. Apelar a la información para cambiar el pensamiento es pretender que los bomberos apaguen el fuego con gasolina, porque el pensamiento mismo —esa estructura de memoria y reacción— es el hormigón armado de lo que está protegido para no cambiar. Es capaz de crear cambios superficiales en el afuera mientras asegura que lo sustancial permanezca intacto. Necesitamos entonces preguntarnos con absoluta seriedad si este modelo no es, a estas alturas, una forma de pensamiento mágico, una cuestión de fe en el sentido más peyorativo, que nos mantiene atrapados en una danza que solo perpetúa el problema mientras creemos estar resolviéndolo.


Para salir de este hechizo necesitamos recordar algo elemental pero sistemáticamente olvidado: la naturaleza es todo aquello que el pensamiento no creó. El vuelo del pájaro, el brote que emerge de la tierra, la corriente del río, la relación profunda que sostiene la vida: todo ello ocurre en una dimensión que la mente cartesiana no produce ni puede producir. La naturaleza opera desde una inteligencia que no es conceptual, que no acumula información, que no planifica estratégicamente. Y sin embargo, sus resultados son de una complejidad y una belleza que el pensamiento, con toda su arrogancia, apenas puede contemplar asombrado. Es crucial reconocer que esa inteligencia no es propia, no es un logro personal, no es algo que el individuo produzca con esfuerzo o mérito. Esa inteligencia está ahí desde hace eones, mucho antes de que apareciera el ser humano con su mente cartesiana, mucho antes de que el pensamiento comenzara a tejer la ilusión de la separación. Es la inteligencia que ordena las galaxias, que hace brotar la semilla, que sincroniza los latidos del corazón sin que tengamos que pensar en ello. Su potencia y su capacidad son infinitas, no porque ella se esfuerce en serlo, sino porque es la naturaleza misma de lo real.


Y esa inteligencia, cuando el yo condicionado se aquieta, cuando la mente cartesiana deja de imponer sus categorías, se revela como lo que siempre ha sido: amor. Pero no el amor que el pensamiento concibe como emoción pasajera, como vínculo posesivo, como sentimiento que va y viene según las circunstancias. Ese amor del que hablamos no es fruto del pensamiento ni es una emoción: es un estado del ser, es la cualidad misma de la existencia cuando está liberada del yugo de la separación. Es el amor que no tiene objeto porque no es la relación entre un amante y un amado, sino la textura misma de la totalidad reconociéndose a sí misma.


Aquí conviene traer la mirada de David Bohm, el físico que planteó la idea de "la totalidad y el orden implicado" para explicar que lo que percibimos como realidad fragmentada no es más que un despliegue superficial de un orden más profundo donde todo está conectado, donde el observador y lo observado no son entidades separadas sino manifestaciones de una misma totalidad. Desde esta mirada, el darse cuenta no es un acto individual que ocurre dentro de la cabeza de una persona, sino un despliegue de esa totalidad que, al percibirse a sí misma, disuelve la ilusión de separación que es la raíz misma de la crisis.


Pero aquí el lector estará preguntándose: "¿Y entonces qué hago? ¿Cuál es la instrucción? Porque si me quitas el yo y me dices que mis pensamientos no sirven, ¿no quedaré reducido a una ameba, a un ser sin voluntad, a una babosa que solo espera que algo externo le ilumine?" Esta pregunta es legítima y revela hasta qué punto hemos sido educados en una dirección equivocada: hemos aprendido a buscar afuera las respuestas, a esperar que alguien —un gurú, un líder, un partido, una técnica— nos traiga la salvación. Somos profundamente mesiánicos, siempre aguardando al mesías que nos diga qué hacer, siempre delegando la responsabilidad de nuestra transformación interior en algo o alguien externo. Y esa misma estructura es la que sostiene el modelo de la masa crítica: "nosotros" (los que ya sabemos) debemos "generar conciencia" en "ellos" (los que aún no saben) para que, cuando seamos suficientes, algo ocurra. El mesías ya no es una persona, es la masa, es el número, es el punto de inflexión. Pero la estructura es idéntica: la salvación viene de fuera, de la acumulación, del momento en que muchos piensen como nosotros.


