A LOS VOCEROS VOCACIONALES DEL MUNDO FÓSIL
Miren, vamos al grano que es tarde y el negacionismo no se va a desmontar solo. Llevo años debatiendo en estos vertederos digitales y ya conozco la música: siempre el mismo estribillo, los mismos pasos, los mismos giros de guión que parecen improvisados pero están más ensayados que una obra de teatro de instituto. El negacionismo climático no es un error de cálculo, no es falta de información, no es que no hayan visto el último gráfico del IPCC. Es un mecanismo de defensa del sistema, puro y duro, y quien no lo vea así es porque no quiere mirar. Naomi Oreskes y Erik Conway lo documentaron hasta la saciedad en "Merchants of Doubt": las mismas tácticas que se usaron para negar los daños del tabaco, las mismas que se usaron para retrasar la lucha contra la lluvia ácida, las mismas que se usaron para seguir soltando gases que agujereaban la capa de ozono, son las que hoy se usan contra la ciencia climática. No es casualidad, es un manual. Y el manual dice: siembra dudas, financia think tanks, compra científicos de saldo, repite hasta el cansancio que no hay consenso, y sobre todo, nunca, jamás, reconozcas que el problema existe porque entonces tendrías que hacer algo. El objetivo no es ganar el debate científico, que ya está perdido hace décadas, sino ganar tiempo. Tiempo para seguir extrayendo, quemando, vendiendo y externalizando costes. Tiempo para que los beneficios sigan fluyendo hacia arriba mientras los desastres se reparten hacia abajo.
Y luego está la parte psicológica, que es casi una broma de mal gusto. George Marshall lo explica bien en "Don't Even Think About It": nuestro cerebro, el pobre, no está preparado para esto. Evolucionamos escondiéndonos de leopardos y buscando bayas, no para procesar amenazas que vienen en forma de partes por millón de CO2. El negacionista aprovecha ese desajuste, claro, pero también hay algo más turbio. Resulta que, según estudios de gente como Stephan Lewandowsky o Dan Kahan, el rechazo a la ciencia climática no tiene que ver con la inteligencia ni con la educación. Tiene que ver con la tribu. Con la identidad. Con el miedo a traicionar a los tuyos. Porque si aceptas que el cambio climático es real, grave y causado por nosotros, entonces tienes que aceptar también que el sistema que te ha dado identidad, seguridad y sentido está podrido de base. Y eso, amigo, duele más que cualquier gráfico de temperatura. Así que mejor no mirar. Mejor repetir que siempre ha hecho calor. Mejor echarle la culpa a los volcanes. Mejor decir que los científicos exageran. Cualquier cosa menos enfrentar el espejo.
Porque en el fondo, y perdonen que lo diga tan claro, el negacionismo es la defensa a ultranza del capitalismo fósil. De ese capitalismo que nos vendieron como único posible, como destino manifiesto, como fin de la historia. Si aceptamos que el clima se desajusta por nuestra culpa, entonces vienen las preguntas incómodas: ¿podemos seguir midiendo el progreso por el PIB mientras quemamos el futuro? ¿Tiene sentido un sistema que necesita crecer siempre en un planeta que no crece? ¿Quién coño decidió que la atmósfera era un vertedero gratuito para los residuos de unas cuantas empresas? El negacionismo, en todas sus variantes, desde el más burdo ("no está pasando") hasta el más sofisticado ("bueno, pero la tecnología nos salvará"), cumple una función política: blindar esas preguntas. Hacer que ni siquiera se formulen. Mantener la conversación dentro de los límites de lo que no incomoda al poder.
Y luego está el tema del consenso, que siempre sacan como si fuera una votación de Gran Hermano. No, señores, el 97% de los científicos no es una opinión mayoritaria. Es el resultado de décadas de trabajo, de revisión por pares, de modelos que aciertan predicciones, de evidencia que se acumula. John Cook revisó más de doce mil artículos en 2013 y lo dejó claro: entre los que tomaban postura, el 97 por ciento apoyaba el origen humano. Pero los negacionistas, en lugar de enfrentar eso, hacen lo de siempre: cambian de tema. Si les refutas lo de la Pequeña Edad de Hielo, sacan el Cretácico. Si les explicas la velocidad del cambio, hablan de los beneficios de la industrialización. Si les pones los costes de los desastres, responden con la descomposición familiar o el suicidio. No buscan debatir, buscan desgastar. Y mientras tanto, el tiempo pasa, las emisiones siguen, y los beneficios de unos pocos se siguen acumulando.
