AGROECOLOGIA COMO VERDADERA POLÍTICA REVOLUCIONARIA:DESVIVAN A LA REINA ROJA
(La Reina Roja es un personaje de Lewis Carroll que le explica a Alicia que, en su mundo, hay que correr todo el tiempo solo para permanecer en el mismo lugar. La biología la adoptó después para describir una carrera evolutiva sin meta. La energía la sufre a diario. Nosotros la estamos viviendo.)
Hay una imagen que debería perseguirnos todas las noches antes de dormir: la de Vaca Muerta, ese cementerio geológico convertido en promesa de grandeza, donde las empresas perforan y fracturan sin descanso solo para que la producción no se derrumbe al día siguiente. Cada pozo nuevo cuesta más energía que el anterior. Cada fractura requiere más presión, más agua, más arena, más químicos. Y a los pocos meses, el pozo entra en una declinación vertiginosa que exige perforar otro pozo, y otro, y otro, en una carrera furiosa que no busca avanzar sino apenas no retroceder. Eso es la Tasa de Retorno Energético, la TRE, el indicador más importante del que nadie habla: cuánta energía obtenés en relación con la energía que invertís. Cuando la TRE es alta, la civilización respira. Cuando la TRE se acerca a 1:1, estás corriendo para quedarte en el mismo lugar. Y cuando la TRE cae por debajo de cierto umbral, el sistema empieza a consumir más energía de la que entrega, y entonces ya no estás viviendo: estás agonizando lentamente, quemando tu propio cuerpo para seguir en movimiento. La Reina Roja no es un cuento infantil. Es la descripción exacta de nuestra época.
Lo que nadie se anima a decir en voz alta es que esa misma lógica no rige solo para el petróleo de Vaca Muerta. Rige para nuestras vidas. Trabajamos más horas que nunca para ganar lo mismo o menos. Estamos más conectados que nunca y nos sentimos más solos que nunca. Consumimos más información que nunca y entendemos menos que nunca. Cambiamos de identidad con la velocidad de un feed de Instagram solo para seguir sintiéndonos tan vacíos como antes. Cada año corremos más rápido, y cada año el mismo paisaje desfila a nuestro lado. Esa es la TRE aplicada a la existencia: la energía que ponemos —horas, atención, angustia, deudas, pastillas para dormir, pastillas para despertar— es cada vez mayor, y la energía que obtenemos —descanso, sentido, comunidad, silencio, un sabor que valga la pena— es cada vez menor. Estamos en Vaca Muerta, muchachos. Somos Vaca Muerta. Perforamos nuestra propia vida cada día para no hundirnos, y cada día el pozo rinde un poco menos. ¿Y cuál es el plan? ¿Seguir perforando hasta que la TRE llegue a 1 y todo el excedente desaparezca? Porque eso no es un plan. Eso es una condena.
Y sin embargo, nadie nos obliga a aceptar esta condena. La Reina Roja no es una ley de la naturaleza. Es una decisión política disfrazada de realidad. Alguien, en algún momento, decidió que la vida valía lo que se podía extraer de ella, y que el sentido se medía en productividad, y que la identidad era un accesorio más del consumo. Alguien decidió que el territorio no importaba porque cualquier lugar podía convertirse en cualquier otro gracias al poder homogeneizador del petróleo. Alguien decidió que la interioridad era un residuo inútil, un resto romántico que había que eliminar para que el flujo de mercancías no encontrara obstáculos. Ese alguien no fue un villano con bigotes, sino un sistema completo que hoy tiene nombre y apellido: el capitalismo tardío, el extractivismo fósil, la lógica de la perforación infinita. Y frente a ese sistema, la política no puede seguir siendo la administración de la carrera. La política tiene que ser otra cosa. Tiene que ser la decisión consciente de desvivir a la Reina Roja. De parar la carrera. De aceptar que si seguimos corriendo, vamos a morir de cansancio antes de llegar a ningún lado. De elegir, por fin, detenernos.
Detenerse no es morir, aunque el capitalismo nos haya educado para creer lo contrario. Detenerse es lo que ocurre cuando se corta la luz y, después del primer minuto de desorientación, algo empieza a cambiar. La casa se queda en silencio. El cuerpo recuerda que tiene ritmos propios, que no necesita un estímulo cada treinta segundos. La mirada se posa en la ventana, en la otra persona, en la propia mano. Y entonces ocurre lo inesperado: una luz que no viene del enchufe empieza a aparecer. No es una luz eléctrica, claro. Es una luz más antigua, más lenta, más parecida a la que entra por una puerta que se abre después de estar mucho tiempo en una sala a oscuras. Esa luz es la interioridad que el ruido había sepultado. Es la vida que seguía allí, esperando que apagáramos el ruido para poder verla. No necesitamos que la electricidad vuelva para insuflarnos de nuevo. Necesitamos aprender a distinguir entre el flujo externo y el fuego interno. Porque el fuego interno, ese sí que no se corta nunca. Solo se olvida. Y la Reina Roja es, ante todo, una máquina de olvido: nos hace correr tan rápido que nunca tenemos tiempo de bajar la velocidad y descubrir que ya estamos habitando otro tipo de energía.
Esa otra energía tiene nombre. Se llama territorio. Se llama tierra viva, fuego de leña, semilla guardada, mano que sabe. Tiene sabor, y ese sabor no es el de la nada homogénea que nos vende la agroindustria petroquímica —esa fresa que sabe a fibra húmeda, ese tomate que sabe a cartón, esa harina que no sabe a trigo— sino el sabor de un lugar concreto, de una historia geológica y cultural condensada en un bocado. Tiene comunidad, y esa comunidad no es la red de contactos intercambiables sino el rostro que ves todos los días, la espalda con la que trabajas la tierra, la voz que te llama por tu nombre. Tiene política, y esa política no es ni la demagogia identitaria de la ultra derecha —que explota los retornos a una supuesta gloria perdida y los fantasmas de la Guerra Fría para seguir perforando pozos de odio— ni las inclusiones livianas de una izquierda sin densidad energética, que ofrece diversidad sin sustancia y pertenencia sin territorio. Esa política, la que hace falta, es mucho más simple y mucho más radical: es la decisión de desvivir a la Reina Roja. Dejar de discutir con el sistema en sus propios términos. No pedirle permiso. No esperar que el capitalismo se vuelva amable. Simplemente, construir al costado. Con lo que hay. Con las ruinas. Con las manos.
Porque volver a la naturaleza no es volver a las cavernas. Volver a la naturaleza es volver a ser humanos. Es recuperar la capacidad de distinguir un suelo vivo de un sustrato inerte. Es aprender a leer el mundo a través del cuerpo, a saber dónde se está por lo que se come, a tener una experiencia sensorial que ancle la identidad en un lugar concreto y no en un catálogo de opciones descargables. Es entender que la TRE no es solo un indicador energético sino un índice político: mide cuánta vida nos queda después de pagar el costo de sostener este infierno de velocidad. Y si la TRE se está acercando a 1, si estamos poniendo casi toda nuestra energía solo para no hundirnos, entonces la única decisión racional, la única decisión política, la única decisión amorosa, es parar. Desvivir a la Reina Roja. Dejarla exhalar su último aliento mientras nosotros, por fin quietos, descubrimos que no estábamos huyendo de nada. Estábamos corriendo hacia el vacío. Y que detenerse no es morir. Es, por primera vez, nacer.
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