El darse cuenta opera desde una lógica radicalmente distinta. No se trata de acumular, sino de percibir. No se trata de convencer, sino de estar. No se trata de esperar a que muchos despierten, sino de despertar uno mismo, aquí y ahora, y en ese despertar —que no es un logro personal sino un dejar de impedir— quizás, sin buscarlo, crear las condiciones para que otros también puedan hacerlo. Y es necesario aclarar con toda la fuerza posible que ese ocuparse de uno mismo, ese prestar atención a la propia transformación interior, no tiene nada de egoísta. Todo lo contrario: desmantelar el yo es el acto más profundamente solidario que podemos realizar, porque recién ahí, cuando el yo con sus juicios, sus interpretaciones, sus miedos y sus deseos se aquieta, aparece realmente un otro a quien al fin puedo ver. No el otro que construye mi pensamiento —el pobre campesino, el hermano oprimido, el aliado estratégico, el enemigo a combatir— sino el otro real, en su humanidad desnuda, con su complejidad, su misterio, su dignidad. Mientras el yo opera, todo encuentro es una proyección: veo en el otro lo que mi condicionamiento me permite ver, lo etiqueto, lo juzgo, lo ubico en mi mapa mental. Pero cuando el yo se desmantela, la mirada se vuelve limpia, y entonces puedo realmente escuchar, realmente acompañar, realmente estar con el otro sin querer cambiarlo, sin querer salvarlo, sin querer que piense como yo.


Sin el yo, puedo notar un otro vivo y sintiente. No un otro al cual capturar o manipular en pos de nuestros fines, no un otro que es medio para alcanzar la masa crítica, no un otro que debe ser convencido para engrosar nuestras filas, sino un otro que es un fin en sí mismo, un misterio que se despliega, una presencia con la que me encuentro en igualdad de condiciones. Y allí, en ese encuentro sin mediaciones, opera la compasión. Pero la compasión no es aquí una emoción piadosa, no es la lástima del que está arriba hacia el que está abajo, no es el gesto benéfico del que tiene conciencia hacia el que aún no la tiene. La compasión es inteligencia en movimiento, es la respuesta natural de la totalidad cuando se reconoce en el otro, es la acción que nace de ver que su dolor es mi dolor, su alegría es mi alegría, su destino está inexorablemente ligado al mío. Esa compasión no necesita ser cultivada, no necesita ser enseñada, no necesita ser generada por campaña alguna: emerge espontáneamente cuando la barrera del yo se disuelve, cuando el otro deja de ser un objeto y se revela como lo que siempre fue: una manifestación de la misma vida que late en mí.


Esa es la paradoja que la mente cartesiana no puede comprender: que ocuparse de uno no es retirarse del mundo, sino justamente habilitar la posibilidad de un encuentro verdadero con el mundo. El activismo convencional, por más bienintencionado que sea, suele estar lleno de la energía del yo: la urgencia, la confrontación, la ansiedad por el resultado, la necesidad de demostrar que uno está del lado correcto. Y esa energía, aunque se vista de causas nobles, sigue siendo la energía de la separación, sigue siendo la energía que, en el fondo, trata al otro como un objeto a convencer, a movilizar, a alinear. Pero cuando el yo se aquieta, emerge otra calidad de presencia, otra calidad de acción, que no necesita poseer el resultado porque sabe que no es la fuente, sino apenas un canal.


Esta aclaración es crucial porque el terreno está minado de malentendidos. La cultura dominante, y también ciertas corrientes alternativas, han secuestrado el lenguaje de la interioridad para vaciarlo de su potencia transformadora. Cuando hablamos de ocuparse de uno, no estamos hablando de autoayuda, no estamos hablando de talleres de crecimiento personal para ejecutivos estresados, no estamos hablando de espiritualidad New Age que convierte la liberación en un producto más del mercado. Ese es precisamente el enemigo: la versión edulcorada, despolitizada, consumible de la transformación interior, que no amenaza al sistema porque lo deja intacto mientras te ofrece una paz interior que te hace tolerar lo intolerable. El darse cuenta del que hablamos no tiene nada que ver con eso. No es un refugio para evadirse del mundo, sino una forma radical de estar en él. No es una meditación que te desconecta del conflicto social, sino una percepción que te permite verlo con una claridad que el pensamiento, con sus etiquetas y sus juicios, siempre nubla.


Y aquí la agroecología tiene algo fundamental que aportar, porque la agroecología no es una secta, no es una espiritualidad desencarnada, no es un refugio para hippies que huyen de la complejidad del mundo. La agroecología tiene un fundamento de clase, está anclada en el campesinado profundo, en ese saber ancestral que ha sostenido la vida durante milenios, en esas manos que trabajan la tierra no como un recurso explotable sino como un linaje, como una memoria, como un cuerpo con el que se establece una relación de reciprocidad. El campesino que siembra y cosecha no necesita manuales de autoayuda para saber que su bienestar está ligado al bienestar de la comunidad, que su parcela no es una propiedad privada sobre la que ejerce un dominio absoluto sino un eslabón en una cadena de vida que incluye a los vecinos, a los que vendrán, a los insectos, al agua, a las nubes. Esa conciencia no se genera con campañas de sensibilización, está incorporada en la práctica misma, en el cuerpo que trabaja, en la mirada que observa, en las manos que saben.