Lo más gracioso, lo realmente irónico, es que el sistema que defienden se está cargando a sí mismo. La dificultad para sacar petróleo barato, el precio de la energía, los desastres que cuestan fortunas, todo empuja hacia la transición aunque ellos no quieran. China lleva años dominando la fabricación de paneles solares y baterías, no por amor al planeta, sino por negocio. Alemania ya ha llegado a generar más del 60% de su electricidad con renovables. El coste de la solar ha caído un 90% en diez años. La dicotomía entre economía y medio ambiente es falsa: lo que defienden es la economía del pasado, la de los combustibles fósiles, la de las externalidades que pagan otros. La economía del futuro, la que generará empleo y desarrollo, es la de la transición. Pero bueno, eso ya lo verán cuando sea demasiado tarde.
Y entonces, en medio de este espectáculo, aparece el negacionista con su discurso ensayado. Suelta lo de que "la vida ya pasó por cosas mucho peores", tan campante, como si eso fuera un consuelo para las especies que se fueron extinguiendo por el camino. Olvida mencionar, el muy pillo, que la vida que sobrevivió a aquellas extinciones lo hizo después de perder al 90% de las especies. Un pequeño detalle. Luego viene lo de "no se puede detener el progreso", y uno se pregunta: ¿qué progreso? ¿El de los paraísos fiscales? ¿El de la economía financiarizada? ¿El de la desigualdad crónica? Porque si el progreso consiste en llegar a un punto donde tenemos que elegir entre mantener el sistema o mantener la habitabilidad, igual habría que repensar el concepto. Pero preguntar eso ya es ser sospechoso, ya es querer volver a las cavernas. El manual lo dice claro: desacredita al mensajero y no tendrás que ocuparte del mensaje.
Y lo mejor, lo que realmente merece un aplauso, es cuando después de darle vueltas y vueltas, después de sacar el Cretácico, los volcanes, los ciclos orbitales y la madre que los parió, sueltan la perla: "bueno, puede haber un pequeño componente antrópico". Ahí está la rendija. Ese "pequeño componente" es la prueba de que la realidad ha entrado, aunque sea de puntillas. Porque si admites que el ser humano tiene algo que ver, ya no puedes sostener el "todo es natural". Si admites que hay un problema, ya no puedes negar que hay que hacer algo. Y entonces, cuando ya no queda más remedio, aparece la última trinchera: "hay que hacer la transición, pero paso a paso, sin destruir la economía". Como si la economía fuera una ancianita frágil a la que no podemos asustar. Como si los pasos lentos fueran compatibles con la aceleración del problema. Como si el sistema que nos ha traído hasta aquí tuviera la solución en su propia cartilla.
Pero tranquilos, que nadie se alarme. Los que escribimos esto no somos nadie. No tenemos poder, no tenemos ejército, no vamos a obligar a nadie a pensar distinto. El negacionista puede seguir en su sofá, repitiendo sus argumentos de segunda mano, sintiéndose el último resistente frente a la histeria colectiva. No hay batalla épica aquí. No hay duelo dialéctico del que vayamos a salir victoriosos. Solo está la realidad, esa pesada, empeñada en mostrarnos datos mientras nosotros discutimos en comentarios. Así que nada, sigan creyendo que el clima siempre ha cambiado, que el ser humano es una pulga, que la transición ya llegará cuando toque. La historia, esa que tanto les gusta citar, ya se encargará de poner a cada uno en su sitio. Mientras tanto, aquí estaremos, con la misma perspicacia, la misma audacia, la misma irreverencia, la misma acidez y el mismo compromiso de siempre. Porque lo único que podemos hacer es no callar. Y cuando el calor apriete, cuando el agua suba, cuando las cosechas fallen, siempre nos quedará esa palabra mágica, esa que deberíamos aprender a decirnos más a menudo, especialmente cuando la realidad se empeña en demostrar que no íbamos tan desencaminados: cálmense.
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