Por eso el darse cuenta en clave agroecológica no es un lujo para quienes pueden permitirse el ocio de la introspección, sino una necesidad vital para quienes están en la primera línea del conflicto: los que defienden la tierra, las semillas, el agua, contra el avance del agronegocio, la minería, el extractivismo. Para esos compañeros y compañeras, ocuparse de uno no significa retirarse a meditar al Himalaya, significa estar tan presente, tan atento, tan libre de la reacción automática, que la acción que nazca de esa presencia sea certera, oportuna, imposible de cooptar. Significa no quemarse en la lucha, no reproducir la violencia del enemigo, no caer en la desesperación que paraliza ni en la furia que destruye. Significa ser como el agua: persistente, paciente, imparable, pero sin la rigidez de la roca que se enfrenta y se rompe.


El miedo a quedarse como una ameba si se abandona el yo y el pensamiento es comprensible, pero es un miedo que el propio pensamiento alimenta para perpetuarse. Porque el pensamiento nos ha convencido de que sin él somos nada, de que nuestra identidad, nuestra voluntad, nuestra capacidad de actuar, dependen enteramente de esa máquina de memoria y reacción. Pero la experiencia del darse cuenta muestra lo contrario: cuando el pensamiento se aquieta, no quedamos reducidos a la inercia, sino que emerge una inteligencia más honda, más rápida, más precisa, que no necesita deliberar porque ve directamente. El campesino que sabe cuándo sembrar sin necesidad de consultar un manual, la abuela que conoce la planta que cura sin haber ido a la universidad, el defensor del territorio que anticipa el movimiento del desalojo sin necesidad de un análisis estratégico: todos ellos conocen esa inteligencia sin pensamiento. No son amebas, son seres en los que la acción fluye sin la interferencia del yo.


El camino, entonces, no tiene instrucciones porque no es un método. No hay diez pasos para darse cuenta. Hay, eso sí, una invitación: la invitación a observar, a percibir, a estar atentos sin la interferencia del juicio. Observar el río, observar la tierra, observar las propias reacciones, observar el miedo a quedarse sin yo. Observar también las trampas del camino: la tentación de convertir esto en una nueva ideología, en un producto espiritual, en una forma de distinguirse de los que aún no han despertado. Observar y, al observar, darse cuenta de que el observador es también lo observado, que no hay un yo separado que observa, que la separación es la ilusión que el pensamiento mantiene. Y en esa observación, sin forzar nada, sin buscar nada, quizás ocurra. O quizás no. Y esa incertidumbre es insoportable para la mente que quiere garantías, que quiere planes, que quiere asegurar el resultado antes de moverse. Pero la vida real, la tierra, la agroecología, funcionan en la incertidumbre. Nadie puede garantizar que una semilla germine, y sin embargo seguimos sembrando. No porque tengamos la certeza del resultado, sino porque hemos percibido que sembrar es lo que corresponde, lo que fluye, lo que la vida pide en este momento.


Esa es la libertad real: no la de hacer lo que uno quiere, sino la de actuar desde la percepción total sin estar atado al resultado. Y en esa libertad, sin la ansiedad de salvar el mundo, sin el plan del revolucionario que cree saber lo que hay que hacer, sin la esperanza mesiánica de que la masa crítica llegará a salvarnos, quizás, simplemente quizás, ocurra lo que tenga que ocurrir. Como la humedad que deshace el hormigón, como la semilla que rompe el asfalto, como el río que encuentra su cauce, como el campesino que sigue sembrando a pesar de todo. No porque haya un plan, sino porque la vida es así de poderosa cuando dejamos de interponernos. Y eso, lejos de ser egoísta, es el acto más profundamente colectivo que podemos realizar: liberarnos de la prisión del yo para que la vida, esa inteligencia amorosa que nos sostiene, pueda manifestarse a través nuestro y, quizás, a través de otros, en una danza que no necesita acumular fuerzas porque es la fuerza misma. Desmantelar el yo no es egoísta, es todo lo contrario: es la condición de posibilidad para que realmente aparezca un otro, para que al fin pueda verlo sin el filtro del juicio y la interpretación, para que pueda amarlo no como mi proyección sino como lo que es. Sin el yo, el otro deja de ser un instrumento para mis fines, deja de ser el objetivo de mis campañas de concientización, deja de ser el número que necesito para alcanzar la masa crítica, y se convierte en lo que siempre fue: un otro vivo y sintiente, un misterio sagrado, una manifestación de la misma inteligencia amorosa que me habita. Y allí, en ese encuentro sin mediaciones, opera la compasión que es inteligencia en movimiento, la única fuerza capaz de transformar absolutamente todo en un mundo que se desmorona.

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